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Del tué tué al piuchén: los animales que habitan los mitos más misteriosos de Chile
Desde el misterioso canto del tué tué hasta las aves que anuncian acontecimientos y los murciélagos asociados con criaturas sobrenaturales, diversos animales han protagonizado las creencias populares de Chile durante generaciones. Sus historias dan cuenta de una profunda relación entre naturaleza, cultura y espiritualidad, donde un mismo ser puede representar una advertencia, un mensajero o incluso la transformación de un brujo. Sin embargo, algunas interpretaciones también han contribuido a su persecución. En el contexto de Halloween, exploramos las leyendas que rodean a estas criaturas, su importancia ecológica y las investigaciones que buscan comprender cómo nuestros conocimientos, creencias y temores influyen en la conservación de la fauna silvestre.
«Tu padre sería brujo,
el viejo hecho perro andaba
con su fiel hechicería;
en ocasión llegó un día
a mi casa, vuelto traro,
y a veces de día claro
como chonchón se volvía».
— Miguel Ángel Galleguillos, Brujería, recogido en Flor de canto a lo humano (1974).
Cuando el sol desaparece tras los bosques del sur de Chile, un universo de sonidos comienza a despertar. Entre los troncos cubiertos de musgo, las ramas de los árboles y la espesa vegetación, se escuchan llamados que parecen surgir de las profundidades del bosque. Algunos son graves y repetitivos, otros agudos y estridentes. De sus emisores, muchas veces no hay más rastro que el eco de sus voces.

Son los cantos de las aves nocturnas, criaturas que durante siglos han habitado no solo los bosques, campos y quebradas de nuestro territorio, sino también las historias más misteriosas de la cultura popular chilena.
Según una de las versiones más conocidas de estas leyendas, existe un ser capaz de recorrer grandes distancias durante la noche, anunciando su presencia mediante un inquietante llamado. Se trata del chonchón o tué tué, una criatura que, de acuerdo con distintos relatos, corresponde a un brujo cuya cabeza se desprende del cuerpo y emprende el vuelo utilizando sus enormes orejas como alas. Antes de desaparecer entre las sombras, su voz repite aquel sonido que ha inspirado su nombre.
Para quienes conocen la leyenda, escuchar ese llamado puede representar una advertencia sobre acontecimientos desafortunados, enfermedades o la proximidad de la muerte. Para otros, es simplemente una de las tantas historias que acompañan la memoria de sus familias y territorios.


Lo cierto es que el chonchón está lejos de ser la única criatura de la naturaleza que ha adquirido significados sobrenaturales. En diferentes localidades del país, aves como el concón, el chuncho, la lechuza y el huairavo han sido relacionadas con la brujería, los presagios y las fuerzas que, según las tradiciones, habitan más allá del mundo visible. Algo semejante ocurre con los murciélagos y determinadas especies de reptiles, cuyos hábitos y características han alimentado numerosos relatos.
Estas historias no surgieron de la nada. Son parte de un amplio patrimonio de conocimientos, observaciones y creencias que se ha construido durante generaciones, muchas veces a partir de una relación estrecha con los ecosistemas y las especies que los habitan. En ellas confluyen tradiciones indígenas, influencias europeas y expresiones culturales que han adquirido características particulares según cada territorio.
Sin embargo, cuando hablamos de animales asociados con la muerte, la brujería o los malos presagios, existe una distinción fundamental que no siempre resulta evidente: que popularmente se considere que una criatura anuncia una desgracia no significa que sea considerada maligna, ni mucho menos que se le atribuya la responsabilidad de provocarla.

Un animal puede ser entendido como un mensajero, un intermediario entre diferentes mundos o una señal que invita a prestar atención a lo que ocurre alrededor. Y esas interpretaciones no tienen por qué representar una amenaza para su existencia.
No obstante, también existen antecedentes de que, en determinadas circunstancias, el temor hacia especies consideradas de mal agüero ha derivado en situaciones de persecución y muerte.
