Para comprender el camino naturalista de Josefina Hepp (39), es necesario trasladarse la Región de Aysén. Para ella viajar al campo de su familia cerca del lago Rosselot era como conocer Narnia. Desde Santiago, recorría días para llegar a ese lugar, donde los contrastes eran clarísimos. Pasaba de la ruidosa ciudad hasta el silencio de la Patagonia; de la conectividad de la capital a un lugar donde, en ese entonces, la señal era inexistente; y de la luminosidad de la electricidad a una zona donde la luz nocturna la daban la luna y las estrellas.

Jose en Rosselot. Cortesía Josefina Hepp
Jose en Rosselot. Cortesía Josefina Hepp

“Eran unas vacaciones sin tiempo, de esas donde se te olvida ver el reloj. Creo que ese fue mi acercamiento a la naturaleza más importante. Eran encuentros familiares. Siempre pienso que, de alguna manera, ese campo fue una presencia en mi vida, no solo un lugar”, recuerda Josefina.

En sus visitas recorría el bosque con su familia. Nadie conocía de plantas. Ella, quizás, menos se iba a imaginar que se dedicaría a la flora nativa. Ese acercamiento fue de experiencias y sensaciones: de maravillarse con los hongos, de asombrarse al ver ranitas y de inmiscuirse en el verde bosque y lo húmedo del aire. Eso marcó su amor por la naturaleza y camino de fascinación hacia la botánica.

Josefina Hepp en Rosselot
Josefina Hepp en Rosselot

Hacia la flora nativa

Cuando llegó el momento de estudiar en la universidad, para Josefina no había mucha claridad de qué carrera elegir. Sus opciones iban desde la tierra al cielo; de la geología a la astronomía. También por su cabeza pasó el Periodismo. Pero, finalmente, gracias al consejo de un profesor de Biología, decidió por la Agronomía. Gracias a esta carrera pudo acercarse, de a poco, a la flora nativa.

“Conocí un grupo de personas lideradas por Gloria Montenegro, una de mis profesoras, y Miguel Gómez, con quienes empecé a meterme más en el mundo de la flora nativa. Yo diría que no fue mi interés original al entrar a la carrera.  Me gustaba el suelo, el soporte inicial, los minerales, pero una vez ahí, cuando conocí a este grupo de personas con el grupo de flora nativa de la facultad, que me fui encantando y varios de los cursos optativos que hice iban en esa línea”, dice.

Cortesía Josefina Hepp (12)
Cortesía Josefina Hepp

En sus optativos conoció sobre morfología de plantas, mirando sus estructuras microscópicas. Fue ayudante de ese ramo. También del de flora nativa. Todo le parecía fascinante. Más adelante, para un seminario eligió enfocarse en plantas tintóreas e investigó sobre pigmentos vegetales. En ese contexto, hizo un taller con artesanas de la Fundación Chol Chol en La Araucanía, donde aprendió a teñir con material vegetal. Con eso se le abrió el mundo sobre los usos de las plantas.

El camino de la investigación la motivaba. Y vincularlo con flora nativa se iba haciendo algo natural. Para su examen de grado participó en un proyecto de flora altoandina en el Santuario de la Naturaleza Yerba Loca, en la Región Metropolitana. Eso lo desarrollaban sus profesoras Gloria Montenegro y Rossana Ginnochio. “Buscaban plantas nativas que tuvieran tolerancia a metales pesados, que los almacenaran en sus tejidos, porque eso lo usaban después para hacer fitoremediación (uso de plantas y microorganismos para la recuperación de suelos contaminados) en lugares abandonados dejados por la minería”, explica Josefina.

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Cortesía Josefina Hepp 

Ahí se introdujo a lo que era una investigación en terreno ligada a la botánica, junto con el francés Jean Francois Casale y el biólogo chileno Jean Paul de la Harpe. Antes de eso, en la carrera que estudiaba los terrenos siempre eran relacionados al campo y su manejo. “En ese momento decidí que eso era lo que me interesaba hacer. Quizás en ese tiempo la agronomía no tenía tanto espacio para el área de la conservación. Pero hoy sí, es más frecuente y tiene que serlo dentro del quehacer agrícola”, asegura Josefina.

