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Patrimonio paleobotánico: conociendo los antiguos bosques fósiles de Chile que el tiempo convirtió en piedra
Troncos petrificados, hojas fosilizadas, granos de polen, semillas y otros restos vegetales conservan la memoria de ecosistemas que existieron cuando los dinosaurios aún dominaban la Tierra e incluso mucho después de su desaparición. A lo largo de Chile, estos bosques fósiles permiten reconstruir la evolución de la biota, comprender cómo cambiaron el clima y los paisajes durante millones de años, e identificar el origen de muchas de las especies que hoy caracterizan los espacios naturales del país. Desde los bosques del norte hasta los antiguos paisajes de la Patagonia y la Antártica, este patrimonio paleobotánico continúa revelando nuevas claves sobre la historia natural del continente.
Los paisajes que hoy dominan la Patagonia —estepas, montañas y extensos glaciares— esconden más secretos e historias de las que alguien podría llegar a imaginar. Hace apenas unas semanas, el hallazgo de tres nuevos sitios con árboles petrificados de alrededor de 50 millones de años en la provincia argentina de Río Negro volvió a poner la atención sobre el pasado. Más que simples troncos convertidos en roca, descubrimientos como este representan valiosas evidencias de ecosistemas desaparecidos y de un planeta muy diferente al que conocemos en la actualidad.
Aunque este tipo de hallazgos suelen sorprender cuando ocurren, en realidad los bosques fósiles llevan décadas ayudando a reconstruir la historia de la Tierra. Cada elemento preservado constituye una pieza de un enorme rompecabezas que permite a los científicos comprender cómo eran los antiguos paisajes, qué especies los habitaban y de qué manera el clima y los continentes fueron cambiando a lo largo de millones de años.
Chile también resguarda parte de ese patrimonio natural. A lo largo de su territorio existen distintos sitios donde aún se conservan vestigios de antiguos bosques, algunos mucho más recientes y otros tan antiguos que se remontan a la época en que los dinosaurios aún dominaban el planeta.
Desde bosques del Triásico hasta antiguas comunidades de araucarias que crecieron hace unos 80 millones de años, pasando por plantas que han ayudado a reconstruir la historia compartida entre la Patagonia y la Antártica. Cada uno aporta nuevas pistas para comprender cómo evolucionó el paisaje del continente y por qué muchas de las especies actuales tienen un origen mucho más antiguo de lo que imaginamos.


Bosques fósiles en el norte de Chile
Cuando se habla de un bosque fósil es común imaginar únicamente grandes troncos convertidos en piedra. No obstante, el concepto abarca una diversidad mucho mayor de vestigios vegetales. Dependiendo de las condiciones en que ocurrió su preservación, un bosque fósil puede conservar desde árboles completos hasta hojas, semillas, polen, raíces o delicadas estructuras celulares invisibles a simple vista. En conjunto, todos estos restos permiten reconstruir antiguos ecosistemas con un nivel de detalle sorprendente.
«Lo primero es definir qué es un bosque. El bosque es un ecosistema complejo donde la vegetación predominante está formada por árboles y arbustos. Es un hábitat dinámico que incluye todo tipo de vegetación (desde musgos hasta plantas con flores), hongos, microorganismos y obviamente fauna. Todos estos organismos están interconectados. En ese contexto, un bosque fósil es el registro preservado de un antiguo ecosistema vegetal que quedó sepultado por sedimentos o cenizas volcánicas y cuyos restos vegetales se preservaron durante millones de años», apunta el Dr. Philippe Moisan, paleobotánico, director del Departamento de Química y Biología y coordinador Magíster en Paleontología y Evolución de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Atacama.
Sin embargo, no todos los bosques fósiles se preservan de la misma manera. Algunos corresponden a troncos petrificados que mantienen su forma original, mientras que otros conservan la anatomía interna de las plantas mediante un proceso conocido como permineralización. En este último caso, los minerales rellenan los espacios vacíos de los tejidos sin destruir completamente su estructura, permitiendo observar detalles microscópicos que revelan cómo eran las células, los vasos conductores e incluso algunos órganos reproductivos.


