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Científico chileno participa en las nuevas excavaciones de Madygen, la joya paleontológica de hace 240 millones de años en Asia Central
En el sur de Kirguistán, la Formación Madygen preserva uno de los registros fósiles más extraordinarios del Triásico, con restos de plantas, insectos, peces y vertebrados que permiten reconstruir antiguos ecosistemas de hace unos 240 millones de años. Tras décadas de investigación, una nueva expedición científica internacional volvió a explorar este remoto territorio de Asia Central en busca de nuevos fósiles y evidencias sobre la evolución de estos ambientes. Entre sus participantes estuvo el paleobotánico chileno Philippe Moisan, quien recorrió este singular laboratorio natural y conversó sobre sus hallazgos, sus misterios y las preguntas que aún persisten sobre la historia de la vida en la Tierra.
En Asia Central, en el territorio de Kirguistán, existe un lugar donde caminar entre los afloramientos rocosos es, en cierto sentido, recorrer las páginas de una historia escrita hace cientos de millones de años. Allí, entre capas de sedimentos, aparecen las huellas de animales y plantas que habitaron un mundo muy distinto al actual. Se trata de Madygen, una región ubicada en el sur de la cordillera del Tien Shan, cerca de las fronteras con Tayikistán y Uzbekistán, cuya importancia científica está estrechamente ligada a la Formación Madygen, una extensa sucesión de rocas que conserva un registro excepcional de antiguos ambientes continentales.
Sus sedimentos, acumulados durante el Triásico Medio y Tardío, hace aproximadamente 240 millones de años, permiten reconstruir paisajes y condiciones ambientales que existieron mucho antes de la aparición de los seres humanos. La formación alcanza unos 560 metros de espesor y está compuesta principalmente por rocas sedimentarias —como lutitas, areniscas, conglomerados y fanglomerados, además de algunas capas de carbón— que se depositaron en una cuenca donde se sucedieron distintos ambientes: sistemas fluviales y aluviales, lagos, deltas y zonas pantanosas.
De esta manera, el registro geológico apunta a un paisaje continental donde el agua tenía un papel central. Los análisis realizados sobre dientes de peces fósiles indican que buena parte de estos ambientes correspondían a sistemas de agua dulce situados tierra adentro, mientras que algunos de los depósitos conservan evidencias de antiguos lagos y sus alrededores. En sectores como Dzaylyaucho, en la zona norte de la formación, las arcillitas y lutitas de tonos marrones y grises concentran una abundante diversidad de fósiles y entregan pistas sobre las condiciones en que se desarrollaron aquellos ecosistemas.


Y es precisamente esa extraordinaria cantidad y diversidad de fósiles lo que ha convertido a Madygen en uno de los registros paleontológicos más singulares del Triásico en Asia Central. Desde las primeras investigaciones sistemáticas realizadas en la década de 1960 se han recuperado decenas de miles de restos de insectos, con estimaciones que alcanzan unos 25.000 ejemplares pertenecientes a alrededor de 500 especies. A ellos se suman peces, anfibios, reptiles, pequeños mamíferos primitivos y restos vegetales, entre muchos otros organismos que permiten reconstruir no solo qué especies existieron, sino también cómo se relacionaban con los ambientes que habitaban.
Entre los fósiles más llamativos se encuentran animales que parecen salidos de un mundo de fantasía. Longisquama insignis es conocido por las grandes estructuras alargadas que recorrían su dorso, mientras que Sharovipteryx mirabilis presenta estructuras membranosas que han llevado a interpretarlo como un reptil capaz de planear. También destacan Triassurus sixtelae, considerado uno de los caudados más antiguos conocidos; Madygenerpeton pustulatus, un reptiliomorfo asociado a ambientes semiacuáticos; y otros pequeños reptiles y cinodontes que completan un registro excepcionalmente diverso.





