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110 kilómetros de trekking por el círculo polar ártico: el desafío físico de una aventura que se convirtió en una experiencia transformadora
Fueron 110 kilómetros de trekking en un lugar remoto, sin caminos, al norte del círculo polar ártico en Suecia. Cinco días desde Nikkaluokta hasta Abisko, en medio de la naturaleza salvaje, cargando en la espalda todo lo necesario para vivir a la intemperie. En esta nota, Francisca Lira, gerenta general de Ladera Sur, nos relata cómo fue su experiencia en el Fjällräven Classic Sweden 2026, que este año marcó el hito de su versión número 22 entre el 6 y 14 de agosto. “Era la primera vez que hacía algo remotamente parecido a esto”, es parte de lo que anticipa. Conoce su aventura a continuación.
Todavía no salíamos del punto de partida y ya me habían hecho abrir la mochila.
La había armado con calma la noche anterior, y pensado durante semanas en el living de mi casa, convencida de que cada cosa ahí dentro era indispensable. Estaba convencida de que todo lo que llevaba era indispensable.
Pero al colgarla en la balanza de la largada, marcó 20 kilos. Sophia, la guía que acompañaría a mi grupo durante la próxima semana, me miró con una mezcla de dulzura y cero condescendencia. Me dijo: “ábrela”.
En dos minutos saqué todo lo que tanto me había costado decidir llevar. Entre eso, una cámara aparte del celular, remedios que sobraban, una toalla, una polera y un peto extra, una crema mini, toallitas húmedas, una cuerda, tape, muchos snacks e incluso, ¡agua micelar! En algún minuto pensé que me importaría limpiarme la cara en la mitad del Ártico. Cosas que en Santiago parecían obviamente necesarias y que ahí, a minutos de partir, se sentían absurdas.
Nunca he sido de viajar liviana. Estoy “siempre lista” para cualquier contingencia. Pero aquí no había espacio de sobra, ni margen para el “por si acaso”. Eso fue lo primero que aprendí de este viaje, estando en terreno: a veces, estamos convencidos de que necesitamos mucho más de lo que tenemos. Creo que es algo propio de nuestra sociedad.
Una cosa es saberlo, otra es vivirlo con la mochila al hombro. Con lo que dejé antes de empezar a caminar, bajé más de dos kilos en mi mochila. Mi espalda lo agradeció y, sorprendentemente, nada me hizo falta en los días que vinieron.


La previa de un desafío que no vi venir
La invitación a este trekking llegó meses antes. Cuando acepté, mi plan era mostrar cómo una mamá de tres niños, con trabajo intenso y la agenda siempre a tope, lograba combinar todo con un entrenamiento serio y llegar preparada.
Pero la vida tenía otros planes.
Con todo lo que enumeré antes, nunca bajé de ritmo como yo esperaba. Por ello, el tiempo pasó rápido y llegué a Suecia con apenas tres semanas de «entrenamiento». La verdad, no me siento orgullosa de no haberlo planificado mejor.
También aprendí, incluso antes de partir, que no se puede controlar todo.
Fui la única latinoamericana de un grupo de doce mujeres de todo el mundo: China, Estados Unidos, Alemania, Dinamarca, Holanda, Tailandia y Austria, entre otros países. Antes de llegar, tuvimos una reunión online, donde identifiqué que era una de las mayores. O definitivamente, era la mayor.
Con 45 años y una memoria de haber sido siempre «activa» en cuanto al deporte, partí confiando en que mi cuerpo se iba a alinear con una decisión que ya tenía en la cabeza: esto lo iba a lograr, aunque fuera lento y sin apuro.
Y tan rápido como decidí eso, llegó la fecha del viaje a Suecia.
Salí un lunes temprano al aeropuerto. Apenas alcancé a darles besos de despedida a mis niños, con la guata revuelta entre nervio, felicidad y ansiedad. Estuve un día entero viajando, desde Santiago de Chile a Madrid en España como escala, para llegar a Estocolmo, Suecia.
De a poco fue llegando el equipo al hotel del aeropuerto. Nos recibió el team de Fjällräven, que nos entregó parte del equipamiento: mochila, carpa, parka y pantalones impermeables. Luego, compartimos una comida para ir conociéndonos. Creo que fueron conversaciones marcadas por el nervio, al menos de mi parte.
Al día siguiente, volamos a Kiruna a las cinco de la mañana, casi mil kilómetros al norte de Estocolmo.
Ahí el ambiente cambió de inmediato: se sentía el trekking en el aire. Familias completas, gente mayor y grupos de amigos daban vueltas por el lugar que la organización arrienda como base de partida para recibir a más de mil personas cada año.

