-
¿Qué tan amenazadas están las orquídeas chilenas? Inédita evaluación busca determinar su estado de conservación
2 de octubre, 2026 -
México, epicentro del género Crotalus: descubre algunas de las fascinantes serpientes de cascabel que habitan el país
2 de octubre, 2026 -
Nuevo convenio permitirá fortalecer la vigilancia de enfermedades en aves silvestres de Chile
2 de octubre, 2026
¡Estará en el Festival Ladera Sur! Entrevistamos a Diego Pol, el destacado paleontólogo argentino que descubrió al dinosaurio más grande registrado hasta hoy
Diego Pol, destacado paleontólogo argentino e investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET), ha dedicado su carrera a reconstruir la historia evolutiva de los vertebrados fósiles. A lo largo de su trayectoria, ha participado en algunos de los hallazgos más importantes de las últimas décadas, como el de Patagotitan mayorum, el dinosaurio más grande registrado hasta hoy. En esta entrevista, recuerda los descubrimientos que han marcado su trayectoria, el trabajo detrás de cada fósil y las preguntas que aún quedan por responder. Además, nos adelanta algunos detalles de lo que prepara para su próxima participación en el Festival Ladera Sur, una instancia que espera con entusiasmo.
Desde los desiertos de la Patagonia, los fósiles permiten reconstruir un mundo que existió hace millones de años y comprender cómo evolucionaron los animales que lo habitaron. Para Diego Pol, paleontólogo argentino especializado en vertebrados fósiles, cada hallazgo es una pieza de ese enorme rompecabezas. La investigación significa una oportunidad para conocer cómo eran estos animales, cómo vivían y qué procesos explican su diversificación y extinción.
A lo largo de su trayectoria, esa búsqueda lo ha llevado a realizar algunos de los descubrimientos paleontológicos más importantes de las últimas décadas. Entre ellos destaca Patagotitan mayorum, el dinosaurio más grande conocido hasta ahora, cuyo hallazgo permitió profundizar en el estudio del gigantismo y la evolución de estos animales.
Hoy, desde el Museo Paleontológico Egidio Feruglio y como investigador del CONICET, Pol continúa explorando las preguntas que permanecen abiertas sobre la historia de la vida en la Tierra.

De la curiosidad a la vocación
Su curiosidad nace mucho antes de las muchas expediciones de campo y descubrimientos de su carrera. De niño, Diego sintió una fascinación por el pasado de los distintos ecosistemas y especies que habitan hoy el mundo que nos rodea.
“Empecé a descubrir esta historia de que había animales que vivieron en el pasado y que ya no existen, que algunos eran gigantescos, algunos me parecían misteriosos”, recuerda Diego. “El primer contacto que tuve con eso fue abrir un libro, a los 6 o 7 años, en la casa de mi abuelo. Ver los dibujos de esas criaturas me fascinó. Es algo que me apasionó desde un inicio y me parecía lejano, misterioso, mágico”.
Cuando estaba en el colegio secundario, entre los 15 y 16 años, tuvo la oportunidad de hacer una pasantía como voluntario en el Museo de Ciencias Naturales de Buenos Aires. Allí, conoció por primera vez a paleontólogos “de carne y hueso”, profesionales que trabajaban y vivían de los fósiles, el trabajo de campo y la investigación.

