¿Alguna vez te has preguntado de dónde nace todo el conocimiento que tenemos hoy sobre la naturaleza y la ciencia en Chile? Detrás de muchas de las primeras descripciones de nuestra flora, fauna y territorio nacional, existe una historia de observación que se remonta a siglos más atrás.

Juan Ignacio Molina (1740 – 1829), más conocido como el Abate Molina, fue un sacerdote jesuita, naturalista, botánico, geógrafo e historiador chileno. Es considerado una de las figuras pioneras de la ciencia natural en Chile.

Entre sus principales obras se encuentran el Compendio de la historia geográfica, natural y civil del reino de Chile (1776), publicado desde Bolonia, que cuenta con antecedentes sobre la geografía, naturaleza e historia del territorio chileno; el Ensayo sobre la historia natural de Chile (1782), uno de sus trabajos más fundamentales donde describe y clasifica especies chilenas; y el Ensayo sobre la historia civil de Chile (1787), dedicado a la historia, sociedad y costumbres del país. Antes de morir, publicó además Memorias de Historia Natural (1829), donde profundizó en varias de sus ideas sobre las ciencias naturales.

Juan Ignacio Molina. Créditos: Wikimedia Commons / Dominio Público.
Juan Ignacio Molina. Créditos: Wikimedia Commons / Dominio Público.

Nacido en la hacienda Huaraculén, en la actual Región del Maule, el 24 de junio de 1740, Molina creció en un territorio que estaba muy lejos de parecerse al Chile que conocemos hoy. Su hogar se situaba entre los ríos Maule y Loncomilla, y los esteros Ranquilco y Charquejo, a 10 kilómetros de San Javier y al noreste de Villa Alegre. En plena época colonial, cuando las ciudades eran aún incipientes y la región no tenía todavía fronteras, su interés por el estudio de la naturaleza comenzó desde muy joven, en parte impulsado por su padre, Don Agustín Molina.

Los primeros años y su acercamiento a la naturaleza

Don Agustín supo reconocer la fascinación de su hijo por las ciencias naturales y, lejos de desalentarlo, la impulsó.

El biólogo Diego Urbina, académico de la Universidad Santo Tomás y uno de los escritores del libro Conociendo la Flora y Fauna con Abate Molina y Molinai, explica: “Su papá lo incentivó mucho en el naturalismo. Él tenía un cargo importante, su abuelo también era coronel español, y en ese mandato que tenía el rey, su papá lo incentivaba a conectar con la naturaleza, esto cuando era niño. De hecho, en sus libros se describe que su papá tenía una pequeña colección, un pequeño museo. Eso habría sido un evento importante”.

Su padre lo llevaba a recorrer los bosques y montañas de la frontera araucana, en excursiones donde Molina podía observar directamente la naturaleza de su entorno. Gracias a la posición económica de la familia, también reunía ejemplares de animales y plantas, además de artefactos chilenos y algunas de las primeras manifestaciones de arte araucano que formaban parte de la colección familiar. Así, desde niño, el Abate vivió una experiencia directa con la naturaleza y las expresiones culturales del territorio que más tarde describiría.

Sin embargo, sufrió la pérdida de sus padres a temprana edad. Quedó al cuidado de familiares en Talca, aunque su infancia transcurrió entre el fundo familiar y la entonces naciente villa. Allí comenzó su formación, estudiando latín y otras asignaturas que fueron alimentando su vida intelectual. En 1755, continuó sus estudios de Filosofía en el Seminario de Concepción, considerado entonces uno de los principales colegios de formación eclesiástica del país. Para ese momento, su pasión por el conocimiento se extendía especialmente hacia las ciencias naturales, el estudio de la flora y fauna del territorio chileno.

