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Cuando la realidad crea lenguaje: así se incorporó la palabra “funga” al diccionario, buscando darle lugar a los hongos en la biodiversidad mundial
Durante décadas, hablar de biodiversidad significó referirse únicamente a la “flora y fauna” de un lugar. Sin embargo, aquella fórmula dejaba fuera a todo un reino de la vida: los hongos. En 2018, un grupo de investigadores de Chile, Argentina, Brasil y Estados Unidos propuso formalmente utilizar “funga” como un término equivalente a flora y fauna. Lo que comenzó como una conversación entre colegas se transformó, con los años, en una campaña internacional que llevó la palabra a organizaciones científicas, políticas de conservación y, recientemente, al Cambridge Dictionary. Pero su incorporación al diccionario es más una consecuencia que un punto de partida: detrás existe una historia sobre cómo el lenguaje puede reflejar —y también modificar— la forma en que entendemos la naturaleza.

Todo comenzó en un bar.
Era 2017 y en Lima, Perú, se desarrollaba el IX Congreso Latinoamericano de Micología. Entre las conversaciones que acompañaban el encuentro, un grupo de investigadores comenzó a discutir un problema que, aunque parecía lingüístico, tenía profundas implicancias científicas y de conservación: ¿por qué al hablar de biodiversidad se repetía constantemente la fórmula “flora y fauna”, si los hongos no pertenecen a ninguno de esos dos grupos?

«Estábamos en un congreso con tres colegas, un argentino, un brasilero y yo, la chilena. Nos fuimos a un bar y hablamos sobre cómo la Fundación Fungi venía trabajando hace mucho rato el tema de cómo buscar justicia para los hongos», recuerda Giuliana Furci, micóloga chilena y fundadora de Fundación Fungi.
«En ese momento, se me ocurrió que buscáramos una forma de incorporar a los hongos en el lenguaje; cambiar desde una forma propositiva esto que se hablaba de flora y fauna, y tratar de buscar una palabra y frase que funcionara», agrega.
La escena quedó posteriormente registrada en un artículo científico. Sus autores explican que fue precisamente durante una reunión informal en ese congreso donde identificaron la necesidad de contar con un término colectivo para los hongos equivalente a flora y fauna, lo que dio inicio a una revisión de las distintas palabras que hasta entonces habían sido utilizadas para ese propósito.


Un año después, aquella conversación terminaría convertida en una propuesta científica: flora, fauna y funga.
Una palabra para un reino que quedaba fuera
Los hongos no son plantas ni animales. Constituyen un reino biológico independiente y cumplen funciones fundamentales para los ecosistemas, participando, entre otros procesos, en la descomposición de materia orgánica, el reciclaje de nutrientes y numerosas relaciones ecológicas.
Sin embargo, esa independencia biológica no siempre había tenido un equivalente en el lenguaje utilizado para describir la biodiversidad.
La necesidad de contar con una palabra colectiva para todos los hongos presentes en una determinada región no era completamente nueva. Antes de aquella reunión en Lima ya habían circulado distintas alternativas dentro de la micología, entre ellas micota, micobiota y micoflora, pero ninguna había alcanzado un consenso generalizado. El problema fue precisamente lo que los investigadores decidieron analizar en 2017.

«En el fondo, desde la búsqueda de justicia para los hongos ante la injusticia de que siempre se hablara de la diversidad macroscópica de la Tierra como flora y fauna, sin considerar a los hongos», explica Furci.
La búsqueda los condujo hasta una palabra que, en realidad, ya existía: funga.
El término había tenido usos esporádicos desde comienzos de la década del 2000 para referirse a los hongos presentes en determinados territorios e incluso asociados a alimentos o materiales de construcción. Sin embargo, seguía siendo una palabra poco frecuente y sin una adopción generalizada.
A diferencia de flora y fauna, cuyos antecedentes se remontan a la tradición clásica grecolatina, funga es un neologismo. El paper la describe como una construcción lingüística artificial, creada de manera análoga a las otras dos palabras y basada en el latín fungus.