Es en este escenario donde, entre el 4 y el 31 de agosto de 2026, se desarrolló una expedición científica internacional en el Geoparque de Madygen, impulsada con la participación del Programa Internacional de Geociencias de la UNESCO (IGCP), el Departamento de Recursos Hídricos, Petrolíferos y Gasíferos y Riesgos Geológicos de Kirguistán, el Museo de Historia Natural de Chemnitz, la Universidad Tecnológica de Freiberg y la Universidad de Bonn.
La iniciativa reunió a geólogos, paleontólogos, botánicos, entomólogos, microbiólogos, sedimentólogos, hidrogeólogos, estudiantes e investigadores de distintos países. El objetivo no fue únicamente buscar nuevos fósiles: los equipos realizaron prospecciones y excavaciones, estudiaron distintas secciones de la formación y desarrollaron nuevos levantamientos geológicos para comprender mejor cómo se depositaron sus sedimentos y cómo evolucionó la antigua cuenca.
La expedición contempló además una dimensión formativa, con una escuela de verano científica y aplicada en geología que permitió a estudiantes e investigadores trabajar directamente junto a especialistas con experiencia en la región.


Sin embargo, aunque Madygen lleva décadas siendo estudiada, su historia está lejos de estar completamente descifrada. Cada nueva campaña de terreno puede aportar fósiles desconocidos, ampliar el conocimiento sobre los antiguos ecosistemas o abrir nuevas preguntas sobre la evolución de la vida y las condiciones ambientales del Triásico. En lugares como este, incluso una pequeña pieza de roca puede contener información capaz de cambiar la manera en que entendemos un mundo desaparecido hace millones de años.
Entre los investigadores estuvo el Dr. Philippe Moisan, paleobotánico, director del Departamento de Química y Biología y coordinador del Magíster en Paleontología y Evolución de la Facultad de Ciencias Naturales de la Universidad de Atacama, quien participó de esta expedición internacional y pudo observar directamente uno de los grandes archivos naturales del pasado de la Tierra. A partir de su experiencia en terreno, conversamos con él sobre las particularidades de Madygen, los objetivos de la expedición y lo que este extraordinario registro fósil todavía puede revelar sobre los ecosistemas del pasado.

—Para partir por el lugar, ¿cómo describirías Madygen a alguien que nunca ha escuchado hablar de este sitio? ¿Qué fue lo primero que te llamó la atención al llegar y recorrer sus paisajes?
—La localidad fosilífera de Madygen queda en Kirguistán, que es un país de lo que fue la ex Unión Soviética, en Asia Central. Es un país relativamente pequeño dentro de Asia, obviamente culturalmente muy distinto a lo que tenemos acá en Chile, en idioma, cultura, tradiciones, etcétera. Madygen no es un lugar de, por así decirlo, fácil acceso. Madygen es una localidad fosilífera del Triásico, de unos 220-230 millones de años.
Fue estudiada en sus inicios por paleontólogos e investigadores rusos. Yo hice mi doctorado en Alemania y, entre el 2007 al 2009, comenzamos a reestudiar esta localidad junto a investigadores alemanes. Ahí retomamos esas investigaciones.
Es un lugar, desde el punto de vista científico, espectacular. Quizás es el mejor lugar en el mundo con tal diversidad y abundancia de fósiles del Mesozoico. Paisajísticamente, como tú viste en las imágenes, también es espectacular y, a raíz de nuestras investigaciones, también el Estado, la región donde está esta localidad de Madygen, está fomentando bastante lo que es el geoturismo.
Entonces, ahí te vas dando cuenta de la vinculación que va teniendo, el impacto después, a mediano plazo o a largo plazo, de las investigaciones que se hacen, que también es algo que yo espero que se pueda replicar en Chile.


—Madygen conserva un registro fósil extraordinariamente diverso, con insectos, peces, anfibios, reptiles y plantas. ¿Qué hace que este lugar sea tan excepcional para entender cómo eran los ecosistemas del Triásico?
—La paleontología hay que entenderla como un trabajo detectivesco. Donde uno a veces, con pequeñas piezas de un puzzle o partes de una historia, por así decirlo, trata de reconstruir la vida, los ecosistemas y el ambiente del pasado. En ese sentido, el Triásico es un periodo muy importante en la historia de la vida en la tierra, de la historia geológica también, porque es el único periodo que está limitado por dos extinciones masivas.
Las extinciones masivas son eventos donde se reduce la biodiversidad del planeta por distintas catástrofes, ya sea impactos de meteoritos conocidos, como el de la extinción de los dinosaurios, volcanes, etcétera. Entonces, el Triásico es muy importante, porque también se empiezan a generar o aparecer los organismos que dominan en la actualidad, nosotros incluidos, los mamíferos.
Entonces, en ese contexto, Madygen es quizás la localidad que mejor representa este periodo a nivel continental, con plantas, obviamente, insectos, vertebrados, etcétera. Es una ventana sobre la biodiversidad del Triásico a escala global.