—¿Cómo fue ese primer acercamiento a la paleontología?
—Fue una experiencia que me cambió la vida, porque a partir de ese momento sabía exactamente qué es lo que quería hacer el resto de mi vida, y fue clave el tener ese contacto directo con las personas que son paleontólogos. Es una de las cosas que me me inspira hoy en día a seguir trabajando en un museo, porque es uno de los lugares donde la ciencia se abre a la sociedad y donde hay múltiples oportunidades de que visitantes, niños y niñas puedan tener contacto con con los científicos que están trabajando ahí, dedicándose a estudiar el mundo natural.
—A lo largo de tu carrera has trabajado harto con fósiles de distintos periodos y grandes linajes de vertebrados. ¿Qué es lo que más te fascina de reconstruir esta historia evolutiva de estos animales?
—Creo que hay preguntas que nos guían, como ¿por qué estas especies fueron cambiando, desapareciendo y extinguiéndose a lo largo del tiempo? ¿Cómo surgían estas nuevas formas de vida? Esto nos habla de un mundo muy dinámico y que el comprender ese cambio es fundamental para entender el lugar del universo en donde estamos, cuál es nuestro futuro y vernos reflejados como parte de esa historia. Es una historia de 4.500 millones de años que tiene muchísimos capítulos, la mayoría de los cuales desconocemos. La paleontología, lo que hago, es dedicarme durante toda la vida a tratar de darle dimensión al lugar donde vivimos.
—Has participado en el descubrimiento y descripciones de numerosas especies. ¿Hay algún hallazgo que recuerdes de manera especial?
—Sí, muchos. El descubrimiento de una especie, de un nuevo fósil, siempre es muy emocionante. Uno está ahí, desenterrando de a poquito algo que estuvo oculto durante 100 millones de años, quizás a veces 200 millones de años. Ser testigo y partícipe en primera mano de traer nuevamente eso a la luz es un momento muy emocionante, sea el fósil que sea.
—Y si tuvieras que destacar algunos, ¿cuáles serían?
—Creo que el descubrimiento de Patagotitan, que fue el dinosaurio más grande del mundo encontrado hasta el momento, en Patagonia. Fue un momento increíble, un proyecto de tres años, en el que 30 personas estuvimos inmersos en esa tarea gigantesca que hoy se exhibe en los mayores museos del mundo. Este es un proyecto realmente muy importante en mi carrera. Luego el descubrimiento de los huevos más antiguos conocidos de dinosaurios que contenían restos de embriones adentro, en el sur de la Patagonia. Fue realmente increíble.


Patagotitan mayorum, el gigante de la Patagonia
En 2012, Aurelio Fernández, trabajador de un rancho en la provincia de Chubut, descubrió el primer indicio de lo que más tarde se convertiría en uno de los descubrimientos más importantes de la historia de la paleontología. Un hueso se asomaba desde la tierra, parte pequeña de los más de 150 fósiles sepultados en rocas del Cretácico Inferior —hace más de 100 millones de años—, pertenecientes a una nueva especie: el dinosaurio más grande del mundo documentado hasta ahora. Los dueños de la estancia dieron aviso al Museo Paleontológico Egidio Feruglio (MEF) y, tiempo después, comenzaron las excavaciones.
El equipo de paleontólogos del CONICET presentó a la nueva especie, bautizada como Patagotitan mayorum en un artículo publicado en la revista “Proceedings of the Royal Society B”. Su nombre nace de la región donde fue encontrado, y la palabra “titán”, debido a su gran tamaño. Mayorum hace honor a la familia Mayo, pobladores de la zona, quienes alertaron al museo y recibieron al equipo en el campo para realizar las excavaciones. Se calculó que la especie medía casi 40 metros de largo, su cuello 12 metros y pesaba 70 toneladas.



—¿Cómo fue participar en ese hallazgo?
—Trabajamos junto con muchos colegas, principalmente José Luis Carballido, con quien trabajamos hace muchos años juntos tratando de entender la historia de estos gigantes. Era un proyecto tan grande, con tanto volumen de campo, de excavación y de trabajo, que se sumaron más de 60 personas en todo el proyecto, nucleados a través del Museo Paleontológico Egidio Feruglio, en la ciudad de Trelew, donde yo trabajaba en ese momento. Fue tan grande que el museo entero se puso detrás de ese proyecto, que involucró un año y medio de campo y después dos años de investigación.
—¿Qué repercusión tuvo a nivel mundial?
—Trabajamos en un documental que pudimos hacer a la par de la investigación, filmado por la BBC, en el que nos visitó dos veces David Attenborough, que inspiró a generaciones y generaciones sobre la naturaleza. Verlo a él maravillado y contando la historia que estábamos escribiendo fue un momento realmente especial.
El día a día de la paleontología
“La imagen más común que tiene la gente de los paleontólogos es que uno está con el pincelito”, comenta Diego, con una sonrisa. “El pincelito lo usamos cada vez que estamos cerca del fósil, pero a veces tenemos que picar con picos y palas para abrir la roca y llegar a él”.
Detrás de cada fósil descubierto hay horas de búsqueda, excavación y trabajo en equipo. Luego también viene el trabajo de laboratorio y observación. Las expediciones paleontológicas llevan a los investigadores a pasar días acampando en lugares remotos, recorriendo el terreno en busca de pequeñas señales que puedan revelar la presencia de un fósil.

