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Las ranitas que recuerdan a Andy Charrier: fotografías de un libro que quedó inconcluso y hoy vuelve a abrirse en memoria del herpetólogo
Antes de fallecer en junio de 2025, el herpetólogo, naturalista y divulgador científico Andrés “Andy” Charrier trabajaba junto al ilustrador y editor Rodrigo Verdugo en un libro dedicado a los anfibios de Chile. El proyecto quedó suspendido con su partida, pero tiempo después, casi por azar, Verdugo encontró en uno de sus discos duros tres carpetas repletas de fotografías que Andy había reunido para la publicación. Hoy, esas imágenes vuelven a salir a la luz mientras sus cercanos buscan retomar aquel sueño como una forma de mantener viva su mirada, su amor por las ranitas y su empeño por acercarlas a nuevas generaciones.
“Yo diría que hay que basarse en eso. Esas son las especies, así es como se escriben las especies, ahí están las distribuciones. Y la próxima semana te paso el disco duro y vamos empezando a maquetear. Hay gran parte de la bibliografía ahí también. Yo te voy a mandar un documento de varias páginas con toda la bibliografía que yo manejo. Y bueno, ahí vamos orquestando esta cosa, po. Ya, avanzando de poquitito. Te mando un abrazo aquí desde Olmué. Estoy pillando sapitos de cuatro ojos”.
– Audio enviado por Andy Charrier a Rodrigo Verdugo poco antes de su fallecimiento.

El mensaje dura menos de un minuto. Y desde una de las quebradas de Olmué, en medio del paisaje, Andy habla de especies, distribuciones, bibliografía, fotografías y maquetación. Está buscando un sapito de cuatro ojos, pero su cabeza parece moverse al mismo tiempo entre expediciones, ranas y un montón de proyectos e ideas aún por concretar.
Es uno de los últimos audios que Andrés “Andy” Charrier le envió al Rodrigo Verdugo sobre un proyecto que ambos llevaban años imaginando: un libro dedicado a los anfibios de Chile, donde pudieran reunirse el conocimiento y las fotografías que Andy había acumulado durante buena parte de su vida recorriendo el país detrás de ranas y sapos.
Andy falleció el 20 de junio de 2025, a los 54 años. Fue naturalista, herpetólogo, fotógrafo y divulgador científico, aunque solía definirse a sí mismo como un “antropólogo extraviado”. Dedicó gran parte de su vida al estudio y conservación de los anfibios chilenos. Desde la ranita de Darwin, cuyo encuentro durante una expedición por los fiordos australes cambió el rumbo de su vida, hasta los Alsodes de la zona central y la ranita del Loa, Andy hizo de estos animales una pasión científica, pero también profundamente afectiva.

Quienes lo escucharon hablar alguna vez sobre una rana saben que para él conocerlas y amarlas nunca fue suficiente. Había que hacer que otros también pudieran maravillarse con ellas. Por eso su trabajo salió una y otra vez de los espacios científicos para instalarse en libros, colegios, charlas y proyectos de educación ambiental. Especialmente en publicaciones dirigidas a niñas y niños, convencido de que para proteger la naturaleza primero había que aprender a mirarla.
Del otro lado de este proyecto estaba Rodrigo Verdugo, también conocido como Rodrigowsky, publicista de formación e ilustrador naturalista, fotógrafo, diseñador y editor. Durante décadas ha participado en la creación de libros dedicados a la fauna chilena, encargándose no solo de ilustrarlos, sino también de sus fotografías, diseño y construcción visual. Entre ellos se encuentran títulos como Mamíferos de Chile, Carnívoros de Chile, Las Aves Rapaces de Chile y De Chincol a Jote.
Fue precisamente a través de uno de esos libros que sus caminos comenzaron a cruzarse.

Un libro pendiente
La historia comenzó hace más de dos décadas, cuando Rodrigo trabajaba junto al investigador Agustín Iriarte en Mamíferos de Chile. En la portada de aquel libro aparecía un monito del monte. La fotografía era de Andy.
“Esta historia parte hace más de 20 años”, recuerda Verdugo.
Desde entonces, ambos comenzaron a encontrarse una y otra vez entre publicaciones, festivales, exposiciones, amigos en común y proyectos vinculados a la naturaleza. Andy incluso fue asesor científico de algunas de las ilustraciones de anfibios que Rodrigo realizó posteriormente para una pequeña guía de fauna chilena.

