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Mucho más que un paseo: Cómo la naturaleza puede favorecer el bienestar de personas neurodivergentes
Para muchas personas neurodivergentes, un bosque, un parque o una playa pueden representar mucho más que un espacio de recreación. Diversas investigaciones han asociado el contacto con la naturaleza con beneficios para la regulación emocional, la atención y el procesamiento sensorial. En entornos accesibles e inclusivos, estos espacios también pueden favorecer el aprendizaje, la autonomía y el bienestar, siempre considerando las necesidades de cada persona. En esta nota te contamos todos los detalles.
A veces, un bosque puede ser mucho más que un paisaje de fondo. Para algunas personas, el sonido del viento entre los árboles, la textura de las hojas o el simple hecho de caminar al aire libre puede convertirse en una experiencia de calma y regulación emocional. En un mundo que suele estar diseñado bajo parámetros considerados «típicos», la naturaleza ofrece un espacio de bienestar y conexión con el entorno.
Cada vez existe una mayor comprensión de que los seres humanos perciben, aprenden y se relacionan de manera única. En ese contexto, el concepto de neurodiversidad reconoce diferencias en el funcionamiento cerebral y, dentro de esta variedad, existen las personas neurodivergentes, cuyos procesos cognitivos, sensoriales o sociales difieren de aquellos considerados mayoritarios.
«La neurodivergencia implica formas diversas de aprender, comunicar, regular emociones y procesar el entorno. Por ello, más que interpretar estas diferencias como desafíos individuales, resulta fundamental comprenderlas en relación con las demandas del contexto, los apoyos disponibles y el grado de compatibilidad entre la persona y su ambiente», afirma Constanza Mella, fonoaudióloga experta en evaluación de autismo.
En esta línea, diversos estudios y experiencias han comenzado a evidenciar que la naturaleza puede desempeñar un papel relevante en el bienestar de algunas personas neurodivergentes. La exposición a espacios naturales, el contacto con los estímulos del ambiente y las actividades al aire libre se han asociado con beneficios en áreas como la atención, la regulación emocional, la interacción social y el procesamiento sensorial.

Distintas formas de percibir y habitar el mundo
Durante mucho tiempo, las diferencias en el funcionamiento del cerebro humano fueron entendidas principalmente desde una mirada médica. Sin embargo, en las últimas décadas ha surgido una perspectiva distinta: la neurodiversidad. Esta idea parte de un principio sencillo: así como no existen dos personas idénticas, tampoco lo hacen dos cerebros que trabajen exactamente de la misma manera.
Dentro de esta amplia variedad se encuentran personas cuyo desarrollo neurológico se aleja de aquello que estadísticamente se considera predominante. A estas personas se les denomina neurodivergentes o neuroatípicas. Se estima que representan entre un 15% y un 20% de la población y comparten ciertas características en su forma de percibir, interpretar e interactuar con el entorno, aunque cada experiencia es profundamente individual y no existen dos personas neurodivergentes iguales.

«La neurodivergencia es un término paraguas que describe a personas cuyo cerebro y mente funcionan de maneras que difieren de las expectativas normativas dominantes de la sociedad (Butcher & Lane, 2024). No es un diagnóstico clínico en sí mismo, sino un marco conceptual que reconoce la variación neurológica como parte constitutiva de la diversidad humana», explica Nicole Juul, psicóloga clínica y jefa del equipo de neurodivergencia en Grupo Clínico Más.
De esta manera, la neurodivergencia abarca un amplio conjunto de condiciones. Algunas son de origen genético o del neurodesarrollo, como el trastorno del espectro autista (TEA), el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), la dislexia, la discalculia, el síndrome de Tourette o el síndrome de Down. Otras pueden estar asociadas a enfermedades neurológicas, como algunos tipos de demencia, la epilepsia o el Alzheimer; a trastornos emocionales y de salud mental, como la ansiedad y la depresión; o a lesiones cerebrales adquiridas en diferentes etapas de la vida.
Estas diferencias pueden manifestarse en distintas áreas. Por ejemplo, en el ámbito social, pueden experimentar dificultades para interpretar ciertas normas implícitas de interacción, comprender expresiones faciales, dobles sentidos o determinadas convenciones sociales. Asimismo, la experiencia intelectual es muy diversa: algunas personas presentan dificultades de aprendizaje, mientras que otras desarrollan capacidades excepcionales en determinadas áreas de interés.


