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Flores, brotes y paisajes verdes: las primeras señales de primavera ya aparecen en Chile central
Aunque el invierno todavía no termina, en cerros, quebradas y ciudades de Chile central la naturaleza ya comienza a cambiar. Algunas especies de floración invernal todavía colorean el paisaje, mientras los primeros brotes de una nueva temporada comienzan a aparecer y las abundantes lluvias de los últimos meses despiertan semillas y geófitas bajo tierra. ¿Qué factores determinan la floración de las plantas y qué podemos esperar de la primavera que se acerca? A continuación, te contamos todos los detalles.
Aunque aún seguimos en invierno, basta con detenerse a observar los cerros, las calles y la naturaleza que nos rodea para notar que, poco a poco, algo comienza a cambiar. En Santiago, los ciruelos, los almendros y otros árboles empiezan a cubrir sus ramas desnudas de flores; en los cerros de la zona central ya aparecen algunas añañucas, orquídeas y chaguales; y bajo tierra, numerosas geófitas que permanecieron dormidas durante los meses más secos comienzan a desplegar sus hojas.

Y, pese a que la primavera todavía no llega formalmente, la naturaleza ya comienza a entregar las primeras señales de la estación que ya se viene. Lo que vemos durante estas últimas semanas de agosto, sin embargo, forma parte de un proceso gradual. Algunas de las especies que hoy encontramos con flores corresponden precisamente a plantas de floración invernal o de fines de invierno, mientras muchas otras recién están comenzando su periodo de crecimiento vegetativo.
De hecho, las abundantes precipitaciones registradas durante las últimas semanas podrían, incluso, haber retrasado la floración de algunas especies. Así lo explica Nicolás García, ingeniero en Recursos Naturales Renovables, Ph.D. en Botánica, académico de la Universidad de Chile y curador del Herbario EIF, quien lleva años investigando la evolución, taxonomía y diversidad de la flora nativa chilena.


“Yo pienso que es algo normal. No veo nada muy anormal en las plantas que veo florecidas ahora en esta época. De hecho, por las lluvias que hemos tenido desde julio, incluso ha tendido a retrasarse un poco la floración en algunas partes”, señala.
Y este invierno, particularmente durante julio y agosto, las precipitaciones han sido abundantes en Santiago. De acuerdo con la Dirección Meteorológica de Chile, la estación Quinta Normal registró 156,4 milímetros de precipitación durante julio de 2026, más de tres veces el valor normal para el mes, estimado en 50,4 milímetros. Solo entre el 16 y 17 de julio cayeron 103,4 milímetros, mientras que hacia el 17 de agosto ya se acumulaban otros 42,3 milímetros.
A las abundantes precipitaciones se han sumado también algunos periodos cálidos durante la segunda mitad del invierno. Para Ariel Muñoz, doctor en Ciencias Forestales, profesor del Instituto de Geografía de la Pontificia Universidad Católica de Valparaíso (PUCV), director del Centro de Acción Climática de esa universidad e investigador del Centro de Ciencia del Clima y la Resiliencia (CR2), ambas condiciones ayudan a comprender la actividad que hoy comienza a observarse en la vegetación.
“Estas condiciones de temperatura muy probablemente han favorecido que algunas especies ya muestren brotes y/o flores; sin embargo, el gran aporte de agua de este invierno posiblemente ha sido un aspecto clave para que los ecosistemas vegetales cuenten con recursos para crecer, reproducirse y protegerse”, explica.
En ese sentido, Muñoz señala que, considerando los largos periodos de sequía que han enfrentado los ecosistemas mediterráneos durante los últimos años, es probable que las precipitaciones de esta temporada favorezcan el establecimiento y crecimiento de la vegetación y, posiblemente, también las floraciones. No obstante, la respuesta dependerá de cada especie y del estado en que se encuentren las plantas después de años de estrés hídrico.
Así, mientras algunas especies de floración invernal todavía están en plena floración, numerosas especies que florecerán más adelante comienzan a germinar, producir hojas y acumular las reservas que necesitarán durante los próximos meses. Y las señales, al menos hasta ahora, son prometedoras.



