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Postales de la migración: una galería para contemplar a los chipes de México en la mirada de Alberto Lobato
Pequeños, inquietos y difíciles de seguir con la mirada, los chipes son protagonistas de algunos de los viajes migratorios más extraordinarios del planeta y también de historias que solo pueden encontrarse en México. En esta galería, las imágenes de Alberto Lobato (biólogo y fotógrafo de naturaleza) muestran la diversidad de estas aves, desde especies endémicas hasta grandes migradoras.
Entre las ramas de un pino, en un bosque de niebla o incluso en el jardín de una casa, un destello amarillo o carmesí puede delatar la presencia de un chipe, también conocido en distintas regiones de México como reinita, cajita o bijirita. Se trata de aves diminutas de la familia Parulidae, inquietas y especialmente difíciles de seguir con la mirada.
Los pájaros saltan a la vista en busca de insectos mientras cantan (aguda y repetitivamente) un inconfundible «chipe, chipe, chipe».
Para el biólogo y divulgador científico Alberto Lobato, egresado de la Universidad Veracruzana y observador de aves desde los once años, el interés por estos pájaros comenzó hace casi dos décadas en el jardín de su casa. Durante un mes de octubre descubrió a un Chipe corona negra (Cardellina pusilla) recorriendo con paciencia las plantas. Aquel visitante, que regresaba cada invierno, despertó una curiosidad incendiaria en Alberto que cambiaría su forma de mirar a las aves.

Cuando llegó abril, el chipe desapareció. Fue entonces cuando Lobato comprendió que algunas especies recorren miles de kilómetros entre sus zonas de reproducción, en los bosques boreales de Norteamérica, y los sitios donde pasan el invierno, entre ellos muchas regiones de México. “En ese momento descubrí que algunos chipes eran grandes viajeros, capaces de migrar cientos de kilómetros desde sus áreas de anidación en los lejanos bosques boreales, hasta el jardín de una casa en medio de una ciudad en el trópico, y de nuevo regresar al norte con la llegada de la primavera”, recuerda.
Años después, esa inquietud tomó forma con Crónicas del Chivizcoyo, Historias de Aves, un proyecto de divulgación con más de 16,000 seguidores dedicado a acercar la ornitología a públicos no especializados.

Chipes que solo viven en México
Los chipes forman una familia exclusiva del continente americano. Habitan desde selvas y manglares hasta bosques templados, montañas y desiertos. Algunas especies permanecen toda su vida en un mismo territorio, mientras que otras realizan algunas de las migraciones más largas entre las aves pequeñas. México ocupa un lugar privilegiado en esa historia ya que es hogar de especies residentes y endémicas, además de ser una escala o destino para millones de individuos migratorios cada año.
Ahora bien, si uno camina por los bosques de coníferas de Veracruz o de Oaxaca, es muy probable encontrarse con una de las joyas más deslumbrantes de nuestra avifauna. «Allí puedes encontrarte con el Chipe rojo (Cardellina rubra), uno de los más coloridos e impresionantes miembros de su familia», señala Lobato. Esta ave de plumaje rojo intenso es endémica de los bosques templados altos de México.
Además, su belleza roja tiene un componente evolutivo pues sintetiza un alcaloide defensivo en sus plumas procedente de su dieta de insectos, característica que en el pasado alimentó mitos populares sobre supuestas propiedades alucinógenas.

Muy lejos de esos bosques, en los oasis de Baja California Sur, vive otra especie exclusiva de México. La mascarita peninsular (Geothlypis beldingi) habita únicamente estos pequeños humedales rodeados por el desierto. “Esperando [subraya] con paciencia a orillas de los oasis es posible encontrarla”, comenta Lobato. Su distribución tan restringida la convierte en un ejemplo de la fragilidad de los ecosistemas aislados.
El mosaico de residentes se expande hacia las selvas de montaña y bosques nublados del sur del país con el chipe rosa (Ergaticus versicolor), una maravilla visual de cabeza y pecho en tonos rosados y plateados sobre un cuerpo carmesí. En estas mismas serranías abunda el pavito alas negras (Myioborus miniatus), un chipe residente conocido por desplegar la cola mientras busca insectos entre la vegetación.
Al igual que muchas aves especies endémicas y residentes, los chipes enfrentan el reto constante de la fragmentación de su hábitat. Como señala Alberto Lobato en sus crónicas, entender que estas aves dependen estrictamente de microclimas específicos (como un oasis peninsular o un bosque de pino-encino de alta montaña) es indispensable para valorar su riqueza biológica y asumir la responsabilidad de su conservación.