Fuimos a un galpón a buscar la comida deshidratada para la ruta. Ahí vimos una réplica de los «baños» que usaríamos en los checkpoints. Nos dieron nuestro pasaporte Fjällräven, el documento con el que la organización monitorea el avance de cada participante. Hay gente que se demora hasta 10 días en completar la ruta, y en el otro extremo está el mismísimo CEO de Fjällräven, Martin Axelhed, que hizo esta versión corriendo, tipo ultramaratón, en casi 2 días sin dormir. Con él nos encontraríamos más adelante en la meta.
Luego, en un auditorio, nos dieron tips técnicos y nos contaron que este evento nace de una convicción profunda de la marca: inspirar y motivar a las personas a descubrir la vida al aire libre. La primera versión de esta travesía fue hace 22 años. Hoy existen siete Classic en el mundo, y este, el sueco, es el más largo y el más antiguo de todos.
Ahí nos presentaron a Sophia, nuestra guía, quien lleva más de 20 versiones de este trekking encima, y a Sandra, diseñadora de Fjällräven, que ya lo había hecho en cuatro oportunidades. Ellas sabían exactamente en lo que nos estábamos metiendo. Nosotras, todavía no.
Esa noche, antes de salir al alba, me tocó compartir cabaña con Paulina, una alemana de 27 años que terminaría siendo uno de los grandes regalos de esta historia. Mi hermana de ruta, sin exagerar.
Día 1: la largada y el primer golpe de realidad
Con la mochila más liviana —y el orgullo un poco tocado— llegamos al punto de partida: Nikkaluokta, una aldea sami en pleno corazón de la Laponia sueca, dentro del círculo polar ártico. Desde ahí arranca el Kungsleden, el Camino del Rey, una de las rutas de trekking más icónicas de esta parte del mundo. Un cantante en vivo musicalizaba la largada —con una onda tipo «Into the Wild», aunque sin la voz de Eddie Vedder—. Hubo foto grupal, el primer timbre en el pasaporte, y partimos.

Desde el minuto cero se notaron ritmos distintos al caminar. Un grupo más deportivo se fue adelante casi sin pensarlo, y nosotras, más tranquilas, con ganas de darlo todo, pero sin apuro. Sophia marcaba el paso con una energía que contagiaba. Era un buen día, sin lluvia, hacía algo de calor a medida que avanzaban los kilómetros. Viví otra lección que valoré de los suecos: la pausa. Es decir, cuando hace falta, se para. Sin cuestionarlo. A sacarse una capa, a ajustar los zapatos, o a la sagrada fika, esa pausa larga y sin apuro que los suecos hacen todos los días: acá se hervía agua para un café en la mitad de la ruta y se conversaba de algo que importe.
Tuvimos suerte: el clima permitió cruzar en bote el lago Laddjujávrre, ahorrándonos un par de kilómetros entre canales y juncos, con una naturaleza que ya mostraba todos sus colores. Veíamos los verdes intensos del bosque y las praderas, el agua quieta y esa luz rasante que no se parece a nada que hubiera visto antes. Esperando el bote, comimos nuestra primera comida deshidratada, una pasta boloñesa que, para sorpresa mía, no estaba nada mal.

