-
En el próximo Cyber, dale una segunda oportunidad a tus prendas antes de comprar: Patagonia reparará ropa de cualquier marca
28 de mayo, 2026 -
¿Sin panorama para este fin de semana? Estos son algunos imperdibles para el Día de los Patrimonios 2026
28 de mayo, 2026 -
Aprobación del megapuerto de San Antonio alerta al Humedal del Río Maipo: «Nos preocupa una decisión que podría comprometer la integridad del ecosistema»
28 de mayo, 2026
La historia de Tulor, esa aldea de la que seguro has escuchado, pero que estuvo oculta por 1.700 años en San Pedro de Atacama
Durante siglos, la Aldea de Tulor permaneció sepultada bajo las dunas del desierto de Atacama. Hoy, este sitio arqueológico revela cómo vivieron algunas de las primeras comunidades sedentarias del norte de Chile, capaces de desarrollar agricultura, ganadería y redes de intercambio en uno de los entornos más extremos del planeta. Su redescubrimiento en la década de 1950 transformó la arqueología atacameña y abrió una carrera contrarreloj para conservar unas frágiles estructuras de barro amenazadas por el clima, el paso del tiempo y la intervención humana.
La arena se mueve lento en el desierto de Atacama, pero nunca se detiene. Empujadas por el viento, las dunas avanzan cubriendo y descubriendo fragmentos de un pasado que parecía perdido. Bajo ese paisaje árido, a pocos kilómetros de San Pedro, permaneció enterrada durante siglos una de las aldeas más antiguas del norte de Chile: Tulor.
«Tulor no es solamente relevante para el norte de Chile, sino que lo es para el mundo entero, porque corresponde a una etapa que es el neolítico, a un estadio de desarrollo, donde la aldea de Tulor está muy bien conservada. Entonces, no solamente podemos estudiar la arqueología, sino que las huellas y el comportamiento social de la gente de esa época. Y es el sitio neolítico mejor conservado del mundo. Dicho por un profesor que yo tuve en Francia, Jean Guilaine», afirma Ana María Barón, arqueóloga de la Universidad de Chile y máster en el Instituto de Paleontología Humana (París).
Hoy, quienes recorren el sitio encuentran senderos delimitados, réplicas de antiguas viviendas y muros de barro apenas asomando entre la arena. Pero mucho antes de convertirse en un lugar visitado por turistas y estudiado por arqueólogos, Tulor fue el centro de una comunidad que logró asentarse en uno de los territorios más extremos del planeta, desarrollando agricultura, ganadería y extensas redes de intercambio cultural en pleno desierto.

«Indica que hubo ocupación temprana extendida en el oasis y no solamente en las quebradas o en la cordillera, en un lugar que podríamos decir ya es más altiplánico, más planicie. En ese momento era mucho más húmedo, tenía mucha más cobertura vegetal que en la actualidad. Entonces, ayuda a entender cómo el ser humano empezó en esta región tan inhóspita, a asentarse en aldeas más extensas, más complejas. También ayuda a entender cómo se ha modificado el paisaje a través del tiempo. Esa es un poco la relevancia que tiene este sitio», señala Leonel Salinas, licenciado en Educación y profesor de Historia y Geografía, quien además pertenece a la Comunidad Atacameña de Lasana.
De esta forma, el hallazgo de Tulor en la década de 1950 marcó un antes y un después para la arqueología del norte de Chile. Lo que inicialmente parecía un pequeño conjunto de cimientos terminó transformándose en uno de los descubrimientos más relevantes sobre las primeras comunidades agropastoriles de la zona atacameña. Las excavaciones posteriores permitieron reconstruir la arquitectura del lugar, así como aspectos de la vida cotidiana, las relaciones comerciales y la adaptación humana al desierto.
Sin embargo, el sitio enfrenta una fragilidad permanente. El viento, las lluvias estivales, las sales presentes en el suelo y el paso humano amenazan constantemente unas estructuras hechas de barro que llevan más de dos mil años resistiendo las transformaciones del paisaje. Actualmente, la conservación de Tulor depende de un delicado equilibrio entre investigación, turismo y protección patrimonial.