Así, detrás de las leyendas que habitan la memoria colectiva surge una interrogante que trasciende lo sobrenatural: ¿cómo han influido las creencias y los significados que atribuimos a los animales en nuestra forma de relacionarnos con ellos? ¿Y qué nos puede enseñar la ciencia sobre aquellas criaturas que, desde tiempos antiguos, han despertado tanto misterio como fascinación?
Entre brujos, mensajeros y criaturas de la noche

Si existe un lugar en Chile donde las fronteras entre el mundo natural y el sobrenatural parecen entrelazarse constantemente, ese es el archipiélago de Chiloé.
En sus islas, rodeadas por el océano Pacífico, canales, humedales y extensos bosques siempreverdes, las narraciones sobre brujos, seres extraordinarios y animales dotados de poderes sobrenaturales forman parte de un patrimonio cultural que se ha transmitido durante generaciones.
La riqueza de estas tradiciones es resultado de distintos procesos históricos, entre ellos el encuentro y la transformación de conocimientos y creencias de los pueblos originarios del archipiélago y las tradiciones introducidas durante la colonización española. De esta relación surgieron relatos, prácticas y representaciones particulares que hoy forman parte de la identidad chilota.

Uno de sus personajes más conocidos es la Voladora, una figura que, según diversas versiones de la tradición, posee la capacidad de transformarse en ave para desplazarse durante la noche entre las islas del archipiélago. Su misión consiste en transmitir los mensajes de los brujos, mientras su aparición ha sido asociada con diferentes acontecimientos y presagios.
Así lo recoge el investigador Manuel Romo Sánchez en su libro Aves y plantas en la brujería de Chiloé, publicado en 1987, donde recopiló antecedentes históricos y folclóricos sobre las especies vinculadas con estas tradiciones. Según las localidades y versiones, una misma ave podía representar la transformación de un brujo, transportar sus mensajes o anunciar acontecimientos futuros.
Entre ellas aparece la bauda, denominación que recibe el huairavo (Nycticorax nycticorax) en algunas zonas del archipiélago. En ciertos relatos, esta ave representa una de las formas que puede adoptar la Voladora. En otros, su significado depende de la dirección de su vuelo: según una tradición recogida por Romo, si sobrevuela una casa anuncia la llegada de una carta, mientras que, si se aleja de ella, puede presagiar una muerte.
Pero detrás de estas interpretaciones existe un ave de la familia Ardeidae, que reúne a las garzas, y que habita humedales y otros ambientes acuáticos de Chile. El huairavo consume peces, anfibios, crustáceos y otros animales; su nombre es onomatopéyico y alude a un llamado característico que puede escucharse durante la noche. Aunque suele vincularse con otras criaturas nocturnas en el folclore, no es un búho ni una lechuza.
Para Sergio Alvarado, académico de la Universidad de Chile, especialista en ecología y conservación de aves rapaces, la apariencia de esta garza al anochecer ayuda a comprender por qué ha inspirado relatos tan particulares. Recuerda que, cuando el huairavo permanece sobre un tronco al crepúsculo, entre su cuello recogido y su silueta oscura, «tú ves una silueta casi fantasmagórica». Una imagen tan sugerente como la voz que resuena en los humedales cuando comienza a caer la noche.
Otra protagonista de las narraciones chilotas es el coo, nombre asociado al concón (Strix rufipes), un búho nativo de los bosques templados del sur de Sudamérica. Mientras algunos relatos lo identifican como una transformación de los brujos, otros lo describen como una criatura mitad ave y mitad ser humano, o sencillamente como un animal agorero, capaz de anunciar desgracias mediante su canto.
El concón posee una cabeza redondeada, grandes ojos oscuros y un plumaje de tonos pardos que lo ayuda a confundirse con la corteza de los árboles. Durante el día suele permanecer inmóvil entre las ramas, mientras que por la noche busca alimento, especialmente pequeños mamíferos como roedores, aunque también puede consumir aves, insectos y otras presas. Su distribución se extiende desde sectores de Chile central hasta el extremo austral, principalmente en ambientes boscosos.