—¿Cuáles son los hallazgos más conocidos de Madygen? ¿Qué nos dicen estos organismos sobre la diversidad y las formas de vida que existieron durante el Triásico?
—Nosotros somos animales, y obviamente tenemos un sesgo de que siempre lo más llamativo son los animales, incluidos los dinosaurios, pero hay dos organismos que son icónicos de esta localidad, del Triásico, y en general de la paleontología. Se trata de Longisquama y Sharovipteryx. Son dos reptiles muy extraños, que tienen una anatomía y morfología particular. Existe un espécimen completo de cada uno. Son reptiles con unas prolongaciones, apéndices en la espalda, son muy raros y son únicos de esta localidad, o sea, tienen una distribución restringida. En paleontología, cuando uno habla de Madygen, inmediatamente es sinónimo de estos dos organismos. Cada expedición que se hace siempre se trata de encontrar más restos y es bastante difícil volver a encontrarlos.
También están las plantas y los insectos. Es la localidad que tiene mayor número de especímenes de insectos, con casi 25.000 individuos. No existe otra localidad en el mundo donde se hayan encontrado tantos insectos fósiles como acá. Esa es también otra singularidad de Madygen.



—Desde su perspectiva, ¿qué información puede entregar la flora fósil de Madygen sobre el clima, los ambientes y las condiciones de vida que existían allí hace unos 240 millones de años?
—Las plantas son mi especialidad, yo soy paleobotánico, estudio plantas fósiles. Aparte de hablar de la diversidad de vegetación que hubo, son un verdadero termostato de los ecosistemas, tanto actuales como del pasado.
A diferencia de un animal, una planta permanece en el mismo lugar, y debe adaptarse a las condiciones de su entorno, entonces podemos rastrear muy bien cómo era el clima y el ambiente. Y, en ese sentido, nosotros estudiamos toda la vegetación en sí, cómo interactuaba con otros organismos, con insectos, etc. Esto último es una línea de investigación bastante interesante, ver la herbivoría y tratar de reconstruir los climas del pasado.
Cierto tipo de vegetación nos indica, al estar asociada con un tipo de clima y humedad, condiciones específicas, y eso es lo que nosotros buscamos. Esta información aporta al objetivo final de la paleontología: reconstruir cómo eran los ecosistemas del pasado y, en ese contexto, las plantas son fundamentales.



—¿Qué hace que los fósiles se preserven tan bien en esta zona? ¿Con qué características cuenta?
—Son factores geológicos principalmente. Cuando uno tiene una localidad fosilífera, uno se puede imaginar cómo encontrar piezas de un puzzle. Un factor que ayuda a encontrar fósiles es un clima semidesértico y desértico, donde están todas las rocas expuestas, por así decirlo, y así es un poco más fácil encontrar fósiles. Son muchos elementos, pero lo específico de Madygen, es que era un gran lago, de varios kilómetros, con afluentes de agua, de ríos, por tanto, eran las condiciones óptimas para la fosilización.
Entonces, por eso también había peces y organismos acuáticos, que llegaban ahí, se depositaban lentamente. También tenían aporte de los cuerpos de agua y se va produciendo una sedimentación muy lenta, con a veces poca presencia de oxígeno, que son las condiciones ideales para la fosilización.



