Conoce al árbol de manitas (Cheiranthodendron pentadactylon), también conocido como macpalxóchitl, especie de los bosques mesófilos de montaña de México y Centroamérica. Sus flores, que parecen pequeñas manos rojas, no solo le dieron un lugar en la medicina tradicional y en la historia de los pueblos originarios, sino que también desempeñan un rol ecológico imprescindible para aves, murciélagos y otros polinizadores. Hoy enfrenta amenazas que ponen en riesgo su conservación.
Previo a que los botánicos intentaran describir a este árbol y mucho antes de que recibiera un nombre científico, ya había algo en su apariencia que obligaba, a quien se cruzara con él, a detenerse y contemplarlo con más atención. La especie es capaz de alcanzar entre 30 y 40 metros de altura y desarrollar troncos de más de dos metros de diámetro, de modo que no pasa inadvertido entre el bosque. Pero eso no es lo más sorprendente que tiene para mostrarnos. Aún desde lejos, nos da la impresión de estar cubierto por decenas de pequeñas manos rojas que resaltan entre el verduzco (y denso) follaje. Se trata del árbol de manitas.
Los elementos que adornan a esta especie vegetal no son manos, por supuesto. Son los estambres de sus flores, estructuras modificadas como resultado de millones de años de presiones evolutivas y que, por siglos, no han dejado de avivar la curiosidad de pueblos originarios, exploradores, naturalistas y científicos.

La explicación de esa forma tan peculiar está en la propia anatomía de la flor. A diferencia de la mayoría de las especies vegetales con flor, el árbol de manitas no desarrolla pétalos. En su lugar forma un cáliz grueso, de tonos café rojizos, del que emerge una columna rematada por cinco largos estambres de un rojo intenso. Son los mismos que forman la silueta de una mano, una estructura que, además de darle su aspecto inconfundible, hace posible la polinización.
En la base de cada flor se acumula abundante néctar. Esa reserva convierte al árbol en un auténtico punto de encuentro para numerosas especies. Si vigiláramos a un árbol de manitas durante el día podríamos ver que llegan calandrias, colibríes, mosqueros y reinitas. Estas aves introducen la cabeza entre los estambres para alcanzar el néctar. Al hacerlo, el polen se adhiere a su plumaje y viaja con ellas hacia la siguiente flor.
Cuando cae la tarde, los murciélagos nectarívoros e incluso los tlacuaches visitan la planta y continúan el transporte del polen.
Toda esta red de interacciones ocurre en el bosque mesófilo de montaña, uno de los ecosistemas más frágiles de México. A más de 1700 metros sobre el nivel del mar, el árbol de manitas encuentra las condiciones de humedad y temperatura que necesita para prosperar. A nivel nacional, su distribución abarca principalmente los estados de Guerrero, Puebla, Oaxaca, Chiapas, Estado de México y Michoacán. También se extiende por países como Guatemala y Honduras.

Un árbol con mucha historia y arraigo cultural
La historia del árbol de manitas con las personas, especialmente en el contexto mexicano, también tiene raíces profundas. Los antiguos nahuas, por ejemplo, lo llamaron Macpalxóchitl, que significa “flor con forma de mano”. Esta especie se encontraba tan inmersa en la cotidianidad prehispánica (y, más adelante, colonial) que aparece mencionado en el Códice de la Cruz-Badiano, elaborado en 1552 y considerado el primer tratado de plantas medicinales del continente americano. En sus páginas se describe el uso de las flores, preparadas en infusión, para aliviar problemas digestivos, trastornos nerviosos, inflamaciones y padecimientos cardiovasculares.
Más de dos siglos después, durante el impulso que la Corona española dio al estudio de la naturaleza en la Nueva España mediante la Real Expedición Botánica, la creación del Jardín Botánico y la instauración de la primera cátedra de botánica, el naturalista novohispano José Dionisio Larreátegui describió formalmente la especie.
Larreátegui eligió un nombre científico que conservaba, prácticamente, la misma idea del náhuatl: Cheiranthodendron pentadactylon. Esta nomenclatura proviene del griego, donde cheir significa mano; anthos, flor; dendron, árbol; y pentadactylon, cinco dedos.

Macpalxóchitl y su potencial biomédico
En cuanto a la investigación contemporánea sobre el árbol de manitas, además de los estudios taxonómicos, en las últimas décadas se ha dado un salto de la tradición oral a los laboratorios.
Así, distintos estudios que pusieron a prueba los conocimientos ancestrales en torno a esta especie identificaron compuestos como la epicatequina, un flavonoide presente en sus flores que mostró actividad antidiarreica en modelos experimentales. Algunos ensayos incluso encontraron que este compuesto reduce la secreción intestinal (inducida por toxinas bacterianas) con una eficacia comparable a la de medicamentos utilizados como referencia en laboratorio.
Si bien estos resultados respaldan algunos de sus usos tradicionales, los investigadores advierten que todavía no existen estudios clínicos suficientes para confirmar su eficacia y seguridad en personas.

Los esfuerzos por conservar una especie longeva (y a su ecosistema)
Además de conocer el potencial biomédico de esta especie, la comunidad científica enfrenta otro desafío pues, en comparación con muchas otras especies vegetales, el árbol de manitas tiene un ritmo de vida lento. Puede tardar más de 25 años en alcanzar la madurez reproductiva y producir flores. Sus semillas, además, poseen una cubierta tan dura que permanecen en estado de latencia durante largos periodos antes de germinar.
Dicha estrategia les permite sobrevivir al invierno en los bosques de montaña, pero también dificulta la regeneración natural cuando sus poblaciones disminuyen. Esto último cobra importancia en el contexto de cambio climático que hoy habitamos. Por ello, investigadores mexicanos han buscado formas de mejorar su propagación.
Estudios recientes demostraron que tratamientos sencillos, como la escarificación mecánica (es decir, romper o debilitar una capa exterior dura) de las semillas antes de sembrarlas, pueden incrementar la germinación de menos del 10 % a más del 80 %. En otras palabras, se puede tener una mayor producción de plántulas para viveros y esto abre nuevas oportunidades para restaurar poblaciones en las zonas donde el árbol ya desapareció.

En el 2026 que se escriben estas líneas, el Macpalxóchitl enfrenta un panorama complejo. Al igual que ocurre con muchas especies vegetales distribuidas en México, factores como la tala, el cambio de uso de suelo y la pérdida del bosque mesófilo han reducido considerablemente sus poblaciones en estado silvestre. Por ello, permanece catalogado como Amenazado en la NOM-059-SEMARNAT.
Conservar al árbol de manitas, sin embargo, significa mucho más que evitar la desaparición de un árbol vistoso y extraordinario. También implica proteger el bosque que lo sostiene y la compleja dinámica ecológica que se ha formado a su alrededor durante miles de años a través de polinizadores y visitantes como aves, murciélagos, insectos y una enorme diversidad de plantas que dependen, directa o indirectamente, del ecosistema.
Todavía hoy podemos ser testigos de esas relaciones cuando caminamos por los bosques nublados de México y Centroamérica.

Mariana Mastache