Pero una de sus características más llamativas es, precisamente, su canto. Sergio Alvarado cuenta que el concón emite un grito «como un mono», un sonido que puede resultar sobrecogedor cuando resuena en medio del bosque durante la noche. «Tienen hábitos nocturnos, por lo tanto la gente no las ve», explica el investigador, quien destaca que esta combinación de sonidos estridentes y apariciones esquivas ha contribuido a alimentar el misterio y las historias sobrenaturales que rodean a estas aves.
A ello se suma una anatomía tan particular como fascinante. Los búhos poseen grandes ojos dirigidos hacia adelante, cuya movilidad limitada los obliga a girar la cabeza para ampliar su campo visual. Su audición especializada y los discos faciales de plumas les permiten localizar presas mediante los sonidos, mientras que la estructura de sus alas favorece un vuelo extraordinariamente silencioso. Adaptaciones que, junto con su plumaje capaz de confundirse con la corteza de los árboles, les permiten desenvolverse en la oscuridad y pasar prácticamente inadvertidos entre la vegetación.
Algo semejante ocurre con el chuncho (Glaucidium nana), una de las rapaces más pequeñas de Chile. Pese a su diminuto tamaño, es un hábil depredador que se alimenta de insectos, roedores, reptiles e incluso otras aves. A diferencia de otros búhos, puede estar activo tanto de día como de noche, y su característico canto repetitivo también le ha otorgado un lugar entre las aves agoreras del imaginario popular chileno.
Las interpretaciones sobrenaturales no se limitan, sin embargo, a los búhos. Una investigación de 2010, titulada Síndromes culturales en el archipiélago de Chiloé: sobreparto, mal, susto y corriente de aire, realizada por el Servicio de Salud Chiloé, distinguió entre aves agoreras, aves enviadas por los brujos para cumplir misiones y aves que, según las narraciones, serían los propios brujos transformados.
Entre los llamados mensajeros aparece el diucón (Pyrope pyrope), también conocido en Chiloé como huelco, un ave de plumaje grisáceo y llamativos ojos rojos. Una de las creencias recogidas lo relaciona con los brujos por su costumbre de acercarse y picotear los vidrios de las viviendas, como si espiara a quienes viven dentro. Desde la ornitología, se sabe que algunas aves golpean las ventanas al confundir su reflejo con otro individuo al que intentan expulsar de su territorio, una posible explicación de comportamientos semejantes que, por sí sola, no permite conocer el origen de cada relato.
No obstante, sería un error asumir que todos estos significados son negativos. El chucao (Scelorchilus rubecula), un pequeño habitante de los bosques templados de plumaje café rojizo y voz sorprendentemente potente, ha sido interpretado como una señal capaz de orientar el destino de los caminantes. Según una creencia tradicional, si canta a la derecha del viajero anuncia buena fortuna; si lo hace a la izquierda, puede advertirle que regrese o avance con precaución.
En ambos casos, el chucao actúa como mensajero: no provoca aquello que anuncia, sino que su canto adquiere un significado dentro de una forma particular de comprender el territorio. Desde la biología, sabemos que se desplaza entre la vegetación densa del sotobosque, donde busca insectos, arañas y otros invertebrados. Su voz permite reconocerlo incluso cuando permanece oculto, y su conservación depende de que esos ambientes boscosos mantengan la vegetación donde encuentra alimento, refugio y lugares para reproducirse.
Es una distinción que Alvarado también subraya: más que considerar a estas criaturas como responsables de un mal presagio, propone entenderlas como agoreras. En sus palabras, «ave agorera es aquella que anuncia algo». Y, a veces, aquello que anuncian se relaciona con sucesos observables, como el paso de un animal o una persona cerca de su territorio. El significado que las comunidades atribuyen a esos avisos pertenece a otra dimensión de la experiencia.