Las flores que no le temen al invierno
Aunque solemos asociar las flores casi exclusivamente con la primavera, en Chile central existen numerosas especies adaptadas para florecer durante los meses más fríos del año. Entre ellas se encuentran las pequeñas y singulares especies de los géneros Miersia y Gilliesia, plantas geófitas que pueden encontrarse en distintos sectores de Chile central y cuyo ciclo reproductivo ocurre precisamente durante el invierno.
“Ese es un grupo que típicamente florece en invierno. Ahora, en algunos sectores, están en plena floración e incluso algunas especies ya están empezando a fructificar”, explica García.
No son las únicas. Entre las primeras plantas que comienzan a colorear los paisajes se encuentran también algunas añañucas de fuego del género Phycella, cuyas floraciones pueden comenzar hacia fines de julio y extenderse durante agosto. Quienes hayan recorrido durante las últimas semanas algunos cerros y quebradas de la zona central probablemente ya se hayan encontrado con ellas.
“Son de las primeras en florecer”, precisa el investigador.


También comienzan a aparecer algunas especies del género Geranium, chaguales y ciertas orquídeas nativas. García relata, por ejemplo, que durante una reciente visita a la Quebrada de Macul encontró individuos de Gavilea longibracteata, una orquídea común en bosques y quebradas de Chile central, que ya estaban en flor. Al mismo tiempo, otros grupos parecen venir un poco más lentos esta temporada.
“Las gramíneas (Poaceae) y las compuestas (Asteraceae), que son familias en las que tenemos muchas especies nativas acá en Chile, las veo súper atrasadas con respecto a años anteriores”, señala García.
Según explica, incluso algunas especies de floración más primaveral podrían estar retrasando parte de su desarrollo debido a las lluvias registradas durante el último mes y medio. Pero entonces, ¿cómo es que la lluvia puede retrasar la llegada de las flores?

Agua y frío: las señales que marcan la floración de las plantas
Las plantas no utilizan un calendario. Para saber cuándo germinar, crecer, florecer o entrar en reposo responden a una compleja combinación de señales ambientales que han moldeado sus ciclos durante miles de años, entre ellas la disponibilidad de agua, la temperatura y la duración de los días.
“Es una combinación de factores que gatillan estos procesos, en donde son muy relevantes las horas de luz, es decir, la duración de los días, y la acumulación de horas de frío. De alguna forma, las plantas identifican o interpretan señales de que han pasado las condiciones ambientales más duras del año asociadas al invierno”, explica Muñoz.
La humedad también cumple un papel importante, agrega el investigador, ya que favorece procesos esenciales para la formación de nuevos tejidos vegetales, como la fotosíntesis y el transporte de las reservas almacenadas por la planta.
Y en un ecosistema mediterráneo como el de Chile central, la disponibilidad de agua cobra especial relevancia. Después de pasar buena parte de la estación seca como semillas o refugiadas bajo tierra en bulbos, rizomas y tubérculos, muchas plantas reaccionan rápidamente cuando las lluvias vuelven a humedecer el suelo.
“Mientras más llueve, más especies van a salir. Sobre todo las herbáceas anuales tienden a aparecer con mayor profusión durante los años lluviosos”, explica García.

Esta estrecha relación entre el agua y los ritmos de crecimiento también ha sido documentada científicamente en la vegetación nativa de Chile central.
Un estudio que monitoreó durante varios años cuatro especies características del matorral —litre (Lithrea caustica), colliguay (Colliguaja odorifera), bollén (Kageneckia oblonga) y tevo (Retanilla trinervia)— encontró importantes diferencias en su crecimiento. Mientras el tevo comenzaba a producir hojas hacia fines de invierno y mostraba una fuerte relación con la humedad disponible en el suelo, especies como el litre y el bollén concentraban la producción de nuevas hojas hacia fines de primavera.


