La linda tierra de Chile
es mejor que sus engendros,
mayor que sus cantadores,
sus alcaldes y prefectos.
Ella es heroica, dulce y varia,
como la canción de Homero,
aquí está recién nacida
y ya cuenta mil senderos.
Ella no muerde con soles,
rojos ni morados hielos.
Ella se llama Templanza,
Madrina Brazos abiertos,
Doña Acción justificadora
y Vela y Sueño perfecto.

«La linda tierra de Chile», Poema de Chile

En Poema de Chile, Gabriela Mistral reconstruye el territorio nacional a partir de sus recuerdos, incluyendo en él sus paisajes, sus animales, sus plantas y las personas que los habitaban. Publicado por primera vez en 1967, el libro puede leerse como un recorrido poético por un Chile que, casi siete décadas después, ha cambiado profundamente.

Volver hoy a esos versos nos permite seguir una ruta por la biodiversidad que Mistral observó y nombró, pero también detenernos en aquello que ha cambiado: especies que hoy se encuentran amenazadas, paisajes que han perdido enorme parte de su vegetación y territorios cuya relación con el ser humano ya no es la misma. A través de sus poemas, es posible recorrer Chile y preguntarse: ¿cuánto de ese paisaje que Mistral llevó consigo permanece todavía?

Gabriela Mistral: naturalista y poeta

«‘Leer ciencia es la fiesta de mi vejez’ decía Gabriela Mistral, quien estudió durante muchos años geografía, botánica y zoología mientras trabajaba en los versos del Poema de Chile, en libros que adquiría y encargaba», explica explica Claudia Reyes García, investigadora, escritora y biógrafa chilena especializada en la vida y obra de Gabriela Mistral, directora de la Editorial Letrarte y autora de Gabriela Mistral: Biografía breve.

La relación de Gabriela Mistral con la naturaleza comenzó a temprana edad, en Montegrande, y se convirtió en una presencia constante a lo largo de su vida y obra. Los cerros del Valle del Elqui, el río, la tierra y la vida rural no fueron para la poeta un simple escenario, sino parte de una experiencia que marcó su manera de observar, escribir y comprender el mundo. Ese vínculo también atravesó su labor pedagógica, donde la naturaleza adquirió un lugar como espacio de aprendizaje y como parte de una forma de relacionarse con el entorno.

«También a través de cartas pedía datos específicos. ‘No he logrado nada científico de veras sobre el huemul. Costumbres y descripción del animal un poco minuciosa. Es el personaje central de este poema mío’ y ‘tengo librotes de zoología. Tratan solo los ciervos europeos. Y él es otra cosa'», añade la investigadora.

Entre sus obras más importantes se encuentra el Poema de Chile, una oda al territorio nacional que no solo describe su flora y fauna, sino que hace, también, un llamado a la conservación y el cuidado de esta biodiversidad. Este nace del propio recorrido de la poeta por Chile.

Según Reyes, «cada lugar, cada aroma, cada uno de los versos de Poema de Chile son el propio caminar de Gabriela Mistral a través de Chile. Es un libro que nace de su experiencia vivencial, en su Valle del Elqui, y luego atravesando de norte a sur el país durante once años, desde Antofagasta hasta Magallanes antes de partir a México a protagonizar la reforma educacional de ese país. El origen primigenio de la obra está sin duda en aquella ruta del verso y la lección, más de una década en la cual como maestra primero y como maestra luego, Mistral se nutrió de la naturaleza chilena con exquisita sensibilidad y su ojo limpio».

Construyendo el mapa natural

El Poema de Chile fue una obra póstuma. Gabriela Mistral trabajó en ella durante las últimas dos décadas de su vida, mientras recorría distintos países y llevaba consigo los manuscritos de una obra que imaginaba como una suerte de regreso a su tierra natal. Diez años después de su muerte en 1957, su gran amiga y albacea Doris Dana reunió y ordenó 77 poemas para dar forma al libro que sería publicado en 1967. Lamentablemente, esa primera edición no logró instalarse con fuerza en la crítica ni en la academia chilena.

A pesar de ello, la historia del libro no terminó con aquella publicación. Tras la muerte de Doris Dana en 2006, más de 20 mil páginas manuscritas de Mistral fueron encontradas. Entre ellas, cientos de textos inéditos y numerosos poemas vinculados al gran Poema de Chile que no habían sido incluidos en su edición original. Parte de ese material comenzó a publicarse posteriormente y permitió ampliar el conjunto de poemas que conocemos hoy. De esta forma, el Poema de Chile que ha llegado hasta nuestros días es también el resultado de una historia de manuscritos, archivos y búsquedas: un libro que Mistral escribió durante años desde fuera del país y que continuó reconstruyéndose, incluso mucho después de su muerte.