Una aldea levantada en medio del desierto
La Aldea de Tulor se ubica al suroeste de San Pedro de Atacama, entre los ayllus de Tulor y Coyo, en el borde norte del Salar de Atacama. En el pasado, las aguas del río San Pedro circulaban cerca del asentamiento y generaban zonas fértiles capaces de sostener actividades agrícolas y ganaderas en pleno desierto.
Los estudios arqueológicos sitúan el origen de Tulor alrededor del 400 a.C., aunque algunas investigaciones proponen fechas todavía más tempranas. Su ocupación se habría extendido por varios siglos, hasta aproximadamente el 300 d.C., estimándose así una antigüedad media del sitio en unos 2.800 años hasta el presente. Durante ese período, la aldea se transformó en uno de los principales centros humanos del oasis atacameño y en un punto estratégico para las rutas de intercambio que conectaban distintos territorios andinos.



Más allá de las fechas, Tulor pertenece a un momento clave en la historia del norte de Chile: el tránsito desde modos de vida más móviles, basados principalmente en la caza y la recolección, hacia sociedades sedentarias capaces de desarrollar agricultura, ganadería y formas de organización social más complejas. En ese proceso, el control del agua fue fundamental.
«La cercanía a este recurso hídrico favoreció, por una parte, la agricultura, pero sobre todo la ganadería. Y nos ayuda a entender un poco también la importancia que tenía la relación entre el hombre y los demás animales. Porque se entiende que muchas veces la amplitud térmica que hay acá en la Región de Antofagasta, en el desierto, muchas veces no es muy adecuada para la agricultura, pero sí tiende a ser un poco más adecuada para la ganadería, en particular la ganadería camélida. Las llamas, las alpacas, no solamente eran una fuente de alimentación para estas primeras comunidades atacameñas, sino que también de vestimenta y de transporte. Es bastante importante considerar el rol que tuvo la ganadería en estos primeros asentamientos, en esta primera etapa de la sedenterización y de la complejización de las aldeas», señala Salinas.
Gracias al caravaneo, las comunidades atacameñas lograron establecer vínculos con pueblos del altiplano boliviano, el noroeste argentino y la costa del Pacífico. Tulor se convirtió así en un nodo de intercambio cultural y económico dentro del área centro-sur andina. Los objetos encontrados en el sitio reflejan esa intensa movilidad: cuentas elaboradas con conchas marinas traídas desde la costa, plumas de aves tropicales, cerámicas provenientes de otras regiones y distintos bienes manufacturados que circulaban entre comunidades separadas por enormes distancias.

La aldea (Aldea de Tulor 1) no era un asentamiento improvisado ni pequeño. Las investigaciones han identificado más de un centenar de estructuras conectadas entre sí, distribuidas en distintos sectores del sitio. El núcleo principal estaba compuesto por 26 recintos circulares unidos mediante pasillos y muros que formaban patios, bodegas y espacios comunes. Algunas estimaciones señalan que el complejo principal abarcaba varios metros cuadrados, mientras otras estructuras se extendían por kilómetros en los alrededores.
«La agricultura, la cerámica y el pastoreo están presentes en Tulor. Hay aldeas paleolíticas aquí en San Pedro, subiendo por los dos ríos que hay acá, el San Pedro y el Vilama, especialmente en el Vilama, hay aldeas paleolíticas. Estas son de pura piedra, nada de agricultura ni nada de cerámica, porque solo eran pastores. Entonces, esto nos permitió darnos cuenta de que aquí se trataba de un estadio neolítico, donde la agricultura y la ganadería ya estaban establecidas, porque encontramos maíces chiquititos, los primeros maíces probablemente, y encontramos cerámica, que es una tecnología que está claramente asociada al neolítico. Es un salto enorme que se da en la evolución de la humanidad», comenta Barón.
Por otra parte, la arquitectura de Tulor representa uno de los ejemplos más tempranos y sofisticados del trabajo con barro en los oasis atacameños. Las construcciones fueron levantadas utilizando bloques modelados directamente en el lugar con sedimentos arcillosos provenientes del río San Pedro. A diferencia del adobe tradicional utilizado en otras zonas, este material no contenía paja ni fibras vegetales. Los bloques se superponían sin argamasa y posteriormente los muros eran revestidos con barro más fino.

