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Sewell, Puerto Cristal y Puerto Sánchez: Explorando las ciudades que la minería abandonó en Chile
El auge del salitre significó un terreno fértil para establecer las llamadas Company Towns en Chile, asentamientos controlados por una sola empresa en lugares estratégicos y alejados. El modelo, que además de salario entregaba servicios y beneficios a los trabajadores, tuvo su punto álgido en el siglo XX con el boom del cobre. Sin embargo, distintas razones llevaron al cese de actividades de las minas, quedando los lugares en el abandono. En este artículo, Eduardo Jara, nos comparte los casos de Sewell, Puerto Cristal y Puerto Sánchez, los cuáles investigó para su tesis de la Universidad Santa María, que actualmente se está adaptando a un artículo para la revista “Management & Organizational History”.
Internacionalmente se les conoce como Company Towns. En otras palabras, asentamientos planificados, gestionados y controlados por una sola empresa en lugares remotos y estratégicos. Fueron un modelo de vida y trabajo popular en el siglo pasado, que permitía generar enclaves económicos autosuficientes que aprovecharon al máximo, y de forma eficiente, los recursos disponibles de la zona.
En Chile, destacan tres casos conocidos. Dos en la Región de Aysén, Puerto Guadal y Puerto Sánchez; y uno en la Región de Valparaíso, Sewell.
Cada uno de ellos se planificó Ex novo, es decir, se diseñaron desde cero con el fin de maximizar la productividad y responder a las necesidades del ciclo productivo de la empresa en zonas remotas. En este contexto, la empresa era un agente totalizador que, en muchos casos, además de pagar el salario a los obreros y trabajadores, otorgaron a padres de familia beneficios como una casa amueblada, con luz y agua gratis. En el caso de solteros, tenían un hospedaje separado.
Por otro lado, las empresas responsables tuvieron una organización laboral muy diversificada en sus distintas plantas. Cada una de ellas desarrollaba procesos bien establecidos, además de que los puestos de trabajo no los podía realizar cualquier persona ya que se necesitaba una formación interna previamente, ya sea para el proceso de extracción de minerales o para los procesos de separación de mineral.

Puerto Sánchez
En la Región de Aysén una de las Company Towns más llamativas es Puerto Sánchez, fundada a finales de los 40, que se desarrolló en base a dos núcleos centrales. Uno era el campamento minero que estaba en la ladera de la mina “Las Chivas”, denominado así por el avistamiento de caprinos en la zona. Allí vivían normalmente los obreros que trabajaban directamente en la mina. El segundo núcleo es el poblado lacustre, donde vivían normalmente los empleadores, que eran trabajadores indirectos de la mina. También había obreros que tenían sus familias en el poblado lacustre. Ambos núcleos tenían el mismo desarrollo y servicios: el muelle y el poblado fueron construidos en 1950.
El declive empieza tras el cierre de la mina, dedicada a la extracción de zinc y cobre, en los años 1975-1990, por agotamiento de reservas de mejor ley y los bajos incentivos económicos.
Este es uno de los pocos casos en el perduró la población luego del cierre de la empresa. Actualmente, la ciudad vive gracias al turismo en la cuenca del lago General Carrera.
Desde esta localidad, además de visitar los vestigios del antiguo campamento minero, también se pueden realizar tours hacia las famosas capillas de mármo conocer los antiguos botes usados en la época minera, realizar cabalgatas por la zona, visitar el museo del pueblo y un trekking de alta intensidad desde la localidad hacia Puerto Cristal.