Entre todas esas colaboraciones había una idea que regresaba cada cierto tiempo: hacer algún día un gran libro sobre los anfibios de Chile.
Durante años quedó pendiente. La conversación reaparecía, avanzaba algunos pasos y volvía a detenerse. Hasta que, durante los últimos meses de vida de Andy, comenzó finalmente a tomar una forma más concreta.
Rodrigo recuerda especialmente una conversación. Por primera vez se sentaron solos, sin la prisa de un festival ni el ruido de alguna actividad, y estuvieron cerca de cuatro horas hablando. Empezaron por el libro y, poco a poco, terminaron imaginando mucho más: qué querían contar, cómo hacerlo y qué lugar podía tener una publicación de naturaleza en un mundo que los inquietaba profundamente.
“De hecho soñamos durante un buen rato sobre el libro, lo conversamos”, recuerda.

La idea inicial era construir una publicación de base científica, cercana a otros grandes libros de fauna en los que Rodrigo había trabajado. Sin embargo, entre ambos había una inquietud que comenzaba a empujar el proyecto hacia otro lugar: cómo hacer que todo ese conocimiento no terminara encerrado entre especialistas.
“Finalmente, la gran gracia de no mirar todas estas cosas desde la ciencia directamente es que tú buscas un punto intermedio para la gente común”, cuenta Rodrigo.
Era una discusión que ambos conocían bien. Verdugo había pasado años diseñando grandes libros especializados y Andy llevaba buena parte de su trayectoria intentando tender el puente contrario, para sacar a los anfibios de los papers y ponerlos frente a personas que quizá nunca habían reparado en ellos.

Rodrigo lo explica con una frase que recuerda haber conversado más de una vez con Andy: no tenía sentido “venderles biblias a los curas”. Había que llegar a quienes todavía no estaban “evangelizados”.
Pero el proyecto quedó interrumpido.
Con la muerte de Andy, sus fotografías, textos y notas quedaron repartidos entre computadores, discos duros y archivos. Los textos que había alcanzado a preparar para el libro, según cuenta Rodrigo, permanecen hasta hoy inaccesibles en su computador, detrás de contraseñas que sus cercanos no han podido recuperar.
“Se fue Andy y quedamos en el aire”, recuerda.

Una carpeta llamada “anfibios”
Más de un año después, Rodrigo estaba buscando un antiguo trabajo entre los numerosos discos duros que guarda en su casa cuando apareció una carpeta que había olvidado por completo.
El nombre era sencillo: “anfibios”.
“Ahí recién me acordé de que yo le había pasado el disco duro a Andy y me lo llenó de fotos”, relata.

Adentro había tres carpetas, entre cuatro y cinco gigabytes de imágenes. Un pequeño archivo de años de búsqueda, viajes y encuentros con algunas de las criaturas que más fascinaron a Andy. Según estima Verdugo, las fotografías representan cerca del 90% de las especies de anfibios presentes en Chile.
Abrió las carpetas y comenzó a recorrerlas.
“Me encontré con las fotos y empecé a revisarlas. Son fotos hermosas. No están todas las especies, pero está el 90% de las especies de Chile. Se nota la dedicación que le hizo a cada foto y, soy súper honesto, me quedé revisándolas un buen rato muy callado”, recuerda.

En la pantalla reaparecieron especies que habían acompañado a Andy durante buena parte de su vida. Ranitas de Darwin, Alsodes, Telmatobius y otros habitantes diminutos de ríos, vertientes, bosques y montañas. Animales que muchas veces había buscado durante jornadas enteras, siguiendo cursos de agua, levantando piedras o internándose en rincones remotos para poder observarlos.
Las fotografías que presentamos en esta galería no son necesariamente inéditas. Algunas habían sido compartidas anteriormente por el propio Andy con Ladera Sur y han formado parte de otros contenidos sobre su trabajo. Esta vez, sin embargo, aparecen reunidas desde otro lugar, como fragmentos de aquel libro que estaba comenzando a construir. Para Rodrigo, volver a ellas significó también volver, inevitablemente, a Andy.

“Son mi tesoro porque las tengo ahí”, dice. “Se me funden las palabras de Andy, que me está hablando desde Olmué, emocionado mientras busca ranitas, con la foto. Entonces se me genera una sensación súper extraña, pero dentro de todo, dentro de lo terrible que es la muerte de una persona, ves esa plenitud para hacer cosas, se me genera un ruido bonito porque me acuerdo de esto que íbamos a hacer”.
Entre todas esas imágenes hubo una que lo obligó a detenerse.
Es un acercamiento extremo al rostro de una rana. El encuadre es tan cerrado que casi no existe nada más que sus ojos.
Rodrigo la abrió una noche en el gran monitor donde suele trabajar sus ilustraciones y fotografías. Afuera estaba oscuro. Frente a él, la rana parecía devolverle la mirada.