«Desde la perspectiva de la neurodiversidad, estas diferencias no son déficits que corregir sino variaciones naturales que, en contextos adecuados, pueden constituir fortalezas. La ciencia evolutiva ha propuesto que tanto el TDAH como el autismo persisten en la población porque han tenido valor adaptativo en distintos contextos a lo largo de la historia humana (Swanepoel et al., 2024). El objetivo del apoyo, en consecuencia, no es normalizar el cerebro neurodivergente, sino adaptar entornos y proveer apoyos individualizados. Este cambio de paradigma ha implicado una revisión profunda del rol profesional, el cual debe reconocer que existen formas de comunicación e interacción igualmente válidas y centrar la intervención en las metas, preferencias y bienestar de la propia persona neurodivergente (Gaddy & Crow, 2023)», ahonda Juul.
«Muchas personas neurodivergentes aprenden de manera más efectiva cuando el aprendizaje es experiencial, contextualizado y conectado con sus intereses. La estructura del aula convencional —alta demanda de atención sostenida, ritmo uniforme, procesamiento secuencial, poca variación sensorial— puede ser especialmente desafiante para personas con TDAH o autismo (Butcher & Lane, 2024). No obstante, la misma persona puede exhibir estados de hiperfoco de alta productividad cuando el tema la apasiona, o demostrar capacidades extraordinarias en áreas de interés especial, memoria de procedimientos y reconocimiento de patrones», agrega.
Por lo mismo, una de las características más relevantes en muchas personas neurodivergentes es la manera en que procesan los estímulos sensoriales. Estas diferencias pueden influir significativamente en la vida cotidiana, ya que situaciones que para algunas personas pasan desapercibidas pueden resultar abrumadoras o incómodas para otras.

«La hipersensibilidad (una mayor percepción de los estímulos) puede manifestarse como respuestas intensas a sonidos (ruidos de fondo, alarmas), luces (especialmente fluorescentes), texturas, olores o contacto físico, lo que se traduce usualmente en mayor estrés y evitación de esos estímulos. La hiposensibilidad (una menor percepción del estímulo) puede conducir a buscar activamente más input sensorial. Los perfiles mixtos son comunes: hipersensible en algunas modalidades e hiposensible en otras, con variaciones según el nivel de fatiga (Mantzalas et al., 2024)», señala Rosario Vacarezza médica cirujana y psiquiatra infanto-juvenil, especializada en autismo en niñas, adolescentes y mujeres.
Debido a esto, la regulación emocional también constituye un aspecto fundamental de la experiencia neurodivergente. Las emociones cumplen una función adaptativa en todas las personas, ya que preparan al organismo para responder ante distintas situaciones. Sin embargo, algunas personas neurodivergentes pueden presentar mayores dificultades para identificar lo que sienten, comunicar sus estados emocionales o gestionar determinadas experiencias de estrés, especialmente cuando se enfrentan a ambientes sobreestimulantes, cambios inesperados o situaciones que exceden sus capacidades de adaptación en ese momento.
«Las personas autistas pueden presentar estilos de comunicación social distintos que generan malentendidos frecuentes con personas neurotípicas. El concepto del “problema de la doble empatía” (Milton, 2012, como se cita en Mantzalas et al., 2024) señala que la dificultad comunicativa es bidireccional: no es solo que la persona autista no comprende a los demás, sino que los demás tampoco comprenden fácilmente a la persona autista», profundiza Juul.

