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Geoglifos del norte de Chile: los milenarios mensajes del desierto que hoy enfrentan crecientes amenazas
Durante más de un milenio, el desierto de Atacama ha preservado miles de geoglifos que hoy constituyen uno de los patrimonios arqueológicos más extraordinarios del planeta. Sin embargo, el avance de obras de infraestructura, la actividad minera, el tránsito de vehículos fuera de ruta y otras intervenciones humanas están poniendo en riesgo estas monumentales huellas del pasado. Las recientes denuncias registradas en Ariquilda, La Encañada y Chug Chug vuelven a evidenciar la urgencia de fortalecer su protección. En esta nota te contamos todos los detalles.
Hay lugares donde la historia quedó escrita directamente sobre la tierra. En las laderas y pampas del desierto de Atacama, enormes figuras de animales, seres humanos y formas geométricas han permanecido visibles durante siglos, resistiendo terremotos, vientos y uno de los climas más extremos del planeta.
A lo largo del norte de Chile, miles de estas representaciones se distribuyen entre quebradas, cerros y antiguas rutas que alguna vez recorrieron las caravanas prehispánicas. Se trata de los geoglifos, una de las expresiones arqueológicas más monumentales del continente y una de las mayores concentraciones de este tipo de patrimonio existentes en el mundo.
Más allá de su valor estético, constituyen una ventana privilegiada para comprender cómo distintas sociedades habitaron el desierto, se desplazaron por él y construyeron una estrecha relación con un paisaje que, lejos de ser un espacio vacío, estuvo lleno de caminos, intercambios y significados.
Sin embargo, el mismo territorio que permitió conservar estas enormes figuras enfrenta hoy presiones cada vez mayores. La expansión de proyectos de infraestructura, el desarrollo minero, las instalaciones industriales y el tránsito de vehículos fuera de caminos habilitados han comenzado a dejar huellas sobre un paisaje arqueológico extremadamente frágil.

«Cada vez que se interviene el área de los geoglifos y sus figuras, se pierde información valiosa del motivo mismo, pero también de su contexto social, su historia y su memoria, además de afectar el paisaje cultural y su valor patrimonial. De la misma manera que un geoglifo perdura varios milenios, la huella de una moto o de una camioneta también quedará grabada en el suelo por un tiempo similar. La destrucción en estos casos es siempre irreversible e irreparable», señala el Dr. Gonzalo Pimentel G., presidente de la Fundación Desierto de Atacama.
«Son parte de una integridad contextual y de un paisaje cultural excepcional que incluye cerros, senderos y otras múltiples evidencias arqueológicas. Los geoglifos no pueden ser aislados de su contexto y su construcción paisajística, ya que en ello reside su principal relevancia arqueológica, como también su necesaria valoración patrimonial», añade.
Por lo mismo, durante lo que va de este año (2026), una variedad de denuncias volvieron a poner el foco sobre este problema. Distintos sitios patrimoniales de Tarapacá y Antofagasta fueron escenario de nuevas controversias que reabrieron una pregunta tan urgente como compleja: ¿cómo proteger un patrimonio distribuido a lo largo de miles de kilómetros de desierto cuando las amenazas continúan multiplicándose?


Geoglifos: los grandes mensajes del desierto
Las figuras que hoy sorprenden a quienes recorren el norte de Chile forman parte de una tradición mucho más amplia conocida como arte rupestre, una de las principales formas de expresión desarrolladas por las sociedades prehispánicas para comunicar ideas, registrar acontecimientos y plasmar su relación con el entorno. Mientras las pictografías fueron pintadas sobre paredes rocosas y los petroglifos grabados directamente en la piedra, los geoglifos llevaron esa práctica a una escala monumental, utilizando cerros y planicies completas como soporte para crear imágenes visibles únicamente desde cierta distancia.
Su elaboración comenzó hace más de dos mil años y continuó durante distintos períodos del desarrollo cultural andino, alcanzando una importante expansión entre aproximadamente los años 1000 y 1550 d.C. Diversos pueblos que habitaron el extremo norte de Chile participaron en su construcción, dejando un legado que hoy se extiende desde la Región de Arica y Parinacota hasta Antofagasta y que convierte al país en uno de los territorios con mayor concentración de geoglifos del planeta.
«El fenómeno de los geoglifos es muy escaso en el mundo. Se conocen, por ejemplo, algunos casos en Gran Bretaña, y en el desierto de Arizona, en Estados Unidos. Pero es en el desierto andino —desde la Región de Antofagasta hasta el norte del Perú— donde encontramos la mayor concentración de este tipo de manifestaciones. Aquí forman parte de una larga tradición milenaria, destacando por su gran cantidad, singularidad, diversidad y antigüedad, convirtiéndolo en el mayor centro de geoglifos del planeta», comenta Pimentel.