El estudio da cuenta de algo fundamental: una misma temporada de lluvias no provoca necesariamente la misma respuesta en todas las plantas. Cada especie posee su propio ritmo y distintas estrategias para enfrentar la marcada estacionalidad del clima mediterráneo.
A esto se suma otra distinción importante. “Una cosa es la foliación, que aporta estructuras para hacer fotosíntesis y generar energía, y otra es la floración, que corresponde a estructuras reproductivas”, explica Muñoz. Por ello, una temporada favorable para el crecimiento de hojas y nuevos tejidos no necesariamente se traduce de inmediato en flores.
Después de los largos periodos de sequía que han afectado a los ecosistemas mediterráneos de Chile central, Muñoz considera probable que las precipitaciones de este año favorezcan el establecimiento y crecimiento de la vegetación y, posiblemente, también las floraciones. Sin embargo, cuánto puedan aprovechar estas condiciones dependerá también del estado de las plantas y de las reservas que hayan logrado mantener tras los años anteriores.
El agua, por lo tanto, es una pieza importante del proceso, pero no actúa sola. Para muchas especies existe otro ingrediente fundamental: el frío.
Algunas plantas necesitan acumular durante el invierno una determinada cantidad de horas bajo ciertos umbrales de temperatura antes de activar distintos procesos fisiológicos. Es lo que se conoce como horas frío, un concepto ampliamente utilizado también en agricultura para comprender el desarrollo de árboles frutales y otros cultivos.
“Si las lluvias no están acompañadas por frío, las semillas pueden germinar o las plantas perennes pueden brotar y producir hojas nuevas, pero pueden no llegar a florecer con tanta profusión o incluso no florecer del todo”, explica el investigador.
Algo similar puede observarse en floraciones masivas, como las del Desierto Florido. Las precipitaciones permiten activar semillas y estructuras subterráneas que pueden permanecer durante largos periodos en latencia, pero la expresión final de las flores depende también de otras condiciones ambientales.


Las geófitas también son un gran ejemplo de este fenómeno, ya que son plantas capaces de sobrevivir bajo tierra durante los periodos desfavorables gracias a órganos de reserva como bulbos, tubérculos o rizomas. Allí almacenan energía y esperan hasta que las condiciones vuelvan a ser adecuadas para emerger. Con las lluvias de este invierno, García ha observado que algunas de las geófitas que estudia han brotado con mucha mayor intensidad que durante temporadas anteriores, probablemente favorecidas por la mayor disponibilidad de agua.
Hay especies que pueden producir hojas durante agosto y mantenerse así durante varios meses antes de desplegar sus flores. Algunas comienzan ahora su crecimiento vegetativo, pero recién florecerán durante el verano. Y ese periodo prolongado incluso puede resultar beneficioso.
Mientras sus hojas permanecen activas, las plantas realizan fotosíntesis y acumulan carbohidratos en sus estructuras subterráneas. En otras palabras, aprovechan estos meses para aumentar las reservas energéticas que podrán utilizar posteriormente para crecer y reproducirse.

“Les permite acumular mediante la fotosíntesis almidón en sus estructuras de reserva”, explica García.
En las plantas anuales, en cambio, la situación puede ser diferente. Estas especies completan todo su ciclo de vida en una temporada: germinan, crecen, florecen, producen semillas y mueren. Por ello, si las semillas germinan gracias a las lluvias, pero posteriormente las condiciones de temperatura no permiten una buena reproducción, podrían terminar produciendo menos semillas. Esto, a su vez, puede traducirse en una menor capacidad de esas poblaciones para regenerarse durante las temporadas siguientes.
“Ese podría ser el mayor problema para las especies anuales. Si germinan y las lluvias no están acompañadas de suficiente frío, la producción de semillas esta temporada puede llegar a ser muy baja”, señala García.