Puerto Cristal
Otro caso emblemático es Puerto Cristal, considerado La Humberstone de la Patagonia, debido a su impacto en el desarrollo económico de la región: en sus años de apogeo su producción llegó a representar el 50% del plomo y 40% del zinc producido en Chile.
Tiene sus orígenes en 1936. Estaba habitada por la familia Inallao, de origen mapuche. Según algunas fuentes, su descubrimiento fue gracias a la hija menor de la familia, quien encontró distintas piedras que le llamaban la atención. El padre de familia, al ver esto, decide juntar todas las piedras y mandarlas como muestras para un cateador muy conocido de la zona, don Manuel Silva. Gracias a él se descubrió que los minerales eran de buena calidad y ayudó a buscar inversores para poder realizar la extracción del mineral de plomo y zinc.
Se decide levantar instalaciones e iniciar explotaciones para mediados de los años 40. En 1947 se exportaba el mineral y para el año 1953 ya tenía una población de 850 personas.
El desarrollo que tuvo la ciudad fue considerable. Además de tener una vida comunitaria activa, contaban con servicios médicos —como pediatría, odontología y urgencias—, además de un colegio, dos iglesias diferentes casas para los diferentes tipos de trabajadores y una pulpería, que básicamente funcionaba como un supermercado.
En términos de su actividad económica, contaban con la Mina Silva, la planta general, una maestranza y un taller eléctrico, además de un muelle propio y rutas de navegación para la exportación del mineral. La manera para proporcionar electricidad gratis era a través de una planta hidroeléctrica.
El declive parte en 1963 con la caída de los precios internacionales, por lo que los activos pasaron a CORFO. En 1994 la ciudad queda a manos de la “Sociedad Vecam”, constituida por gente que habitaba el pueblo y sabía cómo mantenerlo. La sociedad logró perdurar hasta 1996 ya que debieron cerrar la faena debido a la crisis asiática. Según diversas fuentes, el cierre definitivo fue en 1997 y se la adjudicó la sociedad comercial “Casanova y Soto”.
Tres años más tarde ya estaba completamente abandonada, posteriormente la ciudad tuvo algunos robos como el cobre de los cables, algunas casas, entre otras cosas. En 2005 la gente que vivió en la ciudad visitó la localidad para ver su estado y visitar el cementerio. De esta manera, crearon el grupo “los cristalinos”, para poder visitar la ciudad una vez al año en los meses de enero-febrero.
En 2008 fue declarado Monumento Nacional en la categoría de Monumento Histórico. En 2013 se vuelve a trabajar en los antiguos vestigios de la ciudad para poder realizar visitas guiadas. Actualmente, la cuida un guardia y sus perros.


Sewell
Uno de los casos más emblemáticos es el de Sewell, fundada en 1905 y construida por la Braden Copper Company para la explotación de cobre. En 1915 adoptó el nombre de Sewell en honor al fallecimiento del primer presidente de la compañía, Barton Sewell.
Desde sus inicios, el desarrollo de la ciudad fue exponencial. Empezó con la contratación de 2.500 personas para levantar las primeras estructuras de la ciudad y construir una planta de 250 toneladas. En 1909 empezó la construcción que unió la ciudad con Rancagua, que para 1911 ya estaba operativa. Muchos de los trabajadores subían durante una temporada. Luego, pasaban dos o tres periodos en el campo.
En la ciudad existían tres tipos de casas para cada tipo de trabajador (llamado “Roles”).
El “Rol A” era considerado para los norteamericanos y los gerentes de la ciudad, el “Rol B” era para los empleadores que eran trabajadores indirectos de la mina y el “Rol C” para los obreros que trabajaban directamente en la mina. En los primeros años de la ciudad se desarrollaron los primeros edificios colectivos para trabajadores, el primer hospital, un centro social y un cuartel de bomberos, sin embargo, estas edificaciones no estaban integradas. Para el año de 1918 ampliaron sus instalaciones para atender la necesidad de 12.000 personas. En 1945 después de la Segunda Guerra Mundial, la producción de cobre alcanzó 149.595 toneladas.
De esta forma, la productividad de la empresa aumentó y optó por ofrecer estadía a los familiares de los trabajadores. La ciudad contaba registro civil, juzgado, cuartel de policía (conocidos como “Serenos”), tres escuelas, 14 clubes sociales y un nuevo hospital.

