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«Donde el diablo sembró un litre, Dios plantó un palqui»: entre el veneno y la sanación, los secretos de una planta arraigada en la cultura popular chilena
Discreto, resistente y profundamente arraigado en la cultura popular chilena, el palqui (Cestrum parqui) es mucho más que un arbusto que crece a orillas de caminos y entre los cerros de la zona central. Sus flores amarillentas, frutos oscuros y hojas de olor penetrante esconden una historia de adaptaciones, propiedades tóxicas y relaciones con la fauna. Pero también una dimensión cultural que ha trascendido generaciones, convirtiéndolo en una planta medicinal y protectora, protagonista de refranes, remedios tradicionales y antiguos rituales. Desde las famosas “cruces de palqui” hasta su estrecha relación con el litre, aquí exploramos la historia natural y cultural de una especie que parece habitar, al mismo tiempo, entre el peligro y la protección.
«Aúllan los perros en la noche más descalza,
en la comarca se rumorea que alguien va a morir,
Se coloca una cruz de palqui,
en la puerta de la casa
y se arroja sal al suelo en señal de contra,
para que la desgracia no llegue al hogar,
para no vestir los atuendos del luto”».
— Cristian Cayupan, Terruño (2014)

En los cerros de Chile central, a orillas de los caminos, entre matorrales y terrenos abandonados, crece una planta que durante generaciones ha despertado sentimientos aparentemente contradictorios. Para algunos, es un arbusto de olor desagradable, conocido por su toxicidad y por representar un peligro para los animales que se alimentan de sus hojas. Para otros, es una antigua aliada, capaz de aliviar dolencias, proteger los hogares y mantener alejadas las malas energías.
Se trata del palqui (Cestrum parqui), también conocido como parqui o hediondilla, un arbusto leñoso y perenne nativo de Chile y de gran parte de Sudamérica, que ha acompañado la vida cotidiana de numerosas comunidades rurales de Chile. De hecho, su presencia es tan familiar que incluso ha dado origen a expresiones populares como «más conocido que el palqui» o «donde hay palqui, hubo gente».
Pero ninguna frase resume mejor las contradicciones que rodean a esta especie que un antiguo refrán campesino: «Donde el diablo sembró un litre, Dios plantó un palqui». Se trata de una expresión que habla de la naturaleza como un espacio donde el daño y el alivio pueden encontrarse a pocos pasos de distancia.

Cristian Atala.

Mientras al litre (Lithraea caustica) se le conoce por las reacciones alérgicas que puede provocar en humanos, al palqui se le han atribuido tradicionalmente propiedades capaces de contrarrestarlas. Es una asociación transmitida entre generaciones, entremezclando la observación de la naturaleza, los conocimientos medicinales y las creencias populares.
Sin embargo, la historia de esta planta es mucho más profunda. Su particular composición química, su capacidad para prosperar en ambientes perturbados y sus relaciones con otros seres vivos revelan que es una especie extraordinariamente versátil. Al mismo tiempo, sus usos tradicionales plantean importantes preguntas sobre los límites entre medicina y veneno, así como sobre la evidencia científica que existe detrás de sus supuestas propiedades curativas.
Un arbusto de carácter fuerte
El palqui puede pasar inadvertido entre la vegetación. Es un arbusto que alcanza entre uno y tres metros de altura, con ramas delgadas, hojas alargadas de color verde y pequeñas flores tubulares, que se agrupan en conjuntos de tonalidades amarillentas o crema.

Pertenece a la familia de las solanáceas, un extenso grupo de plantas que incluye especies tan conocidas como el tomate, la papa, el ají y el tabaco, así como otras reconocidas por sus compuestos tóxicos, como el chamico y el floripondio.
«Sus hojas son glabras, muy suavecitas al tacto, de forma elíptica a lanceolada, y algo muy fácil para diferenciarlo es el olor de las hojas, que tiene un olor muy característico. Para la mayoría, un olor desagradable», explica Nicolás García, botánico de la Universidad de Chile y curador del Herbario EIF.
Este aroma penetrante, especialmente evidente cuando se manipulan o machacan sus hojas, le ha valido uno de sus nombres populares más conocidos: hediondilla. No obstante, sus flores igualmente pueden desprender una fragancia dulce y delicada, particularmente perceptible al anochecer.