—¿Cómo es la jornada o cómo es una expedición de trabajo paleontológico?
—Es una vida al aire libre, una vida de campamento, una vida donde se comparte muchísimo con el equipo. Uno nunca está solo, siempre son equipos de ocho, diez, 15, 20 o 30 personas que acampan en el medio de la nada con una misión en común. En el día a día uno se levanta y como en cualquier situación de camping, se pone a hacer un fuego o el desayuno, se comparte ese momento inicial, y luego nos preparamos para salir y hacer las tareas que tenemos que hacer.
—¿Qué tipo de tareas?
—Pueden ser de dos tipos. Uno es salir a buscar algo nuevo, que es lo que llamamos prospectar. Salimos a caminar por separado; caminamos por los cerros mirando cosas en el suelo que se estén asomando, que pueden ser fósiles que recién estén empezando a ser descubiertos por la erosión. Y cuando alguien encuentra algo, llama a sus colegas y ahí empieza una pequeña excavación para ver si es un hueso suelto o si es algo más importante. Eso lo disfruto mucho, porque es salir a caminar por el campo, por desiertos y con la expectativa de que en cualquier momento puedo llegar a encontrar el fósil más maravilloso en la historia de la paleontología. Requiere perseverancia, porque la mayoría de las veces pasan horas donde no encuentras nada, y no hay que desanimarse, hay que seguir. A veces hay mucho viento, mucho sol, mucho frío, son las inclemencias del tiempo. La expectativa de encontrar algo nuevo siempre está ahí.
—¿Y el otro?
—El otro tipo de tarea que hacemos es cuando ya encontramos algo. Depende del tamaño del fósil, y ahí es un trabajo en donde hay que remover toda la roca que está alrededor y empezar a cavar y a destaparlo. Eso también es muy lindo porque ya estás trabajando sobre algo, y es también un trabajo muy de equipo, requiere cierta estrategia, y se va aislando el fósil para extraerlo sin que se dañe. Es un trabajo delicado porque los fósiles son frágiles. Cuando uno los expone en la superficie, si no se tiene cuidado, se desarman en 25.000 pedazos.

—¿Cuántas personas trabajan en estas excavaciones?
—Las excavaciones o las expediciones pueden ser mínimo de cuatro o cinco personas, pero hemos llegado a hacer expediciones de hasta 30 personas. Participan, por supuesto, paleontólogos. Después participan los técnicos en paleontología, que son las personas que trabajan mucho más en el campo y en el laboratorio limpiando los fósiles. Luego también estudiantes, que son una parte fundamental en esta parte práctica. Siempre llamamos estudiantes y muchas veces se acercan voluntarios, que también se suman a las expediciones.
Vida en el extranjero
La trayectoria de Pol también se construyó fuera de Argentina. En 1999, a los 25 años, llegó al Museo Americano de Historia Natural (AMNH) para colaborar con los paleontólogos de la institución mientras realizaba un doctorado en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Para entonces ya contaba con una importante experiencia de trabajo de campo en los desiertos argentinos, donde había participado en numerosas expediciones y estudiado fósiles.
Su paso por Estados Unidos le permitió trabajar con investigadores de diferentes países y participar en expediciones internacionales, ampliando su perspectiva sobre la paleontología y las distintas formas de hacer ciencia. Una experiencia que, con los años, también reforzó su apuesta por la colaboración internacional.