Sin embargo, después de descubrir ese interés, Josefina terminó la universidad y tomó un camino diferente. Siguió otros intereses en su lista. Hizo una pasantía en la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) de las Naciones Unidas, enfocándose en levantamiento de datos para una investigación de biocombustible. Después pasó por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO). Pero había que resolver una inquietud que tenía pendiente. Eso, de alguna forma, la volvió al carril de la flora nativa.

Aquí es donde entra en la historia el Real Jardín Botánico de Edimburgo, en Escocia.

Desde Escocia para Chile

El Jardín Botánico de Edimburgo tiene más de 350 años y es un espacio abierto para todo quien lo quiera visitar. Es un paseo en el que se conoce sobre plantas de todo el mundo, incluyendo a Chile, cada una con sus etiquetas informativas. Es un lugar que guarda historia botánica, además de un mundo inmenso de educación y divulgación. Por eso, cuando Josefina lo conoció, sintió que eso estaba diseñado para lo que ella se quería dedicar.

Por eso, en 2008, cuando recibió una beca para estudiar un Magíster en la Universidad de Edimburgo, usar sus tiempos libres para hacer una pasantía en el Jardín Botánico de Edimburgo parecía una idea perfecta. Consideraba que era el lugar “más fascinante del mundo”. Hace cuatro años atrás ya había incursionado, durante su práctica obrera, en el incipiente proyecto del Jardín Botánico Chagual en Santiago de Chile. Y también le motivaba ir a estudiar en la misma ciudad en la que nació. Todos los factores se juntaron para que Josefina ese año volviera al camino que había empezado con la flora nativa chilena.

Cortesía Josefina Hepp (7)
Cortesía Josefina Hepp

“Cuando decidí irme a Edimburgo a estudiar manejo y protección ambiental, tenía este dilema de profundizar en el contenido científico que estaba haciendo o hacer algo que realmente me interesaba, que era la divulgación (…) El magíster tenía horarios flexibles y quise hacer el voluntariado. Insistí mucho hasta que me aceptaron para hacer un voluntariado con Martin Gardner, que es un investigador que trabajaba con Chile y la Paulina Hechenleitner, una chilena que vivía allá. Esa es una relación que mantengo hoy de amistad y de vínculo laboral”, dice Josefina.

En ese sentido, agrega: “Martin me ha dicho que los voluntarios son un cacho porque hay que entrenarlos. Pero fui tan entusiasta que nos hicimos buenos amigos y allá partió dándome algunas tareas de clasificación de especímenes en el herbario y para mí todo eso era fascinante. Imagínate encontrarte con los especímenes que habían recolectado los exploradores antiguos en Chile”.

Con Martin y Paulina llegaría, más adelante, a trabajar en el libro “Plantas y árboles de los bosques de Chile”, que había empezado a trabajarse en 2006 con la idea de poner en valor la flora chile y generar un estímulo para su conservación.

Cortesía Josefina Hepp
Cortesía Josefina Hepp

– ¿Cómo fue que llegaste a trabajar con Martin y Paulina en el libro?

Mi magister fue cortito, en un año volví a Chile y, en ese intertanto, Martin me ofreció participar en el proyecto de este libro Acuarelas, que él ya había iniciado(…). Mi trabajo era en los textos y la investigación. Empecé por el 2011. Pero yo  diría que mi mayor contribución fue en que lo que hicimos después porque había que hacer una exhibición en Chile y un lanzamiento del libro. Eso lo hicimos el 2016 en la Biblioteca Nacional, donde se preparó una exposición muy hermosa que se llamaba Chile Naturalmente Bello, que duró tres meses, donde se hizo una investigación de la historia de la Ilustración Botánica en Chile. Entonces exhibieron todos los libros que tenían ellos de Ilustración Botánica desde que se tiene registro. Eso fue muy bonito y terminó en un lanzamiento del libro en que vino Martin, la Pauli y dos ilustradoras turcas que participaron, Işik Güner y Gülnur Ekşi.

– ¿Tuvo buena recepción?