Sin embargo, para esos años la empresa tuvo un accidente conocido como “La Tragedia del Humo” y, producto de este incendio, fallecieron 355 mineros. La anterior catástrofe originó la cultura de la seguridad, que impulsó nuevas y exigentes normas que debían aplicarse a la producción. Ya para el año 1950 la ciudad tenía un total de 15.000 habitantes. En 1967 el gobierno realizó la “Chilenización del cobre”, además creó la sociedad minera “El Teniente” que formuló “El Plan de Expansión” que incluyó la construcción de la carretera del cobre, que redujo a una hora el viaje a Sewell.
En 1971 gracias al gobierno de Salvador Allende, se realizó la “Nacionalización del Cobre” y con esto el gobierno logró obtener el 100% de la propiedad de la mina. Ese mismo año se inició la “Operación Valle” que terminó en 1979, quedando deshabitado hasta 1984. En esta operación se contrató a empresas contratistas para demoler la ciudad, lo que dio resultado a un 70% de la infraestructura demolida. Para 1986 se alojaban 5.000 trabajadores y en 1998 dejó de ser utilizado como alojamiento de contratistas. En 1998 Codelco declara “Monumento Nacional” por su alto valor patrimonial y turístico. En 2006 Sewell fue declarado “Sitio del Patrimonio Mundial”. Actualmente se puede visitar solamente con salidas guiadas de Fundación Sewell.

¿Cómo se forjó el destino de las Company Towns?
El modelo de las Company Towns en Chile encontró terreno fértil gracias al auge del salitre. Dentro de esto, algunos de los ejemplos emblemáticos son las oficinas salitreras de Santa Laura y Humberstone. Sin embargo, alcanzó su máxima expresión gracias al auge del cobre durante el siglo XX. En ambos casos, fueron importantes para el desarrollo económico de baja densidad poblacional, teniendo un rol vital en el aporte del Producto Interno Bruto en los años en que funcionaron.
Las Company Towns chilenas no siguen un destino único tras el cierre minero; su continuidad o abandono depende de factores territoriales, demográficos e institucionales que condicionan su capacidad de adaptación post-extractiva. El camino más recurrente que siguen estas ciudades básicamente es el abandono, ya que dependen totalmente de una empresa, teniendo una economía cerrada y dependencia a mercados internacionales.
Sin embargo, hay algunos casos excepcionales que logran su continuidad gracias a las políticas públicas que se realizaron entre el Estado y la empresa en sus años de apogeo. Gracias a inversiones, programas de desarrollo local o apoyo al turismo, se lograron facilitar nuevas oportunidades de trabajo y evitar que el lugar quede abandonado.
Dentro de esto, uno de los casos más interesantes fue el de Puerto Sánchez. Luego de su declive, fue adjudicado por la familia Walker. En 1992 buscan otras explotaciones, como la de cal en la isla Panichini, para la mina “El Toqui” hasta 1998. Luego, entre 1998 y 2000 la empresa ordenó abandonar completamente el poblado, dejando a familias sin hogar. En esos años, SERVIU encontró los papeles de compraventa de los terrenos fiscales, donde el Estado y la empresa hicieron un trato para realzar las casas sociales. Con ello, se logró hacer una primera etapa de viviendas para los trabajadores, que en 2005 se pudo conectar por tierra con Bahía Murta. En 2010 se instaló la primera antena para la señal móvil y actualmente viven del turismo.
Este caso destacó el rol del Estado posterior al cierre minero: fue gracias a la regularización de compra y venta que la comunidad logró quedarse en el lugar, además de implementar las conexiones mínimas de conectividad.
Sewell y Puerto Cristal vivieron algo diferente. En este caso no hubo ni inversiones, ni desarrollo local, ni apoyo al turismo por parte del Estado. La realidad es que, sin intervención pública, las Company Towns tienden al abandono.
Hoy, sin embargo, el modelo queda en la memoria colectiva chilena. En ciudades que pudieron llegar a más de 10 mil habitantes, pero extremadamente vulnerables. Sin embargo, sigue inspirando hasta en la actualidad. Actualmente un modelo conocido, inspirado en este modelo, es el de Silicon Valley.
*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
*El viaje realizado fue gracias al financiamiento del departamento de ingeniería comercial Universidad Santa María.
Eduardo Jara


