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El plástico ya llegó a la copa de los árboles: monos aulladores de Los Tuxtlas, Veracruz, tienen microplásticos en su organismo
Los monos aulladores de la Reserva de la Biosfera Los Tuxtlas, en Veracruz, ya conviven con uno de los contaminantes más extendidos del planeta: los microplásticos. Un estudio del Instituto de Ecología (INECOL) detectó estas partículas en más del 90 % de las muestras fecales analizadas, el primer registro metodológicamente robusto para un primate amenazado en América.
Los Tuxtlas es como entrar a otro mundo en el sur del estado de Veracruz; es la zambullida de muchos biólogos en el trabajo de campo. Es también alzar la vista y estar rodeado de ceibas y otros árboles de grandes alturas. Es esta misma zona volcánica la que proveyó el basalto con el que los olmecas esculpieron sus populares cabezas colosales.
Pero si hay algo que caracteriza a esta experiencia veracruzana, es despertar con las vocalizaciones profundas y resonantes de los monos aulladores (Alouatta palliata ssp. mexicana). Esta subespecie de pelaje azabache y larga cola prensil –que muchas veces rebasa la propia medida de su cuerpo– es capaz de emitir aullidos muy intensos, audibles a 2 km de distancia. Lo consigue gracias a un hioides especialmente desarrollado, un hueso con forma de herradura ubicado por debajo de la lengua y por encima del cartílago tiroides, que amplifica sus vocalizaciones.

Si tuviéramos una perspectiva satelital, el hogar del mono aullador se vería como un parche verduzco de selva húmeda, bosque de niebla y manglar; abrazado por las comunidades de Ángel R. Cabada, Santiago Tuxtla, San Andrés Tuxtla, Catemaco, Mecayapan, Tatahuicapan de Juárez, Soteapan y Pajapan.
En esta Área Natural Protegida que se localiza en las regiones de Los Tuxtlas y Olmeca, los monos se desplazan, incesantes, de una copa a otra. Es casi un oasis (tan sólo aquí se encuentran más de 100 especies de mamíferos) frente al devorador cambio de uso del suelo. Pese a ello, los monos aulladores demuestran ser capaces de vivir en espacios reducidos y adaptarse a los bosques cada vez más fragmentados e intervenidos.
Aunque esta subespecie ha demostrado ser resiliente en una reserva que no deja de enfrentar amenazas, no logró escapar del contaminante más distintivo de nuestra época: el plástico. Más específicamente, los microplásticos, pequeños fragmentos, fibras o partículas de menos de cinco milímetros de longitud. Ese fue el hallazgo de la investigadora María Fernanda Álvarez y sus colaboradores del Instituto de Ecología, A.C. (INECOL) y la Universidad Autónoma de Campeche.
En la investigación “Presence and hazard assessment of microplastics in mexican howler monkeys (Alouatta palliata ssp. mexicana) of the Los Tuxtlas Biosphere reserve, Mexico”, el equipo encontró que, pese a su estatus como Reserva de la Biosfera, Los Tuxtlas tampoco ha escapado de la contaminación por plástico. Y, con ella, las especies que alberga.

Cuando el plástico llega a la reserva
“Cuando iniciamos esta investigación, no creíamos, primero, que existiría la presencia de microplásticos en las heces. La subespecie es arborícola, es decir, vive en las copas de los árboles, y suponíamos que esa condición los expondría menos a los contaminantes presentes en el suelo”, recuerda Álvarez.
Tampoco esperaban encontrar las concentraciones detectadas. Al tratarse de un primate herbívoro cuya dieta se basa principalmente en frutas y hojas, el equipo asumía que su alimentación lo mantendría relativamente alejado de este tipo de contaminantes.
Los investigadores de recolectaron muestras fecales de monos aulladores en distintos puntos de la reserva. Más del 90 % contenía partículas plásticas. El hallazgo fue confirmado mediante espectroscopía infrarroja por transformada de Fourier (FTIR, por sus siglas en inglés), una técnica que permite identificar la composición de los materiales y determinar la estructura de sus moléculas.
Anteriormente, apenas un breve reporte había dado cuenta de microplásticos hallados en el tracto digestivo de monos aulladores rojos de Juruá (Alouatta juara), en Brasil. Por ello, y gracias a la metodología empleada, el trabajo encabezado por el equipo mexicano constituye el primer registro metodológicamente robusto de este contaminante en un primate amenazado de América.

