Las crecidas del río Táchira han dejado decenas de desaparecidos. Foto: Jonathan Maldonado, diario La Nación.
Las crecidas del río Táchira han dejado decenas de desaparecidos. Foto: Jonathan Maldonado, diario La Nación.

*Este reportaje es una alianza periodística entre Mongabay Latam y Runrunes de Venezuela.

Wilfrido Mora escarba entre los recuerdos de su niñez y su adolescencia para llegar a la imagen de un río Táchira que hoy se le hace lejano. “Nosotros amamos ese río porque de niños íbamos ahí a divertirnos. Donde había los famosos pozos. A donde íbamos a hacer melcocha y sancochos. Pero eso es historia”, cuenta el comerciante de 67 años, nacido en el pueblo fronterizo de San Antonio del Táchira, en Venezuela. Sabe que ya casi nadie ve al río como ese espacio de esparcimiento que fue para él décadas atrás. Los miembros de grupos guerrilleros y bandas criminales que se disputan su control se han encargado de alejar de sus aguas, que marcan los límites entre Colombia y Venezuela, a los habitantes de la frontera. Los migrantes, que pasan a pie por las trochas, también han llenado al río de otros significados asociados al escape de una emergencia humanitaria que llena titulares desde hace más de un lustro.

Pero hay otra razón que ha ahuyentado a los tachirenses del río que da nombre a su estado. “Ayer pasé por el puente y miré el río porque bajaba con fuerza. Llovió quizás para la cabecera y era caudalosa la cosa. Estaba fuerte”, dice Mora. El motivo de esa corriente copiosa, señalan los expertos entrevistados para este reportaje, es la destrucción de la capa vegetal, desde aguas arriba, como consecuencia de las actividades humanas.

El bosque que circunda al río Táchira se ha reducido porque las tierras se utilizan para cultivos lícitos e ilícitos, sus aguas reciben los desechos de los fertilizantes de la agricultura, su curso se desvía para el riego de productos agrícolas, su arena se remueve para fabricar ladrillos y, en los tramos más poblados, se convierte en un depósito de aguas servidas y basura.

El río tiene problemas desde la cuenca alta hasta el final porque es un río fronterizo. La frontera es muy dinámica y hay mucho paso de gente, mercancía, contrabando, alimentos, ganado. Hay agricultura, poblaciones y hasta extracción de mineral no metálico. La única parte donde pudiera considerarse que está libre de alguna actividad es dentro del parque nacional [El Tamá], que es donde está la naciente”, afirma Eymar García Medina, ingeniero agrónomo, doctor en Ecología Tropical y profesor de la Universidad Nacional Experimental del Táchira (UNET), quien lleva más de 10 años trabajando en esa zona.

El río Táchira ha sido testigo de migraciones, narcotráfico, contrabando y crimen organizado. Los enormes problemas de este sector de la frontera colombo-venezolana han invisibilizado su crítica situación ambiental. Vertimientos de desechos agrícolas, industriales y domésticos han contaminado el río mientras que se enfrenta a otros fenómenos que agravan el problema como la minería de material de arrastre, la deforestación en su ribera y el acaparamiento ilegal de agua.

Este es el primero de dos reportajes que dan una mirada al problema ambiental desde ambos lados de la frontera y en el que han participado Runrunes de Venezuela y el diario La Opinión de Cúcuta.

Tres décadas de contaminación

Los antecedentes de esta contaminación están documentados desde hace al menos tres décadas atrás. Un estudio del Ministerio de la Defensa venezolano publicado en 1994 y referido por otro documento de 2009, detalla qué actividades humanas deterioraban el río entonces y estos problemas solo han empeorado con el paso de los años.

El río Táchira en primer lugar y los ríos Grita y Lobaterita atraviesan actualmente por un proceso de contaminación generado por actividades humanas que vienen deteriorando los recursos naturales, produciendo contaminación de las aguas por disposición de aguas servidas de origen doméstico e industrial, utilización de productos químicos (biocidas y fertilizantes), desechos sólidos, contaminación atmosférica, deterioro del suelo en las cuencas Altas, Medias y Bajas, y destrucción de vegetación (Mindefensa, 1994)”, dice el informe ‘Nitrógeno y fósforo totales de los ríos tributarios al sistema lago de Maracaibo, Venezuela’, de la División de Calidad de Agua del Instituto para el Control y la Conservación del Lago de Maracaibo (ICLAM), publicado en 2009.

La deforestación provoca violentas crecidas del caudal del río Táchira. Foto: Jonathan Maldonado, diario La Nación.
La deforestación provoca violentas crecidas del caudal del río Táchira. Foto: Jonathan Maldonado, diario La Nación.

