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«El Catamarán de Tejuelas»: Crónica de la mágica travesía de la casa – minga que se perdió en el mar en clásica celebración de Puerto Cisnes 2025
Finalista del Premio Nuevas Plumas 2025, esta crónica de Cristóbal Chávez Bravo se adentra en la tradicional minga de Puerto Cisnes, una celebración comunitaria donde una casa es trasladada por tierra y mar con la fuerza de sus habitantes. Entre paisajes australes, historias de solidaridad y una inesperada aventura náutica, el relato retrata la magia de una tradición que desafía las reglas de la naturaleza y mantiene vivo el espíritu colectivo de la Patagonia chilena.
“Un corazón movedizo es lo único constante en este mundo”.
El increíble castillo vagabundo, Haya Miyazaki, 2004
—¿Y arrastraron una casa por la tierra?
—Sí. Y también por el mar, aunque a veces la casa toma vida propia y no necesita ser arrastrada para llegar a su destino.
Alrededor de Juan Villarroel había una audiencia embelesada de parisinos. Parecían estar escuchando un cuento, una historia adornada, una entelequia de un chileno engatusado con el realismo mágico que todo sudaca debe portar en su pasaporte. Pero no. Era una historia real.
***
Juan Villarroel Encina es un santiaguino que vive hace casi una década en la capital francesa. Estudió bajo eléctrico en el Conservatorio de París y, encandilado por las frecuencias parisinas, se arraigó en esta capital. Aunque, cada vez que puede, vuelve al país para recargar su batería chilena. En esos retornos, siempre insuficientes, su hermana lo convenció para hundirse en el Chile profundo.
—¿Quieres ir a una fiesta sobre el pescado frito?
La Fiesta del Pesca’o Frito se realiza cada año en Puerto Cisnes, un balneario guarecido por la ribera del canal Puyuhuapi y las cumbres montañosas cubiertas por frondosos bosques endémicos resguardados por el canto del chucao. Esta localidad está afincada en la comuna de Cisnes, a más de 1.500 kilómetros al sur de Santiago, en la región de Aysén. Puerto Cisnes no tiene más de 6.500 habitantes, pero para este evento duplica su población.
Chao pesca’o.
Por la boca muere el pez.
Huyendo de la sartén dio en las brasas el pez.
El pescado frito es parte de la cultura chilena, actor principal de la gastronomía popular y de la familia y del cariño y de la caleta de pescadores y de las espinas insurrectas y de la fritanga. Pero algo más que este plato y la ecléctica geografía de Puerto Cisnes convenció a Juan para viajar hasta esta bahía en el corazón de la Patagonia chilena. La celebración también incluye una minga solidaria.

En varios territorios sudamericanos vigilados por la cordillera de Los Andes se conoce la palabra “minga” –del quechua mink’a– como la reunión de amigos y vecinos que, solidariamente, realizan un trabajo en beneficio de alguno de ellos. En la Isla de Chiloé envalentonaron esta definición y la usan cuando trasladan por tierra y mar una casa, arrastrándola a pura fuerza de la comunidad y bueyes. Aunque en la actualidad las casas dejaron de ser andariegas, porque al parecer es más eficiente construir una vivienda en un terreno definitivo que empujarla según la temporada, la minga se mantiene para fines turísticos o solidarios. Es el caso de Puerto Cisnes. Un aliciente más que suficiente para que Juan y su hermana viajen en avión de Santiago hasta Coyhaique y, luego, recorran los 200 kilómetros en auto por la bucólica Carretera Austral hasta Puerto Cisnes.
La Agrupación Cultural y Social Pesca’o Frito organiza la fiesta y la minga es distribuida en comisiones; aunque llamarlas “comisiones”, así, en plural, resulta un paroxismo porque cada una es integrada por una persona, o quizá dos, o un matrimonio oficia como una, o el navegante Jorge Coronado es multi comisionado porque encabeza la del Mar y del Bar: debe conseguir los permisos para trasladar la casa por el canal, conduce uno de los navíos que acompaña la casa en el agua, organiza la venta de alcohol de las fiestas y, también, ayuda en la construcción de la casa. El espíritu solidario cubre Puerto Cisnes.
Sin casa no hay minga y sin minga no hay fiesta; todo el pueblo goza de la juerga, aunque el gran enfiestado es el beneficiario, porque la minga es solidaria. Cada año la Agrupación elige a una persona que, por vicisitudes de la vida, necesita con urgencia un hogar. Este año fue la octogenaria Francisca Alarcón, a quien se le quemó la casa y quedó desamparada en este poblado que no perdona a los sin techos en invierno.


La casa se construyó durante el día en el balneario Las Truchas, considerada una de las playas más australes de Chile y protegida en la noche, hasta el alba, por Egon Alvarado Poblete, un noble nochero municipal.
