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Universo a pequeña escala: El mundo submarino chileno a través de la macrofotografía de Mauricio Altamirano
Si bien la gran fauna marina de los océanos suele atraer la mayoría de las miradas, lo cierto es que la verdadera complejidad de estos ecosistemas se esconde a escala de centímetros. A través de más de una década de fotografía submarina y tres décadas de buceo, Mauricio Altamirano ha documentado un universo de texturas y colores que permanecía oculto bajo la superficie. En esta galería, exploramos su trabajo, que revela la extraordinaria biodiversidad de las aguas chilenas y demuestra que la fotografía es una poderosa herramienta para la ciencia y la conservación.
Cuando pensamos en la vida marina, solemos imaginar enormes ballenas emergiendo desde las profundidades, delfines saltando ágilmente sobre las olas o colonias de pingüinos descansando sobre las rocas. Son las especies más icónicas del mar chileno, las mismas que protagonizan documentales, campañas de conservación y hermosas fotografías que recorren el mundo. Sin embargo, bajo la superficie también existe otro universo. Uno que rara vez aparece en los titulares, pero que resulta igual de fascinante y, sobre todo, indispensable para el equilibrio de nuestros océanos.

Entre bosques de algas, paredes rocosas, fiordos y fondos marinos habita un verdadero universo formado por organismos de apenas unos milímetros o pocos centímetros de longitud. Nudibranquios de colores intensos, delicados corales fríos, pequeños crustáceos, moluscos, caracoles, cangrejos y una enorme diversidad de invertebrados bentónicos despliegan formas, texturas y colores que muchas veces parecen sacados de otro planeta.
Son especies que suelen pasar inadvertidas, no porque sean escasas, sino porque habitan un mundo al que muy pocas personas pueden acceder. Incluso para quienes bucean, descubrirlas requiere entrenamiento, paciencia y una mirada capaz de detenerse en los pequeños detalles.


Es precisamente ahí donde la macrofotografía submarina cobra un rol fundamental. Gracias a lentes especializados y complejas técnicas de iluminación, es posible revelar estructuras invisibles para el ojo humano. Los delicados rinóforos de un nudibranquio, las diminutas espinas de un pequeño crustáceo o los patrones iridiscentes que cubren el cuerpo de un caracol marino. Cada fotografía permite descubrir un universo que normalmente permanece oculto bajo la superficie.
Pero el valor de estos organismos va mucho más allá de su belleza.
Aunque rara vez protagonizan campañas de conservación, muchos de ellos cumplen funciones esenciales dentro de los ecosistemas marinos. Numerosas especies forman parte de la base de las redes tróficas, transformando la energía producida por organismos microscópicos en alimento para peces, aves y mamíferos marinos. Otras remueven y oxigenan los sedimentos del fondo, reciclan materia orgánica o regulan naturalmente las poblaciones de distintas especies bentónicas, ayudando a mantener el equilibrio ecológico del océano.



Incluso algunos grupos, como los nudibranquios, han desarrollado sofisticadas estrategias químicas de defensa que hoy despiertan el interés de investigadores debido a su potencial para comprender nuevos procesos biológicos y desarrollar compuestos de interés biomédico.
Sin embargo, pese a su enorme importancia ecológica, la mayoría de estas especies permanece prácticamente desconocida para el público. Su pequeño tamaño hace que muchas veces queden eclipsadas por el atractivo que generan los grandes animales marinos.
Quien conoce muy bien esa realidad es el fotógrafo submarino Mauricio Altamirano. Desde hace más de tres décadas explora el fondo marino chileno y, durante los últimos doce años, ha dedicado buena parte de su trabajo a registrar precisamente ese universo que pocas personas llegan a observar.

«Normalmente la gente se sensibiliza con animales grandes, como la ballena, el delfín o el pingüino, y está bien que sea así. Pero hay un universo que no se observa porque la gente no lo bucea y no le llama mucho la atención. Sin embargo, también forma parte de este gran ecosistema y está compuesto por organismos que generan simbiosis y cumplen distintos roles dentro de la cadena», comenta el buzo y fotógrafo submarino.
Esa convicción ha guiado buena parte de su trabajo. Mientras la atención suele concentrarse en los grandes vertebrados marinos, Mauricio dirige su cámara hacia aquellos organismos que, aunque diminutos, sostienen silenciosamente la vida bajo el agua. En ese sentido, sus fotografías no solo buscan sorprender por sus colores o formas extraordinarias, sino que también invitan a cambiar la manera en que entendemos la biodiversidad marina.



