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¡Los cachalotes están llegando a Chañaral de Aceituno! La huella de los cetáceos en una de las caletas más icónicas del norte chileno
Por segundo año consecutivo, los cachalotes vuelven a aparecer a pocos días de septiembre frente a Chañaral de Aceituno. El fenómeno, inusual por la cercanía a la costa y la recurrencia de los avistamientos, suma nuevas preguntas científicas a una historia que comenzó hace más de dos décadas, cuando una pequeña caleta descubrió en las ballenas una oportunidad para transformar su relación con el mar.
El inicio de septiembre vuelve a traer cachalotes a Chañaral de Aceituno. Por segundo año consecutivo, estos gigantes de las profundidades han comenzado a aparecer frente a las costas de la caleta, reactivando la atención de operadores turísticos, científicos y habitantes que desde hace años siguen sus movimientos.
El fenómeno resulta especialmente llamativo por la cercanía a la costa. Los cachalotes suelen alimentarse en aguas profundas y pueden sumergirse cientos de metros en busca de sus presas. En torno a Isla Chañaral, sin embargo, la abrupta pendiente del fondo marino permite encontrar grandes profundidades a poca distancia de la costa, una de las características que podría explicar su presencia en el sector.
El regreso de septiembre ocurre después de una temporada que marcó un antes y un después para el conocimiento de la especie en Chile. Desde septiembre de 2025, los avistamientos se volvieron mucho más frecuentes y se extendieron durante varios meses. En marzo de este año, un equipo de investigadores logró marcar satelitalmente a dos cachalotes, abriendo una nueva ventana para conocer sus desplazamientos, zonas de alimentación y comportamiento en profundidad.
Mientras la ciencia intenta descifrar por qué estos animales están utilizando nuevamente estas aguas, Chañaral de Aceituno continúa mostrando una transformación que comenzó mucho antes: la de una caleta aislada que encontró en sus gigantes del océano una nueva forma de habitar y valorar su territorio.
Aquí convergen tres figuras de protección: la Reserva Nacional Pingüino de Humboldt, la Reserva Marina Isla Chañaral y el Área Marina Costera Protegida de Múltiples Usos Archipiélago de Humboldt. En conjunto, resguardan un ecosistema marcado por la productividad de la corriente de Humboldt, fuertes pendientes submarinas y una extraordinaria diversidad de especies.
Más allá de la ciencia, el fenómeno también se refleja en la llegada de visitantes. Desde septiembre hasta el verano, cientos de turistas arriban atraídos por el avistamiento de ballenas y delfines, e incluso participan del Festival de la Ballena, una propuesta organizada por Balaena —iniciativa ciudadana enfocada en la protección de los ecosistemas marinos— que cuenta con el apoyo de la Junta de Vecinos de Chañaral de Aceituno y el Municipio de Freirina. Pero esta es una realidad relativamente reciente.

Cuando las ballenas aún no eran destino
Cuando Carlos Aguilar llegó por primera vez a Chañaral de Aceituno, en el año 2000, el escenario era completamente distinto. Nacido y criado en la Patagonia y con más de cuatro décadas de trayectoria en televisión —trabajó cerca de 45 años entre Canal 13 y TVN—, arribó a la zona por motivos laborales, sin imaginar que terminaría estableciéndose ahí. “Llegué y me enamoré del lugar. No había camino, no había nada”, recuerda. “Éramos 70 u 80 personas, no más”.
En ese entonces, el lugar tenía una infraestructura mínima de solo seis camas para arrendar y recibía apenas a algunos visitantes curiosos. Sin embargo, la constante aparición de cetáceos frente a sus costas comenzaba a insinuar un potencial que, con el tiempo, cambiaría su destino. “Nos dimos cuenta de que esto podía ser algo más, pero no era de un día para otro. Fueron 15 o 20 años de trabajo”, en los que incluso tuvieron que hacerse cargo de los carteles viales, mal posicionados y responsables de mantener la magia del lugar escondida en un camino de ripio poco señalizado.