Mientras construían la casa, Egon dormía.
La edificación debe estar cercana al mar porque, aunque la erigen en Puerto Cisnes, la vernácula tradición obliga a realizar un trayecto por las aguas, como los antiguos chilotes. “Aquí se construye la casa-minga” rezó un cartel en el terreno durante todo el tiempo que tomó la construcción. La casa-minga de 30 metros cuadrados se armó sobre varones de canelo, también conocidos como yurberas o birloches: la estructura bajo la casa que servirá para moverla en la minga. Luego siguieron las paredes, el techo de zinc acanalado y el tingle, como le dicen al revestimiento exterior de la casa de icónicas tejuelas. Como la vivienda debe navegar como una atípica embarcación, en su interior acomodaron unos ocho a diez flotadores para que no se hunda. Además, le insertaron unas amarras que servirán para que “Don Osvaldo”, paradójicamente la lancha madre, la lleve hasta la orilla para ser arrastrada por toda la población.
En Puerto Cisnes toda la comunidad participa en su edificación: carpinteros aficionados, pintores ensoñadores, comerciantes materos, madrugadores panaderos, turistas que llegan en los días previos al inicio de la minga y el mismo laborioso Jorge Coronado, quien ha techado la casa o ha ido a buscar los varones de 12 metros. Si alguien tiene tiempo libre, debe ayudar en la construcción. Es casi un deber moral porque la Agrupación no tiene recursos estables para la minga y cada año debe inventar fórmulas para conseguir dinero.
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Viernes 31 de enero, 16:00 horas, balneario Las Truchas.
Entre las enormes nalcas y helechos, Juan Villarroel y su hermana arrastran la casa desde su terreno de construcción hasta la orilla del balneario en la llamada minga chica o botada de la casa al mar. Miles de personas jalan dos cuerdas de unos 300 metros cada una, afirmadas a la casa-minga.
—¡Tiren! ¡Tiren! ¡Tiren! —alientan los participantes
Los tiradores son de diversos orígenes: Mañihuales, Quilleco, Coelemu, La Serena –arribado en bicicleta–, Santiago, Madrid, Róterdam y la comunidad completa posiciona la casa en la orilla del agua, a la espera de que, durante la noche, suba la marea para llevarla la mañana siguiente por el mar hasta la otra orilla y arrancar la gran minga.
—¡Vamos! ¡Vamos! ¡Vamos! —exhorta un organizador con un peto amarillo y un megáfono.
Mientras la casa es arrastrada al mar, Egon despierta.
Juan sujeta bien una de las gruesas amarras, es empujado por las dos personas que lo rodean en la hilera y jala con fuerza. Levanta su cabeza y, sin descuidar la cuerda, mira al horizonte. Ve la frondosa vegetación que trepa por las montañas patagonas y piensa que está a un paso del mar y del bosque.
Los voluntarios entran en la playa de arena mezclada con junquillos y, poco a poco, todos se mojan. En la arena la tarea se dificulta. “1… 2… 3”, grita la comunidad en cada empuje, hasta que logran llegar a la orilla contaminada con una epidemia de celulares que graban el momento. “¡Chi, chi, chi! ¡Le, le, le! ¡Viva Chile!” vociferan como una barra futbolera tras lograr la tarea de arrastrar la vivienda unos 500 metros.
Entre los participantes circula una cantimplora llamada bota llena de vino, que los mismos organizadores rellenan.
—¡La bota! ¡La bota! —grita uno de los deshidratados jaladores.
La casa ya está en la orilla a la espera de que suba la marea; Egon ya está levantado.
***


31 de enero, 22:35, gimnasio municipal de Puerto Cisnes.
Con la casa-minga en la orilla del mar, todo el pueblo y los visitantes se trasladan al gimnasio municipal, donde arranca la primera de las dos fiestas nocturnas del pesca’o frito. El aplicado Jorge Coronado está con su esposa Olga Soto arreglando la barra para la venta de cervezas, vino y destilados. Toca la banda Jaime y su Clan Patagón de cumbia ranchera y chamamé. “A chamamecear, compadre», dice el vocalista a los asistentes para incitar el chamamé, el género musical que atruena en estos lindes. Hay más de mil personas en el gimnasio. Es una fiesta tradicional austral, con boinas, chalecos de lana, pañuelos gauchos, ponchos y bototos. En el centro del gimnasio está Juan.
Con el arranque de la minga chica, las reglas naturales se quiebran en Puerto Cisnes. Se paraliza el tiempo y el espacio se retiene. Las horas de dormir cambian. La gravedad se distorsiona: un auto pesa lo mismo que una caja de vino. El silencio eterno es interrumpido. Los pájaros aumentan su presencia y el mar cambia de sereno a violento en segundos y viceversa. Los objetos pueden aparecer en lugares inesperados. La minga activa el manto de magia y cubre a este poblado austral y, con ello, a la casa-minga.