Esa misma investigación indica que el río Táchira —justo en el tramo previo a la descarga de sus aguas al río Pamplonita, en Colombia— presentaba en la década pasada altas concentraciones de nitrógeno y fósforo total como consecuencia, principalmente, del uso inadecuado de la tierra y del recurso hídrico, “que conlleva a la degradación de los suelos y la ocurrencia de una alta disminución del caudal en la época seca y desbordamiento en la época de lluvia. La actividad agrícola es uno de los factores que incide en la erosión de los suelos”.

En Venezuela hay leyes y normativas que buscan la protección ambiental. El artículo 127 de la Constitución establece que es obligación del Estado garantizar un medio ambiente sano, mientras que en el artículo 15 se dice que el Estado también es responsable de establecer “una política integral en los espacios fronterizos terrestres, insulares y marítimos, preservando la integridad territorial, la soberanía, la seguridad, la defensa, la identidad nacional, la diversidad y el ambiente”. Además, la Ley de Aguas tiene un apartado para “la protección, uso y recuperación” de este recurso.

No obstante, el caso del río Táchira es una muestra de la dificultad para hacer cumplir las leyes y garantizar la real protección de las fuentes de agua y parece haber quedado marginado de cualquier documento legal que le permita estar protegido en Venezuela.

Contaminado desde la cuenca alta

El río nace en un páramo, rodeado de frailejones, un clima helado y una fauna variada que incluye desde el oso de anteojos, hasta cóndores y murciélagos, según describe María Eugenia Marcano, bióloga y profesora de la UNET. Sale de una “zona de nacientes o lagunas fluviales, de muy alto volumen”, ubicada en el Cerro Las Banderas, dentro del parque nacional El Tamá, en donde los humedales permiten que el agua atraviese un proceso de depuración por la acción de microorganismos, algas y plantas. Allí, el agua es totalmente potable pero, dice Marcano, dos kilómetros más abajo, todo cambia.

La actividad agropecuaria arranca cuando el río alcanza las poblaciones de Betania y Villa Páez, y arrecia cuando llega a Delicias, capital del municipio venezolano Rafael Urdaneta. Allí abundan los cultivos propios de tierras altas como manzana, durazno y pera.

La acción antropogénica en pueblos como Delicias, cercanos al río, ha contribuido a su contaminación Foto: Jorge Jaimes.
La acción antropogénica en pueblos como Delicias, cercanos al río, ha contribuido a su contaminación Foto: Jorge Jaimes.

Ya la actividad agrícola produce una fuerte deforestación, precisamente para ampliar esa frontera agrícola. Más allá de eso está todo lo que significa el aprovechamiento de ese suelo de manera poco técnica, con utilización de agroquímicos, pesticidas, así como las mismas aguas servidas y desechos de las poblaciones y caseríos que están a la orilla del río”, cuenta el profesor Eymar García Medina. Según dice, hay pozos sépticos cuyos desechos se drenan hasta el río y se pueden observar hasta tuberías superficiales que terminan en la ribera.

Lo más bravo es que ellos vierten todo eso, pero esa agua es utilizada para el consumo de los hogares. Cuando uno le pregunta a la gente, ellos dicen: ‘Esta es la mejor agua que hay por aquí, clarita, sabrosa’. Pero cuando hacemos los análisis, nos encontramos que hay excesos de metales”, añade la bióloga Marcano, quien ha hecho investigaciones a lo largo de toda la cuenca del río Táchira desde 2009. Las trazas de plomo, cadmio y, en algunos casos, de mercurio, provenientes de algunos fertilizantes se han acumulado en el agua y producido deformidades en el cuerpo de niños de varios caseríos, indica Marcano.

La bióloga también señala que la deforestación de los bosques de galería, que protegen las márgenes del río, altera incluso la temperatura del agua que en esa zona debería mantenerse baja. Pero lo más grave es que este impacto incide directamente en el caudal del río.

Douglas Rodríguez Olarte, biólogo especializado en el estudio de los ríos venezolanos e investigador de la Universidad Centroccidental Lisandro Alvarado (UCLA), explica que los bosques asociados a las riberas de los ríos son importantes para que el agua de las lluvias tenga menor potencial erosivo. “Cuando cae la gota de agua sobre el suelo, causa menos erosión, porque esa agua se infiltra en el subsuelo y va lentamente por los acuíferos que están bajo tierra”, argumenta. Pero eso no sucede cuando la cobertura vegetal ha sido arrasada, como ocurre con el río Táchira.

García Medina añade que cuando las precipitaciones son fuertes, no hay vegetación que contenga las crecidas e inundaciones que deja el río y no existe la vegetación de resguardo que debería mantenerse en la zona alta. “A más de una persona la ha arrastrado el río porque lo atraviesa pensando que está bajo y resulta que lo que viene es un montón de agua que se ha llevado gente, carros y animales”, añade.