Por todo lo anterior, el paradigma de la neurodiversidad propone abandonar la idea de que existe una única manera correcta de pensar, aprender o relacionarse. En lugar de intentar que todas las personas se adapten a un modelo homogéneo de funcionamiento, este enfoque invita a reconocer las diferencias neurológicas y a construir entornos más accesibles, flexibles e inclusivos, donde cada persona pueda participar plenamente y desarrollar su potencial desde su propia forma de experimentar el mundo.
«Es importante entender la neurodivergencia no como una categoría rígida, sino como un espectro, en donde se presentan múltiples maneras de conocer el mundo: procesar estímulos, comunicarse, relacionarse, expresarse, etc. Esto no significa que «todos/as seamos neurodivergentes”, sino que las características neurocognitivas varían en cada persona, ya sea en intensidad, combinación e impacto. Desde aquí es fundamental dejar de ver las diferencias como una imposibilidad o déficit, o solo centrarnos en lo que debamos corregir, sino que se trata, sobre todo, de acompañar. Creo firmemente en que es responsabilidad del entorno comprender y ser capaces de facilitar el desarrollo armónico de niñas y niños, en un ambiente que se adapte a cada uno», menciona María de los Ángeles Scheel Martínez, psicóloga infanto-juvenil.

Un espacio de bienestar y regulación
Aunque la investigación sobre la relación entre la naturaleza y la neurodivergencia aún es relativamente reciente, cada vez existe más evidencia de que los entornos naturales pueden desempeñar un papel significativo en el bienestar de muchas personas neurodivergentes. Bosques, parques, playas, montañas o jardines ofrecen experiencias sensoriales y emocionales distintas a las que predominan en los entornos urbanos, generando espacios que, para muchas personas, pueden resultar más predecibles, menos invasivos y emocionalmente restauradores.
«La verdad es que, en general, se evidencian aspectos positivos, porque la naturaleza permite mucho el uso de estrategias de autorregulación. Todo va a depender de esta manera peculiar que tengamos de procesar. Puede que nos beneficie y que sea muy bueno para poder permitir esta autorregulación, porque como nosotros no podemos controlar 100% las cosas que pasan en nuestro ambiente, tenemos que ir generando estrategias para poder sentirnos a gusto, porque no siempre voy a poder estar en esa zona de confort», apunta Karina Henríquez Araya, terapeuta ocupacional del Centro multidisciplinario PIE de la Corporación Municipal de Desarrollo Social de Antofagasta (CMDS).
Uno de los principales beneficios de la naturaleza tiene relación con la atención y la concentración. Diversos estudios han mostrado que la exposición a espacios verdes puede favorecer la capacidad de mantener el foco, disminuir la fatiga mental y mejorar determinadas funciones cognitivas. Esto resulta especialmente relevante en personas con TDAH, quienes con frecuencia presentan dificultades para sostener la atención, organizar actividades o regular la impulsividad.


«Las condiciones que entrega la naturaleza para poder entender, transmitir, informar y educar es muy alta. Yo lo vengo viviendo desde los dos años con mi hijo. Mi hijo ahora tiene 6 años y se sabe todos los animales marinos. Tú le puedes preguntar cualquiera y él te puede dar una charla acerca de ellos. También le gusta mucho analizar y se concentra mucho cuando está en la naturaleza observando algo específico como, por ejemplo, unos bichos que se suben a una palmera», relata María Jesús Aguirre, encargada de proyectos educativos, en el área de medio ambiente de la Fundación Ibáñez Atkinson, y madre de Luciano, pequeño con TEA.
«Él puede estar prácticamente todo un día mirando esos bichos, como interactúan, y después te puede enseñar acerca de cómo esos bichos trabajan en conjunto entre ellos para poder potenciar esa palmera. Entonces, creo que la naturaleza, aparte de ayudarlos a regularse, los ayuda a enfocarse, a concentrarse, a entender mucho mejor y a participar también», agrega.
Una de las explicaciones propuestas para este fenómeno es la Teoría de la Restauración de la Atención (ART), desarrollada por los investigadores Rachel y Stephen Kaplan. Según esta perspectiva, la atención dirigida —la capacidad de concentrarse en tareas que exigen esfuerzo cognitivo— puede agotarse después de periodos prolongados de demanda mental. Los entornos naturales, en cambio, captan la atención de manera más suave y espontánea, permitiendo que el cerebro descanse y recupere recursos cognitivos esenciales para la regulación de la conducta, el aprendizaje y la toma de decisiones.