Mucho antes de que existieran grabadoras de audio, guías de campo o aplicaciones para identificar especies, las personas ya reconocían a las aves por sus cantos, movimientos y comportamientos. De esa observación, transmitida entre generaciones, nacieron relatos donde la naturaleza, la memoria y la espiritualidad se entrelazan.
Cuando el miedo se convierte en persecución
Aunque muchas creencias populares permanecen en el terreno de los relatos, en determinadas circunstancias también pueden tener consecuencias para los animales que las protagonizan.
Así quedó documentado en la investigación Aves silvestres: actitudes, prácticas y mitos en una localidad rural del sur de Chile, publicada en 2006, donde se entrevistó a habitantes de 43 hogares del sector rural de Centinela, cercano a La Unión, en la Región de Los Ríos. Entre sus hallazgos, los investigadores identificaron que algunas personas consideraban al concón y al huairavo como aves de mal agüero debido a sus vocalizaciones nocturnas, una percepción que, en ciertas ocasiones, llegó a traducirse en la eliminación de ejemplares.
«Algunas personas indicaron que estas aves eran de mal agüero. Esto se explica principalmente por sus vocalizaciones nocturnas, pero a diferencia de otros sitios no las vinculan a brujos o seres como el tue-tue, lo que sí me ha tocado escuchar en otros sectores, como en la cordillera de la Araucanía. Muchas veces las explicaciones a estas percepciones son difíciles de trazar.», explica Eduardo Silva-Rodríguez, académico de la Universidad Austral de Chile y especialista en las relaciones entre las personas y la fauna silvestre, quien fue uno de los autores del estudio.
En conversaciones informales, cinco habitantes mencionaron al concón como un ave de mal agüero y, aunque se recogieron testimonios sobre ejemplares eliminados por cantar cerca de las viviendas, no se registraron casos similares para el huairavo. «En la mayoría de los casos, me parece que era más bien cultural», precisa Silva-Rodríguez, destacando que estas creencias no necesariamente se traducían en acciones perjudiciales para los animales.
Es un antecedente concreto sobre la relación entre una creencia y una acción perjudicial para la fauna. Sin embargo, corresponde a un territorio y un período específicos, por lo que no permite establecer la frecuencia de estas situaciones en todo Chile ni su vigencia actual.
El investigador recuerda, además, que la valoración de la fauna en esa comunidad tenía un fuerte componente práctico: el queltehue era apreciado como una alarma natural, mientras que algunas rapaces eran consideradas perjudiciales por depredar gallinas. «Uno de los principales resultados fue que la valoración de las aves silvestres tenía un fuerte componente utilitario, es decir, se consideraban beneficiosas o perjudiciales principalmente por sus efectos sobre las personas. Hay otro tipo de anécdotas que salieron en conversaciones, por ejemplo, recuerdo un señor de edad, que me contaba que la pana del chingue era buena para el asma. Obviamente, la relación con la naturaleza era distinta en el pasado, no digo ni mejor ni peor, solo distinta», señala.
Otra investigación, publicada en 2018 en la revista Gayana, permitió profundizar en esta compleja relación. A partir de encuestas realizadas entre 2005 y 2006 a habitantes rurales y urbanos del sur de Chile, el estudio exploró las percepciones sobre las aves rapaces, las creencias asociadas a ellas y el conocimiento sobre su importancia ecológica.
Los resultados revelaron que, aunque las supersticiones seguían presentes, predominaban las percepciones positivas hacia estas aves. Entre los habitantes rurales encuestados, un 59,2% afirmó haber visto u oído un tué tué, mientras que un 22,1% consideraba que las rapaces traían mala suerte. Sin embargo, el 76,7% reconocía que eran beneficiosas por su capacidad de controlar las poblaciones de roedores.
Estas cifras reflejan cómo distintas interpretaciones pueden convivir en una misma comunidad. Un ave puede ser considerada mensajera de presagios y, al mismo tiempo, ser valorada por su importancia ecológica, demostrando que las creencias populares no necesariamente implican rechazo o persecución hacia las especies que las protagonizan.