Una contradicción que fascina a Lucía Abello, bibliotecóloga y botánica asociada a la Sociedad de Botánica de Chile y Chilebosque, y coautora del libro Usos tradicionales de la flora de Chile, quien destaca el contraste entre ambas características.
«Del palqui me encanta que sea tan potente, su polaridad axiológica: nos aleja, por el olor fuerte de sus hojas, pero que, al mismo tiempo, nos atrae por el delicado aroma que despiden sus bellas flores al anochecer, verdaderamente exquisito, cualidades que no nos imaginamos en una misma especie. Me gusta que tenga tantos usos, que, así como da vida, también nos la puede quitar, si no se hace un uso adecuado de ella. Me sorprende tanto poder en un arbustito que no se condice con su tamaño. Seguramente, tiene muchos otros usos que hoy desconocemos, por lo que nos queda la invitación a descubrirlos y compartirlos con la debida responsabilidad», comenta.
Tras la floración aparecen sus frutos, pequeñas bayas que adquieren un color negro violáceo al madurar y que contienen varias semillas. Estas estructuras carnosas también permiten reconocer su parentesco con otras solanáceas.
Pero, más allá de su apariencia, una de las particularidades más sorprendentes del palqui es su capacidad para establecerse en ambientes muy diversos.
En Chile, su distribución comprende una extensa franja del territorio, desde la Región de Arica y Parinacota hasta la Región de Los Ríos, aunque es especialmente frecuente en la zona central. Se le puede encontrar formando parte de matorrales y bosques esclerófilos, creciendo en quebradas, terrenos abiertos, bordes de caminos e incluso en espacios urbanos.
«Tiene una distribución bien amplia y aquí, dentro de Chile, su amplitud ecológica es bastante grande. […] Es una especie bien versátil en cuanto al tipo de lugares donde puede estar», señala García.
Esta plasticidad le permite crecer espontáneamente en lugares donde otras plantas encuentran mayores dificultades para establecerse. Es habitual observarlo en suelos perturbados, terrenos degradados y espacios que han experimentado distintos tipos de intervención humana.
«Es una especie nativa que se encuentra en América Central y del Sur, donde se diversificó en las regiones subtropicales y andinas, expandiéndose con fuerza hacia el Cono Sur (Chile, Argentina, Perú, Bolivia, Uruguay, Paraguay, Brasil y sudeste de Australia). Es una planta pionera y colonizadora, adaptada para prosperar con éxito en suelos muy degradados o perturbados (como bordes de caminos), resistiendo condiciones poco favorables para las plantas como lo es la sequía», explica Lucía Abello, bibliotecóloga y botánica asociada a la Sociedad de Botánica de Chile y Chilebosque.
De hecho, su resistencia y capacidad de propagación han favorecido su establecimiento fuera de Sudamérica, incluyendo lugares como Australia, donde ha llegado a convertirse en una especie problemática por su toxicidad para el ganado, siendo catalogada como invasora y dañina.
Sin embargo, pese a su amplia distribución, todavía existen importantes interrogantes sobre su historia evolutiva.