Cartel de Chañaral puesto al revés. Foto Carlos Aguilar.
Esta historia tiene un punto de partida claro: una pequeña localidad vio, en los gigantes del océano, la oportunidad de levantarse turísticamente a través de actividades que entrecruzan ciencia, conservación y calidez humana. Entre pescadores, dos periodistas —Carlos Aguilar y Alipio Vera— forjaron la identidad de un turismo responsable que no tiene comparación. Este proceso se vio fortalecido por la colaboración de científicos reconocidos como la doctora en oceanografía biológica Susannah Buchan, quien incluso construyó una casa para instalarse por largos períodos a estudiar la vida marina y hoy lidera uno de los principales bancos de datos sobre ballenas fin en el mundo, desarrollado a partir de observación local.
A comienzos de este año, durante el Festival de la Ballena, Aguilar se paró frente a un público lleno y, acompañado de sus propias fotografías, repasó cómo hace dos décadas comenzó a gestarse lo que hoy es uno de los principales destinos de avistamiento de cetáceos en Chile. En ese recorrido, no pudo evitar detenerse en la figura de su amigo Alipio Vera.
Años antes, tras una larga trayectoria como corresponsal de guerra, Vera fue enviado al norte con una misión que en ese momento parecía poco prometedora. La anécdota volvió a circular tras su muerte, en un reportaje de Canal 13, cuando su editor, Gazi Jalin, recordó la instrucción que le dio entonces: “Alipio, vas a hacer lo mismo, pero te vas al norte”. “¿Pero el norte, si no tiene paisaje?”, respondió él, incrédulo. La respuesta fue simple: él sería quien lo descubriría.
Y así fue. Vera se instaló en Chañaral de Aceituno y, con el tiempo, su vínculo con la comunidad se volvió tan estrecho que en 2013 los pescadores reunieron firmas para postularlo al Premio Nacional de Periodismo. Cuando lo ganó y se convirtió en el primer periodista televisivo en obtenerlo, decidió celebrarlo ahí, junto a ellos.
“Se hizo una fiesta de dos días acá, con todos los pescadores. Eso habla de la relación que tenía con la gente”, recuerda Aguilar.
El legado de Alipio quedó plasmado en el lugar. A la entrada, junto a un cartel que anuncia “Bienvenidos a Chañaral de Aceituno”, una estructura con forma de cola de ballena se roba la atención de quienes llegan. Es un recordatorio tangible de su compromiso con este proyecto de largo aliento, al que dedicó más de 20 años: él donó esa obra que hoy da la bienvenida.

De la pesca al avistamiento
Cuando Carlos se detiene a pensar en por qué su estadía, que debía durar dos años, se convirtió en algo permanente, menciona el valor agregado que tienen los pescadores y sus familias a la hora de hacer comunidad. Esta comunidad evolucionó en torno a la figura de las ballenas: “La ballena es el ADN del lugar”, dice Aguilar. “Es lo que nos representa”. Todos se pusieron a disposición de lo que hoy es uno de los proyectos sustentables más importantes de la Región de Atacama.
Más de dos décadas después de que comenzó esa transformación, la caleta continúa cambiando su infraestructura. Actualmente se encuentra en ejecución la reposición de la infraestructura portuaria de Chañaral de Aceituno, un proyecto del Ministerio de Obras Públicas que contempla una inversión de $11.319 millones y cuyo término está programado para diciembre de 2026. Las obras consideran áreas diferenciadas para la actividad pesquera y turística, además de muelles, edificaciones y un paseo costero.
La obra representa una nueva etapa para una localidad cuya economía turística se construyó, precisamente, a partir de su relación con el mar. Si hace veinte años fueron los pescadores quienes tuvieron que adaptar sus embarcaciones y aprender a convivir con una nueva actividad, ahora es el propio borde costero el que se prepara para acompañar ese proceso.
En el proceso inicial, los pescadores tuvieron que experimentar un cambio de paradigma respecto a la actividad económica que habían desarrollado hasta entonces. La pesca artesanal y la recolección de huiro de orilla pasaron a un segundo plano cuando Alipio y Carlos propusieron a algunos locatarios
viajar para aprender de un ejemplo internacional: Península Valdés, en Argentina, que cuatro décadas antes había comenzado a desarrollar el turismo en torno a los cetáceos. Patricio Ortiz, que hoy zarpa varias veces al día en el “Arca de Noé”, y Luis González, de Turismo Orcas, tomaron ese aprendizaje
y se pusieron a disposición de este proyecto, que hoy los posiciona como referentes en la búsqueda de los soplos de ballena que tantos visitantes disfrutan. “Ambos son hoy empresarios importantes de la zona”, señala Aguilar.