El recorrido que Mistral hace es, en apariencia, geográfico: una mujer fantasma atraviesa el país acompañada de un “indiecito” atacameño y un pequeño huemul, desde el desierto hasta los paisajes patagónicos. Pero el viaje es también una forma de preguntarse qué es Chile y quiénes lo habitan. Mientras los tres avanzan por distintos territorios, el niño y el huemul crecen, se cuestionan y se transforma la relación entre ellos. Así, los paisajes no funcionan solo como escenarios, son parte de una búsqueda de identidad, memoria y pertenencia.

«Además de su original e inconfundible lenguaje, su profundo vinculo con la naturaleza y su pasión inagotable por ella, hacen que más allá de una descripción, Gabriela Mistral nos contagie de ese sentir tan suyo, tan simbiótico, con los elementos y las criaturas de la naturaleza, que se origina en su infancia y es permanente a lo largo y ancho de su existencia», señala Reyes. «Además, el elegir como compañeros en este viaje al huemul y a un niño diaguita, nos impregna de una pluralidad de voces. El dialogo le otorga la estructura a esta obra llena de simbolismos, que a fin de cuentas es un canto al amor y cuidado de la naturaleza y también a la memoria», continúa.

Gabriela Mistral. Créditos: ©Archivo del Escritor. Colección Gabriela Mistral - Biblioteca Nacional de Chile
Gabriela Mistral. Créditos: ©Archivo del Escritor. Colección Gabriela Mistral – Biblioteca Nacional de Chile

A continuación, proponemos un recorrido de norte a sur por algunos de los paisajes, especies y territorios que aparecen en Poema de Chile, específicamente la versión de La Pollera Ediciones, cuya edición estuvo a cargo de Diego del Pozo, y que cuenta en su totalidad con 131 poemas. Esta selección busca recuperar aquellos elementos que permiten seguir el viaje de Mistral y, al mismo tiempo, detenerse en los cambios que han experimentado casi siete décadas desde la publicación original de la obra, una de las más importantes de la literatura nacional.

Norte de Chile

El desierto de Atacama

Parece que a cada paso
nos tomara su mano ardiendo.
Parece que es él no más
y su compadrazgo, el viento.
Parece que te engañase
con burla, conseja o cuento,
pero el Desierto se llama
dentera, castañeteo,
la garganta ensalmuerada
y todo tactos de fuego.

Tasca tu lengua por agua;
solo el agua es tu deseo
y abajándote a la arena
te sollama este braceo.
Si dividase quebradas
te bajaría corriendo.
Lo que yo te doy de niebla
y de corto aliento fresco,
es el vaho de mí misma,
es lo que llevo de cuerpo.

“Desierto”, Poema de Chile

Desierto de Atacama. Créditos: Marek Piwnicki / Pexels
Desierto de Atacama. Créditos: Marek Piwnicki / Pexels

En Poema de Chile, el desierto aparece como un territorio que se experimenta con el cuerpo. Mistral construye un desierto áspero y “engañoso”, donde el agua se convierte en el único deseo imaginable. Esa mirada hace que el paisaje adquiera una presencia propia: el desierto es casi un personaje que desafía y pone a prueba a quienes lo atraviesan.

Tan solo superado por ecosistemas polares, es uno de los lugares más secos de la Tierra. Aun así, decenas de especies de plantas habitan el territorio, muchas de ellas endémicas, y que han desarrollado distintas estrategias para sobrevivir en él.

Con una superficie aproximada de 105 mil km², el Atacama es también un enorme laboratorio natural. Sus condiciones tan particulares han sido punto de interés de científicas y científicos a través de los años, quienes han encontrado un espacio privilegiado para estudiar los límites de la vida y las increíbles capacidades de adaptación de los organismos ante ambientes extremos.

Incluso, de vez en cuando, el desierto cambia su fachada. Cuando las condiciones climáticas lo permiten, las lluvias hacen posible la aparición del llamado desierto florido, fenómeno que puede transformar extensas zonas áridas en un paisaje repleto de floración. Más de 200 especies de plantas nativas han sido registradas en este fenómeno, demostrando que en uno de los lugares más secos del planeta la vida encuentra una forma de abrirse paso.