«Lo que hace particular a Tulor es evidentemente el patrón constructivo en forma de paneles de abeja. Están todos los recintos circulares interconectados unos con otros y los que no es porque eran depósito de almacenamiento. Pero es importante señalar que Tulor tuvo dos momentos de ocupación. Un momento de ocupación en donde vivía la gente, y que debe haber sido hacia el año 200 antes de Cristo, y otro momento en donde fue utilizado como cementerio, que es posterior», explica Ulises Cárdenas, arqueólogo y licenciado en Antropología.
«Este sitio nos da cuenta de algo maravilloso que tiene el ser humano en general y es la capacidad de poder adaptarse a casi cualquier entorno. Es decir, ellos ocuparon barro, que era trasladado, que venía desde los aluviones del río San Pedro. No tuvieron que cargar piedras desde la cordillera hasta la planicie, sino que utilizaron lo que tenían a disposición», complementa por su parte Salinas.
En ese sentido, las formas curvas de las viviendas no respondían únicamente a una decisión estética. En un territorio marcado por fuertes vientos, altas temperaturas diurnas y noches extremadamente frías, las estructuras circulares ofrecían mayor estabilidad y protección climática. Los muros gruesos ayudaban a conservar temperaturas más estables en el interior, mientras los pasillos estrechos y espacios aglutinados reducían la exposición al viento y a la radiación solar.


Algunas investigaciones sostienen que varios de estos recintos tenían techumbres abovedadas construidas con materiales vegetales y cuero de llama. La organización compacta de la aldea también habría favorecido la vida comunitaria y el desarrollo de actividades compartidas.
«Durante mis excavaciones encontramos cuerpos humanos escondidos o enterrados en algunos sectores, no en las casas redondas de barro, sino que entre los pasillos, entre los huecos de los pasillos, lo que demostraba una manera de entender que cuando uno se moría no se llevaba a un lugar lejano, sino que era parte de la vida que continuaba. Arquitectónicamente, fue un hallazgo maravilloso, porque nunca se había encontrado un sitio tan bien conservado y de casi 3.000 años de antigüedad», ahonda Barón.
Debido a lo anterior, los arqueólogos consideran que Tulor refleja una etapa de creciente estratificación dentro de las sociedades atacameñas. La consolidación de la agricultura y el intercambio comercial habría permitido acumular recursos y especializar algunas tareas, transformando progresivamente la organización de la comunidad. Aunque todavía existen muchas preguntas abiertas sobre la estructura social de sus habitantes, el sitio muestra señales claras de una sociedad más compleja que las comunidades cazadoras-recolectoras anteriores.


