“La verdad es que es bastante loco; parece una telenovela de 500 años”. Arturo Rodríguez, fotógrafo, esboza una sonrisa al recordar los inicios de la historia que lo llevó a retratar la portada de junio de 2026 en la revista National Geographic. El reportaje, titulado En la búsqueda de la ciudadela perdida de los incas, entra en las venas del asentamiento T’aqrachullo o María Fortaleza, en los Andes peruanos, dando luces sobre su misterioso pasado.

Emplazado en una meseta a 90 metros del río Apurímac, este lugar tiene ruinas extendidas por 17 hectáreas y se conoce por ser cuatro veces más grande que Machu Picchu. Ha sido estudiado por más de 30 años, en un trabajo encabezado por arqueólogos y especialistas peruanos. Pero para Arturo, comprender todo lo que el lugar guarda, implica retroceder en la línea temporal histórica. Inevitablemente, esto lleva a la conquista española de la zona y los relatos que quedaron guardados en la memoria… o, más bien, los escritos del cronista español Juan de Betanzos.

“La historia comienza con el asesinato de Atahualpa en la Plaza de Armas en Cusco a manos de Francisco Pizarro. Parece que me voy muy atrás, un chiste, pero tiene mucha relación”, anticipa, para luego explicar: “Aprovechando la coyuntura de su asesinato o, más bien ejecución delante de su familia por parte de este sádico, Juan de Betanzos se queda con la viuda de Atahualpa, una princesa. Se enamoran y ella le muestra todos los tesoros del Cusco. Entre ellos, los lugares de máxima importancia comercial y religiosa”. 

Ancocagua estaba dentro de esta lista: una fortaleza casi mítica, considerada uno de los templos más sagrados de los incas y escenario de una batalla, tan sangrienta como dramática, que contribuyó a la conquista española de la zona. Como buen cronista, de Betanzos registró todo en sus escritos. “Él recorrió el lugar y envió sus diarios a alguien importante en Lima. Sin embargo, en el camino se pierden los capítulos donde se habla de Ancocagua. Suponemos que fueron arrancados porque era un lugar de muchos tesoros con potencial de ser robados, pero eso no ocurre nunca”, relata Arturo. 

En 1987, los escritos fueron encontrados en una colección privada de la familia March en Mallorca, España. La historiadora María del Carmen Martin, dio con ellos y los publicó. Con ello, el antropólogo y explorador estadounidense Johan Reinhard, especialista en la religión inca, se interesó en la historia e identificó el lugar del que hablaba. Él antes había escuchado del tema a través de las crónicas del conquistador Pedro Cieza de León, quien hablaba de la ciudadela como uno de los cinco templos más importantes de todo el imperio inca. 

Viajó a Perú, donde se reunió con la arqueóloga peruana Alicia Quirita, quien hacía su tesis en ese momento y tenía identificados algunos lugares que podrían coincidir con la descripción de Ancocagua. Él se convenció, debido a la geografía del lugar, que el enigmático sitio inca correspondía a la fortaleza.

Tesoro de lentejuelas de oro, plata y cobre en T'aqrachullo en 2022. Estas diminutas placas redondas, que habrían adornado la vestimenta ceremonial hace unos 500 años, indicaban que el sitio tenía un significado espiritual. Créditos: Arturo Rodríguez.
Tesoro de lentejuelas de oro, plata y cobre en T’aqrachullo en 2022. Estas diminutas placas redondas, que habrían adornado la vestimenta ceremonial hace unos 500 años, indicaban que el sitio tenía un significado espiritual. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez/ publicada en National Geographic.

“Nadie le hizo caso”, dice Arturo. Hasta Quiriquita fue escéptica. Lo que sí continuó, de la mano de ella y otros especialistas peruanos, fue la excavación de las ruinas

En 2022, el hallazgo de miles de lentejuelas de oro significó que un proyecto del Ministerio de Cultura en Perú le diera urgencia a la excavación de la zona. En ese contexto, en 2023 un equipo liderado por el arqueólogo Emerson Pereyra descubrió los cimientos de un templo que, según se detalla en el reportaje de National Geographic, tiene unos dos mil años, y que fue utilizado por incas y sus antecesores habitantes de la zona; los pueblos Qolla y Wari. También se reveló la evidencia de que los incas habitantes de la zona se podrían haber estado preparando para un conflicto o haber sido parte de uno.