«La palabra Funga, a diferencia de Flora y Fauna, no proviene de la antigüedad clásica; por eso se la considera un neologismo», explica a Ladera Sur Francisco Kuhar, curador del Herbario CORD en Argentina, investigador del CONICET en la Universidad de Córdoba y cofundador de la Fundación Hongos de Argentina.
Kuhar, quien participó especialmente en el análisis lingüístico del término, señala que distintos autores la habían utilizado espontáneamente junto con otras posibilidades, sin que existiera un acuerdo sobre cuál era la más útil.
Y esa última palabra —útil— terminaría siendo fundamental.
¿Por qué “funga”?

No bastaba con encontrar un término científicamente correcto. Si el objetivo era que los hongos dejaran de quedar fuera del lenguaje utilizado en educación, legislación y conservación, la palabra también tenía que ser sencilla, recordable y capaz de trascender la academia.
Furci lo resume de una manera bastante más gráfica: «La micota es la diversidad de hongos, o la micobiota, pero flora, fauna y micobiota no junta ni pega».
El paper de 2018 analiza con mayor detalle estas alternativas. Micoflora, por ejemplo, resulta problemática porque mantiene una referencia a la flora pese a que los hongos ya son reconocidos como un grupo separado del reino vegetal. Micota, en tanto, puede resultar ambiguo debido a su utilización en terminología taxonómica. Micobiota es considerado correcto, pero los autores plantearon que una palabra paralela a flora y fauna podía ser más fácilmente aceptada en ámbitos educativos y gubernamentales.

Curiosamente, durante aquella investigación también se realizó una consulta a la Real Academia Española. Según consigna el paper, en ese momento se sugirió simplemente utilizar “hongos” para completar la trilogía. Los autores descartaron esa alternativa porque estaría restringida al español y tendría que traducirse en cada idioma, alejándose de la aspiración de contar con una expresión de uso más universal.
Para Kuhar, la discusión remitía incluso a un principio defendido siglos antes por Carlos Linneo, considerado el padre de la nomenclatura biológica: las palabras debían ser fáciles de recordar y pronunciar.
«Muchos científicos, en especial los que clasifican y describen especies, tienen la tendencia a apilar prefijos para lograr una gran precisión y, por eso, prefieren palabras largas y complicadas», señala.

«Nosotros pensamos, al igual que Linneo, que los nombres de las cosas no son sólo para los científicos, sino que también deben poder ser adoptados por alumnos y estudiantes, por legisladores y tomadores de decisiones. Además, creemos que deben ser fáciles de pronunciar en muchos idiomas».
Así, por su semejanza con flora y fauna, su brevedad y su capacidad de ser comprendida en diferentes lenguas, los investigadores optaron por funga.
De la academia al lenguaje cotidiano
En 2018, Francisco Kuhar, Giuliana Furci, el investigador brasileño Elisandro Ricardo Drechsler-Santos y el micólogo estadounidense Donald H. Pfister, de la Universidad de Harvard, publicaron Delimitation of Funga as a valid term for the diversity of fungal communities: the Fauna, Flora & Funga proposal (FF&F).

El artículo proponía formalmente utilizar funga para referirse a los hongos de una determinada área y, con ello, impulsar las tres F: fauna, flora y funga.
La elección no era únicamente terminológica. En sus conclusiones, los autores plantearon que incorporar a los hongos mediante esta fórmula podía facilitar su consideración en contextos educativos, políticos y de conservación, además de ayudar a que los tomadores de decisiones los incluyeran explícitamente en las referencias a la naturaleza y en las políticas públicas.
Para llegar hasta allí hubo incluso una búsqueda entre textos históricos.

