Una ciudad que sube

Nuestro viaje parte en una hondonada transformada en ciudad, edificios encaramándose por las laderas de la cordillera de Los Andes, hasta llegar al Alto donde parte el Altiplano. La Paz con una gradiente de 3100 a 4200 msnm, se muestra en su totalidad viajando en su metro aéreo el Teleférico, que ha logrado unir los sectores mas vulnerables con los mas ricos de la Ciudad. La geografía como política social.

Llegados a La Paz un sábado, debemos esperar en medio de bloqueos y tensión política, al lunes para nuestro vuelo que nos llevará a la selva y el verdadero inicio de nuestro viaje.

Solo Ecojet vuela a Rurrenabaque

Desde La Paz hay dos formas de llegar a Rurrenabaque: dieciséis horas por una de la carretera de la muerte, camino de tierra que atraviesa los Yungas, o cuarenta y cinco minutos en avión. La línea estatal boliviana operaba esa ruta y dejó de hacerlo en el mismo período en que el gobierno debatía la construcción de las represas El Bala y Chepete sobre el río Beni — dos megaproyectos que inundarían el corredor entre el Parque Nacional Pilón Lajas y Madidi. Sin vuelos comerciales, el turismo se contrae. La contracción del turismo debilita la economía de las comunidades. Y una comunidad económicamente debilitada tiene menos poder para defender su territorio. Esa lógica no es casualidad: es presión. Pero la comunidad se organizó, se movilizó y las represas quedaron detenidas por el momento.

Ecojet es la única opción, con solo dos vuelos a la semana, lunes y viernes, hace que el viaje requiera planificación previa. La llegada a Rurrenabaque es un vuelo entre nubes, con ribetes de verde selvático y plateado de los grandes ríos amazónicos. Aterrizamos en la única pista rodeada de selva. El aterrizaje es uno de esos momentos en que la naturaleza recuerda que el ser humano es un visitante reciente.

La Joya del Beni

Llegamos a Rurrenabaque o Rurre como le dicen los locales, entre las provincias del Beni y La Paz un pueblo de agricultores y pescadores, que con los años ha ido creciendo gracias al ecoturismo en la amazonia boliviana y es el centro logístico, para ingresar tanto a Madidi como al Yungas y a Cerrado.

Pedro nos espera en el pueblo nosotros 3, nuestra guía Laura, Marcela mi compañera y yo. Pedro, es el dueño del lodge, guía y dirigente de su comunidad indígena. Antes de salir hacia San José, hay un problema logístico: los bloqueos han cortado el suministro de combustible en Rurrenabaque. Necesitamos combustible para el viaje de ida, el generador del campamento, el bote de vuelta. Mientras cargan los víveres y lo que necesitamos para la expedición, recorremos el pueblo que bordea al Río Beni uno de los más grandes Bolivia.

Cuatro horas en camioneta 4×4 por un camino entre cauces de agua, que seguro desaparece con las lluvias hasta San José de Uchupiamonas. La comunidad quechua-tacana fundada en 1616 en el valle del río Tuichi, dentro del corazón del Parque Nacional Madidi. El camino nos lleva desde zonas agrícolas a la selva de Madidi, viaje de 4 horas, que parece un viaje a un pasado donde había menos humanos y estos coexistían con el resto de los habitantes del planeta en una forma más armónica. Almorzamos en casa de Pedro. Afuera, donde se mezclan los sonidos de las oropendolas y la gente.

Dos horas por el Tuichi

El río Tuichi baja desde los Andes cargando sedimento andino de color tierra achocolatada y temperatura amazónica. Dos horas en bote hasta el campamento. El campamento El Berraco, siendo el lodge más al interior del parque, las instalaciones livianas y poco invasivas, está construido completamente en madera, sin paredes. Las habitaciones son plataformas techadas con carpas — no hay sentido en construir una pared entre tú y un ecosistema al que viniste a estar. De noche los sonidos entran sin filtro. La comida es buena y abundante, toda elaborada con productos de la comunidad o del mismo lugar sembrado por Rosa la esposa de Pedro. (La cocina de Rosa no es un detalle menor: es el modelo en miniatura. Lo que se consume aquí lo produce la comunidad. El lodge no extrae — circula.)

Por qué Madidi es lo que es

La gran diversidad de Madidi tiene un mecanismo específico: gradiente altitudinal extremo combinado con la confluencia de tres biomas, que componen un continuo sin fragmentación.