Hoy, sin embargo, este ecosistema enfrenta distintas amenazas. Entre ellas, la sobreexplotación de recursos hídricos asociada a actividades como la minería pone en riesgo salares, bofedales y oasis, mientras que la acumulación de basura y los efectos del cambio climático también generan presión sobre sus ecosistemas y las especies que los han habitado durante cientos de años.

La chinchilla

-No rías tú, talvez tienen
un ángel las bestiecitas.
¿Por qué no? ¿Cómo es, chiquito,
que todavía hay hermana Chinchilla?
Las hostigan y las cogen.
Quien las mira las codicia,
los peones, los chiquillos,
el zorro y la lobería.

“La Chinchilla”, Poema de Chile

En este diálogo entre la Fantasma y el niño atacameño, la primera —que representa la memoria, la nostalgia y el vasto conocimiento por la naturaleza— parece estar defendiendo a una criatura pequeña y vulnerable.

Frente a la posibilidad de que alguien se ría o haga daño a las chinchillas, cambia el tono para hablar de las amenazas que las rodean. “Las hostigan y las cogen. / Quien las mira las codicia”, dice, desde las personas y los niños que las persiguen hasta sus propios depredadores naturales. La chinchilla aparece así como una de esas “bestiecitas” que, para Mistral, merecen ser observadas con cuidado y delicadeza.

La preocupación de la poeta no es casual. Las chinchillas son uno de los grupos de roedores nativos de Chile y habitan ambientes extremos como los roqueríos del desierto, las laderas cordilleranas y las quebradas. Muchas de sus poblaciones sobreviven en zonas áridas, con poca vegetación, temperaturas extremas y altos niveles de radiación solar, refugiándose entre las rocas.

Su historia también está marcada por la intervención humana. Actualmente, sus poblaciones silvestres se encuentran reducidas y fragmentadas, y todavía existen importantes vacíos de conocimiento sobre sus hábitos de comportamiento y reproducción. La chinchilla de cola corta (Chinchilla chinchilla) se encuentra clasificada en Peligro Crítico, mientras que la chinchilla de cola larga (Chinchilla lanigera) está En Peligro de extinción. Esto dificulta comprender con precisión cómo se distribuyen y qué es lo que necesitan para sobrevivir.

Pero la chinchilla es solo una parte de una enorme diversidad de roedores que existe en el país. Cerca de 80 especies de este grupo habitan el territorio chileno y cumplen funciones esenciales en los ecosistemas: se encargan de dispersar semillas, remueven y airean el suelo al construir sus madrigueras y forman parte fundamental de la alimentación de aves rapaces y otros carnívoros.

Hoy, la pregunta que hace la Fantasma, “¿Cómo es, chiquito, / que todavía hay hermana Chinchilla?”, adquiere una dimensión especial: no solo celebra que siga existiendo, sino pareciera preguntarse cuánto tiempo más podrá hacerlo si continúa siendo ultrajada.

Norte chico

Valle del Elqui

Tengo que llegar al Valle
que su flor guarda el almendro
y cría los higuerales
que azulan higos extremos,
para ambular a la tarde
con mis vivos y mis muertos.

Pende sobre el Valle, que arde,
una laguna de ensueño
que lo bautiza y refresca
de un eterno refrigerio
cuando el río de Elqui merma
blanqueando el ijar sediento.

“Valle del Elqui”, Poema de Chile

Mistral expresa que el Valle del Elqui no es un paisaje cualquiera. Es el territorio de su infancia, donde vivió entre los tres y los once años y en que construyó un vínculo con la naturaleza que atravesaría su vida y obra.

Ese vínculo aparece una y otra vez en su poesía. Desde Desolación, que incluye una sección titulada “Naturaleza”, hasta Tala y su sección “Materias”, el mundo natural está presente en distintas dimensiones. En Poema de Chile, sin embargo, esa relación se despliega especialmente a través del recorrido por los paisajes de Chile, donde flora, fauna, ríos y montañas forman parte de una geografía que Mistral reconoce y recuerda.

Otro de los elementos importantes mencionados en los versos dedicados al Valle es el agua. Hoy, esta imaginería tiene una resonancia particular en un territorio donde el agua sigue siendo fundamental para sostener los ecosistemas y su biodiversidad.

Es importante destacar que el Valle recibe su principal aporte hídrico de la cordillera de los Andes, que alimenta las cuencas cordilleranas y los cursos de agua. Esta disponibilidad de agua ha permitido el desarrollo de cultivos como almendros, higueras y, especialmente, vides destinadas tanto a la producción de uva como a la elaboración de pisco.