A ese viaje se sumaron otras instancias que consolidaron esta formación. Recibieron la visita de expertos nacionales dedicados al avistamiento en Puñihuil, en Chiloé, y accedieron a capacitaciones en gestión y finanzas. No era un detalle menor: uno de los principales desafíos era conseguir financiamiento para renovar las embarcaciones. “Los bancos no querían darnos créditos”, recuerda Aguilar. La desconfianza inicial frenó el proceso, hasta que una empresa en Santiago decidió apostar por el proyecto. A partir de ahí, comenzaron a organizarse los primeros grupos de pescadores que dieron el salto hacia esta nueva forma de habitar el mar.
La imagen que lo cambió todo
Con los aprendizajes adquiridos y la postulación a fondos públicos, la visión de un territorio renovado comenzó a tomar forma. En ese entonces había 99 botes de madera y solo uno de fibra, que había sido donado. Actualmente, existen más de 120 embarcaciones de fibra con motor, que permiten adentrarse en el mar en busca del esperado soplo de ballena.
Con el paso del tiempo, la visibilidad llegó. “Recuerdo cuando salimos por primera vez en televisión: fue un reportaje de alrededor de 17 minutos, algo muy largo e inusual para las noticias”, comenta Carlos, quien se encargó personalmente de registrar el proceso con su cámara y hoy se enorgullece del reconocimiento internacional, reflejado en seminarios y en la llegada de científicos de todo el mundo que viajan para realizar el marcaje satelital de ballenas en la zona.
Sus fotografías —muchas tomadas desde el mar, otras desde la costa— no solo documentan la presencia de cetáceos, sino también el crecimiento del lugar. Algunas, con el tiempo, se volvieron ampliamente conocidas y ayudaron a posicionarlo como un destino único para el avistamiento.
“El registro fue clave”, dice. “Porque permitió mostrar lo que estaba pasando acá, algo que antes nadie veía. Incluso, en El Mercurio salió una de mis fotos con el titular ‘Las ballenas que salvaron Chañaral”.


Aguilar.
Para Carlos, la fotografía es algo que aprendió desde niño y hoy forma parte de su esencia. Cuenta con orgullo que, durante los años sesenta, tomó una de las primeras selfies con un palo y una cámara familiar. Por eso, cuando llegó, no dudó en retratar una de las experiencias más transformadoras de su vida, sumando imágenes de pescadores y de los gigantes del océano. Hoy su colección es reducida, ya que su casa en Copiapó fue afectada por dos aluviones en los que perdió gran parte de su material.
Todas las fotos han sido tomadas con lentes cortos, de máximo 50 metros. Muchas veces ha salido mar adentro guiado por su intuición, deteniendo el motor para esperar. Pero hay una imagen en particular que marcó un hito: con el atardecer de fondo, se asoma una gran cola de ballena. El disparo fue hecho una tarde en la que salió a navegar con Luis González, cuando aún se dedicaba al huiro de orilla.

caleta. Foto Carlos Aguilar
“Estuve en busca de esa foto por nueve años, hasta que el 13 de febrero de 2012 lo logré”. Ese día, al mirar el cielo, le dijo a “Lucho” que cargaran 150 litros de combustible y salieran en busca de la imagen. Esa fotografía de ballena azul hoy está agotada en todos los comercios locales.
Actualmente, Carlos sigue profundamente conectado con el ecosistema que transformó su paso como corresponsal en una estadía permanente. Su vida también ha evolucionado: tras jubilarse a los 60 años, César Villarroel, de la agencia local Explora Sub, lo motivó a bucear.
En su bitácora registra que su primera inmersión fue a los 62 años, en 2014, y que el 28 de febrero de este año realizó la número 500. “No me dedico a tomar fotos, solo a observar. Es un mundo que, aunque siempre viví cerca de la costa, me estaba perdiendo”.
Según Carlos, existe la falsa idea de que los adultos mayores ven limitada su vida, de que son “desechables”. Él está empeñado en demostrar lo contrario. Además de sumergirse en el mar, lidera una empresa que organiza trekking en la cordillera con personas mayores.
Como él, son muchos quienes llegan para observar la isla desde la profundidad del océano, y existen varias agencias dedicadas al buceo en el territorio.
Bajo la superficie: el ecosistema que lo sostiene todo
No se trata solo de lo que ocurre en la superficie. Bajo el agua, el ecosistema que rodea Chañaral de Aceituno explica gran parte de su riqueza. La corriente de Humboldt —una de las más productivas del planeta— trae aguas frías cargadas de nutrientes que, al interactuar con la geografía del archipiélago, generan condiciones ideales para la proliferación de plancton y krill, base de la cadena alimentaria marina. Este fenómeno sostiene la presencia de peces, aves y grandes mamíferos como ballenas y delfines, que encuentran aquí un verdadero punto de alimentación.
En ese equilibrio, las áreas protegidas cumplen un papel fundamental. No solo resguardan especies emblemáticas, sino que también protegen los procesos ecológicos que hacen posible esta biodiversidad. Desde el fondo marino hasta la superficie, todo está conectado.
Quienes se sumergen lo ven de cerca: bosques de algas, cardúmenes en movimiento y una diversidad que muchas veces pasa desapercibida desde las embarcaciones. Valeria Portus, bióloga marina, capitana y gerente general de La Mar Chile, llegó hace un par de años con una propuesta enfocada en hacer del avistamiento y el buceo un espacio educativo y de concientización.