Encontrar la historia

Arturo Rodríguez, español, lleva más de 30 años en la fotografía documental, siendo reconocido internacionalmente por su trabajo. Su primera portada para National Geographic fue en 2022, por su retrato de la erupción del volcán en la isla de La Palma, Islas Canarias, que duró más de 85 días. Esta vez, el proceso fue totalmente diferente, sumando años de visitas e investigación, además de una locación totalmente distinta: los andes peruanos. 

Antes de saber que su destino lo llevaría a T’aqrachullo, Arturo realizó una expedición al norte de Cusco junto a Alejandro Muñoz, periodista redactor del reportaje. El objetivo era buscar la ciudad de Vilcabamba la Grande, conocida como el último refugio de los incas. “Obviamente no lo encontramos, si no estaríamos hablando de dos portadas, no de una”, bromea el fotógrafo.

John Chaucca, arqueólogo del Ministerio de Cultura del Perú, estudia una pieza de cerámica en T'aqrachullo. Créditos: Arturo Rodríguez
John Chaucca, arqueólogo del Ministerio de Cultura del Perú, estudia una pieza de cerámica en T’aqrachullo. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez

 

En esa expedición, sin embargo, pudieron compartir con el supervisor Rolando Pizarro, descendiente de Francisco Pizarro. Él, encargado de fiscalizar que la exploración siguiera los protocolos del Perú, se transformó en un compañero día y noche. Así, en una noche de charlas, le comentó a los españoles sobre el importante trabajo de investigación que se estaba desarrollando en Perú, cuyos grandes descubrimientos no estaban siendo amplificados a nivel mundial debido a falta de contactos. Alejandro le comentó que Arturo era fotógrafo, ni más ni menos, de National Geographic. Pero la conversación no duró más. 

“Al día siguiente, Rolando me cuenta por primera vez de T’aqrachullo”, recuerda Arturo. “Me habló de oro, mucho, y de pinturas rupestres de más de cinco mil años de antigüedad. Decidimos hacer un pitch para National Geographic, pero les faltó un gancho”, continúa. 

En el proceso posterior de investigación, contactaron a Johan Reinhard, quien hace décadas se había convencido de que el lugar era Ancocagua. La diferencia es que el tiempo —y los arqueólogos peruanos— lograron desenterrar secretos que, cuando él visitó el terreno en el pasado, no logró ver. El templo descubierto en 2023, correspondiente a la cultura Wari, fue una clave. Y pudo verlo a través de las fotografías.

“Los wari solían construir templos en D. En sus crónicas, de Betanzo hablaba del templo Wari de María Fortaleza, el que los incas habían intentado incaizar construyendo un muro exterior con forma más incaica. Por otro lado, es el único lugar en toda esa zona que tiene un nombre en español, María Fortaleza. Los españoles tenían esta política de extirpación de la idolatría de donde había templos o lugares importantes de las culturas náuticas. O bien destruían el lugar o le cambiaban el nombre”, recuerda Arturo. 

La respuesta de Johan fue rápida: “Ahora estoy 99% seguro de que es Ancocagua”. 

T'aqrachullo estaba conectada con otras ciudades de la región por el "Camino Inca", una red de senderos establecida originalmente por el pueblo Wari. Si bien muchos viajeros habrían pasado por el asentamiento bajo, al pie de la meseta, que se ve aquí, solo la nobleza inca podía acceder a las estructuras ceremoniales en la cima. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez
T’aqrachullo estaba conectada con otras ciudades de la región por el «Camino Inca», una red de senderos establecida originalmente por el pueblo Wari. Si bien muchos viajeros habrían pasado por el asentamiento bajo, al pie de la meseta, que se ve aquí, solo la nobleza inca podía acceder a las estructuras ceremoniales en la cima. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez

Eso movilizó el paso clave. Estando en España, decidieron volver a Perú. Esta vez junto a Johan y los arqueólogos peruanos Emerson Pereira, ex jefe arqueológico del lugar, quien participó de las excavaciones de las ruinas hasta 2024 y la Dra. Alicia Quirita, quien manejaba la tesis de que ese lugar no era Ancocagua. Se reunieron todos en el templo —que a ojos humanos actuales es una línea de ladrillos en el suelo— y conversaron durante horas, exponiendo sus teorías y pensamientos. 