– Muy buena, de hecho, mucha gente quedó enojada porque no pudo comprar el libro. Era carísimo, nadie pensó que la gente lo iba a querer comprar. Por suerte después lo tomó Contrapunto y ya va como en la tercera edición. Es el mismo contenido, pero se redujo el formato. El primer libro pesaba tres kilos y medio y venía en una caja.

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Las semillas

Poco después de llegar a Chile desde Edimburgo, Josefina trabajó en el Centro del Desierto de Atacama de la Universidad Católica, enfocándose en proyectos con énfasis en conservación de la biodiversidad y educación. En 2012, este centro recibió una invitación que se transformaría en una nueva raíz para Josefina Hepp, ya que la introdujo al mundo -todavía desconocido para ella- de las semillas. Se trataba de una exhibición de arte en Alemania, llamada documenta, en la que invitaban al centro a hablar sobre semillas del desierto. “Curiosamente, nadie quería ir y yo me moría de ganas, así que me ofrecí, pero eso significaba obviamente investigar y profundizar en el tema”, explica Josefina.

Visitó a Miguel Gómez quien trabaja con semillas en el oasis de Niebla en Alto Patache (Región de Tarapacá) para presentar su investigación en la exhibición en Alemania. Con eso, Josefina empezó sus primeros terrenos buscando semillas. “Fuimos al banco de Semillas de Vicuña, que en ese tiempo tenía como director a Pedro León. Él me mostró un libro en un libro Semillas hecho por un morfólogo de semillas. Y me dijo que si yo hacía un doctorado me ayudaría a hacer un libro como ese. Yo no tenía para nada pensado en hacer un doctorado (…)”. Ese libro era “Semillas, las cápsulas de la vida”, escrito por Rob Kesseler y Wolfganf Stuppy. 

Cortesía Josefina Hepp (4)
Cortesía Josefina Hepp

Así, en 2013, después de la exhibición, Josefina postuló a un Doctorado en Ciencias de la Agricultura. “Como yo trabajaba en el centro del Desierto y me parecía muy conmovedora la adaptación de la vida en ambientes extremos como el desierto, me enfoqué en un género de especies que se llama Nolana. Se conocen como los suspiros. Son plantas habituales del desierto costero de Chile y Perú. Tuve la suerte que durante el doctorado me tocaron dos años lluviosos, por lo tanto, hubo dos desiertos floridos. Estas plantas son bastante comunes en años de ese fenómeno. Tenía varios puntos de estudio en todo el desierto costero entre Tarapacá y Valparaíso, y ahí estuve hartos años recolectando semillas de esta familia en laboratorio. Finalmente me titulé del 2019”, cuenta Josefina. Mientras tanto, el libro que inició todo este proceso todavía está pendiente.

– ¿Tienes algún terreno que recuerdes con cariño de tu Doctorado?

-Hay muchos terrenos, pero hay uno que me marcó especialmente. Fue el 3 de diciembre de 2015. Fuimos por el día a Tarapacá en un viaje súper apretado, pero porque había llovido en agosto en Patache, en el oasis de Niebla donde trabajamos. Ya no estaba haciendo muchos terrenos, pero quería ir a ver cómo había sido el desierto florido en Tarapacá. Sabíamos que habían aparecido plantas por todo el oasis. Siempre las plantas estaban solo en el acantilado donde llega la niebla y ese año fuimos con Horacio Larraín, que es un gran maestro del desierto, y con un amigo que me acompañó, Eduardo Contreras. Fuimos al oasis y había habido aluviones por una lluvia que fue de 50 milímetros. En una circunstancia normal las lluvias son máximo de un milímetro. En ese terreno estaba lleno de Nolana el interior y lo recuerdo, además, porque había una Nolana que no habíamos visto antes. Don Horacio la había visto porque él empezó a ir el 97’ y hasta 2015 no hubo una lluvia así. Las plantas entremedio no se ven pero están sus semillas. Yo estaba feliz porque hice hartas colectas. A la vuelta nos quedamos en pana y tuvimos que caminar un trayecto largo. Don Horacio tenía 85 años y yo creo que él quedó menos dañado que uno. Perdimos el vuelo, fue bien anecdótico ese viaje.