«Son representativos de una larga tradición andina que involucró a extensas zonas desérticas, a diferentes sociedades y épocas. Los más antiguos debieron hacerse alrededor de hace unos 3000 años antes del presente (AP), aunque su mayor proliferación sucedió entre hace unos 1000 a 500 años AP. Continuaron realizándose en la época Inka, luego en la Colonia y hasta el presente, aunque disminuyendo notoriamente», agrega.
A diferencia de las célebres Líneas de Nazca, trazadas principalmente sobre amplias pampas del sur peruano, los geoglifos chilenos se desarrollaron, en su mayoría, sobre las laderas de los cerros. Sus creadores aprovecharon el relieve natural para hacer visibles enormes figuras y una amplia variedad de motivos geométricos que aún hoy continúan siendo objeto de estudio.
«Los geoglifos están constituidos por grandes y pequeñas figuras con representaciones de animales, formas geométricas y lineales abstractas, trazadas, principalmente, sobre las laderas desnudas del desierto, retirando la costra oscura de su superficie para resaltar los diseños en la tierra más clara subyacente, o acumulando piedras oscuras. También se combinaban ambas técnicas para darle expresiones más dinámicas a las imágenes. En Cerros Pintados los diseños fueron trazados por poblaciones prehispánicas que atravesaban el desierto desde sus lugares de vivienda, en los oasis interiores como Pica, hacia la costa y viceversa; sistema de integración regional que perduró entre los siglos décimo al quince después de Cristo», explica Calogero Santoro, experto que forma parte del comité científico en el marco del proceso, que encabeza la Fundación Geoglifos de Tarapacá (FGT), para la postulación del Sitio Arqueológico Geoglifos de Pintados a Patrimonio Mundial UNESCO.


Durante décadas, estas representaciones fueron interpretadas únicamente como expresiones artísticas o ceremoniales. Hoy, las investigaciones arqueológicas muestran un panorama mucho más complejo. Su ubicación coincide con antiguos senderos utilizados por caravanas de llamas que transportaban alimentos, minerales, conchas marinas, cerámicas, textiles y otros productos entre la costa, los oasis, los valles interiores, la precordillera y el altiplano.
«Estas imágenes, hoy día, muestran cómo estas sociedades caravaneras habitaban y se movían por el desierto más árido del planeta, marcando sus rutas interregionales entre la costa, la pampa, los valles y el altiplano. Representarían, también, una manera sofisticada de representar e interpretar estos territorios extremos, a través de una selección de animales como camélidos, peces, aves, figuras humanas y geométricas. También, podemos tratar de leer o entender cómo aquella gente organizaba sus vidas y mundos terrenales y sobrenaturales», comenta Santoro.
«Sobre sus funciones, todo indica que operaban en varias capas a la vez: señalizaban rutas y aguadas, marcaban territorio e identidad y sacralizaban el paisaje. Los geoglifos eran, en cierto modo, una especie de lenguaje ideográfico, escrito sobre las superficies del desierto para quienes sabían leerlo», agrega.

Muchas de estas figuras también revelan una estrecha relación con la cosmovisión andina. Algunas investigaciones plantean que determinados conjuntos fueron emplazados siguiendo alineaciones con fenómenos astronómicos, mientras que otras interpretaciones sugieren que representaban símbolos de identidad o espacios destinados a ceremonias vinculadas con las montañas, el agua y los ciclos naturales.
«También sabemos que varios geoglifos funcionaron como signos astronómicos y cosmológicos, como sucede con algunas representaciones de soles que se alinean con la salida del sol en fechas significativas, principalmente durante los solsticios de verano o de invierno. O el caso del motivo de la Chakana o cruz andina, un ideograma que representa toda la complejidad de la cosmovisión panandina y que está presente en muchos períodos de la historia, en toda la región andina», afirma Pimentel.
«Por mi parte, considero que funcionaron principalmente como sistemas nemotécnicos, vale decir, como registros formales de la memoria histórica, ya que sabemos que los ejercicios de la memoria andina se producían en gran parte en el transitar por los antiguos senderos. Este concepto está presente hasta hoy, por ejemplo, en las comunidades aymaras, quienes aún practican la ceremonia Amt’añ Thaki (senderos de la memoria), la que expresa muy bien esta idea de que la memoria está compuesta por senderos que deben ser recorridos», añade.