“Estuvieron más de una hora charlando. En eso, Alicia se levanta, le da un abrazo a Johan y Emerson y les dice que, después de haberlos escuchado, ya estaba convencida. Que ese era el único lugar posible donde puede estar el templo. Se me eriza el vello de pensarlo. Lo grabamos y fue espectacular. Llamé a mi editora y me dijo: Bueno, tienes que hacer una buena portada”.

El proceso para una portada

Durante una semana, los días para Arturo empezaron a las cuatro de la mañana. Iba a las ruinas, volaba el dron, agotaba su batería, volvía a cargar al hostal, y se dirigía nuevamente al medio día. La foto tenía que ser perfecta. En su cabeza tenía la idea de la portada, pero no cómo reaccionaría la luz para ella. 

“Disparar al mediodía es contra fotografía. En principio no está en los planes de ningún fotógrafo, pero como no sé cómo reacciona la luz en aquel lugar a 4.000 metros de altura con dos ríos abajo, de pronto a mediodía hay un rebote de luz en uno de los ríos y se ilumina una parte. Entonces claro, lo que hacía era probar. Para mí la clave de un buen fotógrafo es la insistencia y la observación. Podemos disparar y repetir cuando hay tiempo. Así es con paisajes y fauna salvaje”, dice Arturo. 

Ya en 2024 había adelantado parte del trabajo. La excavación de Emerson fue fundamental para el reportaje, al mostrar el trabajo de los peruanos en terreno. Además de las fotos clave, era importante reflejar la importancia de la investigación local en las fotografías. Los únicos extranjeros allí, de hecho, eran Arturo y Alejandro. 

El arqueólogo Emerson Pereyra supervisó un equipo de hasta 100 personas que dedicaron años a catalogar los descubrimientos de T'aqrachullo mientras se restauraban las ruinas para los visitantes. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez
El arqueólogo Emerson Pereyra supervisó un equipo de hasta 100 personas que dedicaron años a catalogar los descubrimientos de T’aqrachullo mientras se restauraban las ruinas para los visitantes. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez/ publicada en National Geographic.

Luego, como buen fotoperiodista, debía pensar en lo que más llame la atención. Eso que hace que las personas lleguen a la tienda, vean la vitrina, y lean la revista. Para ello, por un lado, estaba el famoso templo. Por otro, uno de los artefactos que se consiguieron en las excavaciones. Para Arturo, ese utensilio existe, pero decidieron dejarlo fuera del reportaje.

“Es un cuchillo. Natgeo tiene un departamento de chequeo muy estricto. Como no hay papers, tenemos que basarnos en opiniones. Entonces estaba la opinión de los arqueólogos peruanos, la opinión de Johan Reinhard y la opinión de varios externos. Los peruanos decían que este cuchillo era un cuchillo ritual. Se basaban en la forma. El mango del cuchillo es un señor llevando una llama pequeña como al sacrificio con un sombrero típico, un tocado típico wari, no inca (…). Los arqueólogos peruanos, con muy buen criterio, y Johan se une al final a esa opinión, dicen que es un cuchillo ceremonial, pero los externos de National Geographic dicen que no tienen pruebas, con lo cual no pueden certificar de ninguna manera que eso no es más que un cuchillo de cocina”, explica Arturo. 

La foto del cuchillo le costó tres días completos, con seis a ocho horas de dedicación diaria. Su cita partía viéndolo, fotografiándolo, iluminándolo y dándole nuevos ángulos. Eso, hasta que, como él mismo dice, le hizo un pago a la Pachamama. Aconsejado por locales, trajo cerveza, caramelos y otras cosas afuera del depósito de tesoros del Cusco, donde hicieron un hoyo y oraron. La foto perfecta salió al entrar. Tanto, que su editora le pidió que hiciera más del estilo.

Oculta bajo un manto de estrellas, la fuente ceremonial en el centro de la plataforma probablemente fue construida por los Wari, unos 850 años antes de que los Incas se apoderaran del sitio.
Oculta bajo un manto de estrellas, la fuente ceremonial en el centro de la plataforma probablemente fue construida por los Wari, unos 850 años antes de que los Incas se apoderaran del sitio. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez/ publicada en National Geographic.

Aunque finalmente no se publicó, la opción del templo en dron sí pasó los parámetros. La elección, a su gusto, fue la foto más descriptiva de la noticia. Y también le costó una semana. Esas dos, eran las más importantes para él. El resto, según relata, fluye: “Estuve un mes charlando con científicos importantísimos, con obreros que te hablan del folklore, con los vigilantes y la señora de la última tienda del lugar, ubicada en plena curva en medio de la nada”. De esa forma, son los mismos locales quienes cuentan la historia de un lugar lleno de artefactos históricos y rodeado de sus montañas sagradas. 

