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“See Them All”: las fotografías que buscan devolverle la dignidad a los animales después de su muerte
¿Qué significa detenerse frente a un animal muerto en el camino? Para la antropóloga y fotógrafa estadounidense Amanda Stronza, puede ser un acto de reconocimiento, duelo y cuidado. Desde hace años, recoge animales silvestres que encuentra muertos y crea a su alrededor pequeños memoriales con elementos de la naturaleza, para luego fotografiarlos y escribir sobre sus vidas. Su proyecto See Them All —Verlos a todos— busca cambiar la manera en que miramos estas muertes y recordar que detrás de cada cuerpo hay un individuo, una historia y una vida que alguna vez compartió nuestro mismo paisaje. Una mirada que también interpela a Chile, donde los atropellos de fauna ocurren a lo largo de caminos y carreteras que atraviesan sus hábitats.
Una ardilla yacía muerta en medio de una calle transitada de Austin, Texas. Los autos continuaban su recorrido y las personas pasaban junto a ella sin detenerse. Para muchos, aquel pequeño cuerpo era apenas otro elemento del paisaje urbano. Para Amanda Stronza, en cambio, era una vida que acababa de terminar y que merecía ser despedida.
En 2019, la antropóloga y fotógrafa estadounidense se detuvo frente a aquella escena. Recogió flores, piñas y otros elementos que encontró en el entorno y los dispuso cuidadosamente alrededor del cuerpo. Después tomó una fotografía. No podía devolverle la vida a la ardilla, pero sí podía hacer algo que, para ella, resultaba igualmente importante: detenerse, mirarla y reconocer que había existido.
«La gente pasaba junto a ella: andaban en bicicleta, paseaban, caminaban con sus perros, conversaban con amigos y disfrutaban de un hermoso día. Nadie prestaba atención a la ardilla. Nadie siquiera la miraba. La trataban como si fuera invisible. Como si no fuera nada», cuenta Amanda.
«No quería que una bicicleta o un cochecito volviera a atropellarla, así que la recogí y la llevé al costado del sendero. La rodeé con flores moradas y ramas. Se veía tan tranquila, con su cuerpo en perfecto reposo. Le tomé una fotografía con mi teléfono y compartí la imagen en Instagram. Escribí: “Nadie que la vea ahora la descartará como ‘otra ardilla muerta’”», añade.



Aquel gesto terminó convirtiéndose en See Them All —Verlos a todos—, un proyecto artístico que Stronza mantiene hasta hoy. A través de él, recoge animales muertos, principalmente víctimas de atropellos, y construye alrededor de sus cuerpos pequeños memoriales con flores, hojas, ramas, piedras y otros elementos naturales. Luego los fotografía y escribe sobre ellos.
Desde 2018, ha creado casi 300 homenajes para animales tan distintos como ciervos, puercoespines, mofetas, coyotes, tortugas, armadillos, serpientes, aves, zarigüeyas y gatos. Algunos fueron encontrados en carreteras; otros, en senderos, veredas o incluso en su propio jardín. Lo que los une no es la especie ni la forma en que murieron, sino la decisión de detenerse frente a ellos.
La práctica, sin embargo, había comenzado mucho antes de aquella primera fotografía. Stronza ya recogía animales muertos de los caminos y los llevaba a lugares tranquilos desde muchísimo antes.

«Me inspiró Barry Lopez, quien escribió sobre hacer esto en su libro Apologia. La poeta Mary Oliver también lo hacía. Pero nunca los había fotografiado ni había escrito elegías para ellos hasta que las personas reaccionaron con tanto amor y cuidado ante la ardilla», relata Amanda.
Cuando encuentra un animal muerto, y las condiciones permiten acercarse sin ponerse en peligro ni poner en riesgo a otras personas, se detiene. Si puede moverlo, lo lleva a un sitio tranquilo. Si no es posible trasladarlo, trabaja junto al camino, procurando apartar el cuerpo del asfalto y del flujo de vehículos.
Hay algo profundamente deliberado en ese gesto. Para Stronza, dejar un animal tendido junto a una carretera, expuesto al tránsito, no es una forma neutral de terminar su historia. Por eso intenta devolverle un lugar de descanso, aunque sea por unas horas.