Estas asociaciones tampoco son exclusivas de Chile. A lo largo de América, los búhos han ocupado un lugar importante en el imaginario de diferentes culturas, aunque sus significados varían considerablemente entre territorios. Así lo recoge el libro científico Neotropical Owls: Diversity and Conservation, publicado en 2017, que incluye un capítulo dedicado a las especies chilenas coescrito por Alvarado. Mientras algunas tradiciones vinculan a estas aves con la muerte, los presagios y las fuerzas sobrenaturales, otras las reconocen como símbolos de sabiduría, conocimiento y poder. Una diversidad de interpretaciones que demuestra lo complejo que resulta reducir la relación entre las personas y estas criaturas únicamente al temor.
En Chile, el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) también reconoce la persistencia de estas asociaciones en la cultura popular. Según señala la institución, “en el mundo rural chileno, por ejemplo, especies como las lechuzas, los tucúqueres, los chunchos, los murciélagos y algunos reptiles, como las culebras nativas, han sido vinculadas tradicionalmente a la mala suerte, los presagios o fenómenos sobrenaturales. Sin embargo, estas creencias no tienen sustento científico y desconocen la biodiversidad y el importante aporte ecosistémico que estas especies cumplen, tal como el control de especies dañinas y en general el equilibrio de los ecosistemas”.
Sin embargo, las supersticiones están lejos de ser la única explicación detrás de las percepciones negativas hacia la fauna. Las investigaciones también han identificado situaciones de rechazo hacia las aves rapaces debido a su depredación sobre animales de corral, un conflicto que responde a circunstancias muy distintas de los relatos sobre brujería o malos presagios. En estos casos, las experiencias personales, las actividades productivas y las dificultades de convivencia con determinadas especies pueden influir directamente en la forma en que las comunidades se relacionan con ellas.
Silva-Rodríguez explica que estas situaciones no pueden atribuirse simplemente al desconocimiento. En sectores rurales, la pérdida de animales de corral a manos de depredadores como zorros, güiñas o quiques puede afectar seriamente el sustento de una familia, y sus consecuencias muchas veces trascienden a quienes las experimentan directamente. «Cuando a una vecina o vecino la güiña le cazó todos los pollos… lo sabe toda la comunidad», ejemplifica el investigador. Por ello, enfatiza que «la coexistencia no solo es educar, sino que requiere el desarrollo de soluciones reales para problemas reales que afectan tanto a la gente como a la fauna». Una mirada que invita a comprender las experiencias de las comunidades y buscar medidas efectivas que permitan reducir los conflictos, sin desatender la conservación de las especies.
Pero las aves no son las únicas criaturas que han despertado temores y alimentado historias sobrenaturales. Los murciélagos, con sus hábitos nocturnos, su particular forma de volar y su presencia en cuevas y construcciones, también han ocupado un lugar destacado en el imaginario popular.
En Chile, uno de los ejemplos más llamativos es el piuchén, una criatura mitológica que, según distintas versiones, puede adoptar la forma de una serpiente alada, un ave o un murciélago, y que se alimentaría de sangre. Curiosamente, este nombre también se utiliza para referirse al murciélago vampiro común (Desmodus rotundus), una especie real cuya biología resulta tan fascinante como las leyendas que la rodean.
Se trata del único murciélago hematófago registrado en Chile, es decir, que se alimenta exclusivamente de sangre. Sin embargo, lejos de las criaturas de ficción que desangran a sus víctimas, este pequeño mamífero realiza incisiones superficiales en la piel de otros animales y lame la sangre que brota de ellas, ayudado por sustancias anticoagulantes presentes en su saliva. En nuestro país habita principalmente en las zonas norte y centro, aunque una investigación publicada en 2019 en el Boletín del Museo Nacional de Historia Natural amplió su distribución austral conocida hasta el islote Pupuya, en la comuna de Navidad, Región de O’Higgins.