Nolana intonsa Cortesía Josefina Hepp (6)
Nolana intonsa @Cortesía Josefina Hepp 

Entre los frutos que colectaron, se pudo determinar que la especie que Horacio había visto en 1997 como Nolana aplocaryoides, se trataba de una nueva especie a la que bautizaron Nolana patachensis. También se recolectaron frutos de Nolana intonsa, descubriendo que gran parte de los estaban vacíos. “Se veían perfectos y había montones. Especulamos que como fue tanta lluvia concentrada en un evento, eso desajustó a las plantas y no pudieron completar el ciclo. Por lo tanto, eso fue una alarma de que incluso en ambientes extremos, que están como diseñadas de alguna manera para lo impredecible de las lluvias, igual esta lluvia las superó y eso es súper preocupante en el contexto de cambio climático”, dice Josefina.

– ¿Por qué decidiste trabajar con Nolana?

– Yo creo que es porque en Patache había hartas Nolana. Algunas tienen flores grandes, muy azules, que es un color como poco frecuente. Yo creo que es eso, porque las conocía en Patache y sabía cómo eran las condiciones de donde crecían. Una vez se dio vuelta un tambor en un sector del oasis y aparecieron. Había visto fotos de una Nolana que crecía donde caían las gotitas del tendido eléctrico. Donde había un poco más de lluvia crecían estas plantas, pero además explotaban en color. Ese contraste me pareció fascinante. Después me fui encantando más, porque son Solanaceae, que es una familia que a mí me encanta. Son parientes de las papas y los tomates, entonces tenían muchas características interesantes. Como yo soy de la escuela Agronomía y mi profe Samuel Contreras es agrónomo, también había que encontrarle una aplicación. En este caso eran plantas ornamentales, pero parientes cercanas de cultivos agrícolas de importancia y con capacidad de resistir, de tolerar condiciones de estrés muy alta.

Radiografía Nolana Intonsa. Se ven sus frutos vacíos.
Radiografía Nolana intonsa. Se ven sus frutos vacíos.

– ¿Después del del doctorado seguiste trabajando con semillas?

No en laboratorio. Tampoco me considero una científica. A mí me interesaba mucho seguir en las áreas de educación y divulgación, entonces en ese tiempo (2018) se dio la oportunidad volver al Jardín Botánico Chagual. Era muy entretenido el encargo porque era de revisar las colecciones que iban a haber en los jardines, ayudar a la etapa de diseño del Jardín Botánico. Imagínate la oportunidad de participar en un proyecto Jardín Botánico desde el inicio. Eso me pareció fascinante y ahí estuve trabajando un par de años y es súper buena escuela.

– ¿Cuál crees tú que es la situación de las semillas en Chile?

– Yo no trabajo en mejoramiento genético de semillas. A mí las especies que me interesan son nativas silvestres que no tienen domesticación, por lo tanto, no están sujetas temas de propiedad intelectual o patentes. Las especies nativas se investigan y almacenan bancos de semilla. El más relevante acá es el de Vicuña, que es del INIA (Instituto de Investigaciones Agropecuarias) y se hace un esfuerzo súper importante por almacenar estas semillas. Imagínate, estamos enfrentando una crisis y puede que haya especies que desaparezcan del lugar donde se encuentran naturalmente. Es una garantía que exista algún lugar donde las están estudiando y las tienen que hacer germinar. Es parte del trabajo de un banco de semilla conocer, no solo guardarlas, sino saber cómo hacerlas germinar y, de hecho, ese era el objetivo de mi tesis, aportar en ese conocimiento. Para mí es muy importante que ese rol que hacen los bancos semillas sea valorado y sea más prioritario (…). Obviamente se necesitan más recursos, por ejemplo, Juan Fernández casi no está representado en el banco de semillas y tiene mucho endemismo. Yo pienso que debemos almacenar, pero saber cómo se comporta la semilla. Imagínate que mi tesis doctoral de seis años se enfocó en 12 especies y tenemos cerca cinco mil.