Los memoriales tienen también una dimensión práctica. Stronza nunca entierra los cuerpos. Los deja en espacios donde otros animales puedan alimentarse de ellos y continuar así el ciclo de la vida. Coyotes, buitres, zorros y zarigüeyas pueden convertirse en parte de ese último capítulo.
«Cuando prestamos atención, veremos la muerte en todas partes, justo al lado de la vida: la descomposición dando paso al crecimiento, los cuerpos muertos alimentando a los seres vivos. Una de las razones por las que no entierro a los animales es porque quiero proporcionar lugares más seguros para que los buitres, zorros, zarigüeyas y otros animales que se alimentan de carroña puedan prosperar», explica Amanda.
Crear cada memorial es, para ella, una práctica pausada y casi ritual. Busca lo que tiene alrededor y dispone hojas, ramas, piedras, flores o plantas de acuerdo con la estación y el lugar. A veces puede llevar al animal a su casa y dedicarle más tiempo; otras, debe trabajar al borde de la carretera, con los vehículos pasando a pocos metros.

«Intento encuadrar a los animales de manera que muestre su elegancia, dignidad, color y gracia. Al fotografiar la muerte, siempre espero mostrar la vida. Naturaleza muerta. Sin los memoriales, sin estos círculos de color, muchas personas quizás nunca mirarían a un animal muerto. Quizás nunca lo verían. El arte puede darnos el valor para mirar y el corazón para ver», añade.
Por eso evita mostrar sangre o heridas y procura que los cuerpos no aparezcan en posiciones que acentúen la violencia del accidente. No quiere ocultar que murieron, pero tampoco convertir ese momento en espectáculo. Quiere que las personas puedan mirar sin apartar los ojos. Y también quiere que, al mirar, conozcan a ese animal.
En sus textos, cada cuerpo deja de ser simplemente “una serpiente”, “una ardilla” o “un pájaro atropellado”. Stronza intenta reconstruir, a partir de lo que observa y de lo que imagina, una vida particular: dónde estaba, qué pudo estar haciendo, qué otros animales compartían su entorno.



Así ocurrió con una serpiente ratonera de Texas que encontró mientras conducía hacia la universidad donde es maestra. Al tomarla, su peso y la sensación de su cuerpo le hicieron pensar durante un instante que todavía estaba viva. Regresó a casa con ella, aun sabiendo que llegaría tarde a clases, porque quería hacer algo hermoso.
La rodeó con flores de su jardín y, al atardecer, llevó el cuerpo hasta un nido de buitres que había descubierto en el bosque. A la mañana siguiente, la serpiente había desaparecido. Los buitres se habían llevado su cuerpo.
«Cuando creo y fotografío homenajes, veo más que al animal. Aquí veo más que una serpiente ratonera de Texas rodeada de flores. Aquí hay una comunidad y un vínculo; un vecino, una ofrenda, una pérdida, un ciclo. Una vida y una muerte», escribió Amanda en aquel momento.
«La madre buitre observaba desde lo alto, protegiendo a su cría. Me pregunté qué comprendería ella. Qué vería. Cuando regresé a la mañana siguiente, descubrí que ella y su pareja se habían llevado a la serpiente. No quedaba rastro de él. Solo la madre y su preciada cría. Una vida nueva. Aquí hay una comunidad. Aquí hay un ciclo», agregó.

Esa forma de mirar también acompañó a Stronza durante los años en que realizó muchos de sus homenajes junto a Matilda, su perrita cattle dog. La llevaba con ella y la observaba acercarse a los animales muertos con una delicadeza que Amanda nunca olvidó: olfateaba los cuerpos, caminaba alrededor de ellos y parecía percibir que aquel momento tenía algo de solemne.
Cuando Matilda murió, Stronza hizo con ella lo mismo que había hecho con tantos otros animales. La rodeó de flores y fotografió su cuerpo. La decisión no fue sencilla. Pero para Amanda habría resultado extraño haber dedicado años a reconocer la muerte de animales desconocidos y no hacer lo mismo con quien había sido su compañera.
Esa experiencia también la llevó a pensar en las distintas formas en que nuestra sociedad permite expresar el duelo. Existen rituales y espacios para despedir a las personas. También reconocemos el dolor por la muerte de animales de compañía. Pero, cuando se trata de un animal silvestre, las reglas parecen cambiar.