Pero este territorio que Mistral recuerda con tanto cariño también ha cambiado. La escasez hídrica representa hoy una de sus principales amenazas, mientras distintos proyectos mineros generan preocupación por sus posibles efectos sobre los recursos naturales.

El Valle que en Poema de Chile aparece refrescado por sus aguas sigue dependiendo de ellas para sostener buena parte de su vida. Más de medio siglo después de que Mistral recorriera la zona desde la poesía, esa relación entre agua, territorio y biodiversidad continúa siendo una de las claves para entender el Elqui.

El palmar de Ocoa

Son las palmeras de Ocoa
lo que se viene en el viento,
son unas hembras en pie,
altas como gritos rectos,
a la hora de ir cayendo
en el mes de su saqueo,
y las demás dando al aire
un duro y seco lamento.
Y son heridas que manan
miel de los flancos abiertos,
y el aire todo es ferviente
y dulce es, y nazareno,
por las reinas alanceadas
que aspiramos y no vemos.

“Palmas de Ocoa”, Poema de Chile

La imagen de la palma chilena (Jubaea chilensis) que Gabriela Mistral transmite en su poema se refiere a la pérdida de un paisaje que alguna vez fue mucho más abundante y que la poeta observa casi como un cuerpo herido.

El Palmar de Ocoa está ubicado al interior del Parque Nacional La Campana, lugar que alberga actualmente la mayor población de palma chilena del país. Esta especie es endémica de la zona central de Chile y, según estimaciones, las poblaciones actuales representan alrededor del 2% de los aproximadamente cinco millones de palmas que alguna vez habitaron la zona. La explotación de su savia para producir miel de palma, que tradicionalmente implicaba derribar ejemplares, contribuyó a esta disminución.

Pero la supervivencia de la especie no depende solo de proteger los grandes ejemplares que vemos hoy. Durante sus primeras etapas, necesita la sombra y humedad de un bosque esclerófilo bien conservado, junto a especies como peumos, boldos y quillayes. Así, detrás de las “reinas” que describe Mistral existe todo un ecosistema que permite que nuevas generaciones de palmas puedan crecer.

Centro-sur

El copihue

-Por lo denso y lo sombrío
de nuestra Madre la Selva,
pasan, pasan y repasan
como gnomos que la peinan,
unos golpes de color,
unos gestos y unas señas.
Sí, en lo denso y en lo oscuro
es como si fueran gestos.

-De veras y son de dos
colores, lo estoy viendo.
Mama ¿qué son ellos, mama?
Para, para. ¿Por qué sigues?
Para, que yo quiero verlos.
Me dijiste que la selva
no da flores, solo leños.
¡Y qué lindas que las da
de repente! como un cuento.

-Es no es árbol, eso es
el copihue, nada menos.

“Copihues”, Poema de Chile

Copihues. Créditos: Eric Chait
Copihues. Créditos: Eric Chait

El copihue aparece casi como un secreto escondido en la espesura. Entre lo “denso” y “sombrío” de la selva, sus colores interrumpen el paisaje con sus colores llamativos, sorprendiendo al niño atacameño. Mistral convierte el encuentro con el copihue en un momento de descubrimiento, donde una especie que se revela entre los árboles rompe con la oscuridad del bosque donde habita.

El copihue (Lapageria rosea) es una enredadera endémica de Chile que crece en los bosques nativos de la zona centro-sur, entre las regiones de Valparaíso y Los Lagos. Se desarrolla entre troncos y ramas de árboles como el roble y el coigüe, utilizándolos como soporte para trepar, y destaca por sus grandes flores acampanadas en diversas tonalidades rojas, rosadas, blancas y moradas. Además, para el pueblo mapuche, es considerada un símbolo de amor y de lucha, resaltando como una de sus plantas sagradas.

Aunque es una especie abundante en gran parte de su distribución, en las regiones de Valparaíso y O’Higgins sus poblaciones son escasas y enfrentan amenazas asociadas a la sequía y el cambio de uso de suelo.

Su belleza y presencia en los bosques chilenos hicieron que fuera considerada durante décadas un símbolo de la identidad nacional. Sin embargo, no fue sino hasta el año 1977 que fue oficialmente declarada Flor Nacional de Chile, como la conocemos hoy. El “golpe de color” que Mistral descubre entre los árboles terminó convirtiéndose también en uno de los símbolos naturales más reconocibles del país.