Lo cierto es que el vampiro común representa una excepción dentro de la diversidad de murciélagos que habitan Chile, pues la mayoría de las especies se alimenta de insectos y algunas participan en procesos ecológicos como la polinización. Sin embargo, los temores que rodean a estos mamíferos pueden extenderse indiscriminadamente a todo el grupo. De hecho, el SAG reconoce que su eliminación por miedo y desconocimiento constituye una amenaza para su conservación.
Pero una cosa es el lugar que ocupan los animales en el imaginario popular y otra, muy distinta, son las consecuencias que determinadas prácticas pueden tener sobre ellos. Aunque las representaciones de criaturas sobrenaturales y los relatos sobre brujería forman parte de un valioso patrimonio cultural, también existen antecedentes que han abierto interrogantes sobre el eventual uso de animales en actividades rituales y sus implicancias para el bienestar animal.
En 2025, los investigadores J. Claudio Gutiérrez y Steven D. Holladay abordaron esta relación en una revisión publicada en la revista Human-Animal Interactions, titulada Animal symbols in occult lore and sometimes accompanying ritualistic animal sacrifice in Chile, South America. El trabajo explora la presencia de animales en distintas expresiones ocultistas y recopila reportes de casos aislados de presuntos sacrificios rituales ocurridos en Santiago y localidades costeras del centro de Chile.
Los autores advierten sobre las consecuencias que pueden tener estas prácticas cuando involucran maltrato o sufrimiento animal. Sin embargo, los antecedentes recopilados no constituyen un catastro nacional ni permiten establecer que exista una práctica extendida de sacrificios rituales de fauna silvestre nativa en el país. Tampoco en todos los casos se ha podido acreditar una motivación ritual, por lo que resulta fundamental distinguir entre las creencias, las sospechas y los hechos efectivamente documentados.
En sus recorridos de campo, Sergio Alvarado también se ha encontrado con vestigios que podrían estar asociados a este tipo de actividades. En sectores de la Quebrada de Macul, en Santiago, recuerda haber observado vasijas, restos de velas y plumas de distintas aves. «En solo una ocasión he visto plumas de lechuza, pero el resto son plumas como de tordo», relata. Aunque estos hallazgos llaman la atención, por sí solos no permiten determinar si existió alguna práctica ritual ni establecer cómo llegaron allí los restos de animales. El investigador reconoce, además, que la información disponible sobre estas situaciones sigue siendo escasa.
Esta falta de antecedentes también se refleja en los registros institucionales. Consultado por Ladera Sur, el Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) señaló que «El Servicio Agrícola y Ganadero (SAG) no dispone de antecedentes o denuncias que estén relacionadas con mitos o supersticiones que causen daños a especies de fauna silvestre en particular».
La respuesta no permite descartar que hayan ocurrido episodios de esta naturaleza, pero tampoco entrega evidencia para dimensionar su frecuencia o impacto sobre la fauna silvestre. En ese sentido, los antecedentes disponibles invitan a investigar estas situaciones con mayor profundidad, evitando atribuir daños a determinadas tradiciones sin contar con pruebas que permitan establecer esa relación.
Alvarado considera que la persecución de aves asociada con supersticiones está insuficientemente estudiada en Chile. «Yo te diría que está subestimado», señala. Explica que a los centros de rehabilitación llegan rapaces nocturnas heridas por disparos de perdigones, algunas con lesiones graves en los ojos, alas o patas. Pero advierte que es difícil conocer el motivo del ataque: «Uno no sabe que le dispararon por eso». Sin antecedentes sobre la motivación de quien disparó, no es posible atribuir esas lesiones a una superstición ni a un ritual. La ausencia de registros específicos, por tanto, convive con una pregunta abierta sobre las causas reales de estas agresiones.