Foto Valeria Portus de La Mar
Su propuesta va más allá de observar ballenas: sumerge al visitante en un recorrido que mezcla ciencia y aventura. El avistamiento “cinco sentidos” es una experiencia en la que todos los pasajeros toman un papel activo en el aprendizaje sobre la flora y fauna marina. La embarcación de La Mar emprende su camino mar adentro con un reciente amanecer a las 7 de la mañana, cuando aún quedan tres horas para que el resto de los capitanes zarpen. Esta es una decisión consciente, pues Valeria tiene la estricta regla de no ir a buscar una ballena cuando hay más de dos embarcaciones, para no invadir su espacio natural.
El frío de la mañana todavía se siente en la cubierta cuando el motor rompe el silencio y la costa comienza a alejarse lentamente. A esa hora, el mar parece suspendido: sin tráfico, sin ruido, apenas interrumpido por el soplo lejano de algún cetáceo. La luz cambia rápido, y con ella también el ánimo a bordo. Lo que al inicio es expectación silenciosa se transforma, poco a poco, en una atención activa, casi colectiva, donde cada movimiento en el horizonte se vuelve una pista posible.
Con el avance de la navegación, las instrucciones dejan de ser solo indicaciones técnicas y se convierten en una invitación a observar distinto. En ese tránsito, la experiencia se vuelve inmersiva: no se trata solo de mirar, sino de aprender a leer el ecosistema en tiempo real, como si cada pasajero se integrara momentáneamente a la lógica del océano.


A medida que la mañana avanza, los pasajeros se van haciendo parte de actividades que ponen la biología marina a su alcance. El uso de equipamiento científico a bordo, como hidrófonos, permite escuchar vocalizaciones de delfines y ballenas con apoyo de una biblioteca acústica. Todo esto guiado por biólogas marinas dedicadas a la conservación. Además, uno de los pasajeros voluntarios recolecta krill y todos pueden observar la muestra, aprendiendo sobre esta vida submarina que sostiene el resto de la cadena marina. También se permite tocar una barba de ballena, comprendiendo la diferencia entre misticetos y odontocetos. Todos terminan el recorrido con nuevos aprendizajes.