El palqui pertenece al género Cestrum, que reúne numerosas especies distribuidas principalmente en América tropical y subtropical. En Chile, sin embargo, Cestrum parqui es su único representante nativo, aunque tiene parientes en otros países del continente.
Juan Pablo Vicencio Segura, ingeniero en Conservación de Recursos Naturales, investigador de Chilebosque y de la Sociedad de Botánica de Chile, precisa que sí existen investigaciones sobre el parentesco del género, aunque todavía quedan importantes vacíos de conocimiento:
«El género Cestrum es exclusivamente americano, comprendiendo 176 especies aceptadas actualmente, y alcanzando su mayor diversidad en las zonas tropicales del continente. Particularmente para la familia Solanaceae, ha sido difícil fechar con precisión sus orígenes evolutivos debido a su escasa representación en el registro fósil, lo que impide contar con registros claros. Existen estudios que confirman que el género Cestrum conforma un clado monofilético, es decir, en el que todas sus especies comparten un único ancestro en común, y este clado sería hermano de otro formado por los géneros Sessea/Vestia. Sin embargo, tampoco se encuentran bien resueltas las relaciones filogenéticas entre todas las especies de Cestrum, debido a que no han sido muestreadas la totalidad de las especies, entre otras dificultades», puntualiza.
Una planta que también alimenta la vida
Aunque su toxicidad es una de sus características más conocidas, el palqui también participa en distintas interacciones ecológicas.
Sus flores ofrecen recursos a insectos visitantes, mientras que sus frutos carnosos pueden ser consumidos por algunas aves, que contribuyen a la dispersión de sus semillas. De esta manera, una planta potencialmente peligrosa para ciertos animales puede formar parte de las relaciones alimentarias de otros organismos.
García explica que la concentración de las sustancias tóxicas puede variar entre las distintas estructuras vegetales, y que, en muchas plantas, las hojas concentran una parte importante de los compuestos asociados a sus mecanismos de defensa.
«El fruto del palqui es carnoso, una baya, y es un tipo de fruto que normalmente es dispersado por animales, porque estos lo consumen. Por lo general, este tipo de frutos no contiene concentraciones tan altas de los compuestos que hacen tóxica a la planta, sino que las mayores concentraciones suelen encontrarse en las hojas. Por eso hay algunas aves que pueden consumirlos y que son sus principales dispersoras», explica García.
Lucía Abello también destaca las interacciones que establece el palqui con la fauna. En particular, menciona a aves como el fío-fío entre los posibles dispersores de sus semillas y señala que sus flores podrían recibir visitas de polinizadores nocturnos, atraídos por su fragancia.
«El palqui cumple un papel fundamental en la sucesión ecológica. Sus flores tubulares, que despiden un aroma dulce e intenso al anochecer, esperan ser polinizadas por polillas y mariposas nocturnas, así como por picaflores durante el día. También las aves, como el fio fío se constituyen en dispersoras de sus semillas toda vez que consumen sus bayas negruzcas», agrega la bibliotecologa.
En esa misma línea, Vicencio destaca que: «ensayos de germinación en especies arbustivas chilenas demostraron que el paso por el tracto digestivo de las aves tuvo un efecto significativo en las tasas de germinación del palqui. De este modo, el consumo de los frutos no solo ayuda en la dispersión de las semillas, sino que promueve notablemente su germinación».



Aunque todavía faltan investigaciones específicas que permitan conocer en profundidad todas estas relaciones, las observaciones botánicas sugieren que el palqui participa en una red de interacciones que va mucho más allá de las personas.
Nicolás García, por ejemplo, ha observado abejas y dípteros visitando sus flores, aunque advierte que no conoce estudios suficientes para determinar con precisión cuáles son sus principales polinizadores.
Por otra parte, su capacidad para establecerse en terrenos intervenidos también permite comprender su participación en las comunidades vegetales. En determinados ambientes puede formar parte de las primeras etapas de recolonización de espacios perturbados, proporcionando cobertura y refugio para pequeños organismos.
Entre el veneno y la medicina
Durante generaciones al palqui se le han atribuido diversas propiedades medicinales, pero, al mismo tiempo, es una especie cuya toxicidad puede provocar consecuencias graves.

Esta dualidad no es desconocida para las comunidades rurales. De hecho, en distintos territorios se le conoce como «mata ganado» o «mata caballos», nombres que reflejan el peligro que representa para animales como bovinos y equinos cuando ingieren determinadas partes de la planta.
Pero, ¿qué esconde realmente su composición química? Gabriela Valenzuela, académica e investigadora en farmacognosia de la Universidad de Chile, explica que el palqui contiene diversos metabolitos secundarios, sustancias producidas por las plantas que pueden participar en funciones fisiológicas, ecológicas y defensivas.
Entre ellos se han identificado glucósidos diterpénicos, saponinas esteroidales, triterpenos y compuestos fenólicos. Algunas de estas moléculas presentan actividad biológica y, en determinados casos, pueden resultar tóxicas.
«Estos metabolitos son de distintas familias. Hay algunos glucósidos diterpénicos, saponinas esteroidales, algunos triterpenos y compuestos fenólicos que pueden ejercer distintas funciones biológicas o farmacológicas, o incluso causarnos toxicidad. Pero para el Cestrum parqui cumplen funciones fisiológicas relevantes y ecológicas también. Se conoce que algunos tienen efectos insecticidas y se ha hablado de ellos como mecanismos de defensa. De esta forma, estos compuestos parecieran proteger a la especie vegetal de los insectos», explica Valenzuela.
Dos de los compuestos más relevantes para comprender la toxicidad del palqui son la parquina y la carboxiparquina, glucósidos diterpénicos que han sido estudiados por sus efectos sobre el organismo de los animales.

