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Proyecto MangRes: La revolucionaria iniciativa de UNESCO para restaurar manglares en América Latina y el Caribe
En un escenario marcado por el cambio climático y la pérdida acelerada de ecosistemas costeros, el proyecto MangRes —impulsado por la UNESCO— busca restaurar manglares en América Latina y el Caribe a través de un enfoque integral que une ciencia, conocimiento local y participación comunitaria. Tras una primera etapa de implementación, la iniciativa dio inicio a una nueva fase que apuesta por fortalecer la resiliencia ecológica y social de territorios altamente vulnerables, con experiencias concretas como la desarrollada en la Reserva de Biosfera Seaflower, en Colombia. Aquí te contamos todo sobre esta inspiradora iniciativa.
Los manglares son uno de los ecosistemas más valiosos y, al mismo tiempo, más amenazados del planeta. Situados en la frontera entre la tierra y el mar, cumplen funciones esenciales para la biodiversidad, la protección costera y el bienestar de millones de personas que dependen directamente de ellos. Sin embargo, el avance del cambio climático, la presión antrópica y la degradación histórica han puesto en riesgo su permanencia en amplias zonas del mundo.
En América Latina y el Caribe, esta situación resulta especialmente crítica. La región concentra más de una cuarta parte de los manglares del planeta, pero también enfrenta una pérdida sostenida de cobertura y una disminución de los recursos destinados a su conservación. Por lo mismo, se ha vuelto urgente impulsar estrategias que no solo recuperen estos ecosistemas, sino que también fortalezcan la resiliencia de las comunidades que viven en torno a ellos.
Es en este contexto donde surge el proyecto MangRes, iniciativa impulsada por la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (UNESCO), que propone un enfoque integral para la restauración de manglares en reservas de biosfera de América Latina y el Caribe. Desde su inicio en 2022, el proyecto ha buscado articular ciencia, conocimiento local y participación comunitaria para responder de manera efectiva a los desafíos ambientales y sociales que enfrentan estos territorios.
“La restauración de los manglares no se trata solo de ciencia. Se trata, en igual medida, de las personas. Las comunidades locales poseen un gran conocimiento valioso y, además, dependen de los manglares para su sustento y como barrera de protección costera. Por eso, si queremos resultados sostenibles y de largo plazo, es fundamental incluir a estas comunidades locales en cada etapa de los procesos de restauración y toma de decisiones. Hay que escuchar sus necesidades y seguir generando conciencia sobre por qué los manglares son tan importantes”, señala Diana Di Nitto, asesora científica del proyecto.


El origen, enfoque y alcance del proyecto MangRes
El proyecto MangRes surge como una respuesta concreta a la creciente degradación de los manglares en América Latina y el Caribe, una región que alberga cerca del 26% de estos ecosistemas a nivel mundial. Impulsado por la UNESCO, en el marco del Programa sobre el Hombre y la Biosfera (MAB), MangRes fue concebido para ser una iniciativa de restauración ambiental, así como una plataforma de colaboración regional, orientada a fortalecer la resiliencia ecológica y social de territorios costeros e insulares altamente vulnerables al cambio climático.
Desde sus inicios en 2022, el proyecto ha contado con el apoyo de socios internacionales clave, como el Gobierno de Flandes (Bélgica) y posteriormente el Gobierno de España, lo que ha permitido articular esfuerzos a escala local, nacional y regional. Su propósito central es acompañar a las comunidades que habitan reservas de biosfera en el diseño e implementación de acciones de restauración de manglares que sean ambientalmente efectivas, socialmente inclusivas y sostenibles en el tiempo.


Un elemento distintivo de MangRes es su apuesta por la restauración de ecosistemas en un sentido amplio. A diferencia de enfoques tradicionales centrados exclusivamente en la reforestación, el proyecto promueve intervenciones que consideran la complejidad ecológica de los manglares. Esto implica trabajar sobre la recuperación de procesos fundamentales —como la dinámica hidrológica, la calidad del suelo, la conectividad ecológica y las interacciones entre especies— para permitir que los ecosistemas se regeneren de manera natural y mantengan su funcionalidad a largo plazo.
“La restauración de ecosistemas es un proceso complejo y de largo plazo. Su éxito depende de una participación comunitaria sostenida, ya que sin una comprensión compartida de los servicios ecosistémicos tangibles que estos brindan, los esfuerzos de restauración pueden verse rápidamente debilitados o incluso revertidos. La UNESCO se asegura de que todas las partes interesadas sean parte del proceso, coproduciendo conocimiento entre las comunidades locales y los científicos especialistas en manglares”, explica María Rosa Cárdenas, coordinadora del Proyecto.

