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Las cinco décadas mexicanas de Fulvio Eccardi: contando los misterios de la naturaleza a través de la fotografía y la educación ambiental
Acaba de ser reconocido con la Orden del Cóndor de las Californias por su trayectoria. Arribado desde Italia en los años setenta, el biólogo y fotógrafo de naturaleza Fulvio Eccardi cumple cincuenta años de naturalismo en México este 26 de agosto. Con su energía característica, tiene varios proyectos en carpeta que están prontos a ver la luz en los próximos meses. En esta entrevista, nos comparte un recorrido por su carrera, el pajareo, su visión sobre los desafíos ambientales y varias reflexiones para tener en cuenta.
Medio siglo. Eso es lo que el biólogo y fotógrafo de naturaleza italiano Fulvio Eccardi lleva instalado en tierras mexicanas. Desde su casa en la capital mexica, donde figura rodeado de más de cinco especies de colibríes, nos habla con pausa. De fondo, lo acompaña una biblioteca llena de volúmenes, donde probablemente haya varios ejemplares publicados por su Gaia Editores, que fundó junto a su mujer, Leticia Mendoza, en el año 2006.
Recientemente distinguido con la Orden del Cóndor de las Californias en el Museo Nacional de Antropología, un prestigioso reconocimiento a su trayectoria documentando el patrimonio natural del país, comienza contándonos sobre esta especie: casi extinta en su hábitat natural a fines de los ochenta, se comenzó con un programa de recuperación en el Zoológico de San Diego. Fue un programa lento, porque el cóndor californiano es de difícil reproducción, pero lograron sacar polluelos que llegaron a la adultez. Comenzaron a ser liberados en la Sierra de San Pedro Mártir en Baja California, de la mano de los biólogos Luis Vargas y Catalina Porras. Pero el financiamiento se hacía escaso. Entonces fue cuando Patricio Robles Gil, otro fotógrafo emblemático de la antigua escuela, ideó este galardón y comenzó una campaña de financiación a través de aportes de filántropos. Gracias a todos los esfuerzos, hoy se cuenta con una población de cincuenta ejemplares volando libres en México.
Se enamoró de las aves cuando era niño. En su Trieste natal, su madre lo llevaba a pasear a la campiña y Fulvio, bastón en mano, las hacía de explorador. Allí se contactó por primera vez con los pájaros. Como siempre quiso ser explorador, mientras estudiaba Biología siguió recorriendo el entorno natural junto a un amigo. Iban a ver pájaros del delta de algunos ríos cercanos a la ciudad; avistaban patos, aves limícolas. Con ellas, comenzó su faceta de fotógrafo. Es el vuelo una de las características que más le fascinan. Siempre le ha gustado volar, le encanta andar en ultraligero, fotografiar desde el aire. La perspectiva desde las alturas se le hace súper atractiva. Cómo no.


Un 26 de agosto de 1976 llegó al país. Venía ya con su experiencia de fotógrafo y tuvo la oportunidad de realizar un documental en la isla Isabel. Se trató de una pieza de 30 minutos sobre aves marinas, filmada en 16 mm en negativo. “Luego vino el Golfo de California, y una cosa lleva a la otra”, dice. Se quedó para siempre. Desde entonces, tiene un archivo de más de un millón de fotografías, montones en diapositiva; ha dirigido diversos documentales de vida silvestre y uso de recursos naturales. Ha publicado sus fotos en revistas como Oasis, National Geographic, BBC Wildlife, México Desconocido, Ciencias, Pronatura, Travesías, Animal Kingdom, entre muchas otras. Pero no solo eso define el trabajo de Eccardi; además, se ha dedicado a la investigación, ha creado campañas ambientales y de educación. Su motivación más grande es conectar -o reconectar- a las personas con la Naturaleza que las rodea (“Naturaleza va con mayúscula siempre”, dice en otra entrevista).