En esta línea, Chile alberga algunos de los conjuntos más importantes del mundo. Sitios como Cerros Pintados, Ariquilda, Chiza, Alto Caramucho, Chug Chug, el Gigante de Tarapacá y numerosos sectores de los valles de Lluta, Azapa y Camarones conforman un patrimonio arqueológico excepcional, tanto por la cantidad de figuras que reúnen como por la información que conservan sobre las antiguas sociedades del desierto. Su extraordinario estado de conservación se explica, en gran medida, por las condiciones ambientales del desierto de Atacama.
«El desierto ha conservado estos y otros archivos casi intactos durante miles de años, porque aquí no llueve. Los geoglifos entonces son consustanciales a este desierto, y Pintados destaca porque integra la mayor concentración de geoglifos del mundo, con más de quinientas figuras distribuidas en más de sesenta paneles que cubren una franja de más de 2000 metros y cerca de 500 m de ancho», señala Santoro.
Paradójicamente, aquello que el clima logró preservar durante más de un milenio hoy enfrenta amenazas capaces de destruirlo en cuestión de segundos. A los procesos naturales de erosión y desgaste se suma la acción humana: el trazado de una carretera, el paso de vehículos sobre el terreno, la instalación de infraestructura o intervenciones aparentemente menores que pueden provocar daños irreversibles en este patrimonio.


«Hay que precisar que los daños a los geoglifos del desierto de Atacama han ido en aumento en los últimos años. La Gran Minería, las carreras de autos y motos en el desierto —como el Dakar—, proyectos viales del Estado, instalaciones de antenas de telecomunicaciones y el turismo sin control son las principales causas de su deterioro actual, aunque no son las únicas», indica Pimentel.
«Las zonas de geoglifos que están bajo la mayor amenaza son aquellas que se encuentran a mayor cercanía de los proyectos de la Gran Minería. Este es el caso de los geoglifos de Cerro Negro y de sus alrededores, en las inmediaciones de la mina Cerro Colorado (BHP), la que además pretende reactivar su explotación por 20 años más. También está la situación de los geoglifos del área de Chug-Chug, amenazados por varias mineras, como El Abra y Codelco, o el Geoglifo de Talabre, que se encuentra en el borde del actual Tranque de Relaves de Codelco. Todos casos que ya han sufrido distintos grados de destrucción e intervenciones por estas mineras», agrega.

Las denuncias que han marcado 2026
Las denuncias registradas durante este año dan cuenta de que estos problemas no son sucesos aislados, sino que se repiten en distintos puntos del norte de Chile. Aunque cada caso tiene características particulares, todos plantean una misma interrogante: ¿cómo compatibilizar el desarrollo de nuevas obras con la conservación del patrimonio?
Ariquilda
Uno de los casos que despertó mayor preocupación ocurrió en Ariquilda a principios de 2026, en la comuna de Huara, Región de Tarapacá. A diferencia de lo que suele imaginarse al hablar de geoglifos, este lugar no corresponde a un conjunto aislado de figuras repartidas sobre un cerro. Se trata de un extenso paisaje arqueológico que se despliega a lo largo de cerca de cinco kilómetros y donde convergen paneles con geoglifos, antiguos senderos caravaneros, apachetas, talleres líticos y otros vestigios.
Las figuras presentes en Ariquilda fueron elaboradas por sociedades aymaras y otros pueblos prehispánicos que utilizaron este corredor para desplazarse entre distintos ambientes del norte. Camélidos, diseños geométricos y otras representaciones quedaron distribuidos sobre las laderas como parte de un paisaje cargado de significado.
La controversia comenzó luego de que el arquitecto especializado en patrimonio, Pablo Trincado, denunciara daños atribuidos a las obras de mejoramiento de la Ruta A-457, ejecutadas por la Dirección de Vialidad del Ministerio de Obras Públicas (MOP). Entre las afectaciones mencionadas se encontraba la desaparición de uno de los accesos históricos hacia la quebrada, un lugar que, desde el punto de vista arqueológico, conservaba información sobre la forma en que las caravanas descendían hacia este sector del desierto.


Las imágenes difundidas generaron preocupación inmediata entre especialistas y organizaciones vinculadas a la conservación del patrimonio. Días después del suceso, el diputado por Tarapacá Carlos Carvajal ofició al MOP solicitando antecedentes sobre el estado del sitio, las fiscalizaciones realizadas y las medidas que podrían adoptarse en caso de confirmarse las denuncias. La solicitud también buscó establecer si las obras habían cumplido con la legislación patrimonial y ambiental vigente, además de conocer los eventuales mecanismos de reparación.
En respuesta a la controversia, desde la institucionalidad señalaron que al recibir el terreno en octubre de 2025 ya existían afectaciones preexistentes en el sector, las que, según indicaron, fueron registradas mediante material audiovisual y una línea base arqueológica. También sostuvieron que las obras corresponden a labores ejecutadas exclusivamente sobre el trazado existente de la Ruta A-457, sin ampliaciones fuera de la faja vial, y que cuentan con monitoreo arqueológico permanente, zonas de exclusión y otras medidas de resguardo. Asimismo, se informó que se solicitó un informe técnico a arqueólogos externos para evaluar si efectivamente las eventuales alteraciones corresponden a daños recientes o a deterioros documentados en años anteriores.