Esas crecidas las conoce bien Wilfrido Mora, quien ha visto cómo a lo largo del tiempo se han creado “playones” en la ribera, espacios que quedan desolados cada vez que el río baja con fuerza de la montaña.

Actividades peligrosas para el río

A medida que el Táchira continúa su descenso, la actividad humana aumenta y los caseríos —pequeñas comunidades rurales— se convierten en poblaciones más numerosas. Así ocurre con Novilleros, Sabana Potrera y Llano de Jorge, en el municipio Bolívar, estado Táchira. En este punto, el agua clara se vuelve más oscura, no solo porque las condiciones del relieve cambian sino porque las actividades humanas se diversifican. Por ejemplo, se extraen arenas del fondo del río para la industria alfarera de la región. Con estas se hace desde arcilla y cerámica, hasta ladrillos y adobes para la construcción.

Expertos alertan que hay tramos del río Táchira en donde ya no existe fauna acuática. Foto: Jonathan Maldonado, diario La Nación.
Expertos alertan que hay tramos del río Táchira en donde ya no existe fauna acuática. Foto: Jonathan Maldonado, diario La Nación.

Esta actividad extractiva contribuye a la destrucción de la estructura del suelo en el río y sus alrededores y a la turbiedad de las aguas. “Cuando llueva, el agua romperá más el suelo y habrá más desastres. Aquí el gobierno debería tomar control de la situación, pero eso no existe”, apunta el profesor Eymar García Medina.

En el estudio ‘La inadvertida presencia de las minerías de arena en los ríos de Venezuela’, firmado por el biólogo Douglas Rodríguez Olarte y otros dos autores, se detalló el efecto de esta industria sobre los ríos: “las areneras son estresores que modifican el régimen de perturbaciones en los ríos, pues generan un incremento muy elevado y permanente de sedimentos en las corrientes y, lo que es más grave, fragmentan y eliminan la diversidad morfológica e hidráulica de los ríos”.

El texto también se explaya sobre las alteraciones que producen las areneras en los cauces de los ríos, que van desde la inestabilidad y erosión progresiva de los lechos hasta la disminución del fondo y los acuíferos.

Pero no solo se trata de la extracción de material de arrastre. La agricultura, que es un problema en la parte alta, también lo es en la cuenca media. Los cultivos no se detienen, sobre todo los de plátano y caña de azúcar, y los pobladores usan distintos métodos para desviar el curso del río. En algunos tramos llegan a hacer unas especies de cuevas para represar el agua.

De acuerdo con los reportes de medios de comunicación de Colombia y Venezuela, en la población de Llano Jorge el control lo tienen guerrilleros y disidentes del Ejército de Liberación Nacional (ELN), quienes suelen utilizar la margen y el río para esconder cadáveres descuartizados. Estos grupos, además de las bandas armadas, se reparten la custodia de la frontera y su río.

Esa agua ya está tan contaminada que en Llano Jorge, donde debería ser aprovechada como agua potable, ya no se puede consumir ni se puede utilizar para el riego porque se pueden contaminar los vegetales. Entonces, en toda esa área tienen que esperar a que llegue un camión cisterna para poder abastecerse”, dice Marcano.

Una de las cascadas del Parque Nacional El Tamá, donde nace el Río Táchira Foto: Ministerio de Ecosocialismo.
Una de las cascadas del Parque Nacional El Tamá, donde nace el Río Táchira Foto: Ministerio de Ecosocialismo.

Aunque en 2013 se inauguró el acueducto El Mesón para beneficiar a San Antonio del Táchira y comunidades aledañas con agua del río, la frecuente sedimentación de las aguas hace que la interrupción del servicio sea una constante y los habitantes pueden pasar hasta más de dos semanas con las tuberías vacías.

García Medina asegura que en los tramos más poblados del río, es decir, entre San Antonio del Táchira y Ureña, que es donde se concentra la mayor actividad fronteriza, la fauna del río ya desapareció. Las truchas, bagres y moluscos que nadan aguas arriba, no existen allí. “No puedes conseguir ni ranitas. El sistema ecológico desapareció (…) Nosotros como sociedad hemos destruido ese río”, dice con voz de derrota.

Wilfrido Mora refrenda lo dicho por los expertos y añade que varias comunidades fronterizas utilizan al río Táchira como basurero y cloaca, producto de un crecimiento urbano caótico y desordenado que no previó la construcción de tuberías para estas zonas. Para él, un ejemplo de esto es el barrio La Invasión, en San Antonio, levantado justo a la orilla del río y ocupado mayormente por migrantes colombianos. En 2020, ocho casas se derrumbaron en la barriada por la fuerza de la quebrada La Dantera, que se alimenta del río Táchira.