«Los entornos naturales ofrecen “fascinación suave” —el movimiento del agua, las hojas, los pájaros— que captura la atención involuntariamente sin esfuerzo cognitivo. Esto permite que los circuitos de atención dirigida agotados descansen y se recuperen (Kaplan & Kaplan, 1989; Berto et al., 2024)», señala Juul.
La naturaleza también parece desempeñar un papel importante en el procesamiento sensorial. Muchas personas neurodivergentes experimentan el mundo a través de sensibilidades sensoriales distintas. Algunas pueden sentirse sobrepasadas por el ruido constante, las luces intensas, la multitud o la cantidad de estímulos presentes en los entornos urbanos; otras, en cambio, requieren una mayor estimulación para satisfacer sus necesidades sensoriales.
En este contexto, para algunas personas con hipersensibilidad, estas experiencias pueden convertirse en oportunidades de exposición controlada a estímulos diversos, favoreciendo una mayor tolerancia y adaptación. En comparación con ambientes altamente estructurados y artificiales, los bosques, parques o campos ofrecen mayores posibilidades de exploración libre, menor presión social y más oportunidades para interactuar con el entorno de acuerdo con los propios intereses y ritmos de cada persona.


«Ella (Amelia) al principio era muy confianzuda, costaba mantenerla a salvo o poder hacer otras actividades de forma segura. Noté que dándole tareas simples ella se sentía parte y, cuando ella se empezó a sentir parte, empezó a ser menos confianzuda y a mirar un poco más el entorno, a entenderlo mejor. Ella tiene que sentir el viento, mantener el equilibrio, tiene que moverse sobre la cubierta de cierta manera. Aprendió que tiene que seguir ciertas reglas, porque si no todos corremos riesgos. Siento que funcionó muy bien y le aporta a ella un tema de percepción del entorno», relata Gabriela Andrea Fontecilla Habib, ingeniera agrónoma y madre de Amelia, pequeña con síndrome de Down a quien lleva constantemente a navegar junto con el resto de la familia.
«Nosotros no surfeamos ni navegamos para que ella sea como los demás, sino que lo hacemos para que ella desarrolle al máximo sus propias capacidades, disfrute de la vida y crezca sabiendo que el mar o la naturaleza es parte de ella y de la sociedad. La verdad es que todos pertenecemos a este entorno y nadie es aparte», añade.
Otro aspecto fundamental es el impacto de la naturaleza sobre la salud mental. Las personas neurodivergentes, especialmente aquellas dentro del espectro autista, presentan con mayor frecuencia niveles elevados de ansiedad, estrés y dificultades relacionadas con la regulación emocional. Los cambios inesperados, la sobrecarga sensorial o las exigencias sociales pueden generar estados de agotamiento y desregulación que afectan significativamente su bienestar.

La Teoría de la Recuperación del Estrés, propuesta por el investigador Roger Ulrich, plantea que la exposición a entornos naturales seguros produce efectos restauradores sobre el organismo, disminuyendo las respuestas fisiológicas asociadas al estrés. La naturaleza puede reducir la tensión, favorecer la sensación de calma y generar experiencias de seguridad emocional, elementos especialmente relevantes para personas que suelen desenvolverse en entornos que no siempre consideran sus necesidades particulares.
«Está comprobado que el pasar tiempo al aire libre disminuye el estrés y la activación fisiológica, lo que lleva a un estado de calma, permitiendo mayor y mejor contacto consigo mismo y el entorno. Desde aquí, creo que es crucial retomar los ritmos más lentos que nos entrega un entorno natural, ya que permite mucha simbolización, representa distintos estados, procesos, etc. Con niños donde a veces existen dificultades en la expresión verbal, les permite expresarse de forma más libre», comenta Scheel.
«La naturaleza opera bajo ritmos predecibles —el movimiento del viento, el sonido del agua, la luz que filtra entre hojas— que no son monótonos pero tampoco impredeciblemente disruptivos. Para personas neurodivergentes que experimentan alta ansiedad ante la incertidumbre, esta combinación puede ser profundamente regulatoria. Es lo que la ART denomina “compatibilidad”: el entorno se ajusta a las necesidades del individuo sin exigirle adaptación constante (Berto et al., 2024)», agrega Juul.

