Fueguinos y mapuches en el Jardin d´Acclimatation de París, siglo XIX. Christian Báez y Peter Mason.
Fueguinos y mapuches en el Jardin d´Acclimatation de París, siglo XIX. Christian Báez y Peter Mason.

Durante el siglo XIX, la historia humana escribió uno de sus capítulos más oscuros al amparo del desarrollo económico y el colonialismo. Aquel período, dominado por una ciega idea de superioridad eurocéntrica, encontró en los pueblos originarios la vitrina perfecta para alimentar su morbo: seres humanos exhibidos como animales en verdaderos zoológicos humanos.

En estos recintos no solo se mostraban las rarezas de especies exóticas traídas desde los confines de las colonias; también se exponían personas, arrancadas de sus tierras ancestrales y presentadas ante el público europeo bajo la etiqueta de «lo salvaje».

Eran la supuesta prueba viviente de cuán «incivilizadas» eran otras sociedades. Mujeres, hombres y niños, hambrientos, enfermos y maltratados frente a las multitudes,  pasaron a ser parte de espectáculos humillantes.

Mirados como curiosidades exóticas antes que como seres humanos, los pueblos indígenas de Chile no escaparon al horror de este cruel destino.

El secuestro en los canales australes

Hacia 1880, el capitán alemán Schweers, al mando del vapor Cordelia, secuestró a un grupo de kawésqar. Lo hizo por encargo de Carl Hagenbeck, un comerciante y director de circo de Hamburgo que, hasta entonces, se había enriquecido transportando animales salvajes para abastecer los zoológicos de Europa y Estados Unidos.

Fueron once canoeros arrancados drásticamente de su mundo: cuatro mujeres, cuatro hombres y tres niños menores de cuatro años. Embarcados a la fuerza, singlaron hacia un «Viejo Mundo» completamente nuevo, ajeno y hóstil.

Según las investigaciones del antropólogo Martín Gusinde, quien reconstruyó este periplo, el grupo arribó a Europa alrededor de 1880. A partir de agosto de 1881, comenzó su macabra itinerancia: fueron exhibidos en París, recorrieron distintas ciudades alemanas y llegaron a Zúrich a mediados de febrero de 1882. Allí terminaría el viaje para uno de los jóvenes kawésqar quien, con apenas 19 años, encontró la muerte en tierra extranjera.

kawésqar. Créditos: Familia Tonko
Kawésqar. Créditos: Cortesía Familia Tonko

De ser humano a código de museo

Los europeos lo llamaron «Henrico». Su cuerpo fue consumido por un chancro necrótico, una dolorosa infección bacteriana que produce úlceras gangrenosas, fulminado por un ecosistema de enfermedades desconocidas para el sistema inmune de su pueblo.

Tras su deceso, la degradación no cesó; su dignidad fue tratada como un trofeo académico. Sus restos, junto a los de la mayoría de su grupo, pasaron a integrar la Colección Anatómica de la Universidad de Zúrich bajo el frío código 74Zür, como es encontrado en los análisis de Gusinde y, rebautizado más tarde como AM74.

Aunque la vida de Henrico fue breve y trágica, más de un siglo después, la ciencia abrió un puente inesperado hacia el presente.

En 2015, su material genético fue incluido en un estudio internacional de la Universidad de Copenhague liderado por Maanasa Raghavan, titulado «Evidencia genómica de la historia poblacional del Pleistoceno y reciente de los nativos americanos». Su ADN quedó registrado en una base de datos compleja, pero que, leída con rigor, reveló una verdad profunda: una huella molecular kawésqar única e irrepetible.

La sangre reclama su historia

Casi en paralelo al estudio de Copenhague, otra investigación liderada por la arqueóloga Marta Alfonso-Durruty rastreaba el ADN de los kawésqar vivos. Fue entonces cuando ocurrió lo impensable: una familia de Puerto Edén descubrió que estaba genéticamente emparentada con el joven secuestrado en 1880. La familia Tonko. Nuestra familia.

El pasado, sepultado durante más de un siglo en una vitrina europea, regresaba de pronto a reclamar su lugar. La confirmación llegó en una carta dirigida a Juan Carlos Tonko Paterito:

«De acuerdo con nuestros resultados, usted, a través de su cromosoma ‘Y’ (linaje paterno), pertenece al haplogrupo llamado Q-FTG470. Hasta el momento, este haplogrupo solo se ha identificado entre los Kawésqar y, además de usted, no hay registro de otra persona viva con su mismo ADN (…). Hemos identificado dos individuos antiguos con el mismo haplogrupo: ‘Puerto Edén-13’ [un ancestro de hace 1.400 años] y ‘AM74’ [Henrico].»