Sur de Chile

Araucaria

Cuando Dios repartió dones
y exhaló de sí la Gracia
y lento la fue exhalando
sobre el tendal de las plantas,
dicen que Él hizo la última
la más feliz de las dádivas
y la última de todas
fue nuestra Madre Araucaria.

Desde entonces hasta hoy,
los cuatro vientos proclaman
a todo el que va cruzando
que en el País del Extremo,
en lonja apenas montada,
vive la Madre y Señora
y Patrona Araucaria.

“Araucarias I”, Poema de Chile

Araucarias. Créditos: Andrea Vargas
Araucarias. Créditos: Andrea Vargas

Mistral describe la araucaria como soberana del territorio, en su máximo esplendor. Para ella, es un regalo de Dios, una fuerza natural que se alza al sur de Chile y que gobierna, majestuosa, “en lonja” y “apenas montada”, su entorno. Una descripción digna del árbol quizás más representativo y uno de los más queridos de todo Chile.

El pehuén, araucaria o Araucaria araucana es endémico de los bosques templados del sur del país y de Argentina, encontrando su hogar en la cordillera de Los Andes. Siempreverde y dioico —puede ser femenino o masculino— alcanza una altura de más de 40 metros, y su tronco, que es grueso y cilíndrico, puede llegar a medir dos metros de diámetro.

Este árbol milenario corresponde a un vestigio natural de la era mesozoica nativa de Chile y Argentina y funciona, también, como hábitat para muchas especies, como los loros tricahue y algunos roedores nativos. Pertenece a la antigua familia Araucariaceae, cuyos fósiles son abundantes en la Patagonia y la Antártica, por lo que es considerado un verdadero fósil viviente. Además, es un árbol de suma importancia sagrada para los pueblos originarios que viven en Chile, especialmente para las comunidades mapuches y pehuenches.

A pesar de su importancia ecológica y cultural, la araucaria se enfrenta a diversas amenazas que han afectado gravemente sus poblaciones y hábitat. La pérdida y fragmentación del bosque por la deforestación y la expansión de proyectos viales se suma a los efectos del cambio climático, los incendios forestales y la presencia de especies invasoras, factores que ejercen una presión continua sobre esta especie y los ecosistemas donde habita.

Volcán Villarrica

De pronto, le salen grandes
voces y por sus costados
baja un caupolicánico
furor de Dios embridado
y colérico y su bulto
parpadea de relámpagos
y el gentío de su reino,
que lo tenía olvidado,
se acuerda de su demiurgo
y el hervor de su Centauro.

“Volcán de Villarrica”, Poema de Chile

En estos versos, Mistral describe al Villarrica con una presencia casi humana. Es un titán que parece despertar, emitir su propia voz y dominar sobre el paisaje que lo rodea. El “furor de Dios” y el “hervor de su Centauro” transmiten una fuerza impredecible de un volcán que, aunque se integra al paisaje cotidiano, permanece activo bajo una aparente quietud.

Con 2.847 metros de altura, entre los lagos Villarrica y Calafquén, el Volcán Villarrica se alza en el límite de las regiones de La Araucanía y Los Ríos. Tiene forma cónica y se ubica en el extremo occidental de una cadena volcánica que también alberga los volcanes Quetrupillán y Lanín. Su historia eruptiva se remonta a unos 650 mil años y, desde el siglo XVI, se han registrado decenas de episodios eruptivos.

Pero buena parte de su singularidad ocurre en la cumbre. El Villarrica es un volcán de conducto abierto y su cráter, de unos 200 metros de diámetro, contiene un lago de lava cuya dinámica puede observarse desde el exterior. Esa actividad explica también que se posicione en el puesto número 1 del ranking de peligro volcánico en Chile.

Esa condición volvió a hacerse visible recientemente: el 4 de septiembre de 2026, Sernageomin elevó una alerta técnica de verde a amarilla tras detectar un aumento de la actividad sísmica y superficial, junto con señales compatibles con explosiones menores y un ascenso de lava. Su monitoreo se mantiene de forma permanente.

Extremo sur

El huemul

Vivía el huemul sobrado
de pasteles y sombreros,
pero por su mal topé
con los ojos de ruego.
Se me dio como la gracia
y lo aupé hasta mi pecho.
Tú no lo descorazones,
ya lleva el trote ligero,
ya no estornuda la arena
ni se escapa de su deudos.

«Vivía el huemul sobrado de pastales», Poema de Chile

El huemul ocupa un lugar especial dentro del poema. Además de ser el ciervo que acompaña a la mujer fantasma y al niño atacameño a lo largo del recorrido por Chile, también resulta merecedor de una oda en su nombre.

