Julia Carabias Lillo creció en un hogar donde no se hablaba, necesariamente, de botánica o de expediciones de campo; los temas eran guerra, las cicatrices que dejó el franquismo y la urgencia de justicia social. Hija de refugiados españoles, la joven Julia creció marcada por ese ideario político, sin sospechar que su verdadera trinchera estaría en la ciencia.

Pero el contacto con el mundo biológico de campo era, aún, una experiencia lejana. Las vacaciones familiares eran escasas y se limitaban a breves escapadas hacia estados como Veracruz o Morelos. De cualquier manera, creció con un afecto profundo por la fauna, vacilando sobre si su lugar en el mundo estaría en las salas de hospital como médica o entre ecosistemas tan variados como retadores.

El azar y la convulsión política de los años setenta terminaron por resolver las interrogantes que tenía Julia sobre cuál sería su vocación. Durante el desfase académico provocado por la huelga universitaria, mientras caminaba por Las Islas en rumbo a la Facultad de Medicina para tomar una decisión, cruzó por los pasillos de la Facultad de Ciencias –que en ese entonces operó en la parte central del campus junto a lo que hoy es la Torre II de Humanidades–. Allí, un grupo de estudiantes la detuvo entre la efervescencia de las asambleas políticas para invitarla a sus clases.

Julia quedó deslumbrada por la intensidad intelectual y el ambiente progresista de protesta. Fue así como la vitalidad de un ambiente cultural que unía el rigor del conocimiento con el deseo de transformar sociedades la condujo hacia la biología, antes que una epifanía sobre botánica.

Julia y otros investigadores en campo. Cortesía: Julia Carabias
Julia y otros investigadores en campo. Cortesía: Julia Carabias

«Mis padres fueron refugiados por la guerra, lucharon contra el franquismo. Lo que sí recibí de ellos fue una cultura muy fuerte sobre los temas de la justicia, la democracia, las desigualdades…» recuerda.

Julia realizó sus estudios de licenciatura en la Facultad de Ciencias de la UNAM. Tras una estancia formativa en Inglaterra en 1974 donde absorbió los intensos debates sobre contaminación y ecodesarrollo, Carabias regresó a México con maletas atestadas de libros para abrir paso a la ecología en las aulas.

Sin embargo, la joven investigadora pronto se toparía con un reto que no era teórico. Mientras hacía trabajo de campo midiendo la floración y el suelo de las selvas húmedas en Los Tuxtlas, Veracruz, Julia vio cómo los gigantescos árboles tropicales que casi tocaban el mar caían derribados como consecuencia de la expansión ganadera. Corrió una década completa (1975 y 1985).

Presenciar la selva veracruzana alterada a un pequeño reducto en torno a la estación biológica provocó en Carabias un verdadero impacto emocional y sería parte de la experiencia a partir de la cual redefinió su vocación.

Carabias y una infancia en un proyecto de reforestación. Cortesía: Julia Carabias
La investigadora y una infancia en un proyecto de reforestación. Cortesía: Julia Carabias

El llamado de la montaña y la resistencia en el gabinete

Aquel «shock» en Los Tuxtlas convenció a Julia de que la ciencia teórica no bastaba mientras la biodiversidad se desvanecía. Fue así como llevó su convicción social al sindicalismo universitario y al activismo en la izquierda. En 1982, tras la apertura electoral que permitió al Partido Socialista Unificado de México ganar Alcozauca, Guerrero —considerado uno de los municipios con mayor nivel de marginación y pobreza en México—, respondió con empatía al llamado fraternario del líder magisterial del lugar.

Junto a sus compañeros universitarios, se internó en las comunidades de Alcozauca para idear formas de manejo comunitario de recursos naturales donde la pobreza extrema y la belleza ambiental coexistían crudamente.

«Yo no puedo seguir en la ecología teórica… tengo que hacer algo para aplicar en la generación ahora, no de procesos naturales, sino en estos procesos gigantescos de cambio» comenta Carabias.

Esa cercanía con la tierra campesina alimentó su trabajo posterior en las políticas públicas durante la década de los noventa. Asumir la conducción de la agenda ambiental del país significó abandonar la tranquilidad (y un entorno relativamente controlado) del laboratorio para ingresar al terreno de los conflictos de intereses. Le tocó sostener, por ejemplo, la firmeza de los límites ecológicos frente a las presiones inmediatas del sector pesquero, minero o agropecuario.