—Has desarrollado parte importante de tu trabajo en Argentina, pero también realizaste estudios e investigaciones en Estados Unidos. ¿Cómo influyeron esas experiencias en el desarrollo de tu carrera?
—Muchísimo. Fue una etapa temprana en donde fui a hacer mi posgrado a Estados Unidos. Hicimos expediciones en Mongolia principalmente. El tener la posibilidad de trabajar con diferentes grupos de trabajo en diferentes países, diferentes continentes, creo que abrió mi perspectiva de lo que es el mundo, de las diferentes maneras de trabajar, de cómo el trabajo paleontológico se adapta a las diferentes culturas e idiosincrasia, y de lo importante que son las relaciones humanas para llevar adelante un proyecto.
—¿Qué aprendiste de trabajar con equipos tan diversos?
—Es importante cuánto se gana de experiencia cuando el límite de tus colaboraciones es el planeta entero. Si nos quedamos trabajando con quien tengamos al lado, seguramente, en ese contexto más cerrado, haga que tengamos cierto tipo de “tapados”. Y la verdad es que trabajar con diferentes personas de diferentes backgrounds, de diferentes culturas, de diferente formación, ayuda a tener una una amplitud de mirada que nos permite mejorar el tipo de ciencia que hacemos. Muchas veces termina siendo un trabajo más interesante, más significativo y relevante para diferentes miembros de la comunidad científica y de la sociedad en general.
—¿Cómo viste la diferencia entre el estudio de la paleontología en Argentina y Estados Unidos? ¿Hay algo que uno de esos países puede aprender del otro?
—Sí, mutuamente. La colaboración internacional es fundamental, no sólo entre Estados Unidos y Argentina. Creo que en las comunidades latinoamericanas tenemos que colaborar mucho más de lo que lo hacemos hoy en día. Hay muchos colegas en Chile, Argentina, Bolivia, Brasil, Perú, Colombia, y creo que es mutuamente beneficioso que comencemos a desarrollar más cooperación entre países cercanos y hermanos de Latinoamérica. Creo que podemos llegar a crear un ambiente en donde los futuros estudiantes se nutran muchísimo de las diferentes visiones y dinámicas, y también nos abre problemas que, sino, nunca podríamos estudiar. El registro fósil es tan fragmentario que hay preguntas, por ejemplo, que si yo trabajara solo en Argentina, no podría responder nunca, porque quizás no tenemos las rocas de la edad adecuada o del ambiente adecuado para responder esas preguntas.

—¿Has trabajado con colegas latinoamericanos?
—Actualmente estamos colaborando con colegas que están basados en Santiago, en la Universidad de Chile, la Universidad Católica y el Museo Nacional de Historia Natural. Estamos encontrando fósiles muy similares del lado argentino y del lado chileno, obviamente, porque en ese momento no existía la cordillera de los Andes, era todo una única tierra. Los animales hoy en día pasan de un lado al otro sin ningún problema, porque la Patagonia es una única región. Con mi equipo, en el centro de la Patagonia del lado argentino, y el equipo de Chile en la región de Magallanes, hemos encontrado especies muy parecidas y estuvimos varias veces reunidos viendo conjuntamente los fósiles. Hay partes que tenemos, por ejemplo, en el fósil argentino que no están preservadas en el fósil de Chile y viceversa. Es una iluminación recíproca cuando uno junta la información.
Lo que aún queda por descubrir
Cada nuevo descubrimiento también abre nuevas preguntas. En su trabajo actual, Diego busca responder algunas de ellas, entre las que se encuentran los factores que permitieron a ciertos dinosaurios alcanzar tamaños gigantescos y cómo se desarrollaron las extinciones que marcaron el final de su historia.
A pesar de los avances que han habido durante las últimas décadas, todavía existen grandes incógnitas sobre la evolución de los vertebrados y otras especies y ecosistemas que habitaron. En particular, la falta de registros en algunas regiones del mundo dificulta comprender procesos que tuvieron una escala global, como las grandes extinciones. Para Pol, seguir explorando estos territorios es clave para completar las piezas que aún faltan de este rompecabezas.