«Existen dos tipos principales de cómo pueden preservarse restos vegetales que formaron un bosque: (1) una impresión o compresión vegetal, que es básicamente una huella que deja una hoja o rama en el sedimento, con (compresión) o sin (impresión) materia orgánica original de la planta, (2) petrificaciones o permineralizaciones, que son restos de madera o troncos que se fosilizaron a través del reemplazo de la materia orgánica por minerales (principalmente sílice) que se encuentran disueltos en el agua. Es decir, es el proceso en que restos duros de un vegetal (madera y/o tronco) se convierten en rocas», explica Moisan.
«No basta con encontrar algunos troncos fosilizados aislados; para hablar de un bosque fósil idealmente debe existir evidencia de que esos árboles crecieron en ese lugar, es decir, que están preservados in situ, con sus raíces, o en la posición en que vivieron. Estos sitios son verdaderas “fotografías” de paisajes pasados», añade.
Gracias a estos registros, los investigadores pueden reconstruir antiguos climas, identificar especies que desaparecieron hace millones de años y seguir la evolución de grupos vegetales. También permiten comprender cómo respondieron las plantas a grandes transformaciones del planeta, como las erupciones volcánicas, las variaciones del clima o el desplazamiento de los continentes.


«Los bosques fósiles proporcionan los archivos de muchas fuentes multipróximas, como le decimos nosotros, del pasado. Permiten reconstruir, entre otras cosas, el paleoclima. Hay métodos, por ejemplo, mediante el análisis multivariado de las hojas de un estrato determinado, para inferir la temperatura del mes más cálido, del mes más frío, la temperatura media anual, la precipitación media anual, etc. Se puede corroborar con análisis isotópicos, de isótopos de carbono o bien isótopos de oxígeno. También es importante para reconstruir la paleoecología, la estructura de la comunidad. Si este ensamble contenía organismos principalmente herbívoros, si era un bosque que no tenía nada bajo el dosel o bien tenía una muy rica flora debajo del dosel», comenta el Dr. Marcelo Leppe Cartes, profesor titular del Centro Gema de la Universidad Mayor.
«También se puede reconstruir biogeografía histórica, algo que es notable. Las rutas de dispersión, de dónde vienen los antiguos grupos que hoy día constituyen un bosque. Esto se puede analizar justamente a través de los bosques fósiles. También se puede reconstruir la evolución florística, aparición, radiación, extinción de algunos linajes, el reemplazo de flora, así como algunos eventos geológicos puntuales, como erupciones volcánicas, cambios de nivel del mar, glaciaciones que quedan registrados en los bosques sepultados en sedimento», agrega.
En el caso de Chile, existen variados yacimientos de este tipo, los que representan distintos momentos de su historia. Algunos corresponden a ecosistemas que existieron cuando Sudamérica aún compartía una estrecha relación con la Antártica; otros muestran paisajes mucho más recientes, moldeados por volcanes y cambios en el nivel del mar. En conjunto, estos sitios conforman un registro excepcional que se extiende desde el norte semiárido hasta la Patagonia y que continúa entregando nuevas pistas sobre el pasado natural del país.


Uno de los registros más conocidos se encuentra en el Monumento Natural Pichasca, en la Región de Coquimbo. Este sitio se emplaza sobre una formación geológica de aproximadamente 80 millones de años de antigüedad y conserva restos de un bosque dominado por araucarias, además de improntas de hojas pertenecientes a otras especies arbóreas.
A diferencia de otros yacimientos, su importancia no radica únicamente en la flora fósil: en el lugar también se han hallado restos de titanosaurios del género Antarctosaurus, fragmentos de caparazones de tortugas y evidencias arqueológicas posteriores de presencia humana. La coexistencia de este patrimonio paleontológico y arqueológico convierte a Pichasca en un sitio único dentro de Chile. Mientras las rocas permiten reconstruir un ecosistema que existió durante el Cretácico, las pinturas rupestres y otros vestigios culturales recuerdan que millones de años después el mismo territorio sería escenario de una historia completamente distinta. Es un ejemplo de cómo un solo paisaje puede concentrar distintos capítulos de la historia de la Tierra y de la humanidad.


«Chile posee un patrimonio paleobotánico extraordinario que abarca cerca de 300 millones de años de historia natural. Uno de los sitios más conocidos corresponde al Bosque Fósil de Pichasca, en la Región de Coquimbo, donde se preservan troncos silicificados del Cretácico asociados principalmente a coníferas y otras plantas que crecían cuando los dinosaurios reinaban el planeta. Asimismo, de especial interés son los bosques del Triásico (aprox. 220 millones de años) en el norte de Chile. Numerosas localidades contienen maderas fósiles en las regiones de Coquimbo, Atacama y Antofagasta, que actualmente estamos estudiando junto a estudiantes y colaboradores. Una de las localidades que más destaca es el Bosque Petrificado de Darwin en el valle de Copiapó, que fue descubierto por Darwin en su paso por Copiapó en 1835. Este sitio excepcional combina un interés científico paleobotánico y patrimonial histórico al ser descubierto y reportado por el destacado naturalista inglés Charles Darwin», señala Moisan.
«También hay evidencia muy rica de esa flora en la cuenca del río Biobío, en Gomero, Quilacoya, Santa Juana, Patagual. Muchas localidades en los alrededores de la parte baja del río Biobío. Más al sur también, en Temuco, en Huimpil-Ñielol», comenta Leppe por su parte.