La flora que debemos conservar

En Chile hay 4.667 especies de plantas vasculares. De esas, 2106 son endémicas. Es decir, cerca del 46% habita solo en este país, de acuerdo al sitio web Las Plantas Endémicas de Chile del Real Jardín Botánico de Edimburgo. “Eso nos hace muy especiales dentro de la región”, dice Josefina, “quizás otros países tienen más nativas, pero el porcentaje de endemismo no es tan alto como acá. Eso solamente quiere decir que existe una responsabilidad especial con ese grupo de plantas, que no crece naturalmente en ningún otro país, y que muchas de ellas además son endémicas locales”.

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¿Qué zona de Chile tiene la mayor diversidad de especies?

-La zona de transición entre el bosque esclerófilo, la zona mediterránea, el desierto y el semidesierto. Cuando estamos hablando de endemismo, en el norte se comparten algunas especies con Perú y Bolivia, y en el sur con Argentina, muchísimo. Entonces en la zona central, que es la que está hoy día más amenazada y que tiene más presión de uso, es donde se concentra esa mayor diversidad de especies endémicas.

Cortesía Josefina Hepp (2)
Cortesía Josefina Hepp

¿Cuál es la importancia de la flora nativa?

-Esa es una pregunta complicada, porque la respuesta siempre la pensamos desde el punto de vista de nosotros. Yo creo que hay dos respuestas. Una es porque efectivamente la flora nativa nos entrega muchos beneficios o mucho incluso productos para nuestra vida diaria (…) Hay muchos usos y eso es un argumento importante. Por otro lado, cuando se pierde una especie se pierde información que te podría haber dado la respuesta a un problema futuro. Pero también hay una respuesta de que la flora nativa tiene un valor intrínseco que nadie puede cuestionar. Las especies que están hoy día son producto de una evolución que las llevó a tener el aspecto y funcionamiento que tienen. Para mí, como hablando de información de un sistema, si esta es más diversa, es más capaz de hacerle frente a un desastre. Es más resiliente cuando es más diverso. Por lo tanto, cada especie que se pierde es falta de información y el sistema se empobrece.

¿Hay algunas especies que sean más preocupantes en términos de sus amenazas?

-Hay especies que sí, de todas maneras. El libro Plantas Amenazadas del Centro-Sur de Chile, a mi me gusta mucho y se enfoca en este tema (…). En este momento yo creo que la más amenazada, según lo que he escuchado, es el ruil, el Nothofagus alessandrii. Es una especie que se encuentra en muy pocas localidades, súper endémico, restringido, y además, está rodeado de plantaciones de forestales y sujeto también a la amenaza del fuego que, obviamente, se vincula con actividades humanas. A eso se suma el cambio climático con veranos más secos y temperaturas más altas. También está el alerce (Fitzroya cupressoides) o el ciprés de las Guaitecas (Pilgerodendron uviferum), pero son especies con más marketing. Sumo la palma chilena (Jubaea chilensis) y la Puya venusta (…). Hay varias  especies icónicas por zona. Pero más que hablar de una especie, creo que cada zona tiene su sus desafíos y la responsabilidad de identificar las especies más amenazadas en su territorio y aprender a, obviamente, proteger los ambientes donde crecen y a cultivarlas. Hay ONG que están trabajando en eso (…) Por ejemplo, si vamos al norte, otra especie que yo creo que nos debería preocupar es la rica-rica (Alcantholippia deserticola phil.), que se ocupa harto en gastronomía, pero sobre su propagación no hay tanto conocimiento. Entonces, cuando tú tienes una especie que llama mucho la atención, hay que cuestionarse de dónde viene y qué manejo se está haciendo para que no desaparezca del territorio. Esa es una pregunta que nos deberíamos hacer permanentemente.

Cortesía Josefina Hepp (9)
Cortesía Josefina Hepp 

-En ese sentido, ¿cómo ves el tema del bosque esclerófilo y la sequía?

-Hay varias especies que yo diría que ven súper amenazado su hábitat y, sobre todo en los últimos años, hemos ido viendo cómo el bosque se va degradando. Y hay especies de lento crecimiento. El guayacán (Porlieria chilensis Johnst.), por ejemplo, es una especie maravillosa que se usó mucho y su madera que crece muy lento. Una típica era la Tecophilaea cyanocrocus y ahora se encontraron, imagínate ¡dos poblaciones! Se pensó que estaba extinta. Toda la zona central es de gran preocupación. Una vez en un congreso, el profesor Fernando Santibañez, un agroclimatólogo, comentaba que con los modelos que hicieron, no hay ningún lugar donde se reproduzca exactamente las condiciones de clima mediterráneo. Y no tienes ninguna garantía de cómo va a reaccionar la biodiversidad si un clima desaparece.

