El cuidado de las turberas de Chiloé se echó a andar de facto, empujada por personas de la zona que conocen y quieren su tierra, quienes vieron directamente el rol de estos humedales en el abastecimiento del agua para el bienestar de los isleños. Así nació la Red de Turberas de Chiloé, conformada hoy por cuatro Santuarios de la Naturaleza, a la que WCS Chile —como parte de su programa +MaRes— está acompañando para co-desarrollar los planes de manejo necesarios para la gestión efectiva de conservación y apoyar su integración al nuevo Sistema Nacional de Áreas Protegidas que será administrado por el Servicio de Biodiversidad y Áreas Protegidas (SBAP). Es una Red diversa que incluye iniciativas de conservación en otras cuatro turberas chilotas.

En Chiloé no existe una cordillera que acumule nieve durante el invierno, por lo que no hay aporte de agua por deshielo en verano. Llueve mucho, cerca de 2.000 mm/año, y esa agua queda contenida en los ecosistemas vegetales de la isla, su suelo, sus bosques y, sobre todo, sus turberas: humedales milenarios formados por musgos del género Sphagnum que se nombran localmente como pompón, que acumulan materia orgánica y exorbitantes volúmenes de carbono, aportando a la mitigación del cambio climático. Estas esponjas gigantes tienen la maravillosa propiedad de absorber hasta 20 veces su peso en agua, almacenarla y liberarla pausadamente cuando más se necesita, regulando la hidrología de cuencas completas. Turberas sanas tienen el potencial de ofrecer estos beneficios a las comunidades y al mundo a perpetuidad. Para que cumplan ese rol hay que protegerlas y saber gestionar de forma efectiva su conservación.

Hasta hace pocos años las turberas se podían explotar directamente extrayendo la turba de su subsuelo y el musgo de su superficie sin control. Visionariamente, el año 2024 Chile aprobó una Ley de Turberas que prohibió la extracción de turba en todo el país y que aspira a regular y controlar la extracción del pompón, resguardando el suelo, la biodiversidad y los procesos que sostienen a estos humedales. Una gestión efectiva de las turberas podría evitar otro verano en que la escasez hídrica obligue a ocho de las diez comunas del archipiélago a contratar camiones aljibe para asegurar el abastecimiento de agua potable en sectores rurales. La implementación efectiva de esta ley, sin embargo, precisa de la construcción de un reglamento que todavía no ve la luz.

Hace más de veinte años, Hermes Vera comenzó a trabajar con las turberas de su familia y con las de su comunidad en Chonchi. Primero, ayudó a regularizar los títulos de propiedad y luego apoyó la creación de un APR, un sistema comunitario que abastece de agua potable a un sector rural, y que hoy entrega el agua que sostiene a todos sus vecinos. La fuente de agua de este APR proviene de la turbera que él protegió y que hoy conocemos como la Turbera de Púlpito Este.

“La gente cree que hacer esto de conservación es una cosa que no tiene valor. Y yo digo todo lo contrario: yo he podido levantar financiamiento en torno a la protección de las turberas”, explica Hermes. Esa es la visión que necesitamos promover en todo Chile: la de levantar y activar economías locales en torno al cuidado de la naturaleza. Hoy, su turbera está en el centro de su trabajo productivo: cuenta con un salón de ensueño —El Galpón de las Ovejas— que le permite recibir estudiantes de colegio y todo tipo de visitantes, quienes pueden aprender de turberas y conservación in situ, por lo que también invita a universidades y centros de investigación a desarrollar estudios específicos. “Debemos mirar hacia adelante y promover realmente el conocimiento, la valoración y la protección de las turberas de Chiloé, porque proveen el agua que es lo esencial para que nosotros estemos bien”, asegura.

Desde Chonchi viajamos hasta Quellón, a la Turbera Punta Lapa, donde Marcos Ojeda reunió su fuente de vida y trabajo. “Yo quería desarrollar turismo y me di cuenta que el tema era que necesitaba agua. Y en ese contexto, recibí y conocí a gente de CECPAN y me dijeron, ¿por qué no lo conserva?”, recuerda. Él vio en la conservación el camino para poder tener agua y, con ella, levantar y mantener sus cabañas, su camping y toda su labor de turismo. Un entendimiento que parece obvio, pero que aún resta por incorporar en el diseño de toda actividad productiva en Chile: activar el cuidado de las fuentes de agua es esencial para la existencia y sostenibilidad de cualquier negocio.

