Durante años de investigación sobre la vivienda indígena contemporánea en el norte de Chile, dibujé la cuenca del río Copiapó creyendo que estaba registrando una geografía. Comencé siguiendo el recorrido del agua desde la cordillera hasta el mar. Cada quebrada se convertía en una línea; cada afluente encontraba su lugar sobre el papel. Poco a poco apareció una figura inesperada. Vista desde arriba, la cuenca parecía un árbol. Sus ramas descendían desde la cordillera y convergían en un único tronco, el río Copiapó. Había, sin embargo, algo extraño. El tronco desaparecía antes de alcanzar el océano. Durante mucho tiempo pensé que aquella ausencia era simplemente un dato hidrológico. Después comprendí que era otra cosa. El dibujo no mostraba únicamente el recorrido del agua. Mostraba las huellas de un paisaje profundamente transformado.

Cuenca Río Copiapo Créditos: Carlos Hevia
Cuenca Río Copiapo. Créditos: Carlos Hevia

En ese mismo mapa, casi todo el espacio verde lo ocupaban las haciendas convertidas en parcelas, donde el agua todavía llega y parras y olivos devuelven una idea de fertilidad, y los tranques de las instalaciones mineras, que desvían la mayor parte de los cauces y la convierten en derecho de agua, un insumo privado que ya no vuelve al cauce común. Recorrí la cuenca intentando comprender esas huellas. Fue en los márgenes, sobre la tierra seca que el mapa apenas registraba, donde empecé a encontrar, una y otra vez, la misma escena mínima. Creía que estaba buscando casas, hechas de muros, pisos y techos ligeros. Terminé aprendiendo a leer paisajes que, incluso heridos, todavía ofrecían algo. El primero que me enseñó fue un árbol.

En lo alto de la cordillera, lejos de los caminos principales que llevan a las faenas, un molle solitario crece donde antes bajaban las aguas estacionales de la quebrada Chañar que, río abajo al juntarse con la quebrada Carrizalillo, alimentaba el mismo cauce que hoy se seca antes de llegar al mar. Los otros molles de ese bosque, los que alguna vez dieron sombra a otras familias en tránsito, hoy son apenas ruinas, marcas en el suelo, rocas apiladas de refugios que no reciben el agua, árboles que dejaron de recibir cuidado cuando dejaron de recibir gente.

El molle de Raúl, un hombre Colla, fue una casa antes que la casa. Antes de levantar un muro, ya tenía techo, el que dibujaba la copa del árbol. Bajo esa sombra fueron apareciendo, después, la cocina, la mesa, el sillón y las sartenes que cuelgan de sus ramas. La vivienda no empezó con una construcción. Empezó cuando el árbol volvió a ofrecer las condiciones para permanecer, y Raúl respondió subiendo en su camión, hasta las raíces del molle, el agua que el río ya no trae. En ese molle apareció, por primera vez, la escena mínima que se repite en toda esta cuenca, alguien que cuida algo vivo, y desde ese cuidado se encadena todo lo demás. Hay un nombre para eso en la filosofía andina, el ayni, la reciprocidad entre quien cuida y quien es cuidado.

Hombre colla bajo el molle Créditos: Carlos Hevia
Hombre colla bajo el molle. Créditos: Carlos Hevia

Ese mismo gesto de refugio, de cuidado y búsqueda de casa dio forma, algunos kilómetros valle abajo, a la comunidad de Piedra Luna. Alejadas de la ciudad, familias Colla se instalaron junto a uno de los últimos bosques de chañar que quedaban en pie, siguiendo una ruta de trashumancia atada al linaje de sus propios ancestros. El sitio estaba marcado, además, por vestigios arqueológicos de ocupaciones mucho más antiguas. El chañar no solo daba sombra. Su fruto, molido en harinas y convertido en arrope, ha sido durante siglos alimento y remedio, transmitido sobre todo entre mujeres. Cuidar ese bosque reactivó primero el agua, camiones aljibe y mangueras repartiendo lo poco que llegaba, y desde ahí, patios, huertos, un vivero de árboles frutales, corrales de cabras y gallinas. Soñaron también con instalar atrapanieblas para capturar agua de la niebla; ese sueño nunca alcanzó a construirse. Aun así, durante ocho años, las casas brotaron junto a los chañares, como los chañares, transformándose mutuamente.

Después llegó el desalojo. Apenas dos años y medio después de instalarse de manera definitiva, las viviendas fueron desarmadas, algunas quemadas, y una zanja profunda se abrió en el borde del predio para impedir cualquier regreso. Lo que ocurrió después tiene, también, un nombre en la filosofía andina. Es el pachakuti, el quiebre que no cierra el tiempo sino que lo revuelve, perdiéndose en lo viejo para renacer en lo nuevo. Aquí quedó a medio camino. La pérdida ocurrió entera, pero el renacer nunca alcanzó la tierra. Y sin embargo, un año más tarde, Lorena y Patricio volvieron a caminar el sitio, justo donde antes humeaba la cocina de la tía Margarita. No fueron a quedarse en la pérdida. Se detuvieron bajo la sombra de un chañar solitario, uno que seguía en pie entre los radieres vacíos, como quien confirma que un lugar sigue existiendo aunque nadie viva ya en él.

Bajo el chanar, comunidad Huillanco Créditos: Carlos Hevia
Bajo el chanar, comunidad Huillanco. Créditos: Carlos Hevia

Más al sur, en San Pedro, el árbol ya no está. Tampoco el agua. Solo permanece el lugar donde ambas cosas existieron. José Domingo, un hombre diaguita, se detiene sobre el lecho seco de lo que alguna vez fue un tranque y extiende los brazos, como si todavía pudiera sentir el agua en la piel. Cuesta imaginar que este mismo valle fue, durante siglos, un oasis conocido como San Francisco de la Selva, donde molles y chañares convivían con palmeras, álamos y sauces traídos en tiempos coloniales. «No es imaginar, es recordar», dice José Domingo.