Mistral no lo presenta simplemente como parte de la fauna cordillerana, sino como un animal al que acoge y protege: “Se me dio como la gracia / y lo aupé hasta mi pecho”. En el poema, su presencia adquiere también una dimensión simbólica: es un animal vulnerable que necesita cuidado y que, al mismo tiempo, forma parte de la identidad nacional. No resulta casual que Mistral lo sitúe como uno de sus acompañantes en este viaje por el territorio.

El huemul (Hippocamelus bisulcus) es uno de los tres cérvidos nativos de Chile y, junto al cóndor (Vultur gryphus), forma parte del Escudo Nacional. Se trata de un ciervo de mediano tamaño, robusto y de carácter tímido. Su pelaje café oscuro le permite camuflarse entre la vegetación y las rocas de los bosques donde habita. Es herbívoro y se alimenta principalmente de arbustos, hierbas y pastizales.

Su distribución también cuenta una historia de retroceso. Antiguamente, el huemul ocupaba sectores cordilleranos desde la zona central hasta Magallanes. Sin embargo, el panorama actual es distinto, con poblaciones que se concentran en las regiones de Los Lagos, Aysén y Magallanes, y una pequeña población que persiste en la cordillera de la Región del Biobío.

Enfrenta un alto riesgo de extinción y entre las principales amenazas actuales se encuentran la pérdida y fragmentación de su hábitat, la actividad forestal, la agricultura y la ganadería, que además puede generar competencia por alimento y transmisión de enfermedades.

No es la primera vez que Mistral escribe sobre este animal tan característico. En 1925, El Mercurio publicó un ensayo titulado “Menos Cóndor y Más Huemul”, donde la poeta analiza las dos figuras del escudo:

Me quedo con ese ciervo, que, para ser más original, ni siquiera tiene la arboladura córnea; con el huemul no explicado por los pedagogos, y del que yo diría a los niños, más o menos: «El huemul es una bestezuela sensible y menuda; tiene parentesco con la gacela, lo cual es estar emparentado con lo perfecto. Su fuerza está en su agilidad. Lo defiende la finura de sus sentidos: el oído delicado, el ojo de agua atenta, el olfato agudo. El, como los ciervos, se salva a menudo sin combate, con la inteligencia, que se le vuelve un poder inefable. Delgado y palpitante su hocico, la mirada verdosa de recoger el bosque circundante; el cuello del dibujo más puro, los costados movidos de aliento, la pezuña dura, como de plata. En él se olvida la bestia, porque llega a parecer un motivo floral. Vive en la luz verde de los matorrales y tiene algo de la luz en su rapidez de flecha».

La vigencia de Poema de Chile

«En la lectura de Poema de Chile, además de la belleza poética, se evidencia la rigurosidad y los años de investigación que consagró Mistral para su escritura. Este canto a Chile se puede considerar, por lo mismo, también un documento de ciencias y un tratado ecológico», señala la investigadora Claudia Reyes García.

Gabriela Mistral para revista LIFE. Créditos: ©Archivo del Escritor. Colección Gabriela Mistral - Biblioteca Nacional de Chile
Gabriela Mistral para revista LIFE. Créditos: ©Archivo del Escritor. Colección Gabriela Mistral – Biblioteca Nacional de Chile

Volver hoy a esta gran obra de Mistral permite no solo acercarse a la forma en que imaginó y recordó el territorio desde la distancia, sino también observar cuánto ha cambiado ese paisaje desde entonces.

A casi siete décadas de su publicación original, sus versos ofrecen un punto de partida para reconocer especies, lugares y formas de habitar que permanecen, pero también para preguntarnos qué transformaciones ha experimentado el territorio y qué hemos perdido en el camino. Leer nuevamente esta obra es, de alguna manera, volver a mirar Chile desde la memoria para comprender mejor el paisaje que habitamos en el presente.

«Poema de Chile, que es su viaje de contar la patria, es también el regreso a su Ítaca (Montegrande). Puede leerse Poema de Chile, porque lo es, como una autobiografía. En este libro deja nítidamente expresa ese vinculo profundo con su niñez y el retorno a ella», concluye Reyes.

Vamos, al fin, caminando
¡Montegrande y el Mayab!
Cuesta repechar el valle
oyendo burlas del mar.
Pero a más andamos, menos,
se vuelve la vista atrás.
La memoria es un despeño

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