Esta temprana formación se vinculó además con el contexto de la época, marcado por la expansión colonial europea y el interés de los imperios por conocer y explotar los territorios de América. Años más tarde, ese interés por la naturaleza adquirió una dimensión distinta en la obra del Abate. El conocimiento que había comenzado como una curiosidad por las especies y el territorio se transformó en una forma de estudiar y reivindicar la naturaleza sudamericana.

La clasificación de recursos naturales formaban parte de una época en que el conocimiento del territorio estaba estrechamente ligado a los proyectos de las potencias coloniales. En ese sentido, las primeras aproximaciones de Molina a su entorno ocurrieron dentro de una sociedad colonial. Más tarde, el exilio transformaría esa relación con el territorio.

La Compañía de Jesús y su expulsión de Chile

La Compañía de Jesús llegó a Chile en 1593 con el objetivo de evangelizar a los pueblos originarios y “educar” a la población que habitaba la zona, incorporándolos en el sistema imperial como súbditos oficiales del rey. Los jesuitas se destacaron en la producción agrícola, artesanal y agroindustrial, adquiriendo gran cantidad de patrimonio.

Esta misma adquisición creciente de bienes despertó recelos en las autoridades políticas y monárquicas, que además venían acompañados de desconfianza ante la lealtad de la Compañía. Esto provocó la expulsión e incautación de sus bienes en 1759 de Portugal, en 1762 de Francia y en 1767 de todos los dominios del rey Carlos III de España, incluyendo a Chile.

La mayor parte de los 181 jesuitas chilenos exiliados se refugiaron en Italia, donde continuaron con su labor cultural y religiosa, ahora inspirada en la patria lejana. Luego, la medida fue levantada por Fernando VII en 1815, lo que permitió su regreso a Chile.

Tras su expulsión, Molina se instaló en Bolonia, Italia. Allí desarrolló gran parte de su obra y comenzó a describir Chile desde la distancia. “En Europa se le dio la oportunidad de darse cuenta de la importancia de ese conocimiento que él tenía sobre Chile y además ahí tuvo los medios de poderlo publicar”, explica Francisco Garrido, antropólogo y Curador de Arqueología en el Museo Nacional Historia Natural. “En general era muy difícil publicar desde América, la imprenta era muy escasa. En ese sentido, muchos de los trabajos que la gente realizaba quedaban a nivel de manuscrito y muy pocos llegaban siquiera a publicarse. Hay que pensar que incluso, por ejemplo, Alonso de Ovalle, que fue otro jesuita anterior a Molina, también publicó en Europa”.

Sus escritos contribuyeron a poner valor en la naturaleza y las particularidades de América frente a las ideas europeas de la época, convirtiéndose en una de las primeras voces científicas en defender y difundir el conocimiento sobre el territorio chileno desde Europa.

Su obra científica desde el exilio

Tras la incautación de su material en el Callao durante su viaje a Italia, desde otro lado del océano, el Abate Molina describió la flora, fauna y geografía de Chile. Con su obra, contribuyó a la incorporación del territorio americano al conocimiento científico de su época, cuestionando, a su vez, las ideas que presentaban a América como un espacio inferior frente a Europa.

“No solamente a él, sino que varios de los otros jesuitas que iban en el barco, cuando pararon en el Callao, les confiscaron sus manuscritos. Y al principio, el primer compendio que sale en 1776, que es un compendio anónimo, él lo publica casi de memoria. E incluso las ilustraciones y los grabados también son hechos de esa memoria y comparten imaginación. Él mismo también dice que se consiguió algunas fuentes con otras personas que estaban en Europa que tenían algunos datos y él trató de utilizar lo que él considera más fidedigno”, explica Garrido.

Molina comenzó de esta forma la reconstrucción del país que había dejado atrás. En una Europa donde el conocimiento sobre Chile y otros territorios americanos era todavía limitado, sus escritos llevaron al mundo científico una descripción mucho más amplia de estas tierras. No se limitó a registrar especies de flora y fauna: también escribió sobre sus montañas, suelos, geografía, clima, recursos naturales, costumbres y pueblos indígenas, reuniendo en sus obras parte del conocimiento que había adquirido durante sus años en Chile.