El parque va de los 180 metros sobre el nivel del mar hasta los 6.000 metros. En ese rango coexisten los Andes tropicales, la Amazonía occidental y el Cerrado. Donde los biomas se tocan aparecen las especies de borde — organismos que explotan la transición como nicho. Es la beta-diversidad llevada al extremo.

El resultado abruma por sus cifras: en menos del 0,004% de la superficie del planeta se concentra el 3% de las plantas mundiales, el 3,75% de los vertebrados y casi el 10% de todas las aves conocidas. El parque registra aproximadamente 1.000 especies de aves. Chile, un país entero con 756.000 km², tiene alrededor de 530 especies. Costa Rica, referente mundial de biodiversidad y ecoturismo, tiene unas 900. Madidi, en sus 19.000 km², las supera a ambos.

El proyecto Identidad Madidi censó quince sitios durante tres años y encontró cerca de 4.000 especies de vertebrados, aves y mariposas. Estima que probablemente existen más de 11.000 si se incluyen los grupos no muestreados. Los insectos no fueron abordados en su totalidad.

Un dato interesante es que este parque no está en las regiones más inaccesibles de la Amazonia, tampoco es el área menos poblada. Es un gran ejemplo de cómo la diversidad se ha mantenido pese a la presencia humana, compuesta por comunidades originarias que se han integrado a la vida moderna y actividades agrícolas y ganaderas en los bordes. Aquí el motor de la coexistencia ha sido el turismo. Esto es relevante porque desmonta el argumento más cómodo de la conservación: que la naturaleza se preserva sola cuando los humanos se van. En Madidi, los humanos están. Y la naturaleza también.

Fin de época húmeda: la explosión invisible

Llegamos al final de la época húmeda. Los vertebrados se dispersan cuando el agua es abundante — sin puntos de concentración forzada como aguadas secas, la fauna se distribuye por el territorio y se vuelve difícil de observar. Para quien espera mamíferos en cada curva del sendero, esto puede parecer decepcionante: vimos huellas de ocelotes, jaguar y tapir en los senderos, pero solo pudimos capturar algunos videos de tapir, el animal terrestre más grande de Sudamérica, con el uso de cámaras trampa. La vegetación es imponente, ahoga el ruido y confunde la vista. Pese a eso igual vimos monos, yacarés, tortugas, capibaras, y aves —trogones, tucanes, aracaris, rapaces, buitre real.

Pero en las épocas húmedas, el tesoro está más cerca de lo que uno cree y a veces más cerca de lo que quieres.

La hojarasca acumulada y húmeda, la temperatura estable entre 24 y 28 grados y la descomposición activa crean una explosión de artrópodos sin paralelo. En un metro cuadrado de suelo coexisten organismos que resuelven el mismo problema — sobrevivir, reproducirse, no ser comido — mediante soluciones radicalmente distintas. Un membracido del género Bocydium carga sobre el tórax una estructura en forma de globos articulados cuya función aún no tiene consenso: cinco hipótesis compiten, desde mimetismo de hongos hasta perturbación visual de depredadores. Un escarabajo tortuga dorada del género Charidotella produce iridiscencia mediante interferencia óptica a escala nanométrica — sin pigmento, solo estructura física. Una polilla del género Dysschema anuncia con colores intensos que es tóxica: una señal honesta que cuesta energía producir precisamente para que sea creíble. Otros solo se ven cuando se mueven, confundiéndose con la vegetación. También abundan los que depredan: arañas, chinches asesinos, y en una escala mayor ranas y sapos. Hongos comiendo plantas e insectos, un bosque lleno de ents, compuesto por árboles caminantes.

Noches con luces de luciérnagas y arácnidos buscando pareja o comida.

Especies por evolución radiativa, alopatria, simpatria, filtrado ambiental, competencia, deriva genética y mera evolución. Todas las fuerzas evolutivas funcionando juntas. En ningún otro lugar del planeta es posible ver esa orquesta completa en tan poco espacio.

Protocolo de campo: pantalones y polera manga larga, botas, pantalones dentro de calcetas largas y polera dentro de pantalón. Tú eres un pedazo de carne envolviendo sangre caliente que es muy cotizada. Revisar botas cada mañana, nunca caminar de noche sin linterna. Y lo más importante: detenerse y quedarse inmóvil cada cierto rato para permitir que se exprese la selva y se agudicen los sentidos. El bosque tiene memoria del movimiento humano. Cuando dejas de moverte, en unos minutos retoma su actividad normal. Lo que aparece en esos diez minutos no aparece caminando.

