Si no hubiera sido ecóloga, Ek del Val de Gortari estaría llenándose las manos de tierra y reforestando muchos metros de selva como Sebastião Salgado –a quien admira por su labor de restauración en la Mata Atlántica–. Quizá, igual que ahora, le apasionarían las interacciones ecológicas y los insectos, esos animales brillantes y articulados a seis patas que sostienen buena parte de la vida.

Pero, en esta realidad, trabaja desde el Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad UNAM (IIES) en Morelia, Michoacán. Desde ahí lleva años siguiendo preguntas aparentemente sencillas como ¿de qué manera logra sobrevivir una planta cuando todo, desde una oruga hasta un escarabajo, intenta comérsela? ¿qué hacen los insectos por nosotros?, ¿qué perderíamos si desaparecieran un día?, entre otras.

Detrás de esas interrogantes se despliega una red de negociaciones evolutivas entre hojas, espinas, sustancias químicas, insectos y biomas enteros. Y, más recientemente, aparece un actor que altera todas esas relaciones: nuestra especie.

La investigadora de la UNAM trabajando en campo. Cortesía: Ek del Val
La investigadora de la UNAM trabajando en campo. Cortesía: Ek del Val

De selvas y asombro

La ecología ha llevado a esta investigadora mexicana por sendas muy distintas. Por poner algunos ejemplos, ha trabajado en la selva seca de Chamela (en el estado de Jalisco), los bosques templados de Michoacán y la isla Socorro, en el inmenso Pacífico.

Ek del Val sonríe cada vez que recuerda su formación como bióloga. Evoca con nitidez la primera vez que puso los pies en la Selva Lacandona, la selva tropical más extensa de México y Norteamérica, con casi 1.8 millones de hectáreas en el estado de Chiapas. Para quien busque ceibas de 70 metros, guacamayas, monos y jaguares, ese es el lugar.

Esto es el ombligo del mundo. No puede ser tanta diversidad”, comenta. Hacia donde volteaba, del Val encontraba un insecto u organismo distinto, lo cual la tenía fascinada. 

Pero esa imagen convive con otra muy diferente. Hoy la Selva Lacandona es también una de las regiones más presionadas del país.  Ganadería extensiva, monocultivos y palma de aceite han ido comiéndose, con persistencia, el borde de la reserva. Ese contraste es justamente el que describe cuando recuerda su regreso, veinticinco años después, al mismo sitio donde realizó su tesis.

Mapa detallado de la cobertura terrestre que muestra los bosques en el estado de Chiapas, en el sur de México. Créditos: European Space Agency
Mapa detallado de la cobertura terrestre que muestra áreas forestales en el estado de Chiapas, en el sur de México. Créditos: European Space Agency

“Cuando yo iba a hacer mi tesis, en 1997, la reserva estaba de un lado del río, pero del otro lado no era reserva y era exactamente la misma selva. Hoy es un desastre. Si no fuera por la reserva, aquí ya no quedaría nada.” explica.

Pese a ello y a más de dos décadas desde aquel primer encuentro con la biodiversidad, conserva intacta su capacidad de asombro. Ahora quiere compartirla.

Reconectar con los insectos

Ek del Val sabe que su labor científica no es sinónimo de vivir en aislamiento dentro de su cubículo ni de esperar eternamente un «momento eureka«. Además de trabajar en su laboratorio, disfruta impartir conferencias para públicos no especializados y hacer divulgación científica.

A partir de temas cercanos a la vida cotidiana (como las plagas, las especies invasoras o aquellas de importancia para la restauración ecológica), la investigadora busca despertar curiosidad y sorpresa en quienes la escuchan. Y sus audiencias han sido de lo más diversas.

Las infancias son de sus públicos favoritos. No necesariamente porque sean eruditos de la ecología, sino porque todavía no han adoptado la idea que ciertos animales tienen nuestra simpatía y otros nuestro rechazo. “Aún no aprenden que les “deben” desagradar los insectos”, dice. Frente a un escarabajo pelotero no sienten repulsión automática. Todo lo contrario, hay mucha curiosidad.

«Uno piensa en el excremento y dice: ‘¡Guácala, qué horror!’. Pero si te pones a pensar en la cantidad de desechos fecales que producen todos los mamíferos y todas las vacas, es una cosa brutal y, sin embargo, no la vemos. ¿Por qué? Porque hay muchos bichos que están haciendo la chamba.” comenta.

Ek del Val en su oficina, rodeada de ilustraciones de mariposas y otros insectos. Cortesía: Ek del Val
Ek del Val en su oficina, rodeada de ilustraciones de mariposas y otros insectos. Cortesía: Ek del Val

Pero sin importar la edad de su audiencia, del Val siempre insiste en la necesidad de reconectar, desde el conocimiento, con los insectos y otros grupos de animales. Muchos de ellos, en vulnerabilidad y riesgo de desaparecer.

“No habíamos puesto atención en los insectos; como hay algunas especies que tienen poblaciones muy numerosas, pensábamos que siempre iban a estar ahí”, subraya.