—Durante la expedición realizaron trabajos tanto geológicos como paleontológicos. ¿Qué buscaban específicamente en terreno y qué tipo de información esperaban obtener a partir de las rocas y fósiles encontrados?
—Para entender eso tengo que ser un poco más técnico, porque Madygen es el nombre de la localidad, pero a la vez existen cuerpos de roca, que es lo que nosotros llamamos formaciones geológicas, y la más conocida es la Formación Madygen, que tiene el nombre de la localidad. Pero luego de eso, hay otras unidades geológicas que son un poco más nuevas, que llegan hasta el Jurásico, hasta unos 160 millones de años. O sea, tenemos una historia muy larga ahí de la evolución de la vida terrestre.
Entonces, nosotros lo que hemos estudiado, hasta antes de este terreno, era la Formación Madygen, que es del Triásico Medio al Triásico Tardío y, en esta nueva expedición, lo que hicimos fue concentrarnos en estas unidades geológicas un poco más jóvenes para ver toda la historia, desde 237 millones de años hasta estos 160 millones de años.
Hicimos excavaciones paleontológicas, en distintos afloramientos dentro de esta gran localidad, donde todo lo que encontramos, que eso fue lo más interesante y llamativo, es inédito, nuevo, porque esas unidades, posterior a la Formación Madygen, casi nos han sido estudiadas anteriormente. Encontramos plantas, insectos, vertebrados, moluscos, distintos organismos que habitaban los estos ambientes continentales.
Eso es lo que buscábamos, no algo en específico, sino que todo lo que pudiésemos encontrar para poder seguir investigando y generando nuevo conocimiento.



—¿Cómo fue vivir esta experiencia? En cuanto a las expediciones que se hicieron
—Madygen dejó de ser un área de investigación por causas ajenas a la investigación, incluso hubo una guerra civil ahí, en el país, y conflictos con otros países. Entonces, era totalmente imposible hacer cualquier investigación. Hasta que retomamos ahora, por iniciativa de colegas de Alemania y de otros países de retomar investigaciones en Madygen y también de la gente propia de allá. El Gobierno se dio cuenta de lo que habíamos hecho y empezó a potenciar el geoturismo.
De hecho, fue muy interesante ahora porque, aparte de la investigación científica, se hizo una escuela de verano, donde nosotros también fuimos a dar charlas al público. También la gente nos acompañó en esta expedición, en nuestras excavaciones. Fue un poco más integrativo y no tan restringido al científico, al paleontólogo, integrar a la gente en eso. Y eso fue una experiencia espectacular, para mí nueva, yo nunca había estado en ese tipo de contexto.



—¿Qué va a pasar con todo esto que encontraron? Me imagino que quizás va a derivar en algún estudio
—Es la primera expedición y recién estamos empezando con eso, pero la idea de ahora es hacer un proyecto y poder financiarnos nuestra investigación y expedición en los próximos años. Gran parte del material se queda en Kirguistán, entonces, nosotros vamos a tener que volver a ir a para poder estudiarlo, fotografiarlo. Otra parte del material se va a Alemania. La idea también es incorporar a estudiantes, otros investigadores. Y lo que te decía, queremos concentrarnos en otras formaciones geológicas, más allá de la Formación Madygen, como la Formación Kamish Bashi y Kylotok
En esta ocasión, todo lo que encontramos era nuevo, inédito, plantas, insectos, tetrápodos, moluscos, etcétera. Y ahora vamos a empezar con el siguiente paso. De hecho, los colegas se quedaron, los que lideraban esta investigación, dos semanas más allá en Kirguistán, para poder empezar a embalar todo, para mandar el material y ahí empezar nuestra tarea de investigar eso.


—¿Cuáles son hoy las principales preguntas que quedan abiertas sobre este lugar?
—Tengo que volver un poquito a lo que hablábamos al inicio. ¿Te acuerdas que yo te hablé de extinciones masivas? De hecho, las eras geológicas y los periodos en gran parte están definidos por grandes eventos. Uno de esos grandes eventos son las extinciones masivas. Entonces, a finales del Triásico, hace 201 millones de años, donde pasas al Jurásico y empiezan a dominar después dinosaurios, hay una extinción masiva y, justamente, el área de Madygen nos registra las evidencias geológicas y paleontológicas de esa transición.
Entonces, tenemos toda esta historia que yo te dije, de 237 a 160 millones de años, en distintas formaciones geológicas y, lo que nosotros queremos, es ver si tenemos ahí realmente evidencia de extinción masiva. ¿Hubo realmente una extinción masiva? ¿Cómo ocurrió? ¿Qué organismos se vieron afectados a nivel continental? ¿Cómo fue cambiando la dinámica de estos ecosistemas a través del tiempo del Triásico al Jurásico? Eso es lo que vamos a empezar a estudiar ahora.



*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
Jǒzepa Benčina Campos