“Para mí hubo dos cosas difíciles en la historia. Una fue la burocracia, que requiere mucha paciencia. La otra, enfrentarme a un montón de artefactos. No es mi rama de la fotografía. Soy más documental, más que de fotografiar piezas al nivel que exige National Geographic. Fue un reto increíble, con mezclas de flashes, luces y refractores, entre muchas cosas. El estar a cuatro mil metros de altura no supuso gran cosa, yo soy una persona de deporte y montaña, sobre todo en Tenerife, España, donde vivo”, explica Arturo.

El futuro de T’aqrachullo

La excavación de Emerson Pereyra en T’aqrachullo finalizó en 2024, como se relata en una versión del reportaje de Natgeo, tras haber examinado poco más de la mitad del yacimiento. Actualmente, el Ministerio de Cultura se ha centrado en la restauración para recibir turistas, que es parte del futuro de este tesoro arqueológico, que ya recibe más de 100 personas diarias. 

“Es una satisfacción enorme. Tengo amigos ahí que estaban a punto de vender su terreno ahí, pero les dije que con el reportaje podrían salir adelante. Mi amiga Sole me miró con esa cara de incredulidad de los andinos; de las mujeres que a las 4 am le hacen la comida a su marido que trabaja en la mina. Es un sitio pobre, entonces hay una satisfacción enorme. El gobierno peruano se comprometió a invertir 78 millones de dólares en arreglar la carretera, al menos está esa promesa hecha. Por otro lado, es que siempre está en miedo de que se convierta en otro Machu Picchu, El Cairo o Bali, donde el turismo de masas termina expulsando a los locales. O también cosas como la preocupación de que se destroce el yacimiento”, reflexiona Arturo. 

Con todo esto, el fotógrafo termina de relatar el complejo proceso de llevar una nueva historia gráfica a las páginas de National Geographic. Para él esta es la primera que refleja un proyecto 100% propuesto y desarrollado por él y su compañero. En sus palabras, “un parto largo y doloroso” que se gesta desde 2024 con múltiples viajes. “Es diferente, hay investigación, arqueología, muchísimo chequeo de información. Todo en dos años ganándose la confianza hasta la luz verde y la elección rigurosa de la portada. No puedo creer que haya salido”, explica. 

Los incas veneraban a los apus, o espíritus sagrados de la montaña, con rituales. La forma de esta campana de aleación de cobre de casi ocho centímetros de altura, hallada en T'aqrachullo, está inspirada en estas deidades. Está coronada por un cóndor andino que sujeta un rostro humano entre sus garras. El sonajero que la acompaña está tallado para asemejar un racimo de semillas.
Los incas veneraban a los apus, o espíritus sagrados de la montaña, con rituales. La forma de esta campana de aleación de cobre de casi ocho centímetros de altura, hallada en T’aqrachullo, está inspirada en estas deidades. Está coronada por un cóndor andino que sujeta un rostro humano entre sus garras. El sonajero que la acompaña está tallado para asemejar un racimo de semillas. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez / publicada en National Geographic.

Sobre cuál es el futuro de la historia, no se sabe. En ese cerca del 40% que queda por excavar puede haber más por descubrir, o incluso en la cercana Fortaleza del Sol, pero ello dependerá si los arqueólogos consiguen el financiamiento. Para él, existe una conexión con un lugar mágico que, quizás, lo vuelva a recibir con su cámara en el Cusco.

Al comienzo de cada temporada de excavación, arqueólogos y excavadores se reunían para una ceremonia que duraba todo el día, con el fin de bendecir el sitio y pedir permiso a Pachamama, la diosa Madre Tierra, para trabajar. Guiados por un guía espiritual andino, este grupo sacrificaba una alpaca y vertía alcohol alrededor de las ofrendas quemadas de hojas de coca y dulces.
Al comienzo de cada temporada de excavación, arqueólogos y excavadores se reunían para una ceremonia que duraba todo el día, con el fin de bendecir el sitio y pedir permiso a Pachamama, la diosa Madre Tierra, para trabajar. Guiados por un guía espiritual andino, este grupo sacrificaba una alpaca y vertía alcohol alrededor de las ofrendas quemadas de hojas de coca y dulces. Bajada y créditos de foto: Arturo Rodríguez / publicada en National Geographic.

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