La carboxiparquina, en particular, se considera una de las principales responsables de los cuadros de intoxicación asociados a esta especie.
«En todos estos países se han reportado muertes de ganado y se atribuyen particularmente a dos compuestos: la carboxiparquina y la parquina. Aunque, según la literatura, la toxicidad de la carboxiparquina es mucho mayor que la de la parquina», explica Valenzuela.
En el ganado se han documentado lesiones hepáticas graves, hemorragias, alteraciones funcionales del hígado y, en los casos más severos, la muerte. Estas intoxicaciones han sido reportadas en distintos países sudamericanos y también en Australia.
«Hay algunos estudios, pero todavía no tenemos la suficiente evidencia clínica para demostrar sus usos. Y la toxicidad está vista particularmente por la exposición hacia los animales del ganado, que es lo que más se ha reportado», explica la investigadora.
Pero estas sustancias no solo explican la toxicidad del palqui. Desde una perspectiva ecológica, también forman parte de las estrategias químicas que las plantas han desarrollado para defenderse de distintos organismos, desde grandes herbívoros hasta pequeños insectos.
En este sentido, el ingeniero en Conservación de Recursos Naturales explica que la producción de compuestos defensivos es una característica presente en numerosas especies de la familia de las solanáceas, a la que pertenece el palqui.
«Solanaceae destaca por que varios de sus miembros son intensamente explotados para uso alimenticio, medicinales y para la búsqueda de nuevos fármacos. Gran parte de los integrantes de la familia se caracterizan por producir múltiples compuestos que les confieren defensa no solo de la herbívora de grandes animales, sino también de plagas de insectos, hongos, bacterias entre otros. En otras palabras, la producción de estos compuestos principalmente del grupo de los alcaloides (incluyendo alcaloides tropánicos, glicoalcaloides, pirrolizidínicos, y alcaloides indólicos), son las armas que tienen las plantas para defenderse. Los alcaloides de las solanáceas ejercen efectos tanto letales como subletales, y sus efectos se pueden manifestar en todos los niveles de organización biológica. Además, estos compuestos tienen una baja especificidad, por lo que son capaces de afectar una amplia gama de animales, así como órdenes de insectos. Los extractos obtenidos a partir de hojas de especies del género Cestrum (C. diurnum, C. nocturnum y C. parqui) mostraron particularmente efectos larvicidas en insectos de los órdenes Diptera y Lepidotera. Además, los alcaloides son muy activos fisiológicamente en los mamíferos, siendo su defensa frente a la herbivoría de pequeños y grandes animales», señala Vicencio.


Sin embargo, su presencia representa una dificultad importante para establecer usos medicinales seguros. Es que, aunque las hojas han sido especialmente estudiadas por su toxicidad, todavía no se conoce con suficiente precisión cómo varía la concentración de estas sustancias entre los distintos órganos de la planta o a lo largo de su desarrollo.
«Todavía no tenemos una cuantificación por órgano o por estado fenológico de la planta. La carboxiparquina está principalmente descrita en las hojas, pero tampoco se puede descartar su presencia en otros órganos, y es por eso que uno le atribuye la toxicidad a toda la planta», explica Valenzuela, quien advierte que no es posible considerar determinadas partes del palqui completamente inocuas.
Pese a estas precauciones, la utilización medicinal de la especie tiene una larga historia en Chile. Sus usos tradicionales han sido documentados en distintos registros etnobotánicos e históricos y se le han atribuido propiedades para disminuir la fiebre, aliviar inflamaciones, tratar afecciones cutáneas y abordar diversas dolencias.
Lucía Abello recuerda que estos conocimientos también formaban parte de la vida cotidiana de su familia, especialmente a través de su abuela, quien conocía numerosas plantas medicinales y sus preparaciones tradicionales.
«En este aspecto, recuerdo que mi mamita (abuela) usaba la estopa para preparar una infusión que bajaba la fiebre. Cortaba una ramita, la pelaba y al palito le sacaba trocitos con un cuchillo bien afilado; Con la decocción de las hojas se hacen gárgaras para aliviar el dolor de garganta, sin embargo, es importante destacar que el palqui contiene un glucósido hepatotóxico que puede provocar la muerte al ingerirlo», recuerda Lucía.
En la actualidad, el palqui incluso forma parte del listado de 103 Medicamentos Herbarios Tradicionales del Ministerio de Salud, que reconoce su utilización histórica en la medicina popular chilena.