Claudio Pereira, director de Explora Maule y jefe de la Unidad de Divulgación de la Universidad de Talca, expresa: “Lo que el Abate Molina había descrito cuando él estuvo en Italia no solo da a conocer la flora y fauna. Cuando se fue a Bolonia, dio a conocer el territorio chileno ante una comunidad intelectual súper importante de Europa, y genera ese marco de que hay biodiversidad, de que hay un territorio que era desconocido en Europa principalmente”.

En este contexto, su trabajo también significó una forma de disputar las ideas que circulaban en el continente europeo sobre América y sus habitantes. Frente a una mirada que muchas veces presentaba estos territorios como incivilizados o inferiores, el Abate describió la naturaleza y la sociedad chilena desde su propia experiencia, poniendo gran valor en su diversidad. Así, desde Italia convirtió el territorio en el que creció en una fuente de conocimiento científico para el resto del mundo.

Aunque antes de Juan Ignacio Molina ya existían escritos sobre la naturaleza y el territorio de Chile, su trabajo introdujo una herramienta que resultó fundamental para la ciencia de su época: el sistema de clasificación de especies desarrollado por el naturalista sueco Carlos Linneo.

“Una de las cosas más importantes del Abate Molina es que da a conocer Chile en una clave científica, es el primero que lo hace de esta forma. Mucha gente había hablado de Chile a nivel muy general y él es el primero que usa el sistema de Linneo a un nivel sistemático para clasificar la naturaleza en Chile. En ese sentido, es un gran aporte naturalista más allá de simplemente describir qué aves o animales había”, explica Garrido.

Aves de Chile, 1776. Compendio della storia geografica, naturale, e civili del regno del Chile. Créditos: Memoria Chilena
Aves de Chile, 1776. Compendio della storia geografica, naturale, e civili del regno del Chile. Créditos: Memoria Chilena

Incluso, en el prólogo escrito por el Dr. Rodolfo Jaramillo de la edición de 1986 del Ensayo Sobre la Historia Natural de Chile, se explicita que Molina fue erudito de muchos conocimientos modernos para la época, que estudió de forma autodidacta, como la física de Newton, la química de Boerhaave, la zoología de Brisson, la botánica de Tournefort y Linneo, la mineralogía y geología de Waller y Bomaré, las altas matemáticas de Euler, la filosofía de Gassendi y Descartes, astronomía, historia, geografía y, en latín, griego, francés, italiano y mapudungún. En el mismo libro, el Abate narra: “Por eso he compuesto, en la parte final, un Ensayo [esquemático] de la Flora Chilena, con éstos y los demás vegetales mencionados, reducidos a Clase, Orden y Género, según el sistema del célebre Linneo”.

El jesuita utilizó esta metodología para ordenar y describir la flora y fauna chilena de acuerdo con un sistema científico contemporáneo a sus investigaciones, permitiendo que el conocimiento que había adquirido pudiera ser comprendido y estudiado dentro del lenguaje científico que se consolidaba en la época.

Esta forma de sistematizar la información fue uno de los aspectos que distingue su obra de otros relatos científicos anteriores sobre Chile. Molina facilitó que sus observaciones fueran retomadas por investigadores posteriores y se convirtieran en una referencia para el estudio de la naturaleza chilena. Su aporte, por tanto, no estuvo únicamente en lo que observó, describió y publicó, sino también en la forma en que organizó ese conocimiento.

A través de sus escritos e ilustraciones, Molina describió y nombró más de 400 especies nativas de Chile, tanto plantas como animales. En su ensayo fundamental, registró especies de la flora como el boldo (Peumus boldus), el litre (Lithraea caustica) y la palma chilena (Jubaea chilensis), además de animales como el guanaco (Lama guanicoe), el cóndor (Vultur gryphus), el huemul (Hippocamelus bisulcus) y el llamado pájaro niño, hoy conocido como pingüino de Humboldt (Spheniscus humboldti). Algunas de las denominaciones que introdujo continúan vigentes, mientras que otras han sido revisadas por la ciencia con el paso del tiempo.