“Se debe tener presente que la fauna silvestre nativa está protegida por la Ley de Caza, y por tanto, se prohíbe su caza, captura, tenencia o muerte, salvo en los casos, que aplica una excepción y es expresamente autorizado por el Servicio. Estas disposiciones son medidas cuya finalidad es proteger el patrimonio natural de Chile y proteger a las especies de fauna silvestre que cumplen funciones ecológicas fundamentales. Por ello, el SAG insta a la comunidad a no dejarse llevar por mitos o supersticiones y a no perseguir, capturar ni dañar a la fauna silvestre por estas creencias. Asimismo, invitamos a la ciudadanía a informarse a través de fuentes confiables y a denunciar ante las autoridades competentes las situaciones de caza, captura, daño o tenencia ilegal de especies protegidas”, comentan desde la institución.
Así mismo agregan: “En Halloween y durante todo el año, el llamado es a reemplazar el miedo y los prejuicios por aprendizaje y respeto a la biodiversidad. Proteger la fauna silvestre es una responsabilidad compartida y una forma concreta de contribuir a la conservación del patrimonio natural de Chile”.
Conservar las especies, preservar las historias
La relación entre la naturaleza y las creencias populares está lejos de ser únicamente una historia de temor y persecución.
Diversas investigaciones han destacado que los conocimientos tradicionales y las narraciones culturales también pueden expresar vínculos de respeto, reciprocidad y pertenencia con los animales.
Uno de estos trabajos fue publicado en 2004 por el poeta mapuche Lorenzo Aillapán y el ecólogo Ricardo Rozzi, bajo el título Una etno-ornitología mapuche contemporánea: poemas alados de los bosques nativos de Chile.
A través de la poesía, el conocimiento ecológico y las experiencias culturales, los autores exploraron la estrecha relación entre las aves y las personas, destacando que el mundo natural no solo constituye un conjunto de recursos o especies, sino también un espacio de significados, memorias e identidades.
Desde esta perspectiva, las aves pueden ser comprendidas como seres con los que se establecen relaciones profundas, que trascienden su valor instrumental o los beneficios que entregan a las actividades humanas.
Esto también forma parte de la conservación biocultural, un enfoque que reconoce las conexiones entre la diversidad biológica y cultural, y la importancia de proteger ambas dimensiones.
Y es que los significados asociados con las especies no son necesariamente opuestos a su conservación. Una criatura considerada sagrada, una mensajera de acontecimientos o un ser asociado con fuerzas sobrenaturales puede ser objeto de respeto, admiración o cautela.
Lo importante es no asumir que todas las comunidades interpretan estos símbolos de la misma manera ni que una tradición necesariamente determina cómo actuarán las personas frente a un animal.
Eduardo Silva-Rodríguez coincide en la importancia de ese contexto: «Claramente las creencias son parte del patrimonio cultural de las comunidades, de nuestra historia y también de la historia de nuestra fauna. Obviamente, hay algunas creencias que fueron muy negativas para la fauna, pero los mayores episodios no estuvieron ligados por lo general a creencias, sino que a otro tipo de presiones». Entre ellas, menciona la cacería para abastecer el mercado de pieles durante la primera mitad del siglo XX. De allí la necesidad de investigar los efectos concretos de cada práctica, sin confundirlas todas bajo una misma explicación.
Pero también hay señales de cambio. Alvarado recuerda que en los años noventa la información sobre las rapaces nocturnas era mucho menos accesible. Hoy, gracias a la divulgación, las organizaciones de conservación, las fotografías y la observación de aves, considera que existe un conocimiento más amplio, aunque no hay datos nacionales que permitan cuantificar cuánto han disminuido las supersticiones. A su juicio, el reconocimiento de los servicios ecosistémicos, especialmente el control natural de roedores que pueden ocasionar daños agrícolas o transmitir enfermedades, ha marcado «un antes y un después en el conocimiento y valorización» de estas aves.