“Pensé que la rana me miraba”, recuerda. “Estaba oscuro y tuve la rana mirándome de frente. Entonces sentí que esa era como la mirada de Andy Charrier”.
Quizás no sea extraño que Andy permanezca precisamente allí, detrás de los ojos de una rana.
Porque los anfibios nunca fueron para él simplemente objetos de estudio. Podía pasar horas hablando de sus formas de reproducción, sus adaptaciones, sus amenazas o los misterios que todavía quedaban por resolver. Podía buscarlos durante días y emocionarse como la primera vez cuando finalmente aparecían. Había conocimiento, por supuesto, pero también una fascinación que escapaba a cualquier ficha científica.

“El Andy estudió otra cosa y se metió en los anfibios por amor”, dice Rodrigo. “Llegó a los anfibios, se enamoró de los anfibios, se volvió una rana humana y se metió entre medio de ellos”.
Esa forma de mirar fue también una de sus principales herramientas para comunicar. Andy tenía la capacidad de hacer que animales pequeños, nocturnos y muchas veces desconocidos para la mayoría se volvieran fascinantes. De transformar una rana escondida bajo una piedra en una historia que valía la pena escuchar.
Y es precisamente allí donde aquel libro comienza, lentamente, a abrirse una vez más.
El libro que todavía puede existir

Rodrigo Verdugo y Bernardo Segura, naturalista y uno de los amigos más cercanos de Andy, quieren retomar el proyecto.
No será exactamente el libro que Andy alcanzó a imaginar. Sus textos originales todavía no han podido recuperarse y será necesario reconstruir buena parte de la publicación, completar información, convocar a otros especialistas y conseguir fotografías de aquellas especies que faltan.
Pero hay algo que Rodrigo quiere conservar de aquellas largas conversaciones: que el libro sea capaz de cruzar la frontera de la ciencia y llegar también a quienes nunca han buscado una rana debajo de una piedra.

“Pretendo que en algún momento logremos sacar los textos con colaboración de mucha gente, usemos las fotos de Andy, busquemos las fotos que no están y saquemos un pequeño libro quizás menos ambicioso de lo que íbamos a hacer con él, pero que sea capaz de llegar a la gente a la que Charrier quería que llegara”, explica.
El proceso recién comienza y podría tomar uno o dos años. Pero terminar esas páginas tiene para Rodrigo un sentido que va mucho más allá de completar un proyecto pendiente.
“El mejor homenaje finalmente no es solo hablar de él, sino conseguir que esto salga adelante, que los anfibios, como muchos otros bichos en Chile, estén en la cabeza de la gente”, relata.

Por ahora quedan estas fotografías. Ranitas y sapos escondidos entre hojas, piedras, ríos y montañas. Animales que Andy buscó, esperó, observó y fotografió durante años con una curiosidad que parecía renovarse frente a cada encuentro.
Pero también queda algo menos tangible y quizás más profundo. La capacidad que tuvo de contagiar esa fascinación a otros. De lograr que una pequeña rana escondida bajo una piedra dejara de ser un animal inadvertido y se transformara, aunque fuera por un instante, en algo digno de asombro, conocimiento y cuidado.
La muerte de Andy dejó investigaciones, expediciones y páginas sin terminar. Pero no detuvo todo aquello que había puesto en movimiento. Permanece en quienes trabajaron con él, en quienes aprendieron de sus libros, en los niños que descubrieron el croar de una rana gracias a sus historias y en quienes hoy siguen buscando respuestas sobre las especies que tanto quiso.

Quizás allí esté también el sentido de retomar este libro. No solamente en terminar un proyecto que quedó pendiente, sino en permitir que esa forma de mirar siga encontrando nuevos ojos.
Andy ya no está para recorrer quebradas, levantar piedras o internarse en la cordillera detrás de una rana. Pero su pasión sigue viva en las personas que aprendieron con él a detenerse, mirar un poco más de cerca y maravillarse con esos pequeños habitantes de nuestro territorio.
Y mientras esa curiosidad siga pasando de una persona a otra, su legado también seguirá encontrando nuevas formas de continuar.
Tamara Núñez