Descripciones sobre costumbres chilenas e indígenas

El interés del abate en dar a conocer Chile no solo se limitó a su naturaleza. En sus escritos, Molina dedicó espacio a describir costumbres, formas de vida, juegos, vestimenta y organización de los pueblos que habitaban el territorio, entre ellos el pueblo mapuche.

De esta manera, su obra buscó ofrecer a los lectores europeos una mirada amplia y distinta a la que existía sobre América y sobre Chile, que no se reducía a sus especies y paisajes, sino que también consideraba a las sociedades y culturas que formaban parte de ese territorio.

Givoco il Cututumpeucu, 1776. Compendio della storia geografica, naturale, e civili del regno del Chile. Créditos: Memoria Chilena.
Givoco il Cututumpeucu, 1776. Compendio della storia geografica, naturale, e civili del regno del Chile. Créditos: Memoria Chilena.
Givoco la chueca, 1776. Compendio della storia geografica, naturale, e civili del regno del Chile. Créditos: Memoria Chilena
Givoco la chueca, 1776. Compendio della storia geografica, naturale, e civili del regno del Chile. Créditos: Memoria Chilena

Y esta forma de describir costumbres influenció, posiblemente, en un cambio de paradigma sobre cómo se entendían los pueblos originarios al otro lado del océano. Garrido expresa que la importancia de estas descripciones culturales recae en que “quizás, más adelante, fueron importantes cuando empiezan los procesos de independencia. Hay que pensar que toda la primera etapa de la independencia hubo una muy buena imagen de los indígenas, porque se veían sobre todo como un símbolo de libertad y resistencia entre los españoles. Después eso cambió con el tiempo”.

Referencia para nuevos naturalistas

La influencia de la obra de Molina no terminó con sus publicaciones. Sus descripciones de la naturaleza chilena se convirtieron en un punto de referencia para los naturalistas que continuaron estudiando el territorio durante el siglo XIX. Entre ellos estuvo Charles Darwin, naturalista británico que planteó la teoría de la evolución, quien llegó a Chile a bordo del HMS Beagle con conocimiento de la obra de Molina e incluso recurrió a ella para contrastar sus propias observaciones.

En sus escritos sobre la fauna chilena, como su diario y la zoología del viaje, Darwin retomó las descripciones de especies como el gallinazo, el jote, el traro y distintos zorros y murciélagos.

Sobre esto, Garrido explica que “los trabajos naturalistas del siglo XIX, todos hasta cierto punto toman como base a Ignacio Molina, además que su obra no solamente se traduce al español desde el italiano, sino que también al inglés. Charles Darwin, cuando viene a Chile en el viaje del Beagle, venía con una copia del libro de Molina. Todo el tiempo que está describiendo especies se basa en las descripciones de Molina, ya sea para ratificarlas, corregirlas o agregar nuevos ejemplares. El abate era la fuente principal para el conocimiento del etnólogo natural, por lo menos en esta parte de Sudamérica”.

La influencia del Abate comenzó a extenderse entre los círculos científicos europeos incluso antes de que su obra fuera retomada por los naturalistas de siglos posteriores. Entre quienes conocieron su trabajo estuvo Alexander von Humboldt, uno de los grandes exploradores y naturalistas alemanes de su época. Aunque ambos fueron contemporáneos, nunca llegaron a conocerse personalmente, pero sí mantuvieron correspondencia.