Las noches en la carpa, con colchón y sábanas limpias, te ayudan a reponerte de las caminatas de día y de noche. Pero escuchas y sientes cómo la noche, igual que una gran ciudad, no muere — aves y monos nocturnos se dejan escuchar, sin dejar nunca la sensación de ser observado. Nosotros somos la novedad para monos y otros seres no acostumbrados a presencia humana.

Fueron 3 días de caminatas y navegación por la selva. Senderos que, en unos pocos kilómetros, van cambiando en vegetación y animales que puedes observar.

El regreso por el río

Cinco horas de navegación para la vuelta: primero por el río Tuichi, que desemboca en el Beni, en cuya orilla está Rurre. Como siempre, la navegación es una gran oportunidad para ver fauna y apreciar el desnivel, que hace que la selva se descuelgue desde las montañas hasta el río — la autopista por donde la gente se mueve. Poco a poco la selva va dejando espacio a pequeños campos agrícolas con bordes difusos. Te vas cruzando con botes con más turistas, pero principalmente con habitantes del lugar, camino a sus hogares o pescando. Los últimos minutos y ves el puente sobre el Beni y el puerto de Rurre.

Créditos: Eduardo Donoso. Director Fundación Bio Insumos Nativa.
Créditos: Eduardo Donoso. Director Fundación Bio Insumos Nativa.

Una victoria concreta — y frágil

Las comunidades indígenas de la región lograron detener las represas El Bala y Chepete. San José de Uchupiamonas rechazó formalmente los proyectos invocando sus derechos territoriales ancestrales y su decisión de basar su futuro en el turismo. La presión sostenida de pueblos Tacana, Tsimane’, Leco y Mosetén, junto con la documentación del impacto sobre el corredor hídrico, frenó proyectos que el Estado presentaba como inevitable progreso energético. Fue una victoria concreta sobre siete mil millones de dólares de inversión proyectada, ya que la riqueza de Madidi no está ni en la energía que puede producir ni en el oro del río Tuichi — su riqueza está en sus habitantes, tanto humanos como no.

Dentro de los factores que generaron la movilización social de los últimos meses, está el hecho de que el gobierno boliviano firmó un acuerdo con cooperativas mineras que abre prácticamente todo el territorio nacional a la actividad extractiva, incluyendo áreas protegidas. Lo que agrava el daño que ya genera la minería ilegal y desconoce los acuerdos entre el Estado de Bolivia y las comunidades indígenas. La ironía es brutal: el mismo Estado que negoció el rechazo a las represas firma hoy el acuerdo que abre el territorio a la minería. No es incoherencia. Es la misma lógica extractiva con distinto instrumento.

El modelo de conservación basado en turismo comunitario que Pedro representa es económicamente viable — el Chalalán Ecolodge, operado por la comunidad de San José, fue nominado por National Geographic entre los ochenta destinos turísticos principales del planeta. Pero es un modelo que depende de vuelos comerciales que el Estado puede suspender, de caminos que los bloqueos pueden cortar y de combustible que puede escasear. Su viabilidad no está garantizada por ninguna política pública.

La riqueza

En algún momento del viaje de regreso, Pedro recuerda lo que le dijo un amigo europeo que visitó el lodge hace años: que él era rico. No como metáfora — como dato. Que vivía en un lugar donde la naturaleza era su riqueza, algo que casi nadie en el mundo podía decir con propiedad. Por el lugar donde vive, ni los supermillonarios pueden estar a su nivel. Esto fue un punto importante en su vida, lo ayudó a empoderarse, viajó por el mundo y volvió para armar el lodge en lo profundo de su hogar.

En un planeta donde el 0,004% del territorio concentra el 10% de las aves conocidas, donde cada metro cuadrado de hojarasca contiene soluciones evolutivas que la ciencia no ha terminado de leer, la pregunta no es si ese lugar tiene valor. La pregunta es quién decide qué tipo de riqueza cuenta. (Y quién paga las consecuencias cuando la respuesta es la equivocada.)

Última noche en Rurre. El viernes despegamos temprano y poco a poco la selva se va convirtiendo en páramo y en altiplano, para volver a La Paz, desde donde retornamos a nuestra isla continental que es Chile — eso se lo explicamos en un próximo artículo.

*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.

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