En el camino conocí a Berta, española, quien fue clave para sobrevivir el resto de la travesía. Las dos cansadas del inglés, nos reíamos en español con una complicidad instantánea. Tenía menos de 30 años, pero congeniamos fácilmente. Toda esa juventud a mi alrededor me hacía sentir jovial, hasta que prendía la cámara del celular para una selfie y me acordaba de mis 45.
Llegamos, con las piernas cansadas pero el ánimo alto, a un lugar frente a un macizo de montañas imponentes junto a un río. «Este es nuestro lugar», dijo Sophia. Acá no hay campamentos establecidos, hay que encontrar el spot perfecto en medio del paisaje salvaje. Armé mi carpa por primera vez sola —había decidido no compartir el peso, una buena decisión, mirándolo hoy con distancia— feliz con el desafío del día, orgullosa de cómo había respondido mi cuerpo.
Observé las montañas que no se iban a esconder en toda la noche. En este lugar, el cielo nocturno no se oscurece. Ahí entendí que dormir iba a ser algo distinto cada noche.

El quiebre: mosquitos, rodillas y la noche en vela
El segundo día partió a las cinco de la mañana.
Hervimos agua. Comimos muesli deshidratado. Desarmamos la carpa. Nos volvimos a colgar en nuestros hombros —hoy más cansados— los 17 kilos de mochila.
Fue el día más largo de toda la ruta: cerca de 28 kilómetros. Pasamos por los checkpoints de Singi y Sälka, y entramos en la zona de Kebnekaise, la montaña más alta de Suecia.
Ahí me encontraron los mosquitos.
No sé si fueron los mismos que me acompañaron el resto de la ruta, pero recuerdo exactamente el lugar donde empezó —lo que yo bauticé— el ataque. Llegué a tener la cara tan hinchada por las picaduras que al día siguiente casi no podía abrir los ojos.
Por otro lado, el terreno era cambiante. Había piedra que exigía mirar bien dónde pisar, tablones sobre humedales, maicillos entre pastizales. Alrededor, cascadas y cumbres por todos lados, ríos de deshielo de los que tomábamos agua directo.

Empezaron también los primeros problemas del grupo: una compañera se cayó por los cordones sueltos, otra no daba más con el dolor de pies, otra tuvo que cambiar su mochila con Sandra porque el peso la estaba quebrando. Pero en medio del cansancio generalizado se notaba algo lindo: nos hacíamos cargo unas de otras, un compañerismo que se sentía a pesar de las barreras de idioma.
Cuando por fin encontramos el lugar para acampar esa noche, ya agotada, elegí mal: una colina con una pendiente que no noté bien y que en la noche se transformó en una tortura. Viento fuerte, sin oscuridad, lluvia intensa, la carpa moviéndose sin parar, y mi cabeza dándole vueltas a todo: el dolor de espalda, las picaduras, la idea fija de que no me estaba pudiendo quedar dormida. Nos habían advertido que el día tres sería el más duro de todos, y esa idea se instaló toda la noche como un peso extra.
No dormí nada.
A la mañana siguiente, mientras guardaba mis cosas sin haber cerrado un ojo, Sophia pasó en su ronda matutina y me saludó, con su inglés simple: «Good morning, Fran». Le abrí el cierre de la carpa, me miró sorprendida por mi cara hinchada, y me largué a llorar. Fue mucho de una: el cansancio, los ojos hinchados por una reacción alérgica, la noche entera sin dormir, y pensar que venía el día más duro. Ella, con ese tono calmado y sabio que ya le conocía, no me consoló como a una niña, sino me dijo: «You are so strong, Fran». Me dijo que era muy fuerte, sin lástima, casi como una orden. No había mucho espacio para la queja ahí arriba, y de alguna forma eso también era un regalo.
Así empezó el “día bisagra»: agotada física y mentalmente, pero ya cruzando la mitad del camino.