Urbina cuenta que “Humboldt le manda una carta a la Abate Molina cuando está en Bolonia y se quiere reunir con él para conversar de lo que vio. Humboldt nunca estuvo en Chile en la época, pero sí obviamente vio mucha biodiversidad que era común en los ecosistemas andinos. Le mandó una carta al abate Molina para conversar exclusivamente de las características del cóndor que él vio en Ecuador, en el volcán Chimborazo, y las descripciones que tenía Molina del cóndor que habitaba en Chile, que eran bastante diferentes”.

Así, desde las primeras conversaciones intelectuales que su obra generó en Europa hasta su utilización por naturalistas como Darwin, los trabajos del abate Molina fueron formando parte de una cadena de conocimiento que continuó desarrollándose, incluso mucho después de su muerte.

Retrato de Juan Ignacio Molina, 1805. Créditos: Memoria Chilena
Retrato de Juan Ignacio Molina, 1805. Créditos: Memoria Chilena

La vigencia de su legado científico

Más de dos siglos después de sus primeras publicaciones, la figura del abate Juan Ignacio Molina continúa presente tanto en la ciencia como en el territorio que lo vio nacer.

Por una parte, su legado también permanece inscrito en la propia naturaleza que dedicó su vida a estudiar. La murtilla o murta (Ugni molinae) lleva su nombre científico en su honor. Molina fue el primero en describir este arbusto para la ciencia europea en el Ensayo sobre la historia natural de Chile, clasificándola originalmente bajo el nombre de Myrtus ugni. En 1848, el botánico ruso Nicolai Stepanowitsch Turczaninow reclasificó la planta en un nuevo género separado, bautizándola definitivamente como Ugni molinae Turcz, manteniendo viva la figura del Abate en la botánica hasta el día de hoy.

Por otro lado, su obra sigue siendo estudiada y citada en textos dedicados a la historia de las ciencias naturales y al conocimiento de la biodiversidad chilena, mientras que en el Maule su legado forma parte de la memoria local, donde distintos monumentos, espacios e instituciones llevan su nombre. Su aporte no solo permitió que la naturaleza de Chile fuera conocida y estudiada en Europa, sino que también dejó una huella que permanece vinculada al territorio que, desde muy joven, despertó su interés por comprender la naturaleza.

Distintas instituciones educacionales, como la Universidad de Talca, han impulsado activamente su legado. Su obra se ha actualizado mediante proyectos transmedia con realidad aumentada y la Cátedra Abate Molina, demostrando que su visión sigue vigente por diversas razones.

En este mismo sentido, su nombre continúa apareciendo en publicaciones y obras dedicadas al estudio de la flora, fauna y biodiversidad de Chile, tanto como referencia histórica como en la denominación y descripción de distintas especies.

Sobre esto, Urbina, Pereira y junto al diseñador Nicolás Ortiz, quienes participaron en la producción de Molinai, libro de divulgación científica orientado a un público juvenil sobre el Abate Molina, expresan que su trabajo invita a las nuevas generaciones a conocer más sobre la figura histórica y científica del abate: “Para nosotros como equipo, como grupo de investigación entorno al rescate, más que investigación, del rescate de Abate Molina, ha sido super interesante colocar el valor para nuevas generaciones y posicionarlo para que entiendan la importancia de estudiar el territorio y la identidad del Maule y del país, a través del conocimiento de especies naturales y su historia”.

Por otro lado, Garrido hace hincapié en la relevancia de la forma en que Molina describe el territorio nacional: “Él también, cuando describe las especies, va más allá de sus características físicas, muchas veces da cuenta de su distribución, su hábitat, incluso los usos locales, que obviamente son temas que, el día de hoy, han cambiado bastante, ya sea por temas climáticos, ambientales, de distribución o como también por el tema de usos culturales”.

Más de dos siglos después de que publicara sus primeros trabajos, sus observaciones y descripciones forman gran parte de la historia del conocimiento natural del país, demostrando que su aporte trascendió la época en que fue escrito y continúa presente en la manera en que hoy se estudia la naturaleza chilena.

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