Tras analizar los resultados (y superar la sorpresa), comenzaron las hipótesis. ¿Cómo había llegado esta contaminación hasta una zona tan rebosante de verde? ¿Cómo fue que estas moléculas se transportaron hasta la flora y la fauna de Los Tuxtlas?
“Nosotros teorizamos que el viento, que se ha reportado como una de las principales vías de transporte de los microplásticos, lleva este contaminante a largas distancias. Mediante deposición atmosférica, esas partículas se adhieren a la superficie de las hojas o los frutos y el mono las consume de manera accidental”, explica Álvarez.
El hallazgo se suma a un panorama ya de por sí complicado para la conservación de la subespecie. La International Union for Conservation of Nature (IUCN) la clasifica en la categoría “EN” (de endangered), o sea, un riesgo muy alto de extinción en estado salvaje debido a la pérdida continua de su hábitat.
Sin embargo, más recientemente, el 6 de junio de 2026, la actualización de la Norma Oficial Mexicana NOM-059-SEMARNAT-2010, que clasifica a las especies mexicanas según su nivel de riesgo, también la incluyó en la categoría de especie en peligro de extinción. La pérdida de bosque y la presión de la caza continúan reduciendo sus poblaciones.
Además, hace un par de años se reportó cómo muchos de ellos se desplomaron en respuesta a las temperaturas impulsadas por el cambio climático. A toda esa extensa lista, ahora, hay que sumar la presencia de microplásticos en su hábitat.
“Si hacemos una combinación de todas estas amenazas, los primates están expuestos y altamente estresados; esa exposición prolongada, a la larga, va a reducir las poblaciones”, explica la investigadora.

De las tienditas a las copas de los árboles
La científica plantea que la lluvia y las corrientes de aire no son los únicos medios de adherencia que consideraron; el acicalamiento (ese ritual social de limpieza mutua) podría ser una vía directa de ingesta accidental. “Incluso existe la posibilidad de que parte de esta carga contaminante esté siendo inhalada por los primates”, añade.
Al rastrear el posible origen de estos materiales sintéticos, el equipo dirigió su mirada hacia las comunidades que bordean la reserva. Desde la década de 1990, la fisonomía del consumo en las comunidades rurales de Los Tuxtlas se transformó con la llegada de las «tienditas» y su oferta de productos de grandes corporaciones de bebidas y alimentos. Con ellos, desembarcó también una diversidad de plásticos que hoy se agrupan en cuatro categorías predominantes, identificables a través del triángulo de Möbius y su numeración del 1 al 7.
Aunque el polietileno (PE) fue el microplástico más abundante detectado en las heces de los monos, los investigadores también documentaron una gran cantidad de residuos de PET, especialmente botellas de bebidas, dispersos en varios puntos de Los Tuxtlas, lo que sugiere múltiples fuentes de contaminación plástica.
“Sí se ha visto que cuando empezó a llegar el plástico a las tienditas en las localidades rurales dentro de la reserva, hubo un incremento en la basura”, explica Álvarez. “Una práctica muy común es la quema de residuos. Cuando se quema plástico, las partículas se vuelven altamente volátiles, permanecen suspendidas en el aire y eso facilita el transporte de los microplásticos a largas distancias.”

Lo que sigue para Los Tuxtlas y sus monos
Pero eso no significa que todo esté perdido. Los Tuxtlas sigue siendo uno de los refugios de biodiversidad más importantes de México. El estudio de Álvarez y sus colaboradores, sin embargo, añade una nueva capa de complejidad a su conservación. Proteger estos ecosistemas ya no implica únicamente detener la deforestación o restaurar el bosque. También exige enfrentar contaminantes capaces de recorrer kilómetros suspendidos en el aire hasta depositarse sobre las hojas de las que se alimentan los monos.
Desde hace años, la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (Conanp), el INECOL, la UNAM y diversas organizaciones locales impulsan programas de restauración forestal, monitoreo de fauna, educación ambiental y conservación de especies (como el mono aullador). El desafío ahora es incorporar la contaminación plástica a esas estrategias.
Para Álvarez, una parte de la solución comienza por fortalecer el vínculo entre la ciencia y las comunidades que habitan la reserva.
“Creo que hay una falta de acercamiento por parte de la academia hacia las poblaciones dentro de la reserva”, señala. “Yo iniciaría compartiendo esta información con las comunidades, de una manera entendible, no tan técnica, y trabajar conjuntamente para desarrollar planes de manejo.”
La investigadora considera que ese trabajo conjunto podría traducirse en acciones concretas, como reducir la quema de basura o evitar la instalación de vertederos dentro de los parches de bosque. Sin embargo, advierte que el problema rebasa los límites de la reserva. También será necesario llevar esta evidencia a las autoridades e impulsar políticas públicas que contribuyan a disminuir la producción de plásticos desde su origen.
“Creo que lo que urge es el simple reporte de los contaminantes en las especies y, si se puede, en especies en peligro de extinción”, concluye.

Mariana Mastache