—¿Qué preguntas sobre la evolución de los vertebrados siguen despertando tu curiosidad?
—Uno de los temas que he trabajado mucho es el gigantismo de los dinosaurios, el origen del gigantismo. Hemos hecho buenos descubrimientos y buenos avances, pero todavía nos quedan algunos capítulos muy interesantes para descubrir. Por ejemplo, qué fue lo que gobernó realmente los pulsos de gigantismo y de disminución de tamaño corporal que vemos en estos herbívoros de cuello largo. Creemos que está relacionado con el ambiente, con la producción de la biomasa vegetal, tenemos algunas pistas, pero no es algo que podemos explicar al 100%. Y la otra es la extinción. Es algo que todavía no entendemos bien, especialmente en el hemisferio sur. Tenemos muy buenos datos pero la información es muy escasa y creo que entender las extinciones globales requiere tener datos globales y hoy no los tenemos. Poner en el mapa a Sudamérica y la Patagonia es un objetivo en el que estamos trabajando.
—¿Y por qué en el hemisferio sur no tenemos tanta información?
—Por el desarrollo histórico de la disciplina versus lo ha hecho Estados Unidos y Europa. Comenzaron antes, desde fines del siglo XIX, y con muchísimo trabajo que han realizado en el siglo XX. Tener varias generaciones de paleontólogos, una tras otra, que estuvieron abocados a estos temas lleva a que tengan un muestreo mucho más completo. Aquí, la exploración de dinosaurios en Sudamérica comenzó hace 30 años, 40 años quizás, y recién ahora está escalando a nivel de diferentes países, con una buena comunidad de investigadores. Nos faltan años, nos falta esfuerzo y nos falta financiamiento. Es asimétrica la cantidad de recursos que se invierten en ciencia en Estados Unidos y en Europa comparado con América Latina.
—¿En qué proyecto estás trabajando actualmente? ¿Hay algún hallazgo que te tenga particularmente entusiasmado?
—Sí. Lo que llamamos “el proyecto del fin de la era de los dinosaurios” en Patagonia: tratamos de entender cómo se dio la extinción. Hemos encontrado una diversidad de dinosaurios que vivieron hasta el final de esa era realmente increíble, mayor a la esperada. Tenemos nuevas especies de dinosaurios. Encontramos cinco nuevas especies en los últimos dos años y tenemos varias más en proceso de estudio. Es una diversidad mayor a lo esperado, una variedad de formas. Patagonia era un lugar donde los dinosaurios estaban en su apogeo cuando nos aproximamos al momento de la extinción.
—¿Quiénes participan en este proyecto?
—Es un proyecto muy grande. Lidero un equipo de 83 científicos y estudiantes que estamos abocados a esto. Hay de diferentes partes de Argentina, colegas en Chile, colegas en Estados Unidos, en Inglaterra. Trabajamos con colegas que se especializan en plantas o en fósiles microscópicos como el plancton de los cuerpos de agua; personas que estudian animales invertebrados como moluscos y caracoles, y también con geólogos que estudian las rocas, que nos dan mucha información no sólo sobre nosotros, sino también sobre el ambiente donde vivían y desarrollaban estos ecosistemas.

Llevar la ciencia al público
El trabajo de Diego Pol no solo busca reconstruir la historia de las diversas especies que habitaron la Tierra hace millones de años. También busca compartir ese conocimiento y abrir nuevas preguntas sobre la relación entre los seres vivos y sus entornos. Para él, observar la forma en que distintas especies enfrentaron cambios y crisis en el pasado puede entregar nuevas perspectivas para comprender los desafíos del presente.
Esa mirada será un punto clave de su participación en el Festival Ladera Sur, donde presentará algunos de los descubrimientos que han marcado su trayectoria y reflexionará sobre lo que la historia evolutiva de los dinosaurios puede enseñarnos. A través del gigantismo y las grandes extinciones, su ponencia propone mirar millones de años hacia atrás para repensar la diversidad, la adaptación y la resiliencia de las especies.

—¡Esta es tu primera vez participando en el Festival Ladera Sur! ¿Qué te motiva a ser parte de este encuentro?
—Escuché cosas fantásticas. Conozco gente que ha estado y me dicen que es una mezcla de tantas cosas que se ven en los festivales, pero todo junto en un lugar: arte, música, ciencia, conservación. Me parece una idea muy inspiradora, no me lo quiero perder.
—¿Nos puedes adelantar algunos detalles de tu ponencia?
—Como primera parte, pensaba comenzar con el descubrimiento de Patagotitan y todo lo que aprendimos de estos gigantes que fueron tan exitosos a lo largo del tiempo. Una familia de dinosaurios que vivió en todos los continentes, en todos los climas y durante más de 50 millones de años dominando el planeta. Creo que eso se refleja un poco en el éxito de nuestra propia especie. Somos una especie que tiene una versatilidad increíble, eso lleva a repensar la historia profunda del planeta y entender que la importancia de la diversidad es que no hay una manera única y global de vivir.
—¿Y la segunda parte?
—¿Qué pasó con los dinosaurios? ¿Qué pasó con la gran extinción? ¿Qué podemos aprender, no solo de los casos de éxito, sino de las crisis que han llevado a grandes extinciones? Algo que estamos descubriendo es que la crisis de la extinción no ocurrió de la misma manera en todos los ambientes, sino de manera diferente en los distintos ecosistemas. Aquellos que tenían fuentes de energía más variadas, es decir, que no dependían únicamente del Sol, fueron los ecosistemas que menos sufrieron. Eso también nos puede dejar alguna enseñanza de los riesgos de basar nuestra vida en una única fuente de lo que necesitemos para vivir. Esta multiplicidad de fuentes son también una de las claves de la resiliencia que podemos aprender a través de la paleontología.