La Encañada
Al caso de Ariquilda se sumó una nueva denuncia realizada a inicios de julio, esta vez en la Región de Antofagasta. La Fundación Desierto de Atacama alertó sobre una afectación en el sector de La Encañada, cercano a la comuna de María Elena, donde imágenes obtenidas desde el aire revelaron que parte de un conjunto de geoglifos había sido intervenido por la instalación de antenas de telecomunicaciones.
Las figuras presentes en este sitio fueron elaboradas entre los años 700 y 1500 d.C. y forman parte de la extensa red de senderos que durante siglos conectó la costa con los oasis, quebradas y sectores cordilleranos del desierto de Atacama. Según explicó Pimentel, las antenas fueron instaladas hace más de dos décadas, pero el daño solo pudo detectarse recientemente gracias a registros captados desde el aire.

Para la fundación, este caso tampoco es un hecho aislado. En los últimos años la organización ha denunciado otras afectaciones al patrimonio arqueológico del desierto, como el paso de miles de motocicletas y camionetas durante carreras todoterreno —tanto autorizadas como ilegales— y los impactos generados por actividades mineras en el Geoglifo de Talabre.
«Por ejemplo, el Geoglifo de Talabre tiene una compleja historia de afectaciones realizadas por Codelco, y que incluyen una fallida restauración promovida por la empresa. En dicho proceso “restaurativo” todas las figuras sufrieron transformaciones significativas de sus diseños originales, generándose a partir de ello un “falso histórico” patrimonial», apunta Pimentel.
«Otros sitios que han sufrido graves alteraciones son los geoglifos de Alto Caramucho o Alto Barranco, siendo en este caso dañados por el tránsito indiscriminado de motos y jeeps. O el caso de Ariquilda, el cual ha sido afectado varias veces por obras viales a cargo del Ministerio de Obras Públicas (MOP)», añade.

Chug Chug
Si existe un lugar donde la discusión sobre la conservación de los geoglifos adquiere una dimensión mayor, ese es Chug Chug, en la Región de Antofagasta. Ubicado entre María Elena y Calama, este conjunto arqueológico reúne cerca de quinientas figuras distribuidas en más de una veintena de sectores interconectados, convirtiéndose en una de las mayores concentraciones de geoglifos conocidas en el mundo.
Su importancia va mucho más allá del número de representaciones. Durante más de dos mil años, este sector formó parte de uno de los principales corredores de movilidad del desierto de Atacama, articulando el intercambio entre las sociedades asentadas en Tarapacá y el área atacameña. Las investigaciones desarrolladas desde comienzos del siglo XXI han permitido reconstruir parte de esa historia, demostrando que por este paisaje circularon caravanas que abastecían una extensa red de intercambio entre el altiplano y la costa del Pacífico.
Durante este año, la preocupación sobre el futuro del sitio aumentó por dos situaciones distintas, pero estrechamente relacionadas. Por una parte, la Fundación Desierto de Atacama denunció la presencia de infraestructura eléctrica levantada junto a geoglifos que representan la chakana, uno de los símbolos más importantes de la cosmovisión andina. Las imágenes difundidas mostraban una torre asociada a instalaciones mineras emplazada a escasa distancia de estas figuras.

