Antes de llegar a Tierra del Fuego, nunca había entendido realmente la dimensión de esta isla. Como muchos chilenos, sabía poco de ella. Apenas algunas imágenes asociadas al “fin del mundo”, a grandes estancias o al estrecho de Magallanes. Pero recorrerla es descubrir un territorio inmenso e histórico. En esta ocasión tuve la oportunidad de atravesarla por tierra, recorriendo la isla de norte a sur en vehículo por el lado chileno, cruzando largas pampas, caminos de ripio y pequeños poblados aislados. Viajar de esta forma me permitió experimentar de cerca no solo la magnitud del paisaje fueguino, sino también la vida cotidiana y la cultura de quienes habitan uno de los lugares más australes y remotos del país.

Parque Natural Karukinka,  Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera
Parque Natural Karukinka, Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera


La Isla de Tierra del Fuego es la más grande de Sudamérica y comparte territorio entre Chile y Argentina. A lo largo de su extensión, el paisaje cambia radicalmente: desde pampas abiertas en el norte, hasta densos bosques subantárticos, turberas, montañas y fiordos en el extremo sur. El clima también transforma la experiencia del viaje: el viento, las bajas temperaturas y las enormes distancias entre poblados hacen que recorrer la isla sea enfrentarse a una geografía compleja y desafiante.

Fiordo Parry, Tierra del Fuego. Créditos: Ángela Uribe
Fiordo Parry, Tierra del Fuego. Créditos: Ángela Uribe


La sensación de aislamiento nos acompaña a lo largo del viaje. Se percibe en los caminos vacíos, en las largas horas de conducción sin cruzarse con otro vehículo, y en sus pequeños poblados. Según cifras del Instituto Nacional de Estadísticas (INE), la comuna de Primavera ha perdido cerca de un 40% de su población en las últimas décadas, convirtiéndose en uno de los ejemplos más evidentes del despoblamiento que afecta a Tierra del Fuego. Este fenómeno ha ido acompañado de un envejecimiento de la población, y una disminución sostenida de niños y jóvenes. Lamentablemente, las dificultades para habitar Tierra del Fuego van mucho más allá de la lejanía geográfica o la falta de servicios: las enormes distancias, el clima extremo y las oportunidades laborales y educativas para las nuevas generaciones han empujado históricamente a muchas familias a emigrar hacia otros lugares de la región.

Sin embargo, a pesar de las dificultades, también existen quienes deciden quedarse. En Tierra del Fuego, gran parte del turismo sigue dependiendo de familias que mantienen un vínculo profundo con la tierra, quienes nacieron en la isla o crecieron entre estancias, y que hoy abren sus hogares a quienes llegan buscando conocer este territorio remoto.

Cumbre Pietro Grande, Parque Karukinka en Tierra del Fuego. Créditos: Ángela Uribe
Cumbre Pietro Grande, Parque Karukinka en Tierra del Fuego. Créditos: Ángela Uribe

Uno de esos lugares es el Salón de Té Nona Nina, ubicado en la comuna de Primavera, en lo que alguna vez fue la antigua Estancia José Bauk y hoy funciona como un pequeño refugio en medio de la inmensidad fueguina. Allí, la misma familia continúa viviendo y recibiendo viajeros en el comedor de su propia casa. La experiencia gira en torno a la gastronomía patagónica, elaborada con ingredientes cultivados en su jardín y frutos típicos de la zona como ruibarbo, calafate y murta, presentes en mermeladas, postres y preparaciones caseras. Después de largas horas atravesando paisajes abiertos y caminos solitarios, esta bienvenida se siente cálida y reconfortante.

El norte de la isla está dominado por la estepa. Conducir por esos caminos produce una sensación difícil de explicar: el horizonte parece desdibujarse entre el cielo y la tierra, mientras el viento mueve constantemente el entorno. Los guanacos aparecen a ambos lados de la carretera y las distancias parecen extenderse indefinidamente. Hay momentos en que el silencio parece absoluto y el paisaje comienza a generar una extraña sensación de vacío, y es en estos largos tramos, donde se comienzan a revelar rastros de su historia y memoria.

Fiordo Parry. Isla del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera
Fiordo Parry. Isla del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera

A pesar de que la estepa transmite una apariencia salvaje e intacta, gran parte de este paisaje fue transformado por la intervención humana. Con la instalación de las grandes estancias ganaderas, miles de kilómetros de alambrados comenzaron a fragmentar un territorio que durante siglos había permanecido abierto, siendo transitado libremente por los Selk’nam y por manadas de guanacos. Más tarde, la introducción masiva de ovejas alteró el equilibrio de la estepa: se consumió gran parte de la vegetación nativa, erosionando y desertificando los suelos.

Pero a medida que avanzamos hacia el sur, Tierra del Fuego cambia. El relieve comienza a elevarse y el clima se vuelve más húmedo. Poco a poco aparecen los bosques de lenga y ñirre, turberas y los primeros cordones montañosos que anuncian la cercanía de la Cordillera de Darwin. En esta parte de la isla, las grandes estepas se pierden para dar paso al bosque, la humedad y a caminos sinuosos.