Los desafíos de fotografiar un mundo oculto
Para Mauricio Altamirano, el mar nunca fue un lugar lejano. Desde hace décadas forma parte de su vida cotidiana.
«Vivo acá, en la zona de Caleta Chome, en la península de Hualpén, y llevo más o menos 30 años buceando esta zona. Es como mi patio trasero. Empecé buceando de forma recreativa y después universidades y entidades científicas comenzaron a llamarme para distintos trabajos. Al principio hacía filmación submarina con fines científicos y después me dediqué a la fotografía. Debo llevar unos 12 o 13 años trabajando en fotografía submarina«, comenta Mauricio.


Lo que comenzó como una actividad recreativa terminó convirtiéndose en una carrera estrechamente ligada a la investigación científica. Con los años comenzó a participar en expediciones junto a universidades, fundaciones y organizaciones dedicadas a estudiar algunos de los ecosistemas marinos más remotos de Chile, registrando especies, paisajes submarinos y ambientes que, en muchos casos, nunca antes habían sido documentados mediante fotografías de alta calidad.
«Entré trabajando primero como asistente de fotógrafo en fundaciones como Tompkins, Rewilding y la Fundación Melimoyu. De ahí me fui metiendo de cabeza en la fotografía submarina y una cosa llevó a la otra. También empezamos a practicar fotografía de competencia y estuvimos en mundiales. Hoy mi trabajo está enfocado principalmente en expediciones en la Patagonia, donde hemos realizado muchas campañas con distintas organizaciones», agrega el fotógrafo submarino.

Esa trabajo lo ha llevado a recorrer fiordos, canales y sectores prácticamente inexplorados de la Patagonia chilena, colaborando con equipos científicos que buscan comprender mejor la biodiversidad de estos ecosistemas. En ese contexto, la cámara deja de ser únicamente una herramienta artística y pasa a transformarse en un instrumento de documentación científica, capaz de registrar especies, hábitats y procesos ecológicos.
En ese sentido, si existe un lugar que ha marcado la carrera de Mauricio Altamirano, esa es la Patagonia chilena. Sus fiordos, canales y paredes submarinas albergan algunos de los ecosistemas más diversos y menos explorados del país. Sin embargo, trabajar allí está lejos de ser sencillo. Las bajas temperaturas, la compleja logística y las condiciones del mar convierten cada inmersión en un desafío que requiere planificación y experiencia.


Como explica el fotógrafo submarino: «La gente piensa que bajo el agua no vamos a encontrar colores ni vida, y que todo está en el Caribe. Pero hacer fotografía submarina en la Patagonia, donde el agua tiene ocho grados, requiere otra logística: embarcaciones, asistentes y planificar cada buceo en fiordos donde la profundidad cae muy rápido. Es una fotografía completamente distinta”.
Existe una idea bastante extendida de que las aguas frías son oscuras, monótonas y pobres en biodiversidad. Para Mauricio, esa percepción cambia por completo en el momento en que se encienden las luces bajo el agua.


«Nosotros ocupamos flashes y, cuando prendemos las luces, aparece el verdadero color de la Patagonia. Es increíble. Nunca pensé que iba a encontrar un sinfín de colores y, de hecho, ni siquiera los veo en algunas expediciones que hago al extranjero. Es una zona que todavía no está completamente descubierta por la logística, el frío y la dificultad de trabajar ahí», comenta Mauricio.
Las fotografías que conforman esta galería son el resultado de ese instante. Lo que a simple vista parece un fondo oscuro comienza a revelar bosques de corales, delicados invertebrados y organismos que exhiben amarillos, naranjas, rosados y azules intensos. Una explosión de colores que permanece invisible para quienes observan el mar únicamente desde la superficie.

A diferencia de la fotografía terrestre, donde la luz natural suele ser suficiente, bajo el agua los colores se pierden rápidamente a medida que aumenta la profundidad. Los tonos cálidos desaparecen primero y el paisaje adquiere una apariencia azulada o verdosa. La iluminación artificial permite recuperar esa información visual y mostrar el aspecto real de los organismos.
Pero capturar esas escenas requiere mucho más que presionar el obturador. La macrofotografía submarina exige controlar la flotabilidad para no dañar organismos extremadamente frágiles, compensar el movimiento provocado por las corrientes y conseguir enfocar animales que, en ocasiones, apenas alcanzan unos pocos milímetros de longitud.