«Fuimos a Harvard, revisamos libros originales de Linneo, donde pudiéramos encontrar alguna referencia de cómo se hablaba de la diversidad de hongos en los orígenes del naturalismo, y no encontrábamos nada. Entonces, por eso ahí nace esta propuesta de funga», relata Furci.
Pero publicar la palabra en un artículo científico no garantizaba que alguien fuera a utilizarla.
Ahí comenzó una segunda etapa.
Tras la publicación del paper, Fundación Fungi comenzó una campaña para impulsar el reemplazo de las tradicionales dos F por las tres F.
«De ahí la Fundación Fungi agarra esto y empezó una campaña, una campaña muy grande, del reemplazo de las dos F por las tres F», recuerda Furci.
Poco a poco, la palabra comenzó a circular fuera de los espacios académicos.
Para Kuhar, precisamente allí estuvo una de las claves de su éxito.

«Creo que muchos colegas captaron bien el mensaje. Aunque a algunos no les gustaba el sonido de la palabra, vieron que el objetivo era bueno y el plan sonaba sólido. Lo bueno es que la propuesta fue adoptada primero por la gente fuera de la academia, y eso es el secreto de su éxito», explica.
En julio de 2021 ocurrió uno de los primeros grandes hitos internacionales. La Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN) y la fundación Re:Wild anunciaron públicamente su compromiso de utilizar un lenguaje que reconociera a los hongos junto a plantas y animales.
«Ellos ya no iban a hablar más ni de flora y fauna ni de plantas y animales. Iban a hablar, cuando se referían a la vida macroscópica de la Tierra, de flora, fauna, funga y de animales, plantas y hongos», recuerda Furci.


Después vendrían nuevas adhesiones. Según relata la micóloga, instituciones gubernamentales y organizaciones de países como Chipre, Islandia y Brasil comenzaron a incorporar el término.
Más adelante surgió también la Iniciativa 3F, una colaboración entre Fundación Fungi, un programa de la Escuela de Derecho de la Universidad de Nueva York y el micólogo británico Merlin Sheldrake. Su declaración en favor de flora, fauna y funga sumó el apoyo de figuras como Jane Goodall, Peter Gabriel, George Monbiot y Donna Haraway, además de numerosas organizaciones e instituciones.
Lo que había comenzado como una propuesta científica empezaba a adquirir vida propia. «Logramos delimitar una palabra y crear un término que cambió la forma en que vemos la realidad, porque las palabras crean realidades», señala Furci.

Cuando el diccionario refleja la realidad
Años después de aquel paper, funga alcanzó un nuevo hito: Cambridge Dictionary incorporó la palabra a su diccionario, definiéndola como el conjunto de hongos que crecen en un área determinada o durante un periodo específico.
Sin embargo, tanto Furci como Kuhar hacen una precisión importante: el diccionario no creó la palabra ni autorizó su utilización.
Más bien, ocurrió al revés.

«Primero, es necesario reiterar que ninguna academia ni institución tiene derecho al lenguaje. El hecho de que esté en un diccionario NO debe tomarse como autorización para usar una palabra», enfatiza Kuhar.
Para el investigador, lo verdaderamente significativo es que Cambridge haya detectado un uso suficientemente establecido como para incorporarlo a sus registros.
«Todos y todas decidimos cómo hablar, consciente o inconscientemente. Lo interesante de que se reconozca en un diccionario es que implica que las instituciones han detectado que el uso ya está establecido entre la gente y, por eso, es necesario incorporarlo a los libros».
Y sentencia: «El gran éxito no es estar en un diccionario, sino que “el diccionario” sea testimonio de lo que ocurre entre nosotros como hablantes».


Furci lo plantea en términos similares.
«Fue tanto que se usó la palabra funga que el diccionario de Cambridge como que no tuvo de otra que agregarla», señala.
Para ella, más que el triunfo de una institución o de los autores originales, se trata de un logro colectivo.
«Todos y todas quienes usamos esa palabra en todo el mundo por tanto tiempo logramos que se transformara en una palabra aceptada en uno de los diccionarios principales del mundo».
Las palabras también influyen en la conservación
¿Por qué dedicar tantos años a instalar una sola palabra?