Caleta María, comuna de Timaukel, Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Ángela Uribe
Caleta María, comuna de Timaukel, Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Ángela Uribe

En medio de este paisaje se encuentra el Parque Natural Karukinka, uno de los lugares más importantes para la conservación en Tierra del Fuego. Recorrer sus senderos permite comprender la fragilidad de los ecosistemas subantárticos, pero también las transformaciones que ha sufrido la isla. En distintas zonas del parque son visibles los daños provocados por los castores, una especie introducida décadas atrás que alteró de manera significativa los bosques y cursos de agua. Aun así, entre árboles caídos y humedales transformados, la vegetación sigue abriéndose paso. Este lugar alberga algunos de los ecosistemas más importantes del extremo austral del continente: extensos bosques de lenga y coihue, turberas, estepa fueguina e incluso zonas costeras que sirven de refugio para numerosas especies de flora y fauna. De esta forma, este lugar representa hoy un espacio fundamental para la conservación, restauración ecológica y educación ambiental en uno de los rincones más remotos de Chile.

Nona Nina. Créditos: Alfredo Rivera
Nona Nina. Créditos: Alfredo Rivera

Uno de los recorridos más impresionantes dentro de Karukinka es el ascenso al cerro Pietro Grande. El sendero, de aproximadamente cinco horas en total y de dificultad intermedia, permite observar cómo el paisaje fueguino cambia constantemente a medida que se gana altura. El recorrido atraviesa densos bosques de coihues, valles húmedos y zonas abiertas. A lo largo del trayecto, el silencio del bosque solo es interrumpido por el sonido del agua y las aves que atraviesan los árboles. Poco a poco, la vegetación comienza a abrirse y el entorno revela la transición completa de la geografía de Tierra del Fuego: la unión entre la estepa, los bosques y las montañas que rodean el extremo sur. Desde la cumbre, las vistas en 360 grados permiten dimensionar la inmensidad y diversidad de este territorio, convirtiendo al Pietro Grande en uno de los mejores miradores naturales para comprender la variedad de ecosistemas presentes en la isla.

Pero quizás la experiencia más sobrecogedora ocurre aún más al sur. Desde Caleta María, una pequeña localidad fueguina, comienzan las navegaciones hacia los fiordos de la Cordillera de Darwin. Durante horas, la embarcación avanza entre bosques húmedos, montañas cubiertas de nieve y glaciares colgantes que aparecen y desaparecen entre las nubes, revelando algunos de los escenarios más remotos del extremo austral del continente.

Fiordo Parry. Isla del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera
Fiordo Parry. Isla del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera


A medida que la navegación avanza, el paisaje cambia lentamente. Los densos bosques y las laderas cubiertas de vegetación dan paso a grandes morrenas, paredes glaciales y enormes masas de hielo que parecen caer directamente sobre el mar. Durante el viaje, la fauna comienza a aparecer entre el silencio de los fiordos: lobos marinos descansando sobre las rocas, cormoranes y albatros siguiendo la embarcación y, dependiendo de la temporada, la posibilidad de compartir productos recién extraídos del mar por pescadores artesanales de la zona. La navegación, de aproximadamente ocho horas, permite comprender Tierra del Fuego desde otra perspectiva: la del mar. Después de días recorriendo pampas, bosques y caminos solitarios, llegar a los fiordos de la Cordillera de Darwin es la mejor forma de cerrar este viaje.

Cumbre Pietro Grande. Parque Karukinka, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera
Cumbre Pietro Grande. Parque Karukinka, en la Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera

Frente al aislamiento de los fiordos fueguinos, resulta inevitable pensar en lo poco intervenido que permanece este lugar. Y es que, más allá de la imponencia de los paisajes, lo que realmente conmueve es la sensación de pureza que todavía conservan.

En uno de los territorios más remotos del continente, navegar por estas aguas también invita a reflexionar sobre la enorme riqueza natural y biodiversidad que existe en Chile. En un país donde gran parte de los ecosistemas han sido transformados por la urbanización, la industria o la explotación de recursos, Tierra del Fuego todavía resguarda espacios donde la naturaleza continúa dominando el territorio. Lugares que permiten imaginar cómo eran (o cómo podrían volver a ser) muchos de estos paisajes antes de nuestra intervención.

Caleta María, comuna de Timaukel, Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Ángela Uribe
Caleta María, comuna de Timaukel, Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Ángela Uribe

Viajar por la isla no se parece a recorrer otros destinos de la Patagonia: Aquí no hay grandes ciudades, pueblos llenos de turistas ni infraestructura masiva. Tierra del Fuego sigue siendo un territorio difícil, remoto y silencioso, y justamente ahí reside gran parte de su belleza. En el extremo austral del continente todavía existen lugares donde el silencio domina sobre cualquier intervención humana, y el paisaje nos recuerda lo pequeños que somos frente a la naturaleza.

Parque Natural Karukinka, Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera
Parque Natural Karukinka, Isla Grande de Tierra del Fuego. Créditos: Alfredo Rivera

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