Bosques fósiles en el sur de Chile
Si bien el norte del país alberga algunos de los bosques fósiles más antiguos y sorprendentes del territorio chileno, el sur resguarda un registro paleobotánico igualmente excepcional, capaz de revelar cómo evolucionaron los antiguos ecosistemas sureños y el origen de gran parte de la flora que hoy caracteriza estos paisajes en su mayoría prístinos.
Uno de los ejemplos más representativos es el Bosque Fósil de Punta Pelluco, ubicado en la costa de Puerto Montt. Este sitio conserva los restos de un antiguo bosque compuesto por alerces y cipreses de las Guaitecas, cuyos troncos quedaron sepultados tras una erupción volcánica hace 42-50 mil años. Con el paso del tiempo, las cenizas se consolidaron y favorecieron el reemplazo gradual de la madera por minerales, preservando parte de los árboles como fósiles. Debido a su singularidad —hasta ahora es el único sitio del país donde se han registrado alerces fósiles de estas características— fue declarado Santuario de la Naturaleza en 1978.


«Le voy a dar también una importancia muy grande al Cerro Guido y el Valle del Río las Chinas, en la provincia Última Esperanza. Muy cerca del Torres del Paine está una famosa estancia, y ahí hay un recuento vegetacional de los últimos 20 millones de años de la era de los dinosaurios, con bosques petrificados, hojas, granos de polen, esporas. Una tremenda diversidad de plantas que superan los 60 morfotipos distintos, pero una de las cosas más importantes es que muchos de los grupos modernos, que hoy día son característicos o muy típicos del paisaje florístico de los bosques chilenos, aparecen por primera vez en este valle. Por lo tanto, tiene un valor ecológico, evolutivo, biogeográfico increíble. Incluso, muchas de las especies que hoy día son consideradas típicamente gondwánicas, se encuentran como primeros registros en este valle», afirma Leppe.
«También está Sierra Baguales, en la provincia de Última Esperanza. Tiene un registro también espectacular, que abarca principalmente el Paleógeno. Hay varias localidades paleógenas en el resto de Chile. También está la del río San Pedro, cerca de Valdivia, que explica un poco el origen del moderno bosque valdiviano. Está Quinamávida en el Maule y Matanza en la zona costera, donde también hay representaciones de paleobotánica. Está la famosa flora la Dehesa, que lamentablemente está bajo muchas construcciones hoy día», agrega.



Por otro lado, algunos de los descubrimientos paleobotánicos más relevantes del país se concentran en el extremo austral. Allí, en la Patagonia y la Antártica, los fósiles vegetales han permitido reconstruir una época en que el clima era radicalmente distinto y extensos bosques cubrían territorios que hoy permanecen dominados por el hielo, el viento y las bajas temperaturas.
En esta línea, uno de los principales impulsores de estas investigaciones ha sido el paleobotánico japonés Harufumi Nishida, quien desde comienzos de este siglo ha trabajado junto a investigadores chilenos para estudiar antiguos ecosistemas del hemisferio sur. Sus investigaciones comenzaron a llamar especialmente la atención en 2003, cuando identificó en Isla Riesco, en la Región de Magallanes, un extraordinario conjunto de plantas permineralizadas que incluía hojas, semillas, granos de polen, musgos y otros restos vegetales preservados, en su mayoría, durante más de 50 millones de años.
Entre los fósiles encontrados destacan representantes del género Nothofagus, conocido como hayas australes, al que pertenecen especies tan características de los bosques templados del sur de Sudamérica como las lengas, los robles y los coigües. Actualmente, estos árboles también están presentes en Argentina, Australia, Nueva Zelanda y otras islas del Pacífico Sur, una distribución que durante décadas ha despertado el interés de los investigadores.