Los especialistas aseguran que mientras más población haya, el impacto sobre los ríos es más demoledor. “Una ciudad es un efecto catastrófico en la comunidad [fauna y flora dentro y en los alrededores] de un río porque una ciudad es irreversible, la construyes y no desaparece”, asevera Rodríguez Olarte.

El experto añade que cuando los desechos urbanos y agroindustriales ingresan a los ecosistemas fluviales, hay una ruptura enorme del ecosistema y en algunos casos se produce eutrofización [aumento de la concentración de nutrientes que produce la aparición de algas] y una mortandad masiva de la fauna de los ríos.

Las poblaciones de peces o los sistemas de peces son heterogéneos, complejos, tienen resistencia y pueden ser resilientes frente a la contaminación, pero si esta persiste y no hay capacidad de recuperación, llega el quiebre definitivo y el colapso”, añade Rodríguez Olarte.

El futuro es de los ríos

A principios de la década pasada hubo un intento por recuperar y cuidar el río. La Corporación Autónoma Regional de la Frontera Nororiental (Corponor), en Colombia, convocó a autoridades venezolanas al diseño de un plan que analizara los efluentes líquidos y aguas servidas que contaminaban las aguas del río Táchira. De esta iniciativa fue parte el Instituto de la Cuenca del Lago de Maracaibo (ICLAM). Esta institución, que depende del Ministerio de Ecosocialismo —antes Ministerio de Ambiente—, coordinó a mediados de 2013 una serie de reuniones y talleres con representantes del sector industrial de la zona fronteriza. Pero todo quedó en la fase de investigación y nunca se concluyó.

Al final, Corponor no recibió respuesta y no hicieron nada”, relata Eymar García Medina. Al no poder coordinar acciones con Venezuela, el plan de la institución colombiana se dirigió hacia el río Pamplonita con relativo éxito, porque su principal afluente es el contaminado río Táchira.

El río Táchira también se ha convertido en un depósito de aguas servidas. Foto: Jonathan Maldonado, diario La Nación.
El río Táchira también se ha convertido en un depósito de aguas servidas. Foto: Jonathan Maldonado, diario La Nación.

Mongabay Latam solicitó información al Instituto de la Cuenca del Lago de Maracaibo (ICLAM) sobre el plan de saneamiento del río Táchira y su situación actual, pero hasta el momento de la publicación de este reportaje no se obtuvo respuesta.

A pesar de todos los problemas, la esperanza de salvar el río no caduca. “Al Támesis [en Londres] volvieron a subir los salmones”, afirma el biólogo Douglas Rodríguez Olarte, quien recordó que la Revolución Industrial había convertido al río más conocido del Reino Unido en una cloaca. “En el Sena [París], con plantas de tratamiento han logrado que el agua esté menos contaminada”, añade.

El experto sostiene que los ecosistemas acuáticos pueden recuperarse a unas condiciones que, si bien no son cercanas a las originales porque las especies pueden haberse extinto, permitan albergar a poblaciones de peces y organismos tolerantes a contaminaciones antiguas tal como ocurre con el río Táchira. Los planes de restauración, eso sí, son costosos y a largo plazo, advierte.

El comerciante Wilfrido Mora asegura que los tachirenses todavía aprovechan algunos pasos del río para bañarse y pasar un día de disfrute, pero cuenta que “por el cambio climático” hay quienes lo hacen con precaución para evitar una crecida abrupta. “En el pasado, el río era de nosotros. Era seguro, no había problemas porque no nos iban a atracar, era la diversión de toda la juventud porque éramos pocos. Para aquel momento, San Antonio tendría unos 12 mil habitantes, ahora tiene más de 60 mil”, comenta.

Y mientras Mora evoca el pasado, el biólogo Douglas Rodríguez Olarte piensa en el presente y en los días que vienen. “Los ríos son los ecosistemas más amenazados del planeta y los más importantes, porque si sacas la cuenta de la cantidad de gente que vive a expensas de los ríos, vas a decir que es todo el mundo. En todas estas montañas de Cúcuta y Venezuela desvían el agua de los ríos y no hay ningún tributo ni pago a la naturaleza, simplemente los ven de manera utilitaria. Se está perdiendo no solamente patrimonio sino calidad de vida. En el futuro cercano habrá peleas por estos ecosistemas”, sentencia.

Lee el reportaje en el enlace original en Mongabay Latam: #RíoTáchiraEnvenenado: la destrucción de un ecosistema clave en la frontera de Venezuela

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