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La ciencia pop de Andrés Cota Hiriart: el naturalista que convirtió a la fauna mexicana en narrativa
Antes de salvar una especie, hay que repensar la historia que contamos sobre ella. Esa es la idea que guía el trabajo del zoólogo y escritor Andrés Cota Hiriart, quien sostiene que nuestra relación con la biodiversidad está moldeada tanto por la ciencia como por los relatos y cultura. En entrevista, habla sobre la literatura, los reptiles y la “narrativaleza”, su apuesta por recuperarnos el asombro frente al mundo vivo.
Para Andrés Cota Hiriart, zoólogo y escritor, la curiosidad es una pulsión que se instala antes de que el lenguaje tome el control de nosotros. Al rastrear el origen de su fascinación por el mundo natural, Cota no recurre a una tesis académica, sino a una memoria sensorial de la infancia.
«Desde los tres años y medio o cuatro, los animales ya eran parte central de lo que a mí me llamaba la atención», relata. «Esa edad es previa al raciocinio. Creo que son impulsos, intuiciones y atracciones estéticas. Muchas veces, esos gustos y pasiones se fijan antes de que uno siquiera tenga poder de elección».
Aquellos primeros recuerdos ocurrieron en los pasillos del Instituto de Biología Marina en Woods Hole, Massachusetts, donde sus padres realizaban investigación. Entre laboratorios (y acuarios), la inmersión de Cota al mundo biológico fue, sobre todo, silvestre y táctil.
En uno de los acuarios vivía un pulpo al que los hijos de los científicos podían alimentar con mejillones. Un Andrés de apenas cuatro años extendía la mano con la concha; el pulpo la tomaba con uno de sus tentáculos mientras los demás se enroscaban suavemente alrededor de sus dedos. Durante unos segundos, niño y cefalópodo permanecían observándose.
“No me queda la menor duda de que eso fue determinante para generar en mí asombro y curiosidad” dice con una sonrisa.

Toda conservación empieza por una historia bien contada
La fascinación no se quedó en los laboratorios de Woods Hole. De regreso en casa, prácticamente cualquier encuentro con un animal terminaba por convertirse en una convivencia prolongada. Lagartijas, salamandras, serpientes, insectos y toda clase de “bichos” pasaban por sus manos.
Sin proponérselo, Cota fue transformando su hogar en una suerte de pequeño zoológico doméstico.“Siempre he sido muy kinético y táctil; me gusta tener a los bichos un ratito”, dice.
Con los años, aquella curiosidad de Cota encontró un cauce. Estudiar biología como carrera universitaria fue menos una decisión vocacional que la continuación lógica de una forma de entender el mundo que llevaba cultivando desde la infancia. Ahí, Andrés pronto descubrió que entender a los animales también implica revisar las historias con las que aprendimos a mirarlos.

Si una serpiente puede ser al mismo tiempo símbolo fundacional de México —como Quetzalcóatl, la serpiente emplumada de la mitología mesoamericana— y objeto de rechazo cotidiano, entonces nuestra relación con la biodiversidad no se explica únicamente desde la evolución o la ecología. También está atravesada por los relatos que heredamos y reproducimos.
Cota Hiriart piensa en especies como el dragón de Komodo, los camaleones o las lagartijas planeadoras del sudeste asiático. Habla, convencido, sobre cómo estos animales tienen un enorme potencial para despertar fascinación. Sin embargo, considera que la manera en que nos vinculamos emocionalmente con otras formas de vida está moldeada por narrativas culturales acumuladas durante siglos.
A su juicio, parte de la aversión hacia ciertos organismos proviene de tradiciones religiosas (muchas de ellas europeas) que asociaron a serpientes, anfibios como sapos y salamandras o hasta los mismos hongos con el mal, la brujería o el peligro; una visión que terminó extendiéndose a distintas regiones del mundo, incluido México.
«México es tierra de serpientes, de ajolotes y de murciélagos. Nuestra cultura ancestral los mitificó; nosotros los rechazamos. Hay algo profundamente roto ahí», puntualiza.

En contraste, señala que muchas culturas originarias en América ya entendían a los animales, las plantas y las montañas como parte de una misma comunidad de vida. Esta cosmovisión contrasta con una visión antropocéntrica que coloca al ser humano por encima del resto de las especies. Para el zoólogo, dicha herencia todavía influye en la manera en que decidimos qué organismos merecen admiración y protección, y cuáles quedan relegados al miedo o la indiferencia.
No obstante, en su propio caso, crecer en una familia donde la curiosidad por la fauna fue celebrada (en lugar de cuestionada) resultó determinante para construir la relación que hoy mantiene con la naturaleza.
“Cuando creces con afinidad por las serpientes o las tarántulas, y nadie censura ese interés, te das cuenta de que buena parte de tu vida termina dedicada a defenderlas. No necesariamente para que todos las amen, sino para que, al menos, les den el lugar que merecen y aprendan a respetarlas.”