El “día bisagra”: la cumbre y el respiro
Con todo ese agotamiento, antes de partir el famoso tercer día, la naturaleza nos hizo un regalo. A tan solo metros de nosotras, vimos una manada de renos, grandes y chicos, con sus grandes cachos, tomando agua. No siempre se ven, por lo que después nos relataban antiguos valientes que hicieron esa aventura. Para mí, fue energía pura para una jornada que llevábamos temiendo desde la noche anterior.

Con la cara todavía hinchada, me puse mis anteojos —quien sabe, si salían fotos no tenía que desteñirlas— y me uní al grupo para empezar a subir hacia el paso de Tjäktja, a 1.140 msnm. Ese es el punto más alto de todo el trekking.
De lejos se veía imponente; en la falda del cerro, ya no tanto. Al menos para mí, que soy chilena y estoy acostumbrada a ver la majestuosa cordillera de Los Andes. Paramos a hacer fika antes de subir, y después caminé sola gran parte del ascenso, a mi ritmo, cuidando cada paso entre las rocas. Fue mucho menos terrible de lo que había imaginado. Otra vez.


Arriba, siguiendo la tradición sueca, Sandra me compartió una tapita de ron: un brindis por lo logrado. Llenamos las botellas con agua de deshielo directo del glaciar, la más pura que voy a tomar en mi vida y empezamos a bajar sabiendo que ahora el sufrimiento sería para las rodillas. Rocas grandes, tablones de madera cuando el relieve lo permitía, y horas caminando por un lugar que se sentía como estar en la luna, con la sensación de que el paisaje por el que caminábamos no se iba a terminar nunca.
Llegamos al checkpoint de Alesjaure, y ahí viví uno de los momentos más lindos de toda la ruta.
Le pregunté en mi torpe inglés a una voluntaria dónde quedaba la enfermería, ya que sentía que mis rodillas no daban más. Ella me miró sorprendida y me preguntó de dónde era. «De Chile», le dije. Su cara se iluminó entera y me exclamó: “¡Me estás molestando!”. Era Paola, chilena de la Patagonia, que había hecho los dos Classic de Chile y había venido especialmente hasta Suecia a ser voluntaria en éste. Tenía la bandera chilena y la de la Patagonia con ella. Me llené de esa energía y el cariño se sintió como de otro planeta. De hecho, al final ni siquiera fui a la enfermería. Nos dieron un queque de zanahoria y un jugo de lingonberry, la fruta roja típica sueca, que en ese momento fue una gloria.

Encontramos el campamento de esa noche al lado de un lago, plano —esta vez me aseguré mil veces de que el terreno estuviera nivelado— y no dudé en meterme al agua helada. Un piquero directo al frío que me hizo gritar y me activó hasta el último rincón del cuerpo; quise creer que también ayudó con las rodillas. Al mismo tiempo, una compañera se metió al agua con el pelo mojado y casi le da hipotermia. Tiritando, improvisamos con Berta y Paulina un baile ridículo para «espantar la lluvia» y hacerla entrar en calor. Funcionó en todo sentido: se rió, entró en calor, y la lluvia nos dio una tregua.
Esa noche, con el terreno plano, dormí como no había dormido en toda la ruta. Entendí algo que en el día a día se me había olvidado: lo increíble que es no dar por sentado algo tan básico como una buena noche de sueño.

La libertad y la recta final
Al empezar el cuarto día, Sophia y Sandra nos plantearon algo distinto: hoy cada una avanzaría “By your own”, es decir, al ritmo que quisiera, con quien quisiera, sin esperar al resto. Nos encontraríamos todas de nuevo en la noche.
Este día trajo, quizás, el paisaje más lindo de todo el trekking: lagos turquesa y montañas imponentes bañados de esa luz rasante y dorada que no se va nunca, como estar metida en una golden hour permanente. Con las rodilleras puestas —mi mejor decisión de equipamiento, sin duda— caminé gran parte del día junto a Berta y Paulina, bordeando lagos espectaculares y mesetas montañosas. Hubo lluvia y frío, pero también claros de sol que disfrutamos cada minuto. Vimos renos otra vez, y poco a poco la vegetación empezó a cambiar: volvieron los árboles, volvió el verde, dejamos atrás el paisaje lunar del día anterior.