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31 de enero, 23:30, balneario Las Truchas.
Frente a las aguas que reciben a la casa-minga está el nochero Egon Alvarado, nacido y criado en Puyuhuapi, una bahía aún más rural que Puerto Cisnes. Tiene dos hijos y es casado. Ingresó a la municipalidad en el año 2000, y en 2015 fue ungido como nochero del balneario Las Truchas. Su cuerpo suma nueve mingas. Ingresa a las 22:30 horas y termina su jornada a las siete de la mañana. Su trabajo es fácil, esta playa es reposada y mansa como un gato de departamento. Su voz carga el acento patagón: cantado y con saltos al final de cada palabra, como el galope de un caballo. En su foto de WhatsApp aparece orgulloso ataviado con su traje de guardia, con una linterna y una radio comunicadora. “Hay que estar atento a la jugada”, suele decir. Egon vigila el balneario, revisa los quinchos y las zonas para acampar. También verifica que la casa esté la mitad en seco, es decir, en la orilla del mar.
—Así que está todo e’ orden —se dice a sí mismo.
Cada una hora realiza una ronda, al mismo ritmo que la marea comienza a subir. Un par de horas después, la casa flota en plenitud, lista para la gran minga del sábado.
***

1 de febrero, 04:30 horas, balneario Las Truchas.
El balneario continúa sereno. Egon se relaja y, luego de una ronda, entra a su caseta de seguridad; hierve agua, precipita café en polvo en una taza, agrega una decena de gotas de endulzante y bebe la infusión a la espera de las cinco de la mañana, cuando termina la fiesta en el gimnasio y algunos la trasladan al balneario.
“¡Toc, toc!”, se escucha con premura en la puerta de la caseta. “¡Toc, toc!”, golpean de nuevo. Egon deja su café en la mesa y atiende al desconocido.
—Oiga guardia, sabe que la casa se está moviendo pa’ medio, ¿es normal que la casa se mueva ahí en ese sector?
Egon sale raudo con su linterna a verificar la información del desconocido. Camina hacia la orilla y ve lo impensado.
—Chuuuuta, se soltó todo lo que es la casa —grita.
La casa-minga deshizo sus amarras y se alejó mar adentro ante la perplejidad de Egon y el desconocido, quienes, parados en la orilla aturdidos por la escena, no entienden lo que están viendo.
Egon toma su teléfono, llama a Ricardo Méndez, presidente de la Agrupación, no le contesta. Llama a Eduardo Gómez, encargado de animar y guiar la minga, no le contesta. Llama al Pijama, de la comisión de construcción de la casa-minga, también conocido como Sergio Cárdenas, pero no le contesta. Todos están en la fiesta, atareados con sus funciones y abstraídos con la gente alborozada. En el gimnasio suena Rafa y sus Teclados, otra banda local, y el alcohol ya hace efecto en los asistentes.
Egon contacta a la marina y les avisa que la casa se soltó y que la avistó cerca del faro. También llama a Carabineros. Logra que Eduardo Gómez le conteste.
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1 de febrero, 04:40 horas, gimnasio municipal de Puerto Cisnes.
—No entiendo, ¿cómo es eso que no está la casa? —responde Eduardo Gómez, impactado por lo que escucha, pero también incrédulo porque perderla no estaba dentro de las posibilidades. Nunca había pasado en las 17 mingas del pesca’o frito.
—La casa quedó al garete —gruñe en argot náutico Ricardo Méndez.
—Olguita, necesitamos ayuda, se nos soltó la casa, no se nos ocurre llamar a nadie más, la casa está a medio y necesitamos una embarcación. Habrá posibilidad de que Jorge nos pueda colaborar, por favor —le suplica por teléfono María José Becker, secretaria de la Agrupación, a Olga Soto.
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1 de febrero, 04:50 horas, Hostal Bellavista.
El incombustible Jorge Coronado dejó la fiesta a las 22:30 porque también tiene un hostal. Recibió a varios pasajeros y se fue a dormir a las 3:00 horas. Diez minutos antes de las cinco de la madrugada, su esposa Olga lo despierta.
—La casa se perdió, tienes que ir a buscarla —le dice compungida.
Todos saben en el pueblo que el diligente Jorge Coronado tiene una empresa de turismo náutico. Es la mejor carta para encontrarla. Se levanta somnoliento, confundido, y le pide a su concuñado Celestino Ancamil que lo acompañe en la búsqueda.
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1 de febrero, 05:15 horas, costanera de Puerto Cisnes.