Narrativas para una naturaleza más cercana
En medio de ese doble filo que son los relatos (capaces tanto de acercarnos como de alejarnos de distintas posturas) Cota Hiriart abraza el potencial de las historias como una herramienta para ampliar nuestra empatía hacia otras formas de vida. Para él, los distintos formatos de comunicación, desde un libro hasta una película o un podcast, son vehículos para la misma esencia informativa. Esa convicción también atraviesa proyectos como Masaje Cerebral, el podcast de divulgación científica que conduce junto con Claudio H. Martínez.
Si hablamos exclusivamente del formato escrito, Cota está inmerso en lo que él llama “narrativaleza”, una alternativa latinoamericana al nature writing anglosajón, género literario dinámico que combina la observación científica, vívidos detalles sensoriales y una profunda reflexión ya sea personal o filosófica. La narrativaleza del mexicano, en ese sentido, es su apuesta por devolverle al lector la capacidad de quedarse atónito ante lo natural y, sobre todo, la inevitable responsabilidad ante el entorno.
Dicha búsqueda ha tomado forma en buena parte de la obra de Cota Hiriart. Es autor de libros como El ajolote: Biología del anfibio más sobresaliente del mundo (Elefanta Editorial, 2018), Fieras familiares (Libros del Asteroide y editado en coedición en México por Océano, 2022) Fieras interiores (Random House, 2025) y, más recientemente, Una conversación animal (Almadía, 2026) escrito junto con Mariana Matija y Gabi Martínez.
Además, desde la Sociedad de Científicos Anónimos (iniciativa que cofundó y actualmente preside) ha impulsado proyectos editoriales como el Sensacional de Liternatura Mexicana (Festina Publicaciones, 2025). Se trata de una antología que reúne las voces de escritores y ensayistas interesados en explorar las relaciones entre la literatura y la naturaleza.
Para Cota (y al igual que con el ejemplo de las serpientes) las historias contienen elementos capaces de modificar la manera en que lo habitamos y lo valoramos. “Estas historias alimentan al paisaje interior”, señala, al explicar que incluso quienes no pueden vivir una experiencia directa en un bosque o una montaña pueden acercarse a ellos mediante la imaginación y la emoción que despierta una narración vívida.
Por supuesto, el zoólogo también reconoce los límites de las palabras frente a la experiencia directa. Está claro que ningún relato puede sustituir completamente el encuentro con un ecosistema vivo: “No hay nada como que a ti te pongan en un bosque mesófilo y ver eso, así, un amanecer” cuenta.

La naturaleza como oficio
Cota Hiriart tampoco entiende el trabajo del escritor de naturaleza como una actividad aislada frente a una computadora. Él cree que es una práctica que nace de la observación constante del mundo, idea hererada de su referente naturalista, Gerard Durrell. Leer, salir al campo, conversar con otros científicos y acercarse a otras formas de conocimiento forman parte de un mismo proceso creativo.
Ahora bien, aunque sus libros y proyectos suelen despertar estupefacción por la biodiversidad (en el mejor de los sentidos), Cota reconoce que su mirada personal sobre la crisis ambiental está atravesada por un profundo pesimismo. Habla del duelo difícil de observar cómo desaparecen especies y ecosistemas que todavía existen, pero cuya viabilidad ecológica ya está comprometida.
“Es una especie de duelo difuso”, explica, «porque muchas veces no estamos frente a una extinción absoluta, sino ante poblaciones reducidas a unos cuantos individuos que sobreviven de manera simbólica, aunque funcionalmente ya no forman parte del ecosistema».

Pero ese pesimismo no se traduce, necesariamente, en inmovilidad. Todo lo contrario. Como los naturalistas de antaño, Cota encuentra en las historias una forma de sostener la confianza y de recordar la capacidad de recuperación de la vida. Suele recurrir a ejemplos de restauración ecológica —como el cóndor de California, el cual habita, gracias al esfuerzo conjunto de sólo un par de personas, el Parque Nacional Sierra de San Pedro Mártir— y de lugares donde, después de grandes perturbaciones, los ecosistemas han vuelto (cuando se les permite hacerlo).
“La vida tiene esa característica”, reflexiona, aludiendo a la capacidad del mundo natural para reinventarse. Por eso, aunque reconoce la magnitud del impacto humano, Cota continuará apostando por narrar historias, pues cree que cambiar la manera en que imaginamos nuestra relación con otras especies y con los ecosistemas puede ser el parteaguas para transformar la forma en que incidimos sobre esas realidades.
Mientras la vida insista en volver y evolucionar, él seguirá contándola.

Mariana Mastache