Sin embargo, el paisaje que permitió el surgimiento de la aldea comenzó a transformarse con el paso del tiempo. Diversos estudios indican que cambios climáticos y alteraciones en el curso del río San Pedro redujeron progresivamente la disponibilidad de agua en el sector. El avance de la desertificación y el desplazamiento de grandes dunas terminaron afectando las condiciones que sostenían la vida en el asentamiento.
Por lo mismo, se cree que el abandono de Tulor fue gradual. A medida que el entorno se volvía más árido y hostil, la población habría migrado hacia otros sectores del oasis atacameño. Posteriormente, algunas áreas del sitio pudieron haber sido utilizadas como espacios funerarios por comunidades posteriores. Finalmente, la arena cubrió por completo las estructuras, enterrando la aldea durante más de 1.700 años.
«El abandono del sitio se puede explicar porque evidentemente los recursos hídricos disminuyeron, y las aguas del río ya no pasaban tan cerca del lugar. Para los habitantes de Tulor era más práctico moverse a un lugar donde realmente el recurso hídrico estuviera más presente. En términos climáticos, esto también generó el hecho de que las ruinas fueron cubiertas por una gran duna, que también la conservó intacta», apunta Cárdenas.


Paradójicamente, ese mismo proceso de sepultamiento ayudó a preservar parte importante del sitio arqueológico. La duna actuó como una especie de capa protectora natural que frenó temporalmente el deterioro causado por el viento y las variaciones extremas de temperatura. Gracias a ello, Tulor logró llegar hasta el presente como uno de los testimonios más antiguos y relevantes sobre las primeras sociedades sedentarias del desierto de Atacama.
«Las condiciones que obligaron a su despoblamiento fueron también las condiciones que favorecieron la conservación, es decir, la desertificación que se dio cuando esta aldea estaba poblada obligó a las personas a buscar otros asentamientos, otros lugares. Terminó cubriendo de arena el sitio. Pero fue esa misma cobertura de arena la que finalmente ayudó a conservar los muros, que en ese momento eran en definitiva una especie de experimento arquitectónico. No era un trabajo en adobe, no tenía fibras vegetales que pudieran darle coherencia y cohesión al barro. Entonces, si es que esta aldea no se hubiera sepultado en arena, que la contenía un poco, contenía los muros, probablemente ahora no podríamos estar hablando del nivel de conservación que tiene», ahonda Salinas.

El redescubrimiento de Tulor
Durante siglos, la Aldea de Tulor permaneció oculta bajo el desierto. Las dunas avanzaron lentamente sobre las antiguas construcciones hasta cubrirlas casi por completo, dejando apenas pequeñas irregularidades visibles en la superficie.
El sitio volvió a llamar la atención recién a mediados del siglo XX, en un momento en que la arqueología del norte de Chile comenzaba a desarrollarse con mayor fuerza. En esa época, gran parte de la historia prehispánica de San Pedro de Atacama seguía siendo poco conocida y muchos de los asentamientos antiguos permanecían sin estudiar. Fue en ese contexto que el sacerdote jesuita Gustavo Le Paige comenzó sus exploraciones en los alrededores de San Pedro de Atacama.
En 1956, durante una de esas expediciones, detectó unas estructuras apenas visibles entre las dunas al suroeste del oasis. Lo que sobresalía del terreno parecían pequeños muros erosionados o cimientos de antiguas edificaciones. En ese momento, Le Paige interpretó el hallazgo como los restos superficiales de una aldea temprana destruida por el tiempo y el desierto.


