En la Reserva de la Biósfera Montes Azules ubicada en el estado de Chiapas, después de más de treinta años de ir y venir, a Julieta Benítez Malvido ya no le dicen “la doctora” ni “la investigadora de la UNAM”. Le dicen Yuyu. Reflejo, quizá, de cómo esta investigadora entiende su trabajo de campo, no como visitas esporádicas de científica extranjera al territorio, sino como una relación sostenida en el tiempo, con memoria y confianza acumuladas.

La investigadora ha construido una relación de largo aliento con la selva y con quienes la habitan.

Cuando Julieta llegó por primera vez a Chiapas en la década de los noventa, el acceso a Montes Azules todavía era en avioneta. No existían las carreteras que hoy atraviesan la región. Eran años marcados por el levantamiento zapatista, los retenes militares y la tensión en la frontera con Guatemala. En una ocasión, recuerda, la mitad de su equipo ya había ingresado a la reserva cuando suspendieron los vuelos por conflictos cerca de la frontera. El trabajo de campo, sin embargo, continuó. Nunca pensó en dejar de ir. La selva ya la había atrapado.

Julieta haciendo trabajo en la Selva Lacandona. Cortesía: Julieta Benítez Malvido
Julieta haciendo trabajo en la Selva Lacandona. Cortesía: Julieta Benítez Malvido

Pero su historia no comenzó ahí. Antes de convertirse en una de las investigadoras que más tiempo ha seguido la transformación de las selvas mexicanas, Julieta era una bióloga fascinada por entender cómo funcionan estos ecosistemas.

“Yo inicié haciendo ciencia básica. A mí lo que me interesaba era estudiar los procesos y mecanismos en las selvas tropicales de regeneración”platica Julieta. Contrario a muchas trayectorias, la investigadora no habla de la típica vocación por salvar el planeta ni de un momento «revelador». Su punto de partida tuvo una raíz mucho más sencilla (y humana): la curiosidad. De hecho, suele bromear que, para hacer ciencia, muchas veces le basta una cinta métrica, un lápiz y papel.

Julieta y colegas en campo. Cortesía: Julieta Benítez Malvido
Julieta (tercera de izquierda a derecha) y colegas en campo. Cortesía: Julieta Benítez Malvido

La selva también está hecha de personas

Era de suponerse que más de tres décadas de trabajo cambiarían a Julieta. La investigadora que había llegado casi exclusivamente para estudiar procesos ecológicos empezó a comprender que era imposible entender una selva sin entender también a las personas que viven en ella. “Uno se va dando cuenta de que es indispensable considerar a los habitantes de estos sistemas”, dice. Desde entonces, buena parte de su trabajo se desarrolla en una especie de simbiosis con las comunidades que rodean Montes Azules.

Muchos de sus colaboradores terminaron por convertirse en amigos. Haciendo un ejercicio de memoria, Julieta evoca la historia de uno de ellos, originario de Guerrero. Su familia migró a Chiapas cuando los recursos de su lugar de origen se agotaron. Un día, mientras recorrían la selva, le dijo: “Yuyu, imagínate: si mi papá se tuvo que salir con todos sus hijos de Guerrero porque devastamos todo, ahora yo quiero empezar a promover la conservación. Ni modo de que lleguemos a un nuevo sitio y lo destruyamos otra vez”.

Áreas de estudio en campo. Cortesía: Julieta Benítez Malvido
Áreas de estudio en campo. Cortesía: Julieta Benítez Malvido

Para Julieta, esa conversación condensa buena parte de su agenda ético-política al hacer ciencia, pues sostiene que la conservación nunca trata únicamente de árboles; también trata de historias humanas y de cómo interactúan ambas dimensiones. Así, su investigación se realiza de la mano de personas que conocen cada vereda y cada ejemplar vegetal de la selva, incluso mucho antes de que aparezcan formalizados en un mapa.

A esos colaboradores los llama, con admiración, “parataxónomos”: observadores natos que conocen el pulso del territorio, muchas veces, mejor que cualquier satélite.