Pasaron casi ciento treinta años para que Henrico iniciara el retorno. En 2010, gracias a la gestión de particulares y del personal del museo donde permaneció retenido, sus restos y los de otros tres compañeros regresaron a Chile.

Sin embargo, su repatriación al austro no fue el corolario de justicia que esperábamos. Para nuestra familia, este proceso estuvo viciado por el sesgo y el silencio institucional. Y pocos quisieron escucharnos.

Una repatriación sin ética ni justicia

Nuestra denuncia se sostiene en dos pilares fundamentales.

La primera es la razón cultural. Según la cosmovisión kawésqar, los difuntos deben permanecer en el lugar donde la muerte los encuentra; removerlos rompe la paz del tawaiselok (difunto). Los ancianos de nuestra familia se opusieron desde el primer momento. Pese a nuestro desacuerdo, el proceso continuó de forma unilateral, apartándonos de cualquier decisión sobre la sangre de nuestra propia sangre.

Y la segunda es la falta de buena fe. Repatriar a víctimas de secuestro, exhibición y tortura exige mucho más que un traslado logístico. Exige pedir perdón, asumir responsabilidades históricas y cumplir con el derecho internacional. Aquí no solo falló la ética de ciertos profesionales e instituciones museográficas; falló la responsabilidad de los Estados que, por acción u omisión, formaron parte de este horror. No hubo disculpas ni reconocimiento. Solo un cuerpo que volvía en silencio, ensanchando la grieta de una verdadera reparación.

Los zoológicos humanos no fueron una excentricidad aislada de la época; fueron una maquinaria política y comercial diseñada para inventar la supremacía racial occidental y justificar el colonialismo.

Queremos ser claros: no nos oponemos a que los ancestros excavados indiscriminadamente de sus sitios mortuorios regresen a sus tierras. Pero el caso de Henrico duele de otra manera. No hablamos de restos arqueológicos; hablamos de personas que estaban vivas, que tenían una comunidad, que amaban y eran amadas, y que fueron martirizadas hasta morir en la más absoluta soledad.

Guardianes del pasado y del futuro

Nunca ha sido nuestra intención abrir un conflicto; no está en nuestra naturaleza ni nos prestamos para espectáculos mediáticos. Pero hay silencios que se vuelven cómplices, y éste es uno de ellos. No podemos cruzarnos de brazos ante procesos que avanzan sin criterio, sin ética y bajo el amparo de una impunidad histórica, como si el paso del tiempo borrara las responsabilidades.

No queremos que se repita el espectáculo de hace dieciséis años. No queremos volver a ver a nuestros antiguos canoeros regresar envueltos en bolsas plásticas de feria, con sus huesos expuestos con la misma indignidad con la que fueron exhibidos en sus últimos instantes de vida, abriéndoles el sepulcro de la muerte.

Somos los guardianes de nuestros antepasados, pero también de los kawésqar que aún no han nacido. Las generaciones futuras nos juzgarán por lo que permitimos y por las decisiones que tomamos en momentos tan dolorosos como este. Por los que ya se fueron y por los que vendrán, tenemos el deber de actuar con templanza, respaldados por la verdad que hoy la ciencia nos entrega, para asegurarnos de que el futuro no nos olvide. Ni a nosotros, ni a Henrico.

Firman

Juan Carlos Tonko Paterito

José Tonko Paterito

Mercedes Tonko Paterito

María Tonko Paterito

Juliana Tonko Paterito

Ayelen Tonko Huenucoy

Gabriela Tonko Huenucoy

Juan Carlos Tonko Huenucoy

Francisco Tonko Huenucoy

Carla Sánchez Tonko

Miguel Sánchez Tonko

María José Gonzáles Tonko

Bibliografía

Gusinde, M. (1989). Los indios de Tierra del Fuego: Tomo 4. Antropología física. Zagier & Urruty Pubns.

De la Fuente, C., Ávila-Arcos, M. C., Galimany, J., Carpenter, M. L., Homburger, J. R., Blanco, A., … & Moraga, M. (2018). Genomic insights into the origin and diversification of late maritime hunter-gatherers from the Chilean Patagonia. Proceedings of the National Academy of Sciences, 115(17), E4006-E4012.

Raghavan, M., Steinrücken, M., Harris, K., Schiffels, S., Rasmussen, S., DeGiorgio, M., Albrechtsen, A., Valdiosera, C., Ávila-Arcos, M. C., Malaspinas, A. S., Eriksson, A., Moltke, I., Metspalu, M., Homburger, J. R., Wall, J., Cornejo, O. E., Moreno-Mayar, J. V., Korneliussen, T. S., Pierre, T., Rasmussen, M., … Willerslev, E. (2015). POPULATION GENETICS. Genomic evidence for the Pleistocene and recent population history of Native Americans. Science (New York, N.Y.), 349(6250), aab3884. https://doi.org/10.1126/science.aab3884

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