«Le Paige llegó en 1955 y lo destinaron a Chuquicamata. Él era un experto en la prehistoria. En la provincia de Loa había mucha prehistoria. Muchos sitios arqueológicos. Entonces, él recorrió todos los lugares, subió a los cerros, a los santuarios incas, habló del paleolítico con los conceptos europeos, africanos, que son distintos a los que inventaron los norteamericanos. Uno de los lugares que conoció, porque caminó mucho, fue Tulor. Caminó mucho por el faldeo de la duna y se dio cuenta de que, a lo largo de esa duna, que tiene como 5 km, habían hecho casas y corrales de adobe, de barro. Él lo describió por primera vez. Excavó en algunos sectores y encontró unos cuerpos, los que se supone están en el museo y dijo: “Esto es para los arqueólogos del futuro”», recuerda Barón.
Años más tarde volvió a registrar el sector y elaboró nuevos planos que mostraban una mayor cantidad de estructuras. Sin embargo, todavía no se comprendía la verdadera magnitud del sitio. El gran cambio llegó recién en 1981, cuando la arqueóloga Ana María Barón retomó el estudio de Tulor y comprobó que aquellas aparentes bases no eran cimientos, sino la parte superior de muros que seguían enterrados bajo la arena. Ese descubrimiento cambió por completo la interpretación arqueológica del lugar. Tulor no era un conjunto arrasado por el tiempo, sino una aldea parcialmente intacta, preservada bajo capas de arena acumuladas durante siglos.
«Yo era arqueóloga titulada en la Universidad de Chile y cuando empecé a trabajar en Tulor fue mi primer trabajo profesional. Entonces, empecé a excavar con amigos nada más. Estaba muy cubierta de arena y mucho material cultural en su superficie. Después invité a trabajar conmigo a otros y me conseguí financiamiento privado de Don Manuel Santa Cruz y Don Hugo Yaconi. Entonces, de ahí empecé a tener financiamiento para investigar y pude llevar a Tulor estudiantes de arqueología, antropología y periodismo de la Universidad Católica. Como eran jóvenes incluso hubo matrimonio entre ellos», relata Barón.

«Fue una excavación que dio a conocer una etapa de nuestro desarrollo como humanidad, en un sitio muy bien conservado. Cuando yo excavé nos dimos cuenta de que las murallas, en su parte mejor conservada, tenían dos metros de alto. No eran adobe como lo trajeron los españoles, sino que era barro mezclado con cerámica, con piedra, con hueso, materiales culturales de esa época. Y nos dimos cuenta de que se trataba de una organización social muy compleja, que tenía habitaciones, bodegas, patios de trabajo», agrega.
Con el desplazamiento natural de las arenas, las estructuras volvieron a quedar expuestas a la intemperie. El viento empezó a desgastar rápidamente los muros de barro, mientras las sales presentes en el suelo y las variaciones extremas de humedad y temperatura aceleraban el deterioro.
Los investigadores detectaron que el principal problema afectaba las partes superiores de los muros, conocidas como cabezales. Allí se producían constantes procesos de cristalización y recristalización de sales debido a la humedad nocturna, las lluvias estivales asociadas al llamado “invierno boliviano” y las posteriores altas temperaturas diurnas. Estas alteraciones debilitaban la cohesión del barro hasta volverlo extremadamente frágil.

A eso se sumaba el impacto constante de los fuertes vientos característicos del Salar de Atacama. Las partículas de arena y sal golpeaban las estructuras como una lija permanente, erosionando lentamente las superficies expuestas. En algunos sectores, el desgaste llegó a provocar desprendimientos y pérdidas irreversibles de material arqueológico.
Las diferencias extremas entre el calor del día y las temperaturas nocturnas bajo cero también generaban daños importantes. Los cambios térmicos producían tensiones internas en los muros, formando microfisuras y grietas. Cuando la humedad presente en los materiales se congelaba durante la noche, aumentaba de volumen y fracturaba progresivamente las estructuras desde el interior.
«La amplitud térmica y las humedades relativas que se pueden dar generan cristalizaciones dentro del barro. Entonces, ¿qué pasa con ese barro? Como es compacto, con la amplitud térmica se empieza a hacer un movimiento particular y generar una tensión que finalmente acaba erosionando la estructura. Si la arena no contuviera esos muros podrían haberse desplomado hace mucho tiempo. También está el tema del viento, que está terminando de descubrir a la aldea, erosionar los muros. Se podría decir que el trabajo de restauración y conservación que se hizo en los 80 ha permitido resguardar un poco ese complejo arquitectónico», comenta Salinas.