“Muchas de las reservas de biosfera involucradas en el proyecto han visto intentos repetidos de reforestación, pero eso por sí solo no es suficiente (…). Las reservas de biosfera de la UNESCO son espacios únicos para el tipo de trabajo complejo y a largo plazo que requiere la restauración de ecosistemas”, agrega.
Este enfoque integral reconoce el papel crítico que cumplen los manglares, tanto para el clima como para las comunidades humanas, en una región donde cerca de 30 millones de personas viven en estrecha relación con estos ecosistemas costeros. Los manglares actúan como barreras naturales frente a tormentas, marejadas y el aumento del nivel del mar, además de ser altamente eficientes en la captura y almacenamiento de carbono. Al mismo tiempo, sostienen una extraordinaria biodiversidad y proporcionan servicios ecosistémicos esenciales —como la pesca, el ecoturismo y la regulación de la calidad del agua— que constituyen la base de los medios de vida locales.


“Es un ecosistema altamente productivo, biodiverso, pero lo importante es que sí es un espacio para desarrollar el turismo de educación, el turismo sostenible, el turismo comunitario. Es un espacio en donde las comunidades asociadas a este ecosistema han venido trabajando sus recursos naturales de manera propia, auténtica, vinculados al manglar desde siempre. Para poder extraer el cangrejo, para poder extraer la concha”, ahonda Ana Agreda, bióloga de la Fundación Aves y Conservación.
“Entonces, el turismo es una herramienta para la conservación, porque desde esta perspectiva ellos pueden mostrar a la gente, que no conoce este ecosistema, cómo funciona el ecosistema, cómo ellos han vivido y han creado este lazo de dependencia y de vínculo con el ecosistema manglar. Y eso es un conocimiento que obviamente al turista nacional y extranjero le va a parecer extremadamente valioso”, añade.
En este sentido, MangRes ha liderado iniciativas en siete reservas de biosfera de América Latina y el Caribe: Seaflower (Colombia), Guanahacabibes (Cuba), Macizo del Cajas (Ecuador), Jiquilisco-Xirihualtique (El Salvador), La Encrucijada (México), Darién (Panamá) y Noroeste Amotapes Manglares (Perú). Estos territorios funcionan como laboratorios vivos donde confluyen conservación, desarrollo sostenible y aprendizaje colectivo, ofreciendo un marco idóneo para ensayar soluciones basadas en la naturaleza.


En cada una de estas reservas, el proyecto ha impulsado la elaboración de diagnósticos ecológicos y socioambientales, la definición participativa de sitios prioritarios de restauración y el fortalecimiento de la gobernanza local. Un logro clave de esta etapa ha sido la conformación de un grupo asesor científico regional, para acompañar los procesos de restauración y monitoreo, asegurando que las intervenciones se basen en evidencia científica y en el conocimiento local.
La construcción de capacidades es otro pilar fundamental de MangRes, en coherencia con los principios de la Educación para el Desarrollo Sostenible promovidos por la UNESCO y con los compromisos establecidos en el Marco Global de Biodiversidad de Kunming–Montreal. El proyecto entiende la restauración de manglares como un proceso que requiere fortalecer el conocimiento, el liderazgo y la toma de decisiones informadas a nivel local.

Un nuevo impulso: La segunda fase de MangRes
Luego de tres años de aprendizaje colectivo, el proyecto MangRes se encuentra desarrollando una segunda fase que busca consolidar y ampliar los avances logrados entre 2022 y 2025. Este nuevo ciclo se apoya en la experiencia acumulada en las reservas de biosfera participantes y responde a la necesidad de escalar las acciones de restauración frente a un contexto regional marcado por la intensificación del cambio climático y la persistente degradación de los manglares.
Esta nueva etapa del proyecto se estructura en torno a cuatro áreas estratégicas interrelacionadas. La primera es la restauración ecológica comunitaria de manglares, que apunta a aumentar la superficie restaurada mediante enfoques más precisos y eficientes. Para ello, MangRes incorpora herramientas como la teledetección, el modelado ecológico y el monitoreo participativo, combinando tecnología, ciencia aplicada y conocimiento local para orientar las intervenciones.


Un segundo eje se centra en el uso sostenible de los manglares y el fortalecimiento de actividades generadoras de ingresos. El proyecto reconoce que la conservación a largo plazo solo es posible si va de la mano con medios de vida dignos y resilientes. Por esta razón, se promueve el desarrollo de iniciativas vinculadas a la pesca artesanal, la acuicultura sostenible, el ecoturismo y otras prácticas compatibles con la salud de los ecosistemas, reduciendo la presión sobre los manglares y fortaleciendo las economías locales.
El fortalecimiento de capacidades constituye la tercera área prioritaria. En esta etapa, MangRes profundiza la formación técnica y el liderazgo local a través de programas de capacitación, intercambios regionales y espacios de aprendizaje entre pares. El objetivo es consolidar redes de actores capaces de sostener los procesos de restauración en el tiempo, integrando a comunidades locales, pueblos indígenas, gestores de reservas y jóvenes profesionales.