Las evidencias recuperadas en Isla Riesco indican que este grupo vegetal ya formaba parte de los paisajes patagónicos hacia fines del Cretácico, hace al menos 70 millones de años. Este tipo de registros fortalece la hipótesis de que, antes de la separación definitiva de los continentes australes, existía una continuidad terrestre entre Sudamérica, la Antártica y Oceanía que permitió el intercambio de flora y fauna. Aunque el lugar exacto donde surgieron estos árboles sigue siendo materia de investigación, los fósiles encontrados en Chile representan algunas de las evidencias más antiguas conocidas para este linaje.
«Un poco más al sur, está la isla Riesco. Ahí hay troncos petrificados de araucaria. Hay una flora del Cretácico tardío, pero también está la Formación Loreto, que es más reciente, desde el Paleógeno, con muchos restos de madera fósiles, pero con una preservación de hojas increíble. Allí está ubicado el antiguo proyecto minero de Mina Invierno, pero que también está el río y la formación Loreto, que está dominado principalmente por Nothofagus. Tiene una transición climática, de un bosque de hojas grandes (con las temperaturas más altas) que pasó a ser un bosque dominado por hojas pequeñas (más tolerante a las bajas temperaturas)», indica Leppe.
«Los hallazgos que realizamos con el doctor Harufumi Nishida, de Japón, arrojaron la existencia de muchas estructuras muy bien preservadas y que ayudan a dar una mirada un poco más precisa a cómo evolucionaron las floras del fin del Cretácico. Documentan la presencia de muchas coníferas de la época gondwánica, en Patagonia, y que comienzan a dar también este paso a las angiospermas», añade.

Las investigaciones de Nishida no se limitaron a la Isla Riesco. También ha desarrollado trabajos en Cocholgüe, en la Región del Biobío, donde ha identificado otros registros vegetales de edad similar, y desde 2011 participa en expediciones científicas a la Antártica junto a especialistas del Instituto Antártico Chileno (INACH) y universidades nacionales. En estos proyectos ha colaborado estrechamente con investigadores como Marcelo Leppe y Luis Felipe Hinojosa, contribuyendo a ampliar el conocimiento sobre la historia vegetal del extremo sur del planeta.
«Ya en Concepción está la Caleta Cocholgüe, está la isla Quiriquina, están varias otras localidades alrededor de la bahía de Concepción, donde existen troncos fósiles que están remanentes, digamos, del final de la era de los dinosaurios en un ambiente marginolitoral. Muchos de estos troncos están perforados por invertebrados. Ese ambiente cercano a la costa quedó capturado en el tiempo. Los árboles tienen anillos de crecimiento, la estructura de las maderas muy bien preservada. Podría ser en el futuro cercano un lugar de mucho interés para el estudio paleoambiental, paleoecológico del final de Cretácico», comenta Leppe.
Ahora, avanzando muchísimo más al sur, en la Antártica se realizó un descubrimiento reciente que volvió a demostrar que el continente blanco estuvo muy lejos de ser el desierto helado que conocemos hoy. Un equipo internacional de investigadores describió Escuderia livingstonensis, el primer fósil permineralizado perteneciente al orden Schizaeales hallado en ese continente. Se trata de un antiguo helecho que vivió durante el Cretácico y cuya preservación permitió estudiar con gran precisión su estructura anatómica.

El fósil fue recuperado en la isla Livingston, en las Shetland del Sur, a partir de muestras obtenidas durante una expedición científica organizada por el INACH. Gracias a técnicas como reconstrucciones tridimensionales y microscopía de alta resolución, los investigadores pudieron identificar características que no coinciden con ningún género fósil o actual conocido hasta ahora, lo que llevó a describir un nuevo género para la ciencia.
Más allá de su singularidad, el hallazgo aportó información clave sobre la evolución de los helechos y de las plantas vasculares en altas latitudes. En el mismo antiguo suelo donde apareció este fósil también se encontraron restos de coníferas, órganos reproductivos de gimnospermas, brotes y raíces asociadas a hongos, evidencias que permitieron reconstruir un ecosistema terrestre mucho más diverso y complejo de lo que durante años se pensó para la Antártica del Cretácico.
Estos descubrimientos complementan la información obtenida en la Patagonia chilena y fortalecen una idea que hoy cuenta con creciente respaldo científico: durante millones de años, la Antártica formó parte de un gran corredor biológico que conectaba los bosques australes de distintos continentes.

«Existió una coevolución de los ambientes que estaban en crisis hacia el final de la era de los dinosaurios, durante el Cretácico. Se trata de un progresivo enfriamiento con pulsos de frío muy bruscos, que habían provocado también que se generaran puentes esporádicos entre Sudamérica y la Antártica, conectando también con Oceanía. Algo que venía describiéndose desde mediados del siglo XIX por naturalistas como Joseph Dalton Hooker que vino en las expediciones de James Clark Ross al sur Austral, y que visitó la Antártida, visitó Sudamérica y Nueva Zelanda. Había postulado de que existía un vínculo florístico entre Nueva Zelanda y Australia, principalmente Queensland, Nueva Zelanda y Tasmania, con el sur de Chile. Sin embargo, nunca pudo demostrarlo en vida. Pasaron más de 100 años antes de que hubiera las primeras explicaciones plausibles», profundiza Leppe.
«Este patrimonio, esta historia natural, se remonta mucho más allá de la historia de los primeros hombres en Sudamérica. Las hojas más antiguas del mundo están en la isla Nelson, en la Antártica, y son una evidencia concreta de que tenemos una herencia ancestral antártica. Esa herencia hoy día está viva todavía en nuestros parques nacionales, en muchos lugares también que conservan la estructura de la vegetación, que debemos preservar», añade.