Para sus impulsores, la respuesta está en que el lenguaje no solo describe la realidad: también influye en aquello que una sociedad reconoce, estudia y protege.
El artículo publicado en 2018 advertía que, a escala global, la conservación de especies tendía a referirse a los organismos macroscópicos simplemente como fauna y flora, omitiendo a los hongos. Según los autores, esta ausencia podía dejarlos sin representación explícita en ámbitos como la conservación, protección de hábitats, protección de especies y educación.
El mismo paper destacaba a Chile como un caso pionero por haber incorporado al reino Fungi en su política ambiental, en contraste con legislaciones de otros países que mencionaban únicamente flora y fauna.
«El lenguaje influye en las decisiones», afirma Kuhar.

Para explicarlo recurre nuevamente a Linneo, quien escribió en latín Nomina si nescis, perit et cognitio rerum: si ignoramos las palabras, también perdemos la capacidad de reconocer las cosas.
«Es por eso que las leyes, regulaciones y recomendaciones que afectan a la educación, la investigación y la protección de la naturaleza fallaban al proteger a los hongos al pensar sólo en categorías de animales y vegetales», explica.
Los hongos, agrega, desempeñan un rol distinto y resultan fundamentales para preservar los ciclos biogeoquímicos, entre ellos el reciclaje de la materia que permite la continuidad de los procesos de la vida.
Para Furci, esa relación entre lenguaje y realidad estuvo en el centro de la campaña desde un comienzo.
«Es incorrecto científicamente hablar de la diversidad macroscópica de la vida como solo flora y fauna. Es científicamente incorrecto. Porque los hongos no son ni plantas ni animales», afirma.


«Aquí lo que buscábamos nosotros es que el lenguaje reflejara la realidad ecológica, que no era mencionada y era ignorada en el lenguaje».
Una propuesta nacida desde Sudamérica
Hay un elemento de esta historia que Furci destaca especialmente: aunque hoy la palabra circula internacionalmente, la propuesta que ayudó a consolidarla surgió desde América Latina.
El artículo de 2018 reunió a investigadores de Chile, Argentina y Brasil, acompañados por Donald Pfister desde Harvard.
«Esto es Chile, Argentina, Brasil, con el apoyo del profe de allá, de Estados Unidos, de la Universidad de Harvard, que nos ayudó como con esa validación más peso pesado, digamos», señala Furci.
«Nosotros propusimos esto, esto nace de América Latina y eso nos llena de orgullo».

Hoy, la llegada de funga al Cambridge Dictionary representa un nuevo capítulo, pero no necesariamente el último. Fundación Fungi continúa impulsando la incorporación explícita de los hongos en legislaciones, acuerdos internacionales, educación y estrategias de conservación, buscando que el reconocimiento alcanzado en el lenguaje tenga también consecuencias en las decisiones destinadas a proteger la biodiversidad.
Para Kuhar, una parte de ese cambio podría comenzar mucho antes de que quienes toman esas decisiones lleguen a escribir una ley.
«Si logramos que los niños y jóvenes de hoy acepten que flora, fauna y funga van juntos, tenemos asegurado que aquellos que lleguen a tomar decisiones de alto nivel lo harán con una mentalidad más inclusiva».
Desde aquella conversación en un bar hasta las páginas de un diccionario internacional pasaron casi diez años. En el camino, una palabra que prácticamente nadie conocía comenzó a aparecer en papers, campañas, instituciones, políticas públicas y conversaciones alrededor del mundo.

Para Furci, ese recorrido confirma algo que estaba en el corazón de la propuesta desde el comienzo: nombrar también puede ser una forma de hacer visible.
«Todos y todas quienes usaron alguna vez la palabra contribuyeron a cambiar la forma en que, en el presente y el futuro, se habla de la diversidad macroscópica de la Tierra».
Ahora, además de flora y fauna, existe una tercera F cada vez más difícil de ignorar: la funga.
*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
Tamara Núñez