Mientras esas relaciones se reforzaban, la selva cambió. En un inicio, había selva continua; después, fragmentos; después, pastizales. Ahora, palma de aceite. Julieta ha vuelto tantas veces a los mismos puntos que no necesita imaginar la pérdida de hábitat ni conceptos como la fragmentación de la selva, donde grandes extensiones de hábitats naturales se dividen en parches cada vez más pequeños y aislados.

“Se ha generado mucho conocimiento, pero, paralelamente, se sigue destruyendo la selva”, reflexiona.

El mundo bajo la hojarasca

Julieta platica que la mayor parte de su carrera ha consistido, precisamente, en aprender a detectar cambios que no siempre son evidentes. Como parte del Proyecto de Dinámica Biológica de Fragmentos Forestales —uno de los experimentos de fragmentación más longevos del mundo— llevó a cabo una investigación en Manaos, una metrópoli brasileña rodeada por la selva tropical más extensa del mundo: el Amazonas. Ella quería saber cómo una selva puede seguir viéndose verde, llena de árboles y, aparentemente, saludable, pero haber disminuido su capacidad de renovarse.

Para lograrlo, observó el reclutamiento de plántulas, es decir, el proceso ecológico por el cual una nueva planta germina, sobrevive a sus etapas más vulnerables y se establece en una población, así como la riqueza de especies. Tras veinte años, cuenta, un fragmento de apenas una hectárea había reclutado únicamente cuatro especies nuevas de árboles, frente a las más de treinta y cinco registradas en una selva continua bien conservada. Todo ese deterioro ocurría mucho antes de que el paisaje lo hiciera evidente.

“La fragmentación no se detiene y la pérdida de hábitat tampoco”, subraya la investigadora.

Julieta trabajando en campo. Cortesía: Julieta Benitez Malvido
Julieta trabajando en campo. Cortesía: Julieta Benitez Malvido

Con el tiempo, y en alianza con los entrañables parataxónomos, Julieta descubrió que la fragmentación genera un efecto de borde, que ocurre cuando la selva se corta de tajo para dar paso a carreteras, potreros o cultivos. Eso no es todo. Las condiciones ambientales, encontró, cambian lo suficiente como para alterar la salud de las plantas. Aunque esto no ocurre en todas las especies ni en todos los casos, la perturbación humana puede volverlas más vulnerables a las enfermedades. Muchas de ellas están adaptadas a crecer bajo la sombra del dosel, con alta humedad y poca luz; cuando, de pronto, quedan expuestas a ambientes más cálidos y secos, entran en estrés fisiológico.

“De hecho, hay un compromiso ecológico (trade-off): ‘o crecemos o nos defendemos’. En resumen, ciertas plantas eligen crecer antes que defenderse de los herbívoros o patógenos”, explica la investigadora.

Ante ese estrés, muchas plantas destinan su energía a seguir creciendo en lugar de activar sus mecanismos de defensa, lo que las hace más susceptibles al ataque de, por ejemplo, hongos patógenos. Dicho fenómeno pone en evidencia cómo una alteración aparentemente simple, como abrir un camino o desmontar un cacho de selva, puede traer consigo una cascada de efectos sobre la salud del ecosistema mismo.

Germinación y crecimiento de una planta. Créditos: Naturenow, Wikimedia Commons
Germinación y crecimiento de una planta. Créditos: Naturenow, Wikimedia Commons

Benítez Malvido empezó mirando árboles y plántulas; luego, monos y hongos; y ahora, seres microscópicos en la rizósfera de las coloradas heliconias. Ahí, cuenta, su equipo encontró que las áreas perturbadas albergan una mayor densidad de nematodos fitopatógenos, pequeños gusanos capaces de parasitar plantas. Para nosotros, es una afectación que ocurre en un nivel (literalmente) invisible, pero sus consecuencias se extienden hacia arriba toda esa cadena ecológica. Con esto en mente, podemos afirmar que las preguntas que orientan la investigación de Julieta no se quedaron en un solo nivel de observación.