De esta manera, Valeria se ha abierto paso como la primera capitana mujer del lugar, en un espacio históricamente masculino. Lo describe como “una experiencia profundamente desafiante, pero también muy significativa. Ha implicado demostrar constantemente capacidad, liderazgo y seguridad en cada maniobra y salida al mar”. Pese a las dificultades, esto ha sido profundamente enriquecedor, no solo en lo personal, sino también en lo colectivo. Su presencia ha ido abriendo camino para que otras mujeres, niñas y adolescentes comiencen a imaginarse en espacios vinculados a la navegación, el turismo y la conservación marina. En ese proceso, reflexiona que “más allá de liderar salidas, también hemos ido transformando imaginarios sobre quiénes pueden habitar y trabajar en el mar”.
La biología marina se ha vuelto central en este modelo de turismo sustentable, donde la responsabilidad con los ecosistemas orienta cada salida. Tanto Carlos como Valeria coinciden en que el avistamiento no puede entenderse sin una ética de cuidado activa, que implica no solo normas en el mar, sino también prácticas concretas en tierra. En esa línea, Valeria enfatiza que “lo principal es comprender que estamos entrando al espacio de los cetáceos, no al revés”, lo que se traduce en mantener distancias, reducir la velocidad, evitar interceptar su trayectoria, limitar los tiempos de observación y minimizar el ruido y las maniobras bruscas, además de coordinarse permanentemente con otras embarcaciones para intervenir lo menos posible en su hábitat.
Esa misma lógica se extiende al trabajo cotidiano. Carlos cuenta que durante todo el año impulsan acciones de limpieza y cuidado del entorno, con operativos periódicos para retirar residuos tanto del borde costero como de las islas. Como resume, “nuestro principal propósito es mantener el equilibrio ecológico”. Valeria agrega que también es fundamental la educación de quienes visitan el territorio: explicar el comportamiento de las especies, el valor ecológico del archipiélago y la importancia de que el turismo sea una herramienta de conservación y no de perturbación.
Es este ecosistema el que hoy sigue atrayendo a científicos y visitantes, pero también el que enfrenta nuevas interrogantes. Desde septiembre de 2025, los cachalotes comenzaron a aparecer con mayor recurrencia frente a Chañaral de Aceituno. Ahora, un año después, vuelven a registrarse en la zona durante septiembre, marcando por segundo año consecutivo la presencia de estos grandes cetáceos en este periodo. El fenómeno ha llamado la atención de la comunidad científica y de los operadores turísticos locales, especialmente después del marcaje satelital de dos ejemplares realizado en marzo de este año.
Cachalotes: El regreso que abre nuevas preguntas
Este fenómeno es interpretado por quienes habitan y trabajan en el territorio como una oportunidad para profundizar el conocimiento, pero también como un desafío en materia de conservación. La presencia de cachalotes —los depredadores dentados más grandes del mundo— amplía la mirada sobre un ecosistema ya reconocido por su biodiversidad.
Para Valeria, esto evidencia la riqueza biológica y oceanográfica de la zona: “es un indicador de que el ecosistema sigue sosteniendo procesos ecológicos de gran escala, desde la productividad marina hasta la disponibilidad de presas en aguas profundas”.

A su vez, señala que abre posibilidades para profundizar estudios sobre la acústica de estos animales y ampliar el rango de cetáceos considerados en los planes de manejo del área.
Así, los cachalotes se suman a las ballenas jorobadas, fin y azules que utilizan estas costas como zonas de alimentación. Su presencia refuerza la necesidad de protección en un territorio marcado por tensiones frente a proyectos como Dominga. “Se abren desafíos como fortalecer la protección del archipiélago frente al aumento del tráfico marítimo, proyectos industriales y actividades que puedan alterar rutas, alimentación y acústica submarina”, advierte.

El aumento de los avistamientos no solo despertó el interés de quienes viven y trabajan en la caleta. También permitió que la ciencia comenzara a seguir más de cerca a estos animales. En marzo de este año, un equipo de investigadores logró marcar satelitalmente a dos cachalotes, un hito que permitirá conocer sus desplazamientos y, en uno de los casos, registrar también información sobre sus inmersiones.
Hasta entonces, gran parte de lo que se sabía sobre estos animales en Chañaral provenía de la observación de operadores y científicos en superficie. Con los transmisores, en cambio, es posible seguir sus movimientos cuando desaparecen bajo el agua y conocer qué rutas utilizan y qué zonas podrían estar ocupando para alimentarse.
Ahora, el regreso de los cachalotes en septiembre vuelve a darle relevancia a esa información. Si los individuos marcados regresaran a la zona, los datos podrían ayudar a establecer si Chañaral forma parte de una ruta recurrente o de un área de alimentación que estos animales utilizan año tras año. Por ahora, esa es una de las preguntas que permanece abierta.
Desde este territorio, la conciencia en torno a la fauna marina se ha construido a lo largo de los años. “Todo gira en torno a la ballena”, dice Aguilar. “La calidad de las embarcaciones, de los capitanes y de los guías es resultado de la apuesta que hicieron los pescadores al atreverse a cambiar”. En esa misma línea, hoy mantienen un compromiso activo con la protección de su ecosistema.
Por su parte, desde La Mar, Valeria impulsa un modelo distinto, que conecta ciencia, educación y experiencia en el mar. Y en ese cruce, deja una idea que sintetiza la motivación detrás del turismo sustentable de esta localidad nortina:
“Conservar este territorio no es solo proteger especies emblemáticas, sino resguardar un ecosistema completo.”
Raquel González