El esplendor del avistamiento: desde el escondite a las nuevas fórmulas
Entre el bosque de niebla y el Golfo de California se debaten sus ecosistemas favoritos del país. Allí ha podido observar y trabajar con diversas especies de pájaros, vivir experiencias únicas. Tanto con las colonias de las islas, como las de la pequeña isla Rasa donde en menos de 1 km cuadrado vive medio millón de aves, como con el quetzal o el águila real, ha compartido meses a lo largo de los años.
“Cada ave es un mundo diferente, y esto de convivir mucho tiempo intensamente con el mundo natural, te cambia. Es otra manera de ver la realidad y de conectarte”, asegura. Esto implica estar muchas veces solo por largos períodos de tiempo, procurar que las aves no te vean, o a los menos no se intimiden con tu presencia porque, dice él, “siempre saben que estás ahí, aunque no las molestes, y ellas te aceptan o no”.
El caso del águila real es notable: “Fue un trabajo muy demandante, porque significaba volverse invisible para el animal que tiene la mejor vista del mundo. El águila no quiere que la veas. Entonces primero preparas tu escondite. Lo dejas ahí un tiempo para que se acostumbre. Como es un ave diurna, tienes que entrar de noche y salir de noche, y pasar todo el día allí. Y hoy las cámaras no emiten sonido, pero en esa época con réflex de espejo, cada vez que disparabas se emitía un sonido. Entonces inventamos como un sistema para que no se escuchara el click de la cámara, aunque éste igual se va por el lente. Y como se trata de un sonido metálico que no tiene nada que ver con los sonidos del mundo natural, al final igual se siente”. Todo ese esfuerzo le valió fotografías que han recorrido el mundo, y un particular cariño por la especie en cuestión.

de Zacatecas. Créditos: ©Fulvio Eccardi

Golfo de California. Créditos: © FulvioEccardi

El ejercicio de observación de aves es para Fulvio una excelente manera de entrar al mundo natural en su completitud, abrir los ojos a otros detalles que no se notan a la primera. Claro, tanto tiempo avistando nos permitirá también apreciar flora, insectos, funga, así vamos ampliando. Eso, a su vez, nos hará más conscientes de la maravilla que nos rodea; luego viene intentar protegerla. Ahora: hay pajareros y pajareros. “Me ha tocado ver observadores que solo van a ver aves, que cuentan cuántas han visto tal día. Les puede pasar un tapir ahí al lado y ni lo pelan. También la observación se ha vuelto una industria en sí misma”, explica.
El pajareo está de moda. Y la foto de aves también. Antes era muy diferente, ya sea por los equipos y tecnologías, como por la inexistencia de las redes sociales que conocemos hoy. Un claro ejemplo para Fulvio es el libro de mesa. Se producen menos de esos libros enormes de fotos de naturaleza, y a su vez se paga menos por ese trabajo. Antiguamente, la foto era mucho más valorada: “Cuando yo empecé acá en México, tus fotos publicadas se pagaban en dólares. Yo trabajaba con la agencia Bruce Coleman de Nueva York y te pagaban 250, 300 dólares de la época por foto. Eso hoy en día ya no existe. Sobre los coffee table books, nosotros hacíamos uno o dos libros al año y vivías con lo que te pagaban por hacer el libro. Desde luego, los fotógrafos eran pocos: las cámaras eran con película, se usaba Kodachrome, que era muy difícil de revelar. Era toda una maquinota grande y poca gente la tenía. Con la era digital hay más acceso… bueno, ahora en redes se ven imágenes de aves por todas partes, pero la gran mayoría son retratos, retratos que para mí ya se hicieron. Lo que yo busco —y que hay pocos que pueden hacer— son imágenes de comportamientos, de relaciones, cosas que normalmente no puedes ver a ojo pelón”, afirma. Y su trabajo con los quetzales ejemplifica justamente esto.