A todos esos factores naturales se agregó durante décadas la intervención humana. Antes de que existieran medidas de protección, las visitas al sitio no eran reguladas. Muchas personas caminaban directamente sobre los muros, retiraban fragmentos arqueológicos como recuerdo o dañaban sectores sensibles sin conocer su fragilidad. El saqueo y la recolección de objetos culturales se transformaron en un problema constante.
«Una de las cosas que permite conservar el sitio es el polo turístico, pero al mismo tiempo el polo turístico representa en cierta medida una amenaza. Es precisamente esa amenaza que se dio hasta fines del siglo pasado, donde las personas no tenían el mismo respeto que los comuneros locales, generaban daños. Cuentan muchas personas que incluso entraban en moto al sitio. Entonces, se dio una desprotección enorme que, a pesar de que una buena cantidad del área de la aldea estaba todavía cubierta por la arena, sí generaba un daño enorme», señala Salinas.
«Lamentablemente, a veces mucha gente colapsa la capacidad de carga que tiene el lugar, aunque si bien la comunidad de Coyo administra, muchas veces puede ser que entre mucha gente y, si bien ahí hay una pasarela, es difícil controlar o dejar que circulen muchas personas. Ese es un tema, y lo otro que también se hizo en algún momento, es la visita clandestina de personas que van al lugar a hacer fiesta, a hacer fogata», añade Cárdenas por su parte.
Del mismo modo, los propios trabajos arqueológicos también plantearon desafíos. Cada excavación implicaba retirar la arena que había protegido las estructuras durante siglos, exponiéndolas nuevamente al ambiente desértico. Los investigadores comenzaron entonces a enfrentarse a una pregunta compleja: cómo estudiar y mostrar el sitio sin acelerar su destrucción.

La lucha para conservar y estudiar el sitio
Frente a ese escenario, durante las décadas de 1980 y 1990 se realizaron diversas investigaciones orientadas específicamente a la conservación de Tulor. Se instalaron estaciones meteorológicas para medir las condiciones ambientales del lugar y se construyeron áreas experimentales donde se probaron distintos métodos de protección para los muros de barro.
Uno de los sistemas evaluados consistió en reforzar las partes superiores de las estructuras mediante técnicas conocidas como “capping”, que buscaban reemplazar sectores deteriorados con materiales de características similares a las originales. El objetivo era proteger los muros sin alterar su comportamiento físico frente a la humedad y los cambios de temperatura.
«Ahí conocí a un señor que se llamaba Eduardo Muñoz, y él trabajaba en la conservación de fuertes en el norte de Chile, de fuertes militares que eran de barro. Entonces, él trabajaba en la Universidad de Chile y yo lo invité a trabajar en Tulor. Él hizo muchos experimentos, pruebas en la cabeza de los muros donde excavábamos, para que no se los llevara el viento. Ahí ocupaba cola fría y otros elementos químicos, que permitieron experimentar la mejor forma de conservar esas partes de arriba de los muros. Yo también construí una muralla, una muralla de adobe, en donde venía el viento más fuerte, para que chocara directamente allí la arena. Así que es el primer sitio arqueológico de Chile en el que se hizo excavación científica e investigación de la conservación», profundiza Barón.