Ese día también se notaron los cuerpos más castigados: Sophia terminó cargando dos mochilas, ayudando a una compañera que ya no podía con el dolor. Otra se lesionó la rodilla al pisar mal. El cansancio ya era real para todas, no solo para mí.
Llegamos al último campamento antes de Abisko, a las puertas del parque nacional, donde ya no se puede acampar en cualquier parte ni hacer fuego. Nos alojamos todas pegadas, como una aldea de pitufos, junto a gente de Fjällräven que había hecho el camino inverso solo para pasar esa última noche con nosotras. Comimos panqueques con jugo y, en la reunión final, Sophia nos planteó el objetivo real de todo esto: cruzar la línea de meta juntas, todas al mismo tiempo.
Armamos un plan de salidas escalonadas: las más adoloridas primero, un grupo intermedio después, y al final las más rápidas, que nos alcanzarían en el camino para hacer el último tramo todas juntas. Las compañeras con más fuerza se ofrecieron a cargar peso extra para aliviarnos a las demás; a mí me sacaron los fierros de la carpa, lo que fue un respiro enorme para la espalda y las rodillas en la recta final.

La meta y el cierre
Nos levantamos el último día con una mezcla rara de ansiedad y alivio. Fue una caminata dura igual, aunque el grupo de las más rápidas nos alcanzó antes de lo pensado y terminamos casi todo el tramo final juntas, cumpliendo la promesa de la noche anterior. Llegamos a un río de aguas turquesa y formaciones de roca espectaculares, donde se juntaron los tres grupos que habían salido escalonados.

A lo largo del trayecto había pequeños puntos de meditación, marcados por una cruz con una roca para sentarse. Era otro ejemplo de la famosa pausa sueca. En la última pequeña cumbre, una roca decía: «Den längsta resan är resan inåt / El viaje más largo es el viaje interior«. Pocas frases me han calzado tanto con lo vivido en esos últimos kilómetros. Seguimos caminando, con los últimos metros pesando el triple. Empezaron a aparecer señales de vuelta a la civilización, como autos a lo lejos y celulares que recuperaban señal. Con eso, una angustia extraña: quería que se acabara y, al mismo tiempo, no quería volver a la realidad.
Llegamos a la meta bajo un arco, recibidas por un gran equipo de voluntarios de Fjällräven de todo el mundo, con música y aplausos. Hubo llanto, abrazos, y un momento raro en que una se da cuenta de la fuerza que tenía dentro sin saberlo.

Esa noche, en una fiesta improvisada donde ninguna pensaba que podía bailar pero terminamos haciéndolo igual, celebramos el logro del equipo. Dormimos en Abisko, en una pieza junto a Paulina —mi hermana de ruta hasta el final—, y al otro día volvimos en bus al aeropuerto de Kiruna: casi dos horas para recorrer lo que a nosotras nos tomó cinco días de caminata.
Han pasado varias semanas desde que volví. Ya estoy metida de nuevo en la rutina, la ciudad, el día a día. Siento que, mientras más pasa el tiempo, más me alejo de esa versión de mí que caminaba sin otra preocupación que encontrar un buen lugar para la carpa. Creo que la magia está en tratar de vivir eso, aunque sea un poco, todos los días: desconectarse, parar, y volver a esa naturaleza que te ordena las prioridades sin pedirte permiso.
No sé si este desafío fue objetivamente extremo. Probablemente no. Pero para mí sí lo fue. Esa, creo, es exactamente la invitación de Fjällräven: que uno se atreva a lo que le da miedo, sin importar si para otro es fácil.
Yo lo haría mil veces más.
*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
Francisca Lira