Estuve algunas veces en la Puna de Atacama con mi papá y mi hermano a lo largo de algunos años, y por lo remoto y desolado de la zona, siempre fuimos de a poco. Primero a los destinos más sencillos y luego a los que están más a trasmano. Así fuimos conociendo y sorprendiéndonos con las sorpresas que Atacama tenía para mostrarnos cada vez que nos aventurábamos en algo nuevo. En cada una de esas visitas miramos incontables veces los mapas y Google Earth, para asegurarnos previamente de las rutas a tomar en una zona donde no existe conexión en gran parte del trayecto. De esa forma fue que empezamos a fijarnos en algunas manchas azules que se veían en el mapa y  que inevitablemente nos llamaron la atención dentro de un panorama tan árido. Las lagunas Bravas, del Bayo y del Jilguero están ahí, juntas, esperando ser visitadas por quien desee descubrir el premio mayor del altiplano atacameño.

Allá por el año 2014 –la última vez que estuvimos en la zona–, nos adentramos en el altiplano con la intención de conocer más allá de las rutas principales, sin un objetivo tan claro, pero con las lagunas Bravas siempre rondando en nuestras mentes. Finalmente, sólo llegamos hasta la rivera Oeste de la laguna del Jilguero y, por tiempo y un poco de temor, nos devolvimos y continuamos hacia la laguna del Negro Francisco. Fue ese primer acercamiento el que nos ayudó este año a tomar la decisión de volver, con las rutas más estudiadas y conociendo ya los tiempos involucrados para cumplir lo que nos quedó pendiente.

Acampando ©Vicente Weippert
Acampando ©Vicente Weippert

Ya con todo en marcha, alojamos una noche en El Salvador como parada a una altura intermedia para facilitar la aclimatación, considerando que gran parte del trayecto superaría los 4.000 msnm. Al día siguiente paramos para abastecernos, cargamos el auto, miramos los mapas por enésima vez, y partimos. Primero Potrerillos, luego la cuesta Montandón, y al final el Salar de Pedernales, que yace a los pies del bello volcán Doña Inés. Acá es donde todo comienza a tornarse interesante.

La aventura comienza

Montandón ©Vicente Weippert
Montandón ©Vicente Weippert

Nos internamos por un camino interior del salar, bien señalizado y en buenas condiciones, para posteriormente tomar la huella que nos dirigiría hacia la sorprendente quebrada Panteón de Aliste, la que comienza a encajonarse de manera abrupta para finalmente dar paso a un pequeño bofedal. El camino es lento, producto de la accidentada geografía del sector, pero vale la pena tomarlo con calma y detenerse a sacar fotografías y descansar, por su gran belleza escénica.

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Una vez fuera de la quebrada, nos encontrábamos a los pies del cerro Panteón de Aliste, el que debimos rodear mientras a lo lejos comenzaba a aparecer el Salar de Piedra Parada. Si bien hasta el momento todo el trayecto era conocido, sus formas y colores nunca dejaban de sorprendernos.

Panteón de Aliste ©Vicente Weippert
Panteón de Aliste ©Vicente Weippert

A medida que nos acercábamos hacia el Salar de Piedra Parada, el clima amenazaba con empeorar: nubes negras sobre la cordillera y un viento que soplaba incesante nos hicieron dudar más de una vez de la real posibilidad de llegar a las lagunas. En el altiplano se le debe tener respeto al clima, pero mientras no empeorara, avanzamos.

Una vez dentro del salar, el camino se transforma en huella, y poco a poco el trayecto se va haciendo un poco más lento y confuso. No es difícil seguir a veces la huella equivocada, pero a su vez, es sencillo darse cuenta a los pocos metros de que no es el camino correcto. Eso, si es que uno ha cumplido con el deber de revisar previamente las rutas y establecer coordenadas de referencia.

Pedernales ©Vicente Weippert
Pedernales ©Vicente Weippert

Al llegar a la laguna del Jilguero, el escenario se va poniendo cada vez más impactante y surreal. La huella, si bien es clara, se torna muy incómoda de transitar, producto de muchísima calamina y varios arenales que se deben atravesar. Eran las 4 de la tarde y el clima aún no quería empeorar. Lo pensamos algunas veces, consideramos que teníamos margen para avanzar y, con el paso firme, seguimos. Próximo destino, la laguna del Bayo.

Avanzamos por la ladera de los cerros, siempre siguiendo las huellas, y mientras que todo se volvía cada vez mejor, también nos empezó a preocupar dónde acamparíamos. En todo el camino el viento había soplado fuerte, lo que si bien no es impedimento, evidentemente hace más incómodo todo. Mientras intentamos resolver esto, se empezaba divisar a lo lejos la laguna del Bayo (o laguna Totota), de un color azul intenso. Se perdía y volvía a aparecer algunas veces obedeciendo a lo accidentado de la geografía.

Laguna del Bayo ©Vicente Weippert
Laguna del Bayo ©Vicente Weippert

Finalmente la teníamos a algunos pocos metros: la laguna es de una belleza impresionante. Por detrás, la imponente Sierra Nevada de las lagunas Bravas –uno de los más bajos de los seismiles chilenos–, ponía el telón de fondo perfecto para una ruta que nos había sorprendido a cada metro avanzado. Por suerte, desde la altura del camino, se divisaba que en la orilla de la laguna no soplaba el viento, puesto que el agua estaba calma como una taza de leche. Bajamos, armamos las carpas, cocinamos, y de ahí en adelante, tuvimos unas cuantas horas de puro disfrute.

Atardecer Bayo ©Vicente Weippert
Atardecer Bayo ©Vicente Weippert

Increíblemente, y contra todo pronóstico, el cielo amenazante despejó. Disfrutamos de un atardecer de otro planeta y durante la noche no hubo una sola gota de viento. Nos costó creer lo perfecto que fue todo en un lugar tan extremo y a la vez tan bello, pero a veces la naturaleza es así: con un poco de suerte nos muestra lo mejor que tiene y sin pedir nada a cambio.

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Miré, saqué fotos, disfruté, me senté, caminé, volví a sentarme,  a sacar fotos nuevamente. Intenté aprovechar al máximo el escenario perfecto que se nos había regalado. Con una sensación de pequeñez frente al impactante escenario, y de mucho agradecimiento, me fui a dormir pensando en lo difícil que era que esto pudiese seguir mejorando. Por suerte estaba equivocado, y nos seguiríamos sorprendiendo…

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Laguna del Bayo ©Vicente Weippert
Laguna del Bayo ©Vicente Weippert
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