Paralelamente, los arqueólogos desarrollaron experiencias de arqueología experimental construyendo réplicas de viviendas circulares similares a las originales. Estas reconstrucciones no solo ayudaron a comprender cómo vivían los antiguos habitantes de Tulor, sino también a estudiar las técnicas constructivas y probar posibles estrategias de restauración. Los investigadores descubrieron que replicar las formas abovedadas y controlar el secado del barro era mucho más complejo de lo que parecía.
«Se me ocurrió leyendo a un arqueólogo americano que hacía arqueología experimental. Ese concepto se me quedó dando vuelta en la cabeza. Muchos turistas iban a Tulor cuando yo no tenía a nadie. Entraban al sitio arqueológico, porque es natural que todo el mundo quiera entrar, es como entrar en el pasado. Entonces, de ahí se me ocurrió hacer esas réplicas, de las dos estructuras circulares que ya habían sido excavadas, y se me ocurrió hacer las réplicas al lado, porque con eso iba a poder demostrar cuánto tiempo se demoraban y cuántas personas trabajaron en esa construcción», afirma Barón.
«Tratamos de hacerlas solamente con barro, como es en el sitio arqueológico. Ocupamos mucha agua. Nos dimos cuenta de que tiene que ver con cómo el cambio climático borró ese brazo del río, que pasaba por donde estaba la aldea, porque sin agua pasando al lado y sin carretilla, sin ruedas, era imposible haber construido esa aldea. Eso está publicado en uno de mis trabajos, toda la construcción de esas réplicas, la cantidad de tiempo que nos demoramos, la cantidad de agua que llevamos en camiones. Intentar hacer la curvatura interior cóncava de la casita también fue un descubrimiento, porque no lo pudimos hacer, no pudimos hacer esa técnica, lo que es una enseñanza para los arquitectos», agrega.

Con el paso del tiempo, la vulnerabilidad del sitio comenzó a generar preocupación internacional. En 1998 y nuevamente en 2006, el programa World Monuments Watch incluyó a Tulor entre los sitios patrimoniales más amenazados del mundo debido al avance de la erosión y la fragilidad extrema de las estructuras. Sin embargo, la protección del lugar tomó un nuevo rumbo a partir de 1998, cuando la Corporación Nacional Forestal (CONAF), el Consejo de Monumentos Nacionales (CMN), la Corporación Nacional de Desarrollo Indígena (CONADI) y la Comunidad Indígena de Coyo firmaron un acuerdo para implementar un plan de manejo y conservación del sitio.
«El trabajo conjunto entre instituciones públicas y los intereses particulares, en este caso de las comunidades, permitió conservar este sitio. Es decir, la comunidad vio que su territorio se estaba viendo amenazado, hizo patente esta amenaza, esta necesidad de conservación, y de una buena gestión y en conjunto con CONAF, con CONADI, se logró que en algún momento el sitio pudiera pasar a ser administrado por la comunidad. Es uno de los primeros casos, al menos en la región, donde se vio eso y sirvió también de antecedente para que otras comunidades pudieran hacer lo propio con sus sitios patrimoniales, arqueológicos», explica Salinas.
Ese proceso convirtió a Tulor en una experiencia pionera en Chile: el traspaso de la administración de un bien patrimonial arqueológico a una comunidad indígena. Desde entonces, la comunidad atacameña de Coyo asumió un rol central en el cuidado, manejo y difusión del lugar, combinando la protección del patrimonio con el turismo cultural. Todos estos esfuerzos llevaron a que el sitio fuera reconocido posteriormente como Monumento Arqueológico.

El trabajo desarrollado por la comunidad fue reconocido públicamente en 2002, cuando recibió el Premio a la Conservación de los Monumentos Nacionales. Actualmente, las visitas al sitio son guiadas y se realizan a través de senderos delimitados para evitar el contacto directo con las estructuras originales.
«Es importante el trabajo que hizo, porque ayudó a entender la envergadura total, un poco más real, que tenía la aldea. Por otra parte, ayudó al adelanto técnico de estrategias de conservación que también hoy en día son fundamentales. Conservar ciertas actividades, como el trabajo en barro, la mampostería, el trabajo en piedra, es importante no solamente para la conservación de sitios arqueológicos, sino que también para dinamizar un poco la economía local», afirma Salinas.
Hoy, quienes llegan a Tulor encuentran un museo de sitio, reconstrucciones de antiguas viviendas y pasarelas que permiten observar los vestigios arqueológicos sin intervenirlos. Las réplicas construidas en las décadas pasadas ayudan a imaginar cómo pudo haber sido la vida cotidiana dentro de la aldea hace más de dos mil años, mientras los restos originales continúan parcialmente cubiertos por la arena.

*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.
Jǒzepa Benčina Campos