En medio del bosque de niebla, principalmente en las zonas altas de Chiapas, entre los mil doscientos y los tres mil metros de altura, habita un verdadero príncipe de los cielos americanos. Una especie de ave fénix de colores brillantes, con una cola larga tan elegante que no se puede sino quedar pasmado al divisarle. En la Reserva de la Biosfera El Triunfo, donde el biólogo lleva décadas trabajando, se halla el quetzal.
Los quetzales hacen sus nidos en troncos. Tras mucho tiempo de ir y venir, cuando ya tuvieron identificado un nido, el matrimonio Eccardi Mendoza pasó horas de horas, días completos, meses, estudiando a una pareja de quetzales que tenía su nido en el agujero de un tronco muerto. Padre y madre iban y venían con alimento. El pichón nunca se veía, pues estaba muy bien escondido allí abajo en su guarida. El fotógrafo se quedó tres semanas completas en medio del bosque, sin moverse. Quería ver al pichón. Un día, entrada la cuarta semana, emergieron dos pollos. Dos, saliendo por primera vez del nido. Se asomaron, acomodaron sus alas y abandonaron el refugio junto a sus padres. De aquí nació un gran trabajo fotográfico, junto a una investigación que aportó al conocimiento de la especie. Pero pasó algo más: la experiencia significó uno de los momentos más emocionantes de Fulvio y Leticia en el bosque mexicano.

Mártir, Golfo de California. Créditos: ©Fulvio Eccardi

territorial, Golfo de California. Créditos: ©Fulvio Eccardi
Educación ambiental y desafíos del futuro
En reiteradas ocasiones comenta que uno de los temas que más le importan actualmente es colaborar para que las personas, sobre todo quienes viven en las ciudades -población que en México alcanza casi el 80% del país- se conecten con la naturaleza. Que sepamos de dónde viene el agua que bebemos, el alimento que consumimos, la importancia de una abeja, o de un colibrí en nuestra vida cotidiana.
Para conservar, hay que conocer. Y para entender la importancia de proteger el entorno natural, es fundamental comprender a su vez la importancia que tiene la naturaleza en nuestra propia vida. Es por esto que ha realizado varias campañas de concientización. Desde su plataforma, Conecto.mx, que tiene casi setecientos mil seguidores en su página de Facebook, ha liderado varias instancias de educación ambiental colaborativa para crear conciencia con el fin de promover acciones de mitigación del cambio climático y la pérdida de biodiversidad, como el proyecto Valor de Origen. Hoy, está enfocado en sacar adelante dos proyectos que serán anunciados prontamente: uno relacionado con el tema alimentario y agroecología; otro, con el agua. “En estos tiempos, es urgente llegar a soluciones basadas en la naturaleza”, apunta.
En sus décadas de experiencia de campo, Fulvio ha visto en primera persona cómo se ha modificado el entorno natural. Un ejemplo muy gráfico para él es el desplome que han sufrido las poblaciones de insectos en el mundo: “Cuando yo llegué a México viajaba siempre en coche desde la capital a Veracruz. Híjole, tenías que parar tres, cuatro veces en la gasolinera a limpiar el parabrisas para quitar los insectos. Ahorita vas de aquí a Veracruz…limpio el parabrisas. Estamos hablando de la sexta extinción masiva de los insectos, y es evidente”.


Si bien “en muchos frentes estamos perdiendo la batalla”, también considera que se están haciendo esfuerzos valorables para la protección del ambiente en términos estatales. El tema es la urgencia, vamos lento. Pero no está totalmente desesperanzado. Ese Hope de Jane Goodall, a quien además conoció, es algo que no pierde de vista. Es que, de lo contrario, ninguna batalla tendría sentido, dice. Esperanzas concretas le generan, por ejemplo, todo lo que se ha hecho en la Reserva de la Biósfera El Triunfo, donde sigue trabajando activamente y en la cual, a principios de los ochenta, “era casi imposible ver quetzales o al pavón. Y ahora los ves, ves al pavón ahí, tranquilo en mitad del camino. Y eso es porque han tomado confianza, porque ya no los cazan”.
Sobre sus grandes referentes, menciona a la etóloga y a David Attenborough. Quizás, con esos referentes, es que Fulvio también se ha hecho un camino propio en la naturaleza incorporando a los demás, compartiendo la belleza, el conocimiento. Seguramente, su jardín de colibríes también colabora en mantener elevado el espíritu de este inquieto italiano-mexicano, confirmándole día a día que es mejor tener esperanza, que cada acción vale la pena.

Bárbara Tupper