Su familia ha cuidado este territorio hace décadas y ha desarrollado actividades ganaderas con bajo impacto, lo que ha permitido la recuperación de su bosque nativo en los últimos años. Su bosque volvió a crecer y resguarda su turbera —hoy protegida— ubicada en la parte alta del cerro. Este sistema actúa en la práctica como una “copa natural de agua”, una infraestructura verde que abastece de manera permanente su propiedad y sectores aledaños. Una científica que visitó el lugar le comentó que ahí se replicaba, de forma natural, un sistema de ingeniería. Marcos reconoce “el valor de poder tener esta red de turberas y promover una acción más integrada con personas comprometidas con su protección”. Si pensamos que gran parte de Chile es montaña, el cuidado de los humedales andinos —vegas, bofedales, lagunas, vertientes, turberas y otros— es la acción más inteligente de resguardo de las fuentes de agua —infraestructura de copas naturales— y más costo- efectiva, para permitir la existencia y dar sustento y resiliencia al bienestar de comunidades y economías en las casi 100 cuencas que existen a lo largo de Chile.

En este camino de las turberas pudimos conocer a Nora Martínez, que con la fuerza que caracteriza a las mujeres chilenas, también conectó innovadoramente con su comunidad. Durante 25 años convocó a una red de mujeres, en la que dio valor a la madera muerta —abundante en un bosque sano—, desplegando actividades de educación en torno a artesanías con corazón y sonido natural. Su esfuerzo fue integrador y tuvo impacto a nivel local, pues sus vecinos destacan que las semillas que sembró Nora siguen alimentando a la comunidad hasta el día de hoy. Entendiendo que el valor de sus predios para el bienestar de su comunidad va mucho más allá del simple valor monetario, también los declaró Santuario de la Naturaleza, aportando a la conservación del país a través de su compromiso local. “La naturaleza en su integridad tiene tantas virtudes que no hemos sabido valorar y en ella también están las respuestas para recuperar todo el daño que le hemos causado”, comenta con claridad Nora. Con una mirada trascendental, ella ha activado planes de sucesión y ahora participa en este trabajo con su hijo y su nuera, y juntos piensan hoy el futuro de su familia y su naturaleza. Esa visión y compromiso es un mensaje que nos inspira desde Chiloé y que esperamos contagie a todo Chile.

Volviendo al norte de la isla, llegamos a la Turbera de Aucar, que protege Segundo Aquintuy. Día a día levanta la acción de conservación de su Santuario y mira el mundo con los lentes de la conservación, lo que le permite identificar y ver conductas que amenazan a las turberas, actuando para evitar que se levanten microbasurales, que exista robo de musgo, que ocurran incendios. Una fiscalización personal en beneficio de toda su comunidad. Esto es acción de conservación concreta, que necesitamos contagiar a la sociedad completa. Su principal preocupación es contar con el Estado como aliado real para que las declaratorias de conservación sean efectivas. “Necesito alguien a quien poder llamar y que exista realmente una respuesta a las amenazas directas”, enfatiza. Segundo ha levantado en Aucar un Aula Chilota de singular belleza y envergadura, la que está abierta no sólo para que visitantes se acerquen y conozcan de estos ecosistemas recorriendo los senderos cuidadosamente diseñados, sino que conecta con jóvenes escolares chilotes, a quienes recibe en inspiradoras visitas educativas.

En toda su diversidad, sencillez y sabiduría esencial, este grupo de personas profesa y demuestra un compromiso inquebrantable con el bienestar propio y de su entorno que excede lo individual y trasciende a su propia vida. Han dispuesto y se han comprometido con el cuidado de su patrimonio en beneficio del bien común, materializando el entendimiento más profundo del valor de la vida –la biodiversidad- y la necesidad de su cuidado integral. Su camino es nuestra inspiración, esperanza y alegría. Esperamos sumar a esta ruta desde nuestra misión de conservación, difundir a los cuatro vientos su valor existencial, e invitar a todo caminante de la conservación a apoyar y sumarse a este visionario y potente trabajo chilote.

Al mismo tiempo que armábamos las piezas de los planes de manejo de las turberas protegidas en Quellón, en Santiago, se conmemoraban los 100 años de los parques nacionales en Chile, reconociendo y valorando el camino del Estado de Chile en instalar la protección de territorios valiosos. El trabajo de Nora, Segundo, Hermes y Marcos y su acción definitiva para conservar las turberas desde y para su territorio son una semilla y un ejemplo tangible a seguir, pues marca el camino para el próximo siglo de conservación de biodiversidad chilena: de conocimiento e investigaciones que conecten con su resguardo efectivo, territorial y a perpetuidad de estos ecosistemas esenciales, en beneficio permanente de nuestras comunidades y economías.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.

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