Sin embargo, este reconocimiento no significa que todos sus efectos hayan sido demostrados mediante estudios clínicos. «No necesariamente las plantas que están ahí tienen evidencia científica. De hecho, a la mayoría le falta, y eso hace muy atractivo el tema de investigar nuestras plantas medicinales, validar sus usos para que nosotros podamos consumirlas de forma segura», explica Valenzuela.
En el caso del palqui, existen investigaciones de laboratorio que han explorado posibles propiedades antimicrobianas y otros efectos biológicos. También se han observado respuestas antiinflamatorias en modelos experimentales con animales, relacionadas potencialmente con compuestos como los ácidos ursólico y oleanólico.
No obstante, estos antecedentes todavía son insuficientes para demostrar su eficacia y seguridad como tratamiento medicinal en seres humanos. La especialista enfatiza que las preparaciones caseras no permiten controlar adecuadamente variables como la composición química, las concentraciones de sustancias activas o las diferencias entre ejemplares.
Por lo mismo, no se recomienda utilizar el palqui como remedio casero ni ingerir sus hojas, frutos u otras partes de la planta sin una evaluación profesional. Sus usos tradicionales constituyen un patrimonio cultural valioso, pero no deben confundirse con tratamientos clínicamente validados.


«Donde el diablo sembró un litre, Dios plantó un palqui»
Entre las múltiples historias que rodean al palqui, existe una que se ha mantenido especialmente viva en la memoria popular chilena.
Cuenta un antiguo refrán campesino que «donde el diablo sembró un litre, Dios plantó un palqui», haciendo referencia a la creencia de que la naturaleza proporciona, junto a aquello que puede provocar daño, una forma de contrarrestarlo. La frase nace de una asociación particularmente conocida entre dos especies que suelen compartir los paisajes del bosque esclerófilo.
Por un lado, el litre, un árbol endémico de Chile que contiene sustancias capaces de desencadenar dermatitis alérgica en personas susceptibles. Por otro, el palqui, al que tradicionalmente se le han atribuido propiedades capaces de aliviar algunas de esas molestias.
«Es súper frecuente que se encuentren juntas», explica Nicolás García, quien señala que ambas especies forman parte de la vegetación característica de Chile central.
La asociación entre estas plantas, por lo tanto, no se limita al imaginario popular. También existe una cercanía ecológica que puede haber contribuido a reforzar las creencias transmitidas por las comunidades.
Para Lucía Abello, el refrán representa una interpretación cultural de equilibrio y compensación en la naturaleza, donde el litre simboliza el daño y el palqui aparece como una respuesta protectora.

«El uso del palqui para aliviar los efectos del litre (dermatitis alérgicas) tiene su origen en los saberes y prácticas que tienen los pueblos originarios y el mundo campesino, que fueron transmitidos oralmente, luego adoptados por los españoles a su llegada y registrados por el Abate Molina (Ensayo sobre la Historia Natural de Chile) y Claudio Gay (Historia física y política de Chile), quienes documentaron el uso del palqui para combatir el litre», puntualiza la bibliotecóloga.
Pero ¿existe realmente evidencia de que el palqui pueda aliviar la dermatitis provocada por el litre? Gabriela Valenzuela explica que, aunque algunos estudios experimentales han identificado actividad antiinflamatoria en extractos de palqui, estos resultados todavía no permiten concluir que la planta sea un tratamiento eficaz o seguro contra las reacciones provocadas por el litre.
«Lo único que nosotros sabemos del Cestrum parqui es que puede ser antiinflamatorio, que tiene una evidencia in vivo en ratones, pero que esa no es suficiente como para tratar una dermatitis causada por el litre», advierte.
Sin embargo, más allá de la evidencia científica disponible, el uso del palqui para aliviar las molestias provocadas por el litre forma parte de una larga tradición de conocimientos populares, transmitidos de generación en generación y profundamente arraigados en la relación de las comunidades con su entorno.