A ello se suma la dificultad propia de los fiordos patagónicos. «Uno baja y está todo oscuro. Se genera una capa de sedimento y es como estar en el espacio. Entonces uno prende las luces y la iluminación puede llegar muy lejos porque se mezclan las aguas dulces con las saladas. Se genera una termoclina como se dice. Es un paisaje completamente distinto al que uno imagina desde la superficie«, puntualiza el buzo.
Esa combinación de agua dulce proveniente de glaciares y ríos con agua salada genera condiciones únicas en los fiordos australes. Bajo la superficie se forman ambientes de gran complejidad ecológica que permiten el desarrollo de comunidades marinas muy particulares, muchas de ellas adaptadas a vivir en condiciones que difícilmente se encuentran en otros lugares del planeta.


La macrofotografía submarina como herramienta para la conservación
Aunque las imágenes de Mauricio destacan por su valor estético, su principal propósito va mucho más allá de la fotografía de la naturaleza. Buena parte de su trabajo se desarrolla junto a equipos científicos, donde cada registro aporta información sobre especies, ecosistemas y ambientes que todavía han sido poco estudiados.
En muchas expediciones, las fotografías terminan formando parte de informes técnicos, publicaciones científicas o evaluaciones ambientales. En otros casos, constituyen los primeros registros visuales de determinadas especies o documentan la presencia de organismos considerados indicadores de ecosistemas saludables.

«La fotografía es súper fundamental porque es la forma de mostrar el fondo marino a las personas que no pueden meterse al agua. Si uno no registra lo que hay abajo, lo hermoso que es, simplemente no se conoce. Además, sirve para hacer informes científicos y documentar lugares que todavía no tienen registros. Por ejemplo, hemos trabajado con Rewilding, y el problema es que ellos tienen protegido todo el tema de tierra, pero no pueden llegar a áreas marinas protegidas que colindan con lo que ellos ya protegieron en tierra porque no hay registros. Entonces, la fotografía es una herramienta que también te ayuda para esos informes que tienes que presentar y para tener un catastro de las especies que se encuentran en ese lugar».
En ese sentido, la fotografía se transforma en un puente entre la ciencia y la sociedad. Permite acercar un mundo inaccesible al público general y, al mismo tiempo, entregar evidencia visual que ayuda a investigadores, instituciones y organizaciones dedicadas a la conservación.



Uno de los mejores ejemplos son los corales de aguas frías, organismos que aparecen repetidamente en las expediciones de Mauricio y que cumplen un importante rol como bioindicadores.
«Los corales rojos son como la ranita de Darwin de la superficie. Son organismos que, cuando aparecen a poca profundidad, indican que estamos frente a lugares prístinos y sin contaminación. La fotografía permite registrar eso y después incorporarlo a informes científicos. También permite hacer documentación y generar conciencia a través de las redes sociales«, agrega Mauricio.
Al igual que ocurre con ciertas especies terrestres particularmente sensibles a las alteraciones ambientales, algunos corales solo prosperan en ecosistemas que mantienen condiciones ecológicas muy bien conservadas. Su presencia entrega información valiosa sobre el estado de salud del ambiente y ayuda a identificar zonas prioritarias para la conservación.

En los últimos años, además, la fotografía submarina se ha convertido en una herramienta cada vez más utilizada para monitorear cambios en los ecosistemas marinos. El registro sistemático de especies permite comparar la evolución de poblaciones, documentar nuevas distribuciones geográficas e incluso aportar información para iniciativas de ciencia ciudadana y programas de monitoreo de largo plazo.
Sin embargo, para Mauricio existe otro aspecto igual de importante: la capacidad que tienen las imágenes para despertar curiosidad.



«Las redes sociales son una herramienta que llega a muchísimas personas y permiten mostrar lo que existe en el fondo marino. La mayoría de la gente nunca va a poder meterse a 30 o 40 metros en la Patagonia con un traje seco, entonces no sabe lo que hay abajo. Muchos piensan que el sur de Chile es frío y que no hay vida, cuando en realidad ocurre todo lo contrario», puntualiza el fotógrafo submarino.
En un país con más de 6.400 kilómetros de costa continental, gran parte de la biodiversidad marina sigue siendo desconocida para la mayoría de las personas. En ese sentido, la fotografía permite acortar esa distancia y recordar que, bajo la superficie, existe un patrimonio natural tan diverso y extraordinario como los paisajes que se observan en tierra firme.


Tamara Núñez