Debido a todo lo anterior, las actividades al aire libre también se han asociado con mejoras en múltiples áreas del desarrollo. Investigaciones realizadas con niños autistas han observado avances en aspectos como la interacción social, la comunicación, el comportamiento y la actividad física, entre otras más. Entre los beneficios reportados con mayor frecuencia destaca una mayor capacidad para relacionarse con otras personas.
«Muchos de estos niños se aíslan, porque obviamente la gente los discrimina. Al tener estas desregulaciones, muchos niños o padres no quieren que los lesionen o les hagan daño. Entonces, para nosotros como papás, el hecho de poder trabajar con la naturaleza hace que nuestros hijos se vean más beneficiados por el apoyo de otros niños. La naturaleza ha hecho que mi hijo tenga amigos, que mi hijo pueda trabajar tranquilamente con otros niños, fomenta la parte social», cuenta Aguirre.
«Con una amiga de Huelquén creamos Jardín La Higuera (@higuera_plantas), un vivero donde nuestro objetivo era cuidar y reproducir distintas plantas, especialmente suculentas. Ambas nos dimos cuenta de que esto que partió como un hobby, terminó siendo un espacio terapéutico, de mucha reflexión, conexión y momentos de calma. La sensación de capacidad que les entrega a los niños hacer y ver crecer una planta —y enfrentarse a todos los desafíos que esto implica—, hace que se fortalezca el sentido de sí mismos, lo que les permite moverse más seguros por el mundo a la vez que van logrando mayor compromiso con el entorno», comparte Sheel por su parte.



A pesar de ello, es importante evitar una visión idealizada de la relación entre naturaleza y neurodivergencia. No todas las personas neurodivergentes experimentan los entornos naturales de la misma manera. Algunas pueden sentirse incómodas frente a determinados estímulos, como la vegetación densa, los insectos, ciertos sonidos o los cambios impredecibles del ambiente. Otras pueden requerir apoyos específicos para participar en actividades al aire libre, comprender las dinámicas de determinadas experiencias o sentirse seguras en entornos menos estructurados.
«Una persona con hipersensibilidad auditiva puede encontrar el ambiente del bosque —lleno de sonidos de pájaros, viento e insectos— más sobrecargante que regulatorio. Una persona con hipersensibilidad táctil puede encontrar la textura de la tierra, la hierba o los insectos extremadamente displacentera. El propio estudio de Friedman et al. (2023) documenta que, aunque la mayoría de los participantes autistas reportaron beneficios de la naturaleza, una minoría describió sobrecarga sensorial», explica Juul.
«El acceso a la naturaleza no es universal ni ha sido siempre positivo. Muchos adultos neurodivergentes tienen experiencias negativas de infancia en entornos naturales: excursiones escolares abrumadoras, presión para participar en actividades físicas grupales, sensación de incomprensión. Estas experiencias pueden hacer que la naturaleza evoque ansiedad antes que calma (Friedman et al., 2025)», añade.

Por ello, el verdadero potencial de la naturaleza como herramienta de bienestar radica en la posibilidad de diseñar espacios naturales y experiencias inclusivas. En un mundo que suele exigir a las personas neurodivergentes adaptarse constantemente a entornos pensados para la mayoría, los paisajes naturales pueden ofrecer algo profundamente valioso.
«Muchas veces pensamos que para hacer un espacio inclusivo hay que hacer grandes cambios, pero creo que haciendo pequeños ajustes se puede marcar una enorme diferencia. Por ejemplo, ofrecer información clara del lugar, señalética simple, disminuir estímulos innecesarios, contar con espacios tranquilos para regularse si es necesario, capacitar a las personas que trabajen ahí en conocimientos básicos sobre neurodivergencia, entre otras medidas. Insisto en la idea de que, si entendiéramos que todos tenemos distintas formas de procesar los estímulos y relacionarnos con el ambiente, los espacios inclusivos se darían de manera más natural. Creo que vamos en esa dirección», sentencia Scheel.

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Jǒzepa Benčina Campos