Retrato de Julia haciendo trabajo de campo. Cortesía: Julia Carabias
Retrato de Julia haciendo trabajo de campo. Cortesía: Julia Carabias

Defender que no se pueden extraer (siempre bajo las mismas condiciones) más toneladas de pesca o talar más hectáreas de las que la naturaleza permite le trajo fuertes enfrentamientos políticos, costos personales que asumió, cuenta Carabias, satisfecha de proteger la viabilidad del futuro sobre el beneficio inmediato.

Julia aceptó el desgaste de la función pública como un servicio, pero al término de su gestión decidió regresar a la tierra, a la investigación de base. Su compromiso personal se trasladó a la Selva Lacandona, en el estado de Chiapas, impulsado por la promesa íntima de no permitir que este último gran rincón tropical del país sufriera la misma devastación que observó en Veracruz durante su juventud.

Así es como ha dedicado más de dos décadas de vida continua a este territorio chiapaneco, cuenta, trabajando en horizontalidad con las comunidades campesinas para asegurar que las dinámicas entre flora y fauna se mantengan.

«Cuando tomas las decisiones en base a la ciencia, te llevas la certeza de que si así se hace va a beneficiar en el largo plazo, pero casi siempre te llevas el costo de enfrentar y detener a los intereses que se oponen a eso» explica.

Julia brindando una plática como parte de sus actividades en Natura Mexicana. Cortesía: Julia Carabias
Julia brindando una plática como parte de sus actividades en Natura Mexicana. Cortesía: Julia Carabias

La certeza de los límites y la apuesta por la gente

Más allá del abstracto burocrático que podría existir en quien fue funcionaria, en la mirada que tiene Julia sobre el desarrollo hay una profunda preocupación por la salud diaria de las personas. La investigadora insiste en que no existen soluciones mágicas ni tecnologías capaces de fabricar agua u oxígeno si se destruyen los suelos y contaminamos el aire. Así, Julia contextualiza que la crisis ambiental es una cuestión de supervivencia y dignidad humana más que un cálculo con tintes económicos.

Para la Carabias, respirar aire limpio y tener alimentos sanos son derechos fundamentales, y, en opinión de ella, la ciudadanía debe ejercer la democracia con firmeza para evitar que las grandes élites sacrifiquen el planeta por negocios de corto plazo.

Pese a la gravedad de los diagnósticos, la postura de Julia dista del pesimismo. Ella encuentra refugio en la respuesta humana ante las emergencias. Recuerda cómo la solidaridad colectiva de la gente común levantó a las ciudades tras los devastadores terremotos de 1985 y 2017 en México, o la velocidad con la que la sociedad global adaptó sus hábitos diarios durante la pandemia. Julia cree que el ser humano posee una capacidad organizativa formidable cuando toma conciencia de la vulnerabilidad compartida.

«Si no nos entendemos como parte de la naturaleza y pensamos que la tecnología nos va a salvar, nunca vamos a resolver estos problemas» enfatiza.

La investigadora realizando restauración y trabajo de campo. Cortesía: Julia Carabias
La investigadora realizando restauración y trabajo de campo. Cortesía: Julia Carabias

A sus ya siete décadas, la perspectiva de Julia sobre el tiempo ha cobrado una urgencia afectiva. Prefiere no hablar del año 2070 o de horizontes lejanos. En cambio, propone pensar en los próximos 20 años, una franja de vida que atañe directamente a las generaciones que hoy caminan juntas.

Carabias sigue acudiendo a las aulas y a la selva movida por la convicción de que los hijos de los jóvenes actuales merecen un mundo habitable y próspero. Nos recuerda, con el rigor y la contundencia de quien ha entregado su vida a la causa, que la Tierra es resiliente pero también que todos esos papers ambientales e informes climáticos deben tener una salida práctica.

Y, en palabras de ella, debería ser pronto.

«Tengo toda la convicción de que en el año 2050 se puede vivir en un mundo muy afortunado porque lo tenemos todo. Lo único que no tenemos es tiempo, tiempo que perder» concluye.

Retrato de la investigadora Carabias. Cortesía: Julia Carabias
Retrato de la investigadora Carabias. Cortesía: Julia Carabias

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