De los bosques boreales al Caribe: la odisea de los chipes migratorios
Cada otoño, millones de aves emprenden el viaje desde Norteamérica hacia latitudes más cálidas. Entre ellas se encuentra el chipe cabeza negra (Setophaga striata), que atraviesa México rumbo a Sudamérica antes de regresar al norte en primavera para reproducirse.
Otras especies encuentran en México su refugio durante el invierno. Por ejemplo, el amenazado chipe cachetes amarillos (Setophaga chrysoparia) utiliza la Sierra Madre Oriental como corredor migratorio antes de establecerse en Chiapas y Centroamérica. El chipe azulnegro (Setophaga caerulescens) pasa la temporada fría en el Caribe mexicano, mientras que el chipe de collar (Cardellina canadensis) aprovecha los cafetales de sombra para alimentarse, un ejemplo de cuán cruciales pueden ser los paisajes productivos cuando conservan su cobertura vegetal.

También existen especialistas que dependen de ambientes muy particulares. El chipe arroyero (Parkesia motacilla) busca insectos en ríos limpios y fríos; el chipe corona café (Limnothlypis swainsoni) permanece oculto entre la vegetación propia de humedales; el chipe garganta naranja (Setophaga fusca) y el chipe atigrado (Setophaga tigrina) destacan por sus patrones de color, mientras que el chipe trepador (Mniotilta varia) recorre los troncos, como emulando a un pequeño carpintero.
La migración también ha dado lugar a adaptaciones sorprendentes. El chipe de rabadilla amarilla (Setophaga coronata) puede digerir la cera de ciertas bayas cuando escasean los insectos, mientras que el chipe amarillo (Setophaga petechia) construye nuevas capas sobre su nido para cubrir los huevos depositados por tordos parásitos.
Para quienes desean observar esta diversidad, Lobato recomienda los meses de marzo, abril, septiembre y octubre. “Es principalmente a lo largo del Golfo de México y la Península de Yucatán donde, durante un buen día de estos meses, podemos encontrar hasta veinte especies de chipes en una sola caminata”, señala.

Narrar y divulgar desde la visión de Crónicas del Chivizcoyo
Capturar la fugacidad natural de estas aves requiere una mirada que trascienda la técnica. Desde marzo de 2017, Alberto Lobato a través de Crónicas del Chivizcoyo ha abordado, también, la relación entre los seres humanos y las aves en un contexto latinoamericano.
Para Alberto, fotografiar la naturaleza es una extensión narrativa. «Yo considero mi experiencia dentro de la fotografía de aves como un desarrollo de las muchas formas que tengo para contar las historias de las aves con las que compartimos un espacio, así como una manera de documentar a los seres que veo a lo largo del tiempo», explica.

En un mundo hipersaturado de imágenes, inmediatez y la inacabable trampa algorítmica que habitamos, Lobato enfatiza que su mayor reto fotográfico está lejos de la cámara y más en los imperativos éticos: «Creo que el mayor reto que hay en este momento para la fotografía de naturaleza y en particular de aves ya no es tanto un desafío técnico, sino que consiste en evitar convertir un ave en un simple objetivo del ego fotográfico, ignorando que es un ser vivo que tiene sus propias necesidades y ciclos de vida y que merece todo nuestro respeto».
Esa visión transforma la aproximación al campo. Lobato se sale de la narrativa de «cazar el trofeo visual», y, en cambio intenta entablar un diálogo horizontal (y, quizá, más biocéntrico) con el entorno. «La mejor foto, en mi opinión, es aquella que se busca y se realiza desde el aprendizaje y el respeto a aquellos seres que retratamos».

Aunque su vínculo inicial con la ornitología estuvo marcado por la llegada de aquel chipe corona negra a su jardín, la fascinación de Alberto se extiende a otras familias aviares de México, entre las que destacan las matracas o saltaparedes (familia Troglodytidae): «Siento que son bastante curiosos y expresivos, además de que en México tenemos una gran cantidad de especies únicas con hábitos y estilos de vida sorprendentes».
Ya sea siguiendo el destello carmesí de un chipe en la montaña o el canto alegre de una matraca, para Lobato, contar las historias de estas aves desde un eje visual sigue siendo una herramienta poderosa que puede hacer una diferencia significativa en su protección.


Mariana Mastache