Otros bosques fósiles de la Patagonia
Los bosques fósiles no son exclusivos de Chile. Al otro lado de la cordillera, Argentina alberga algunos de los registros paleobotánicos más importantes del mundo y, recientemente, volvió a captar la atención de la comunidad científica con nuevos descubrimientos que amplían el conocimiento sobre los antiguos ecosistemas de la Patagonia.
En junio de 2026, investigadores confirmaron el hallazgo de tres nuevos sitios con árboles petrificados en la provincia de Río Negro. El descubrimiento se produjo luego de que un productor rural alertara sobre extrañas formaciones visibles en su terreno, dando inicio a una investigación encabezada por especialistas en patrimonio paleontológico.
Las exploraciones permitieron identificar trece ejemplares de árboles fósiles pertenecientes a coníferas y angiospermas que habrían vivido durante el Eoceno, hace aproximadamente 50 millones de años. Las muestras fueron trasladadas al Museo Paleontológico de Bariloche para su estudio, siguiendo los protocolos de conservación establecidos para este tipo de patrimonio.



«Este descubrimiento constituye una importante oportunidad para ampliar el conocimiento sobre la historia natural de Río Negro y pone en evidencia la enorme riqueza patrimonial que conserva nuestro territorio», señaló en un comunicado Pablo Chafrat, director de Patrimonio y Museos de Río Negro.
Estos nuevos yacimientos se suman a otros sitios emblemáticos de Argentina, entre ellos el Bosque Petrificado Sarmiento, ubicado en la provincia de Chubut. Considerado uno de los mayores conjuntos de árboles petrificados del planeta, este paisaje conserva miles de troncos, ramas, hojas, semillas y otros restos vegetales que pertenecieron a un enorme bosque que cubría la Patagonia hace alrededor de 65 millones de años.
De esta manera, al igual que ocurre en Chile, estos paisajes son mucho más que una colección de fósiles. Constituyen laboratorios naturales donde es posible estudiar la evolución de las plantas, reconstruir antiguos ambientes e identificar los cambios climáticos y geológicos que transformaron el continente a lo largo de millones de años. Cada nuevo descubrimiento ayuda a completar una historia que trasciende las fronteras políticas actuales y que involucra a toda la Patagonia.



Por lo mismo, aunque todavía quedan numerosas preguntas por responder, cada campaña científica y nuevo hallazgo permiten reconstruir con mayor precisión cómo era el mundo antes de que los continentes ocuparan su posición actual y antes de que el hielo transformara para siempre los paisajes australes. En ese contexto, la protección de estos sitios adquiere un valor que va mucho más allá de su atractivo geológico o turístico: resguardar los bosques fósiles de las diversas amenazas que los ponen en riesgo significa conservar una parte irreemplazable de la memoria natural del planeta.
«Las principales amenazas son la extracción ilegal de fósiles, algunas actividades mineras y de infraestructura, la erosión natural y, en ciertos casos, el aumento del turismo sin manejo adecuado. Cada fósil extraído sin registro científico representa información que se pierde para siempre. Un tronco fósil no es únicamente una pieza bonita, sino un documento que conserva información sobre su edad, el ambiente donde creció y las comunidades biológicas de las que formó parte», afirma Moisan.
«La conservación requiere fortalecer la protección legal de los yacimientos, mejorar los programas de monitoreo, promover investigaciones científicas continuas y desarrollar iniciativas de educación y divulgación que permitan valorar este patrimonio. Cuando las comunidades locales conocen la importancia de estos sitios, suelen convertirse en sus mejores aliados para protegerlos. Por eso la Universidad de Atacama ha tomado la responsabilidad de formar paleontólogos en Chile desde el pregrado con la creación de la Licenciatura en Ciencias mención Paleontología, y la continuación con estudios de postgrado en el Magíster en Paleontología y Evolución, convirtiéndose así en la primera universidad chilena en formar paleontólogos desde el pregrado (muchos lo hicimos de forma autodidacta desde la Biología o Geología) y ser un referente de las investigaciones paleontológicas en Chile», añade.


*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.
Jǒzepa Benčina Campos