Siguiendo el camino de la fascinación

Dentro de las páginas de la vida de Josefina Hepp, la literatura forma una parte importante. De pequeña leer siempre fue un interés. De hecho, ha tomado cursos de literatura infantil, manteniendo uno al cual todavía asiste. Con el tiempo, además de los libros de no ficción en los que participó, escribió varios para niños. “La ficción siempre me ha gustado por esta posibilidad de imaginarse algo que no existe, de crear un universo que tenga coherencia y que empieza a cobrar vida en la mente de los lectores (…)”. Así, para ella, la ficción es donde encuentra su forma de expresión.

En la mayoría de ellos, la naturaleza está involucrada. Actualmente se encuentra escribiendo la tercera parte de una saga de libros que se enmarca en el cambio climático de la Tierra en 2065. “Me hice la pregunta de cómo sería el futuro si hoy no hacemos nada para prevenir esta crisis. Eso me permite desahogar mi ansiedad climática. El de ahora es ¿qué significa para los terrícolas vivir fuera de la Tierra? Y la verdad es que es bien nostálgico (…)”, explica.

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Cortesía Josefina Hepp

Pero mientras escribe su libro, los demás planes no terminan. Sigue trabajando como asesora del Jardín Botánico Chagual, en el Centro del Desierto de Atacama y además en los proyectos de la Fundación Chilco, donde se desempeña como directora y coordinadora de ciencia y territorio.

– ¿Qué aprendizajes te ha entregado a la flora nativa y qué te motiva a trabajar para conservarla?

-Uff (suspira), tanto aprendizaje… Es difícil ponerlo en palabras, pero uno de ellos es este empuje permanente de adaptarse a las condiciones, por muy desfavorables que sean. Buscar la fuerza de seguir. Obviamente nosotros le podemos asignar una intención, pero a mí me gusta pensar en ese empuje de la vida por continuarse a sí misma. Esto de que una semilla a veces cae en una roca e igual germina, logra afirmarse (…). Y claro, mis Nolana en el desierto tienen la estrategia de producir flores bellas para atraer polinizadores y nosotros disfrutamos ese paisaje.  Qué bonito es que esta coevolución para nosotros también resulta hermosa (…). De repente, cuando uno encuentra en las personas actitudes de tanto egoísmo, pienso en las plantas, ellas dan oxígeno al mundo. Son belleza, pura generosidad.

– ¿Las Nolana son tus especies queridas?

– Hay muchas que voy amando. Ponte tú, ahora estoy pegada con las Malvillas, con las Cristaria, que son típicas del desierto florido. Las encontré en la costa también. Lo que más me gusta son sus semillas, que tienen como unos paracaídas. También para mí el ciprés de las guaitecas, tengo un vínculo con él porque en este campo familiar se cortó mucho ciprés antiguamente. Hemos encontrado harta regeneración natural en el mallín en un sector del campo, y ver eso es como un alivio de que no se eliminó. Está ahí y no se va a ir.

Austrocactus spiniflorus que te comenté, endémico de la RM; ilustrado por Andrés Jullian para el nuevo libro de acuarelas (Plantas endémicas de Chile mediterráneo)
Ilustración de Andrés Jullian. Austrocactus spiniflorus, endémico de la RM. Nuevo libro de acuarelas (Plantas endémicas de Chile mediterráneo)

Así, siguiendo un trabajo que ha sido un recorrido de fascinación y amor por la flora chilena, Josefina se mueve por Chile. Todavía no puede contar mucho, pero su sonrisa revela que los proyectos se mantienen en la línea de lo que ha sido su pasión. Entre terrenos y trabajo con un grupo de científicos, trabaja también en un libro ilustrado de flora mediterránea y sus propias escrituras ficcionales. “Hay hartas cosas sucediendo”, finaliza, con la misma emoción que empezó esta entrevista.

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