No hay luna. La bahía está completamente oscura, como un túnel profundo y estrecho. Jorge y Celestino arman sus embarcaciones y zarpan en direcciones contrarias. El mar está calmo, sereno, como Egon antes de prepararse el café. Cada uno piensa que, por las condiciones, la casa no puede estar lejos, pero no la encuentran. Se comunican por teléfono y deciden volver al punto de partida. Elucubran teorías, que la casa se hundió, que la soltaron, mientras el nerviosismo reacciona en sus cuerpos. Deciden aumentar el rango de búsqueda: Celestino va hacia el faro, para el norte, y Jorge a Punta Ganso, para el sur.
Frente a Puerto Cisnes está Isla Magdalena, un territorio insular con unas 250.000 hectáreas de bosque y refugios de pingüinos. El aventurado Jorge Coronado emprende camino hacia esta zona, pero a medida que pasan los minutos su esperanza se difumina. Su esposa lo llama y le pregunta por la casa.
—Sabes, no hay caso, no podemos verla, esperaré a que amanezca para tener más luz —le explica desilusionado, desmoronado, avasallado.
Durante la llamada, mientras sostiene el teléfono con una mano y el timón con la otra, ve a lo lejos unas luces que se encienden y apagan. Atribulado, cree que es una lancha en dirección a su trabajo. Pero no, es el reflejo de una ventana al vaivén de la marea. Acelera hacia el oeste, con dirección a Isla Magdalena, mientras piensa que sin casa no hay minga y sin minga no hay fiesta ni vino ni chamamé ni pesca’o frito ni beneficiaria ni turismo ni ilusiones y, quizás, ni mingas futuras. Avanza y avanza y avanza hasta que, en medio del mar, como un humilde pelo al centro de la sopa que le devuelve las ganas de chamamecear, ve una casa flotando. Como la obra de un pintor surrealista que sueña trampantojos, como Magritte en sus trazos, como Huidobro en sus versos, como Fellini en sus planos. Es un catamarán, pero con tejuelas. La casa-minga de color naranja yace en el agua, en medio de la inmensidad del mar, con las montañas boscosas como testigos de la osadía de esta construcción que adquirió vida propia y se fue de paseo como el castillo ambulante de la película japonesa. “Nadie me va a creer esto”, piensa Jorge, y le toma fotos y graba videos para que no quede como un relato apócrifo.

La casa tomó la ruta que le sugirió el puelche, ese viento que sopla de cordillera a mar y que parece otro ser vivo en este ecosistema mágico.
El héroe Jorge Coronado llama a la Gobernación Marítima y les pide que le ayuden con una lancha patrullera, mientras atraca en la casa y verifica que todo está en orden: ventanas, techo, hasta las cuerdas para la minga al interior de la vivienda acusan normalidad.
La casa-minga llega a las 7:15 a la playa Las Truchas. Egon respira profundo, suspira, le saca una foto a la ahora casa-catamarán y da por finalizada su atípica jornada laboral.
***
El sábado se realizó la gran minga con normalidad. Nadie se enteró de la aventura naviera, ni de Egon ni de Jorge. La vivienda realizó su tradicional viaje en mar desde la playa Las Truchas hasta encallar en la costanera de Puerto Cisnes, frente a la patriota calle Séptimo de Línea. Toda la comunidad jaló y jaló y jaló la cuerda por unas tres horas. Tomaron vino de la bota-cantimplora, Bomberos lanzó agua para amainar el calor, y cuando un auto se entrometía en el camino hicieron lo más lógico para esta localidad sin reglas naturales: todos tomaron el vehículo, lo levantaron y lo dejaron fuera del paso de la minga. La comunidad jaló, jaló, jaló. La casa rompió algunos carteles de tránsito en las esquinas como esquirlas de su intempestivo avance; pasó por la Escuela Guido Gómez Muñoz y la panadería local. Con una decena de cuadras recorridas llegaron al punto definitivo. La minga finalizó, ante la alegría de la abuelita Francisca Alarcón, quien firmó la escritura de su nueva casa-catamarán sin conocer su rebeldía. Como premio para todos, se regalaron unas 2.500 presas de pescado frito cocinadas por Rebeca Gómez y sus secuaces de la fritanga; miles, pero insuficientes, porque Juan no alcanzó a comer. En la noche, Egon vigiló nuevamente el balneario, pero ahora sin la casa-minga, para su alivio.
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Juan Villarroel está de vuelta en París. Les cuenta a sus amigos la historia sobre la minga, la casa perdida en el mar, el pescado frito y las montañas boscosas. Algunos le creen, otros fruncen el ceño con incredulidad. “¿Cómo se soltó la casa?”, pregunta un elocuente.
Hay varias respuestas, pero mejor no saberlas.
Mientras en Puerto Cisnes, Egon reflexiona en soledad, durante su turno en la inmensidad nocturna de este poblado austral.
—En la minga 2026, hay que estar más atento a la jugada.


*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.
Cristóbal Chávez Bravo