“Hay un gran compromiso por parte de los gobiernos y de las comunidades para asegurar la conservación del manglar. Por eso creo que este espacio que se ha creado para que los técnicos y los manejadores puedan intercambiar experiencias y hablar sobre turismo sostenible, sobre bioemprendimientos, sobre alternativas económicas para el desarrollo de estas comunidades, es imprescindible para asegurar la conservación efectiva”, señala Agreda.
Finalmente, la comunicación y la sensibilización adquieren un rol central en esta nueva fase. El proyecto busca involucrar a públicos más amplios mediante estrategias educativas innovadoras, como campañas adaptadas a distintos contextos culturales y materiales de divulgación orientados a niños, jóvenes y comunidades locales. Estas acciones apuntan a fortalecer la valoración social de los manglares y a generar una comprensión compartida de los beneficios que estos ecosistemas aportan.
“La gente es la esencia para poder garantizar una gestión sostenible, porque somos los responsables de los impactos, pero también somos los responsables de prevenir, mitigar o garantizar el estado de conservación, para satisfacer nuestras necesidades, pero fundamentalmente cómo dejamos en mejores condiciones estos ecosistemas, estos recursos, estos servicios ambientales para las futuras generaciones. Eso no lo podemos hacer nosotros solos”, afirma Silvio Cabrera, coordinador técnico de la biosfera del Macizo del Cajas, una de las siete biosferas del Ecuador, y funcionario del Ministerio del Ambiente, Agua y Transición Ecológica.


Reserva de Biosfera Seaflower: Restauración y resiliencia comunitaria
La Reserva de Biosfera Seaflower, en el Caribe colombiano, representa uno de los escenarios más emblemáticos del proyecto MangRes. Reconocida por su enorme extensión y biodiversidad, esta reserva integra arrecifes de coral, praderas de pastos marinos y manglares que cumplen un rol fundamental en la protección costera y en el sustento de las comunidades que habitan el archipiélago de San Andrés, Providencia y Santa Catalina.
En Providencia, los manglares demostraron de forma contundente su valor como defensa natural durante el paso del huracán Iota en noviembre de 2020. Mientras gran parte de la infraestructura de la isla resultó gravemente dañada, las zonas protegidas por manglares experimentaron un menor impacto, evidenciando su capacidad para amortiguar la fuerza de las tormentas y reducir los daños asociados a eventos climáticos extremos.

“Cuando era niña, el manglar era nuestro patio de juegos. Jugábamos a las escondidas entre las raíces y las ramas”, comenta Maira Isabel Archbold Guarín, miembro de la comunidad raizal, un pueblo afrocaribeño originario de las islas de Providencia, San Andrés y Santa Catalina.
“Las casas que estaban detrás del manglar se salvaron. Algunos pescadores, guiados por el instinto, amarraron sus botes al manglar. Fue destruido, pero nos salvó a todos”, agrega.
Tras el huracán, la restauración de los manglares se convirtió en una prioridad tanto ecológica como social. A través del proyecto MangRes, las comunidades locales —incluida la población raizal, profundamente vinculada cultural y espiritualmente a estos ecosistemas— asumieron un rol protagónico en los procesos de recuperación. El proyecto impulsó evaluaciones socioecológicas participativas que permitieron identificar las principales amenazas, comprender las causas de fracasos en intentos previos de restauración y definir áreas prioritarias de intervención.


Las acciones implementadas en Seaflower se basaron en un enfoque de restauración ecosistémica integral. En lugar de limitarse a la plantación de plántulas, los trabajos se orientaron a restablecer las condiciones ambientales necesarias para la regeneración natural de los manglares. Esto incluyó la reapertura de canales y caños bloqueados para recuperar el flujo de las mareas, la instalación de núcleos vegetativos para mejorar la oxigenación del suelo y el trasplante de plántulas en sitios ecológicamente adecuados.
Paralelamente, se establecieron sistemas de monitoreo comunitario en múltiples puntos de la isla, permitiendo dar seguimiento a la recuperación ecológica y ajustar las acciones en el tiempo. Estas labores se complementaron con actividades de mantenimiento, limpieza y educación ambiental, reforzando la apropiación local del proceso y su sostenibilidad a largo plazo.

Más allá de los resultados ecológicos, la experiencia en la Reserva de Biosfera Seaflower evidencia el impacto social de MangRes. El fortalecimiento del liderazgo comunitario, la valorización del conocimiento tradicional y la integración de mujeres y jóvenes en las acciones de restauración han contribuido a reforzar la cohesión social y la capacidad de adaptación frente a futuros eventos climáticos.
En este sentido, Seaflower se consolida como un ejemplo de cómo la restauración de manglares puede convertirse en una herramienta clave para la resiliencia comunitaria en territorios costeros vulnerables. Porque proteger los manglares hoy es proteger la vida del mañana.


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Jǒzepa Benčina Campos