«Llamar a los animales “atropellados” y hablar de ellos como “poblaciones” puede hacer que sea más fácil ignorar la vida y la muerte del individuo. Cuando no vemos al individuo, creo que tampoco logramos hacer el duelo. Les pido que veamos a ese mapache, que recordemos que tenía pensamientos y sentimientos, que comprendamos que tenía una familia y una personalidad. Ella merecía mi duelo. Nuestro duelo», relata.
En ese sentido, See Them All no busca solamente recordar a los animales que murieron. También cuestiona la facilidad con que aprendemos a pasar junto a ellos.
«Espero que estos memoriales también puedan ayudarnos a reconocer cómo nuestras formas de vida provocan la pérdida de otras vidas. Les pido que nos detengamos y miremos y, de esa manera, reconozcamos y pidamos perdón por todas las formas en que dañamos y destruimos los hogares, criaderos, caminos, cursos de agua, lugares de juego y escondites de los animales. Ponemos nuestro mundo, nuestras cosas, sobre el de ellos», menciona Amanda.



Carreteras que atraviesan territorios de fauna
Esa reflexión adquiere otra dimensión cuando se piensa en las carreteras. En Chile, caminos y rutas atraviesan bosques, matorrales, quebradas y ecosistemas desérticos que también forman parte del territorio de numerosas especies. Los animales necesitan cruzarlos para alimentarse, buscar refugio, reproducirse o desplazarse entre distintos sectores de su hábitat. En ese trayecto, algunos mueren bajo las ruedas de un vehículo.
Se han registrado atropellos de huemules, güiñas, pumas, gatos colocolo, coipos, zorros, culebras, sapos y numerosas especies de aves. Incluso animales pequeños, como tarántulas y otros invertebrados, están expuestos a este riesgo. Pero hay algo que se parece mucho a la escena que dio origen al trabajo de Amanda: muchas de esas muertes ocurren frente a nuestros ojos y, aun así, pueden desaparecer rápidamente de nuestra atención.
Chile no cuenta con estudios sistemáticos y de largo plazo que permitan saber cuántos animales mueren anualmente en sus caminos y carreteras. Buena parte de la información disponible depende de personas que se detienen, observan, fotografían y reportan los cuerpos encontrados. Personas como Amanda.

Una de las principales iniciativas para reunir estos datos es Fauna Impactada en los Caminos y Carreteras de Chile (FICCH), impulsada por la Red de Observadores de Aves y Vida Silvestre de Chile (ROC) y la Universidad de La Serena. A través de la ciencia ciudadana, el proyecto busca identificar qué especies están siendo afectadas, dónde ocurren los atropellos y qué factores pueden explicar su concentración.
Hasta ahora, se han registrado más de 2.300 casos en iNaturalist, gracias a la participación de cientos de observadores. Los registros analizados por estudiantes del Colegio San Sebastián de Salamanca muestran que las aves representan el 51% de las observaciones, seguidas por mamíferos, reptiles, anfibios e invertebrados. Entre las especies con mayor cantidad de registros aparecen la culebra de cola larga, la tenca y el zorro culpeo.
Pero esos números son solo una parte de la historia. Allí donde nadie observa ni registra, el atropello puede desaparecer sin dejar huella en las estadísticas. Que existan menos registros en determinadas zonas, por lo tanto, no significa necesariamente que ocurran menos atropellos. Registrar permite comenzar a ver el problema. El siguiente paso es evitar que siga ocurriendo.