Para mostrar ese aporte, cuenta que han realizado actividades educativas con egagrópilas —masas de restos no digeridos que las rapaces regurgitan— en las que es posible observar pelos, huesos y cráneos de sus presas. También participó en iniciativas de instalación de casas nido, perchas y otras estructuras para aves rapaces en predios agrícolas. Un caso fue el proyecto GEF Montaña, que estudió el control de plagas por aves rapaces en un cultivo de paltos y almendros de Paine, en la Región Metropolitana. Según los registros publicados por el Ministerio del Medio Ambiente, el monitoreo realizado entre 2019 y 2020 registró nueve especies de rapaces en el predio.
«Lo que hemos hecho nosotros es incentivar la protección de las rapaces nocturnas y desmitificar esto de que son animales que traen mala suerte», relata Alvarado. A través de la educación ambiental y el reconocimiento de los servicios que brindan, sostiene que «la gente cambia su percepción». La imagen del ave que antes podía generar recelo empieza así a compartir espacio con otra: la de una aliada del campo que es bienvenida cerca de los cultivos. Ello no significa que haya desaparecido el valor cultural de sus cantos, sino que se suma otra manera de apreciar su presencia.
Pero proteger a estos animales también implica reconocer que su conservación depende de mucho más que transformar percepciones humanas.
Silva-Rodríguez observa, además, transformaciones en la manera de valorar a los animales:“Es interesante que lo que veíamos en sectores rurales hace unos 20 años era en ocasiones muy similares a las creencias descritas por Rafael Housse en 1945, lo que sugería una importante persistencia de estas creencias durante al menos seis décadas. Eso se explica en parte porque la población estaba compuesto por bastantes adultos mayores y porque en ese tiempo la gente no tenía internet, celulares y en muchos casos ni siquiera electricidad o agua en la casa. Creo que desde entonces ha habido muchos cambios, lo que es consistente con lo que se conoce de otros sitios del planeta. A nivel global existen cambios bien documentados, donde hay un cambio desde una sociedad con una mirada mas antropocéntrica de la fauna hacia una con una mirada que se denomina “mutualista”, donde los animales son percibidos como parte de una familia extendida”.
En Chile también percibe cambios en esa dirección, aunque advierte que el respeto por la fauna no elimina los problemas de coexistencia. «La educación debe ser complementada con soluciones basadas en evidencia a los desafíos que implica la coexistencia», plantea. Su llamado es a combinar el conocimiento con respuestas concretas para quienes viven cerca de la vida silvestre.
La pérdida y fragmentación de los bosques, el uso de venenos, la degradación de los humedales y otros cambios ambientales representan amenazas concretas para distintas especies que protagonizan estas historias.
Así, mientras el concón necesita árboles maduros y ambientes boscosos donde reproducirse, el chucao depende de la vegetación del sotobosque y el huairavo requiere humedales y cuerpos de agua donde alimentarse.
No basta, entonces, con reconocer que sus cantos no anuncian científicamente la muerte o que sus hábitos nocturnos no los convierten en criaturas peligrosas. También es necesario proteger los ecosistemas que hacen posible su existencia. Y quizás allí se encuentre una de las enseñanzas más profundas de esta relación entre naturaleza y cultura.
Durante generaciones, los habitantes de distintos territorios observaron las aves, escucharon sus llamados e interpretaron sus comportamientos, construyendo historias que todavía forman parte de nuestra memoria colectiva. Algunas anunciaban desgracias; otras, la llegada de buenas noticias o cambios en el tiempo. Ciertas criaturas podían transformarse en brujos o transportar mensajes entre mundos, mientras otras acompañaban los caminos y advertían sobre aquello que estaba por venir.
La ciencia nos permite comprender sus comportamientos, reconocer sus funciones ecológicas y distinguir los riesgos reales de las interpretaciones sobrenaturales. Pero eso no significa que debamos abandonar las narraciones que han dado significado a estos encuentros.
Por el contrario, conservar la fauna también puede ser una oportunidad para preservar la riqueza cultural que existe en torno a ella, reconociendo que las historias, los conocimientos y las creencias forman parte de nuestra manera de habitar el territorio.
Tamara Núñez