Esa tendencia a ir de lo grande hacia lo diminuto, sin abandonar la selva como unidad de sentido, sugiere a alguien que no se aburre fácilmente y que, especialmente, necesita seguir encontrando nuevas capas del mismo problema para mantenerse interesada después de tanto tiempo. Julieta parece empeñada en responder la misma pregunta desde perspectivas cada vez más profundas e integrales: qué mantiene viva a una selva y qué ocurre cuando dejamos de permitir que funcione como el sistema complejo y entramado que es.

La sorpresa como decisión

Actualmente, Benítez Malvido dirige el Laboratorio de Ecología del Hábitat Alterado del Instituto de Investigaciones en Ecosistemas y Sustentabilidad (IIES) de la UNAM. Su equipo trabaja simultáneamente en Montes Azules, Chamela, Los Tuxtlas, Cozumel y distintos sitios de Brasil.

En los últimos años, esa misma visión de largo plazo la ha llevado a preguntarse cómo interactúan la fragmentación y el cambio climático. Por ello, junto con otro investigador posdoctoral, analiza más de cuatro décadas de registros climáticos en la Reserva de la Biósfera Montes Azules. Explica que, como consecuencia de esta división del hábitat continuo, la temperatura ha aumentado, mientras que la precipitación media anual ha disminuido. Estos cambios afectan especialmente a las especies de selva madura —árboles gigantes que superan los 30 o 40 metros de altura—, cuyas semillas dependen de condiciones muy estables de humedad para germinar.

Su equipo encontró, por ejemplo, que las semillas dispersadas por monos aulladores germinan con mucho mayor éxito en selvas conservadas que en fragmentos degradados, donde el incremento de la luz y la temperatura reduce drásticamente sus posibilidades de sobrevivir. «Sin monos no hay dispersión efectiva, y sin árboles grandes no hay selva», comenta. Para Julieta, estos resultados muestran que el cambio climático y la fragmentación no actúan por separado, sino que se potencian mutuamente, acelerando el deterioro de la selva.

Animación de la desviación de temperatura. Créditos: NASA, Wikimedia Commons.
Cambios de temperatura a lo largo del tiempo. Créditos: NASA, Wikimedia Commons.

Aunque la investigadora suele hablar de clima o restauración ecológica, no cae en respuestas simplistas. Como científica, le gustaría que no se desmontara una sola hectárea más de selva, pero también insiste en que los problemas ambientales nunca pueden separarse de las necesidades sociales de quienes viven en esos territorios. Esa búsqueda constante de matices atraviesa tanto su investigación como su forma de mirar México.

Hay algo, sin embargo, que no ha cambiado desde sus primeras expediciones. Julieta sigue entrando a la selva con la misma intriga de hace treinta años. A sus estudiantes les repite una frase que funciona, casi, como un mantra personal: “No tengan miedo de proponer proyectos; todo es posible en un bosque [o selva tropical]”. Lo dice alguien que ha visto desaparecer fragmentos enteros de selva, que conoce de memoria las formas en que un ecosistema puede degradarse y que, aun así, se resiste a perder la capacidad de sorprenderse.

Al final, lo que queda de Julieta Benítez no es solo el currículum —el Reconocimiento Sor Juana Inés de la Cruz, el SNI III o las muchas publicaciones—, sino la manera en que ha sostenido el gusto por seguir investigando. En Montes Azules la conocen como Yuyu. En la ciencia mexicana, como una de las investigadoras que mejor ha documentado cómo cambian las selvas tropicales. Ella, por su parte, dice que todavía queda mucho por entender. Sigue creyendo que, ahí, entre esas interacciones ecológicas, todavía cabe la posibilidad de que muchas cosas salgan bien.

La investigadora en una charla. Cortesía: Julieta Benítez Malvido
La investigadora en una charla. Cortesía: Julieta Benítez Malvido

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