Según explica Lucía Abello, tradicionalmente se han utilizado preparaciones externas elaboradas con sus hojas, como cataplasmas y lavados, para tratar distintas afecciones de la piel, entre ellas la irritación asociada al litre y la ortiga.
«El jugo de hojas frescas machacadas o su cocimiento se aplica directamente en cataplasmas o lavados para tratar afecciones vesiculares, eccemas, herpes, tiña, psoriasis y sabañones; en la comunidad huilliche se usa para las cefáleas. Se raspa la corteza y los palitos se hierven. Con este líquido se lava la cabeza y se puede “fletar” el cuerpo. Las hojas se usan como parche; sudorífica, fiebres malignas, enfermedades cutáneas, contra la tiña. Las hojas y los tallos se utilizan para darse baños externos con el propósito de bajar la fiebre. El zumo obtenido con las hojas machacadas se usa para aliviar la irritación provocada por el litre (Lithraea caustica) y la ortiga (Urtica urens). Usado en lavamiento (enema) adicionando clara de huevo, se recomienda contra las fiebres primaverales; Se indica también que el jugo de sus hojas, exprimido sobre llagas cancerosas, las limpia y desinfecta», relata la investigadora, al describir parte de los usos recogidos en la medicina tradicional.
Por su parte, Jimena Jerez, antropóloga especialista en etnobotánica, también recuerda que, dentro de los saberes campesinos, el palqui ha sido utilizado mediante lavados externos para tratar el llamado alitramiento, una práctica que forma parte de un conjunto más amplio de conocimientos sobre las propiedades atribuidas a las plantas y sus formas tradicionales de utilización.
«¿Qué hace el litre? Te enroncha y te da una picazón horrible y te da fiebre. ¿Qué hace el palqui? Baja la fiebre, baja la roncha», relata Jerez, al explicar cómo se ha comprendido tradicionalmente la capacidad del palqui para contrarrestar las molestias provocadas por el litre.

Pero sus aplicaciones en la medicina tradicional van mucho más allá de su relación con el litre. Históricamente, al palqui también se le han atribuido propiedades para disminuir la fiebre, aliviar dolores musculares y tratar distintas afecciones de la piel, como picaduras de insectos, ronchas e inflamaciones. Entre estas prácticas se encuentra el uso externo de sus hojas como parches, una costumbre vinculada también con la creencia popular de que ciertas plantas permiten extraer los llamados «aires» del cuerpo.
«Yo siempre lo entendí como que uno tomaba una hoja, la calentaba encima del brasero y luego se ponía ese parche calentito ahí donde te dolía, donde tenías el dolor muscular fuerte, donde te había entrado el aire», recuerda Jerez, dando cuenta de los conocimientos y prácticas que han formado parte de la medicina popular campesina.
Estos antecedentes dan cuenta de un conocimiento construido a partir de la observación, la experiencia y la transmisión oral, que ha acompañado a distintas comunidades durante generaciones. Aunque su eficacia y seguridad todavía no han sido suficientemente estudiadas desde la medicina moderna, estas prácticas constituyen un valioso testimonio de la relación histórica entre las personas y la flora de sus territorios.
Una planta para hacerle la contra al mal
La relación entre las personas y el palqui no se limita a sus usos medicinales. Durante generaciones, esta especie también ha ocupado un lugar particular dentro de las creencias populares y las prácticas de protección espiritual.