Sobre todo ahora, cuenta la ecóloga, presenciamos un declive de las poblaciones de insectos en distintas partes del mundo, un fenómeno conocido como insect apocalypse. Un estudio realizado en Alemania, que monitoreó reservas naturales durante 27 años, encontró una reducción de más del 75 % en la biomasa de insectos voladores.

Ek ha estudiado a las abejas sin aguijón (Apidae: Meliponini) en México. Créditos: William Cho (Wikimedia Commons).
Ek ha estudiado a poblaciones como las abejas sin aguijón (Apidae: Meliponini).
Créditos: William Cho (Wikimedia Commons).

Ek ha divulgado lo propio desde México. En textos como La caída libre de los insectos, advierte que este declive ya es una realidad y que cualquiera puede percibirlo al salir de día de campo. Ella relata cómo la baja de insectos responde, principalmente, a la transformación de los ecosistemas –por la tala y cambio de uso de suelo a urbes o campos agrícolas–, el uso indiscriminado de insecticidas y el cambio climático, que impacta en las condiciones ambientales a un ritmo que muchas especies no pueden seguir.

“Les tenemos tanto miedo a los insectos que estamos utilizando básicamente [en la escala de ellos] bombas atómicas para aniquilar todo”, dice. “Cuando, en realidad, ni siquiera los ejemplares de especies que pueden convertirse en plaga disminuyen, porque ya son resistentes.”

La investigadora explica que utilizar el insecticida una y otra vez termina favoreciendo la aparición de plagas cada vez más resistentes, mientras elimina insectos que cumplen funciones esenciales, como la polinización o el control biológico de otras especies.

La doctora Ek del Val de Gortari da una plática de mariposas monarca. Cortesía: Ek del Val
Ek del Val de Gortari da una charla vestida como mariposa monarca. Cortesía: Ek del Val

Ek también sabe que, por razones culturales y sociales, hay especies con las que resulta mucho más fácil conectar que con otras, especialmente cuando hemos crecido escuchando constantemente que debemos temerles o que representan un peligro. Por eso, como primer paso, acerca al público a los insectos a través de especies que resulten más ”familiares”, para que sean las embajadoras de aquellas menos comprendidas.

Por eso, no es raro ver a la investigadora haciendo cosplay de una Danaus plexippus (nombre científico de la mariposa monarca) mientras sostiene un micrófono. Ahí, ataviada de pies a cabeza en un disfraz naranja y negruzco, mientras sacude sus “antenas”, explica la importancia de estos insectos. También, apelando a la sorpresa, aprovecha para relatarle a su audiencia la maratónica migración que hacen estas mariposas a lo largo de Norteamérica.

Después, quizá, podrán venir las charlas sobre avispas, polillas o arañas (aunque estas últimas no pertenezcan a la clase Insecta). Y el público estará mucho más dispuesto a mirarlas con curiosidad, en lugar de temerles porque sí.

Otras ciudades (ecosistemas) son posibles

Junto con las charlas –entre ellas una TED Talk en la Universidad Michoacana–, la investigadora ha mantenido una producción constante de textos de divulgación y comunicación de la ciencia. Lo hace desde mucho antes de que esta actividad se convirtiera en un requisito para ingresar y permanecer en el ahora Sistema Nacional de Investigadoras e Investigadores (SNII), bajo las directrices de la Secretaría de Ciencia, Humanidades, Tecnología e Innovación (SECIHTI).

Buena parte de esa divulgación escrita gira (además de los insectos) en torno a desmitificar la idea de que la naturaleza empieza donde termina la ciudad. Los ecosistemas, explica, también son las calles, parques y jardines. Reconocer esto es indispensable para garantizar nuestra supervivencia y la de otras especies que cohabiten esos centros urbanos con nosotros.

Jardín de polinizadores. Créditos: Smithsonian Gardens
Jardín de polinizadores. Créditos: Smithsonian Gardens

Para la investigadora, comprender la ecología también implica mirar a través de la lente socioecosistémica los espacios que habitamos todos los días. Por eso, habla de las ciudades como territorio posible para la biodiversidad. Tan sólo en la Ciudad de México, dice, vive el 2% de todas las aves del mundo.

“Tenemos que aprovechar eso. Tenemos que reverdecer las ciudades”, afirma. Después de todo, añade, la forma en que habitamos el territorio puede ser “más o menos compatible con la biodiversidad”.

Pero reconocer la biodiversidad que todavía habita nuestras ciudades es la punta del iceberg. Lo siguiente sería preguntarnos qué tanto podemos hacer para que vuelva allí donde la hemos desplazado. La ecóloga suele hablar de restauración sin recurrir al optimismo fácil. Cuenta cómo ha visto potreros convertirse otra vez en bosque o ríos recuperar parte de la vida después de años de contaminación. 

Ek sabe que los ecosistemas poseen una capacidad extraordinaria para reponerse cuando les damos espacio. “La vida va a seguir”, dice. Hace una pausa. “El tema es que nosotros no la vamos a ver”.

Ek del Val de Gortari, investigadora, en trabajo de campo. Cortesía: Ek del Val
Ek del Val de Gortari, investigadora, en trabajo de campo. Cortesía: Ek del Val

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