Jose Domingo, hombre diaguita en el tranque Créditos: Carlos Hevia
Jose Domingo, hombre diaguita en el tranque. Créditos: Carlos Hevia

El sauce bajo el que aprendió a nadar hundía sus raíces en las napas de ese mismo tranque; sus ramas flexibles condensaban «la conjunción entre agua y tierra, memoria y futuro». Hoy una cancha de fútbol ocupa el sitio del embalse, y el sauce solo existe en el recuerdo. Pero esa memoria sigue orientando lo que la familia hace todos los días. La casa de Rosa, su hermana, un módulo prefabricado de setenta metros cuadrados, se fue desbordando en huertos, hornos, gallineros y una mesa larga bajo la sombra de una malla que reemplaza al sauce ausente. Preparar pan, regar con el agua justa, caminar hasta el tranque para recordar dónde estuvo el agua. Son gestos de ayni entre el cuerpo, la casa y el paisaje. «No es nostalgia. Es potencia.» Y a diferencia de Piedra Luna, donde la tierra nunca llegó a ser propia, aquí, sobre un terreno con título, el cuidado sí alcanza a hacer volver algo de verde. Un huerto que reverdece con el agua justa, un pan que sigue saliendo del horno cada mañana.

A noventa kilómetros de la ciudad, donde el desierto de Atacama termina de golpe en el mar, crece un bosque invisible desde la orilla. El huiro, negro, palo y flotador, alberga más de ciento cincuenta especies y respira, bajo el mar, más carbono del que respira un bosque en tierra firme. Junto a las rocas que lo bordean, en Caleta Barranquilla, antiguo refugio trashumante del pueblo chango, se levanta la casa de Lorenzo y María Angélica, frente al agua. Llegaron por primera vez a fines de los años ochenta, a instalar carpas de verano cuando la caleta era apenas un puñado de rucos de totora y calamina; volvieron cada temporada hasta que, a comienzos de los años dos mil, la salud de ambos los empujó a quedarse de manera permanente. Cada mañana, antes de que salga el sol, María Angélica —la Coto— entra en ese bosque, baja a la playa y se sumerge de pies a cabeza. Mientras trabaja, su día continúa recorriendo las playas y recogiendo, extendiendo y trenzando el huiro sobre la piedra para que se seque. De ese gesto repetido financiaron, junto a Lorenzo, la casa donde viven hoy. Dar al mar el trabajo de las manos, recibir del mar lo necesario para seguir ahí.

Reina changa caleta barranquilla Créditos: Carlos Hevia
Reina changa caleta barranquilla. Créditos: Carlos Hevia

Tito, pescador y buzo recolector chango, llegó a Barranquilla por esos mismos años, cuando todo era, como él recuerda, «puro peladero, pura piedra y arena», y no existían caminos. Ha sido, junto a otros pescadores pioneros, protagonista de las transformaciones que en apenas dos décadas convirtieron un asentamiento disperso entre dunas y roqueríos en un balneario que en verano recibe más de doce mil personas. Pero aquí el vuelco todavía está en curso. Ese mismo crecimiento trajo la exportación masiva, que arranca los bosques de huiro desde la base, reduciendo cada temporada lo que el mar todavía puede ofrecer, y amenaza hoy con desplazar al mismo hombre que ayudó a levantarlo. A pocos metros, sobre la misma franja de rocas, su familia y otras familias changas llevan más de quince años bajo la misma orden de desalojo portuario, repetida desde 2008 sin concretarse nunca del todo. «¿Para qué seguir arreglando si en cualquier momento nos sacan?», dice Tito. Y sigue arreglando de todos modos, cada clavo y cada plancha una manera de seguir ahí. Nadie sabe todavía hacia qué lado se inclinará esta vez.

Vuelvo, al final, a la desembocadura donde el río ya no llega al mar. Cordillera arriba, en cada quebrada de esa cuenca dibujada, mujeres y hombres Colla, Diaguita y Chango siguen construyendo sus casas, regando un árbol, cuidando un huerto, secando algas al sol. Nada de esto ofrece una recomposición garantizada ni una derrota definitiva. Los paisajes nunca dejan de ofrecer posibilidades. Lo que cambia históricamente es el conjunto de las que permanecen disponibles. En la montaña, un hombre responde a la posibilidad que un árbol todavía ofrece. En el valle, las familias responden a un paisaje que sobrevive en la memoria. En la costa, mujeres y hombres, pescadores y recolectores, responden al bosque submarino que sostiene a su comunidad. Ninguno intenta devolver el territorio a un estado anterior. Reconocen que nada de lo que habita esta cuenca existe por sí solo, y organizan su existencia alrededor de aquello que todavía conserva la potencia de sostener la vida.

Comprendo, ahora, que aquellas líneas que dibujé al comienzo no trazaban solamente el recorrido del agua. Dibujaban esta misma red de relaciones, que pese a las interrupciones todavía busca la manera de reunirse. El río tal vez solo vuelva a tocar el mar tras una lluvia extraordinaria. Pero mientras alguien siga reconociendo esa potencia y respondiendo a ella, la cuenca entera sigue siendo, de cordillera a costa, una misma trama viva.

Desembocadura Río Copiapó Créditos: Carlos Hevia
Desembocadura Río Copiapó. Créditos: Carlos Hevia

Referencias

Hevia Riera, C. (2025). Habitar lo imposible: modos de vida singulares Colla, Diaguita y Chango en las ruinas del paisaje capitalista de la cuenca del río Copiapó [Tesis de magíster en Hábitat Residencial, Universidad de Chile].

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.

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