En numerosas comunidades rurales se le considera una planta de contra, es decir, una especie a la que se atribuye la capacidad de contrarrestar determinados males, influencias negativas o amenazas espirituales. Para Jimena Jerez, este concepto forma parte de un universo cultural mucho más amplio: «Es cualquier acto, no solamente una cosa, acto o palabra que contrarresta un mal tirado. […] Es como una defensa, no es como quedarse de brazos cruzados, es como que tú haces una acción», explica la investigadora.
Según Jerez, la contra no debe entenderse únicamente como un objeto protector, sino como una acción destinada a responder frente a aquello que se considera perjudicial.
Dentro de estas prácticas, las plantas ocupan un lugar fundamental. Especies como la ruda, el romero, el ajenjo y el canelo también han sido utilizadas simbólicamente para proteger a las personas y los hogares. Sin embargo, el palqui posee una tradición especialmente llamativa: la elaboración de pequeñas cruces con sus ramas, que se unen mediante un hilo o lana de color rojo y se colocan en determinados espacios de las viviendas.
La creencia sostiene que estos amuletos pueden impedir la entrada de malas energías, brujos o influencias perjudiciales para quienes habitan el lugar. «Con las ramitas tú haces una cruz con lanita roja y eso se pone en las puertas o se pone en las ventanas y va a espantar a los brujos, o sea, la gente que quiere hacerte daño no va a poder pasar a tu casa», relata Jerez.


El color del hilo tampoco es casual dentro de esta tradición. «El rojo es clave porque es el color de la contra», puntualiza Jerez, al referirse al simbolismo protector que se atribuye a este elemento.
El significado de estas cruces revela una interesante convergencia entre distintas tradiciones culturales.
Aunque su forma puede recordar inmediatamente a la cruz cristiana, Jimena explica que el uso de símbolos protectores mediante varillas cruzadas no es exclusivo del cristianismo, sino que también tiene antecedentes en prácticas indígenas anteriores a la llegada de los europeos. Con el paso del tiempo, estas tradiciones se fueron entrelazando con las creencias introducidas durante la colonización, dando lugar a nuevas expresiones de protección espiritual en las que confluyen elementos indígenas, campesinos y cristianos.
Esta dimensión fue abordada recientemente por la investigadora Catalina Villanueva Soto en el estudio Donde el diablo siembra un litre, Dios planta un palqui. Amuletos vegetales de protección campesina, publicado en 2026 en la revista Comechingonia.
La investigación, desarrollada a partir de antecedentes históricos y etnográficos de comunidades del centro-sur de Chile, particularmente de Ñuble, analiza la cruz de palqui como una expresión de la religiosidad popular y del encuentro entre conocimientos indígenas, prácticas campesinas y simbolismos cristianos.


En este sentido, más que pertenecer a una única tradición, el amuleto permite observar cómo distintas formas de comprender y proteger el mundo han convivido y se han transformado a lo largo del tiempo. Su presencia en la cultura chilena está documentada desde hace más de un siglo.
En 1953, durante sus primeras exploraciones por la comuna de Barrancas, en Santiago, Violeta Parra conoció a Rosa Lorca, una cantora, partera y conocedora de diversas tradiciones campesinas. Al recordar aquel encuentro, la folclorista destacó los múltiples conocimientos que poseía aquella mujer, desde los cantos y remedios populares hasta las prácticas destinadas a proteger los hogares. «Detrás de la puerta de su casa tiene crucecitas de palqui», relató Violeta, dando cuenta de una costumbre que también formaba parte del mundo cultural que buscaba rescatar.
«Antes de la cruz de palqui, está documentado (Augusta 1916) que, en la zona de Panguipulli, las machis solían levantar rehues con ramas de palqui formando un arco para proteger a los enfermos y propiciar la acción de los espíritus auxiliares sobre los pacientes», explica Juan Pablo Vicencio Segura, de Chilebosque.
Según el investigador, las primeras referencias escritas de la cruz de palqui como amuleto doméstico aparecen a comienzos del siglo XX. Su utilización permite observar cómo una planta vinculada históricamente con prácticas de protección fue adquiriendo nuevas expresiones simbólicas, en las que confluyeron tradiciones indígenas, campesinas y cristianas.
Décadas después, estas prácticas continúan presentes en distintos sectores rurales.