En distintas partes del mundo se han construido pasos de fauna, túneles y ecoductos para permitir que los animales atraviesen las carreteras sin compartir el espacio con los vehículos. Chile también cuenta con algunas experiencias, aunque su implementación continúa siendo limitada frente a la extensión de la red vial.
La señalética, la reducción de velocidad en sectores determinados, las medidas estacionales y el diseño adecuado de las carreteras también pueden contribuir a disminuir las colisiones. Para saber dónde y cómo aplicar estas medidas, sin embargo, se necesita información. Y allí la ciudadanía vuelve a adquirir un papel fundamental.
«Aunque nuestras carreteras están llenas de muerte, el tema de los animales atropellados rara vez se discute. Cuando hablamos de ello, suele ser desde la burla o la broma, tratando a los animales atropellados como algo sucio o desagradable, o de alguna manera gracioso», señala Amanda.
«Es una respuesta al hecho de que tantos animales mueren en nuestros caminos, veredas y senderos. Según una estimación, nuestros vehículos matan a un millón de aves, reptiles, anfibios y mamíferos cada día», añade.

Para Stronza, sin embargo, mirar también puede abrir una posibilidad distinta: reconocer que los animales que encontramos en nuestros caminos no son obstáculos ni residuos, sino parte de las comunidades que compartimos. Y Chile ocupa un lugar especial dentro de esa mirada.
«¡Me siento muy afortunada de que Chile sea parte de mi historia! Viví allí en 1971, cuando apenas tenía cuatro años, así que tengo muy pocos recuerdos. Pero sí recuerdo el hermoso paisaje del desierto de Atacama. Está grabado en mi corazón. También recuerdo la calidad de la luz y a los maravillosos chilenos que me trataron como parte de su familia», cuenta Amanda.
«Sudamérica siempre me ha hecho sentir como en casa. Viví un año en Colombia como estudiante de intercambio durante la enseñanza media, luego en Perú durante la universidad y en Ecuador antes de convertirme en profesora. Sé con certeza que Chile es el lugar que plantó la semilla y me dio mi primer amor por el continente», añade.

Aquel primer vínculo con Chile comenzó cuando Amanda tenía apenas cuatro años, pero permaneció en su memoria como una mezcla de paisaje, luz y afecto. Décadas después, regresó para recorrer Santiago, Valparaíso y el Parque Nacional Alerce Costero.
Quizás por eso su trabajo también encuentra un eco particular en los caminos de este continente. Porque detrás de cada atropello hay un territorio compartido: una carretera construida sobre el paisaje, un animal que intenta atravesarlo y una persona que puede decidir si continúa de largo o se detiene.
En uno de sus homenajes recientes, Stronza escribió sobre un pequeño gato que murió intentando cruzar cuatro carriles. Imaginó que hubiera podido jugar entre las flores, sentir el sol en sus bigotes o dormir sobre una manta. Imaginó, sobre todo, que el conductor lo hubiera visto. Ese deseo —que alguien vea— atraviesa todo su trabajo.

«Me ha conmovido la manera en que han llegado a tantas personas. Todos los días, personas de distintas partes del mundo comparten conmigo historias de duelo, me cuentan cómo ver a estos animales les resulta reconfortante y catártico, o me muestran un memorial que ellos mismos crearon. Para mí, esto habla de cómo estamos procesando nuestro duelo y de cuánto anhelamos reconectarnos con los animales de maneras significativas», afirma Amanda.
Las flores no borran la muerte, tampoco pueden deshacer el accidente, pero pueden devolverle al animal algo que la carretera le quitó: un momento de quietud, un espacio de cuidado, una mirada que no se aparta.
Y quizás allí esté el verdadero sentido de See Them All, en aprender a reconocer a quienes siguen compartiendo nuestros caminos, nuestros jardines, nuestros bosques y nuestros paisajes. Porque un memorial puede ser una despedida, pero también puede ser una forma de empezar a mirar.
«Un memorial puede ayudarnos a ver quiénes viven entre nosotros, muchas veces fuera de nuestra vista. Compartimos nuestros caminos con tortugas, armadillos, ciervos y muchos otros animales, y en estos espacios también nos entrelazamos a través de la muerte», sentencia Amanda.


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Jǒzepa Benčina Campos