Al mismo tiempo, organizaciones patrimoniales, comunidades locales e investigadores comenzaron a manifestar su preocupación por la expansión de la mina El Abra, un megaproyecto que contempla nuevas obras de infraestructura, entre ellas un extenso tranque de relaves y un acueducto que se desarrollarían a pocos kilómetros del complejo arqueológico. Si bien la empresa sostiene que los impactos sobre el patrimonio serían acotados, distintos actores cuestionan que las evaluaciones consideren únicamente las figuras visibles y no el paisaje cultural completo donde estas se insertan.
«Desde la conservación puedo explicar por qué esto es delicado. Hay una diferencia esencial entre un geoglifo y casi cualquier otro bien patrimonial: un cuadro o un edificio dañado se pueden restaurar. Por el contrario, un geoglifo destruido se pueden mitigar parcialmente sus daños, pero como fueron hechos sobre la propia piel del desierto, una vez que esa superficie se altera, no hay técnica que devuelva el gesto original», asegura María Paz Casanova-Conservadora, experta que forma parte del comité científico en el marco del proceso, que encabeza la Fundación Geoglifos de Tarapacá, para la postulación del Sitio Arqueológico Geoglifos de Pintados a Patrimonio Mundial UNESCO.
«Lo que se borra, se borra para siempre. Y no se pierden solo las figuras: se pierde su entorno, el contexto que le da sentido. Por eso, en los geoglifos, conservar no es reparar después: es evitar el daño antes. La prevención es la única medida posible para su preservación. Y no depende solo del Estado: depende de que quienes conducen, visitan o ejecutan una obra, conozcan el valor de lo que tiene delante. La educación patrimonial es nuestra herramienta de conservación más poderosa», añade.

Patrimonio protegido por ley, pero aún vulnerable
Desde el punto de vista legal, los geoglifos forman parte del patrimonio arqueológico del Estado chileno y se encuentran protegidos por la Ley N.º 17.288 sobre Monumentos Nacionales. La normativa establece que cualquier intervención sobre estos sitios debe ser autorizada por el Consejo de Monumentos Nacionales y contempla sanciones para quienes ocasionen daños.
Sin embargo, arqueólogos, investigadores y organizaciones patrimoniales coinciden en que el principal desafío ya no es únicamente fortalecer la legislación, sino asegurar su aplicación efectiva sobre un territorio inmenso y muchas veces alejado de los principales centros urbanos.
«Chile tiene protección legal a través de la Ley de Monumentos Nacionales, pero la legalidad por sí sola no asegura la protección. Una figura puede estar declarada monumento y seguir dañándose si nadie la conoce, la señaliza o la visita con cuidado. El desafío real es la escala: son conjuntos enormes y dispersos, en pleno desierto abierto, y la capacidad de fiscalización siempre será limitada frente a esa inmensidad», indica Alberto Martínez, rector de la Universidad Arturo Prat y presidente de la Fundación Geoglifos de Tarapacá.



«Por eso creemos en un modelo de cogestión: el Estado, a través de SERPAT, el Consejo de Monumentos y CONAF, además del Gobierno regional de Tarapacá, junto a las universidades: en nuestro caso la Universidad Arturo Prat y la Universidad Católica del Norte, que aportan el respaldo científico a través del comité; por otro lado, el aporte de los privados y sobre todo junto a las comunidades que habitan el territorio. La protección se sostiene cuando es compartida», añade.
Durante los últimos años también han surgido propuestas para avanzar hacia mecanismos de protección de mayor alcance. Entre ellas destaca la postulación de los Geoglifos de Pintados a la Lista del Patrimonio Mundial de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO). Un proceso que, de concretarse, podría elevar los estándares de protección para este tipo de sitios en Chile y fortalecer las herramientas destinadas a su conservación.
Para muchos especialistas, este tipo de reconocimientos no solo contribuyen a visibilizar el enorme valor científico, histórico y cultural de estos paisajes, sino que también ayudan a impulsar una gestión más integral del patrimonio, siguiendo un camino similar al recorrido por las Líneas de Nazca en Perú.

«Necesitamos que cuatro pilares se integren y caminen juntos. Primero, investigación sostenida, porque cada campaña nos revela algo nuevo: todavía no entendemos del todo las características detalladas de estos sitios, su evolución temporal, y los contextos históricos específicos en el que se realizaron. Segundo, una gestión compartida con gobernanza real de comunidades indígenas (e.g., aymara y quechua) y no indígenas (e.g., colonia agrícola de Pintados); no protegemos «para» ellas, protegemos «con» ellas, porque el patrimonio vivo se cuida, integralmente, desde adentro hacia afuera», apunta Wendoline Yáñez, directora ejecutiva de la Fundación Geoglifos de Tarapacá.
«Tercero, educación patrimonial desde la escuela, para reconectar a los habitantes de la región con sus raíces precolombinas: muchos tarapaqueños crecen sin saber que vivimos junto a uno de los conjuntos de arte rupestre más importantes del planeta. Y cuarto, un turismo regulado y consciente que evite el desgaste del bien; acompañado de la puesta en valor y cuidado permanente del sitio. El reconocimiento de la UNESCO es el paraguas que amarra todo esto y sube el estándar del país. Porque cuidar los geoglifos es cuidar el desierto que los sostiene: son naturaleza y cultura en la misma piel del territorio», agrega.





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Jǒzepa Benčina Campos