Lucía Abello señala que la elaboración de cruces de palqui todavía forma parte de la vida cotidiana de algunas familias, incluida la suya. «Es una costumbre heredada de los pueblos originarios y la fe católica, que se mantiene hasta el día de hoy, especialmente en los campos. Al menos, en casa de mi mamá, aún se practica», cuenta.
«Un aspecto que se enfatiza mucho es que la cruz de palqui no se puede comprar, debe ser recibida por medio de un obsequio dirigido con las mejores intenciones para proteger un hogar», complementa Vicencio por su parte.
La investigadora también menciona otras prácticas vinculadas con la protección espiritual, como el uso del palqui en determinados rituales tradicionales, sahumerios y procedimientos de santiguado.
«El pueblo mapuche usa la planta como medicina y en rituales (curaciones chamanísticas). Es tan poderosa que resiste los ataques de brujos o de nigromantes. (…) En definitiva, el palqui guarda una profunda relevancia espiritual, medicinal y simbólica», agrega la investigadora.
«Donde hay palqui, hubo gente»
Aunque el palqui puede crecer espontáneamente en numerosos ambientes, su presencia también ha quedado profundamente asociada a los hogares, las huertas y los antiguos asentamientos humanos.

Para Jimena Jerez, una de las expresiones que mejor resume este vínculo es un dicho campesino que ha escuchado en distintas ocasiones: «Donde hay palqui, hubo gente».
La frase hace referencia a la costumbre de encontrar estos arbustos en lugares donde alguna vez existieron viviendas, caminos o espacios habitados, incluso cuando las construcciones ya han desaparecido. «Yo creo que la clave es cuando dicen “donde hay palqui hubo gente”. […] Si hay un palqui es porque hubo una casa ahí o ya no existe la casa, pero quedó la planta. Y eso yo lo he visto muchas veces», relata.
Su resistencia a la sequía, su facilidad para establecerse y su capacidad de permanecer en un lugar pueden convertirlo en una suerte de testigo vegetal del paso de las personas. En ocasiones, una planta que continúa creciendo junto a un antiguo cerco o en medio de un terreno abandonado puede ser el único vestigio visible de un jardín que alguna vez estuvo lleno de vida. «Puede que la casa ya no esté, pero estuvo. Entonces va a haber un camino que te va a llevar a alguna parte», cuenta Jerez, recordando cómo la presencia de un palqui podía interpretarse como una señal de antiguos espacios habitados.
Pero esta cercanía no es solamente física. «Yo creo que lo más lindo del palqui es que la gente la trata como persona. Es como alguien», reflexiona Jerez.
Para la antropóloga, el vínculo con esta especie expresa una manera de relacionarse con la naturaleza en la que las plantas no son consideradas únicamente recursos, sino también acompañantes de la vida cotidiana: se las cuida, se las saluda, se conversa con ellas y se les atribuyen distintas cualidades, construyendo relaciones que pueden mantenerse durante generaciones.
Sin embargo, una parte importante de estos conocimientos ha comenzado a perderse con el paso del tiempo. Lucía Abello lo reconoce al recordar a su abuela, una mujer profundamente conocedora de las plantas medicinales y las tradiciones populares, de quien heredó numerosos saberes. «Creo que se han ido perdiendo saberes, especialmente de personas mayores, que se fueron sin compartir todo lo que sabían», reflexiona.

La investigadora recuerda especialmente una historia familiar que nunca logró conocer por completo. Su abuela le había contado que, cuando era niña, había sido curada mediante un ritual con palqui para protegerla de las malas energías. Sin embargo, los detalles de aquella práctica se perdieron con el tiempo. «No logré saber la forma en que se hizo ese ritual, por ejemplo. Y así como este, hay muchos más que cayeron en el olvido», lamenta.
Para Abello, rescatar estas memorias implica volver a escuchar a las personas mayores, especialmente a quienes han mantenido conocimientos tradicionales en comunidades rurales y territorios donde la relación cotidiana con las plantas continúa siendo fundamental.
También significa reconocer que la biodiversidad no solamente conserva historias evolutivas y relaciones ecológicas, sino que forma parte de un patrimonio cultural construido durante generaciones. En ese sentido, el palqui representa mucho más que una especie resistente, medicinal o tóxica. Es una planta que ha acompañado a las personas en sus casas, en sus creencias, en los remedios transmitidos por sus familias y en su manera de comprender la naturaleza.
Tamara Núñez