Cuando cambia el clima, también cambia el ciclo de las plantas
De todas maneras, los ritmos de las plantas no son inmutables. A largo plazo, las modificaciones en las condiciones climáticas pueden cambiar el momento en que las especies germinan, producen hojas, florecen o fructifican.
Sin embargo, relacionar lo observado durante una temporada particular directamente con el cambio climático requiere cautela. Un año puede entregar señales interesantes, pero no necesariamente permite distinguir una tendencia de largo plazo de la variabilidad natural que existe entre temporadas.
“En general no es posible separar, sin un estudio concreto de atribución, cuánto de cada evento climático se debe al cambio climático y cuánto se debe a la variabilidad climática natural”, advierte Muñoz.
Esto no significa que ambos fenómenos estén desconectados. Como explica el investigador, esa variabilidad ocurre hoy en una atmósfera más cálida debido, en una parte importante, a las emisiones antropogénicas de gases de efecto invernadero. Por eso, la investigación, el registro y el monitoreo de largo plazo son fundamentales para comprender cómo están respondiendo las plantas y los ecosistemas a estas nuevas condiciones.
Un estudio publicado en Annals of Botany comparó la floración de 51 especies perennes del sur de la península ibérica entre los periodos 1985-1987 y 2020-2022. En cerca de 35 años, el periodo de máxima floración de la comunidad se desplazó alrededor de 20 días hacia fechas más tempranas, un cambio consistente con el aumento de las temperaturas registrado durante ese periodo. Muchas especies modificaron tanto el inicio como el término de su floración y, además, extendieron la duración de este proceso.
Una investigación posterior amplió el análisis a 269 especies de esa misma comunidad mediterránea y encontró algo especialmente relevante. El tamaño de la planta, las características de sus hojas y flores, el momento habitual en que florece y la duración de su periodo reproductivo influyeron en la magnitud de los cambios observados. Entre el 72% y el 88% de las especies analizadas mostró modificaciones hacia fechas más tempranas en distintos componentes de su fenología, pero las respuestas variaron considerablemente entre unas y otras.

En Chile central, en particular, la vegetación lleva años enfrentándose al otro extremo del problema: la falta prolongada de agua. La megasequía iniciada en 2010 produjo una sucesión de años con déficits de precipitación de entre 25% y 45%. De hecho, un análisis realizado sobre cerca de 13.000 kilómetros cuadrados de bosque de la zona central de Chile detectó una importante pérdida de verdor entre 2000 y 2017, relacionada con pérdida de hojas y ramas e incluso mortalidad de árboles.
García señala que este deterioro también es perceptible a menor escala. Durante los años de megasequía se ha observado una importante mortalidad de especies como quillayes y peumos, mientras que quienes trabajan recolectando y propagando flora nativa han comenzado a advertir dificultades para encontrar semillas viables.
“Ya no sacan tantas semillas cuando van a colectar como lo hacían hace 15 años atrás, porque las especies están produciendo menos frutos o estos se secan muy rápidamente y terminan siendo no viables, sobre todo por las olas de calor que ocurren en verano”, explica.


El aumento sostenido de las temperaturas podría, además, afectar la floración y producción de semillas de algunas especies y, con ello, su capacidad de regeneración. Sin embargo, García advierte que comprender estas respuestas requiere observar los procesos durante periodos prolongados, ya que también intervienen la adaptación y la evolución de las especies.
Por eso, registrar cuándo aparecen las primeras hojas, cuándo se abren las flores o cuándo maduran los frutos puede entregar información mucho más relevante de lo que parece. El ciclo de vida de las plantas también es una forma de leer los cambios que están ocurriendo en el ambiente.
Para García, este periodo también representa una invitación a observar con mayor atención la biodiversidad que muchas veces pasa inadvertida. Pero contemplar no significa intervenir. “Siempre me gusta dar ese mensaje de contemplación consciente de la naturaleza. Cuando la gente vaya a estos lugares, que trate de no cortar las flores, sino de contemplarlas y fotografiarlas”, señala.
La razón es sencilla: cada flor forma parte del esfuerzo reproductivo de una planta. Al cortarla antes de que complete su ciclo, se reduce también su posibilidad de producir semillas y contribuir a una nueva generación.

Entonces, ¿se viene una primavera llena de flores o no?
Por ahora, nadie puede asegurarlo. Pero bajo el suelo y entre la vegetación ya existen varias pistas que permiten mirar con optimismo hacia los próximos meses. “Por lo que he visto hasta ahora, por lo menos en algunas especies de floración más temprana, se ve prometedor. Yo espero que sea una buena primavera, que haya mucha floración”, señala García.


“Se ven muchas especies brotando, especies anuales germinando, mucha actividad vegetativa. Pero creo que recién hacia mediados de septiembre vamos a poder estar más seguros de si esta mayor actividad vegetativa va a verse acompañada de una mayor actividad reproductiva”, agrega.
Es así como, lo que ocurre ahora, entonces, corresponde a un periodo de transición en que las especialistas del invierno conviven con los primeros brotes y flores de una nueva temporada. Es decir, el paisaje ya comenzó lentamente a prepararse para recibir la primavera. Ahora, el cómo será aún está por verse.
*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
Tamara Núñez
