El aluvión que el pasado 8 de octubre afectó a la comuna de Las Condes, en Santiago, dejó en evidencia los riesgos asociados a las precipitaciones intensas y la vulnerabilidad de los territorios frente a eventos climáticos extremos.

Las lluvias provocaron una remoción de masas que arrastró rocas y vehículos, afectando a quienes habitan y transitan por el sector. Sin embargo, lo ocurrido en la capital es solo una expresión de un problema que atraviesa distintas regiones del país: cómo enfrentar fenómenos meteorológicos cuya intensidad puede verse agravada por las condiciones en las que se encuentra el territorio.

Según el balance de la Asociación de Municipalidades Parque Cordillera, en el sector de la quebrada de Honda, a la altura de General Blanche con San Carlos de Apoquindo, un incendio ocurrido a comienzos de este año consumió 1.012 hectáreas de vegetación. Las llamas afectaron los parques San Carlos de Apoquindo y la Plaza Sur, dejando superficies sin cobertura vegetal y mayormente expuestas a la erosión.

Aluvión 8 de octubre. Créditos Municipalidad de Las Condes
Aluvión 8 de octubre. Créditos Municipalidad de Las Condes

La pérdida de vegetación puede reducir la capacidad del suelo para retener agua y estabilizar el terreno, aunque la magnitud de sus efectos depende de las características de cada lugar y de las condiciones en que se producen las precipitaciones. En este contexto, la degradación previa de un ecosistema es un factor relevante al analizar los riesgos que enfrenta un territorio.

Esta relación entre naturaleza y eventos extremos no se limita a los bosques ni a la Región Metropolitana. Los humedales, por ejemplo, pueden almacenar temporalmente el exceso de agua y contribuir a regular las inundaciones, mientras que otros ecosistemas terrestres cumplen funciones esenciales para el equilibrio ambiental y el sustento de las comunidades.

En las zonas costeras, además, fenómenos como El Niño pueden alterar la temperatura del océano y la distribución de las especies, con consecuencias que alcanzan actividades agrícolas como la pesca artesanal. Así, los cambios en el medio ambiente pueden repercutir tanto en la biodiversidad como en las economías locales y las formas de vida que dependen de ella.

Frente a un escenario de cambio climático e incertidumbre meteorológica, comprender estas interacciones también plantea preguntas sobre la planificación territorial, la recuperación de zonas degradadas, las construcciones en áreas expuestas a amenazas naturales y la continuidad de los estudios científicos que permiten anticipar sus efectos.

¿Qué funciones cumplen realmente los ecosistemas frente a eventos extremos? ¿Hasta dónde pueden contribuir a reducir sus impactos? ¿Y qué ocurre cuando pierden parte de su capacidad de regulación?

La primera línea de defensa

Mientras los bosques y humedales terrestres ayudan a regular el ciclo del agua, estabilizar los suelos y reducir la erosión, los ecosistemas costeros y marinos participan en procesos que influyen en la dinámica del océano y en la protección de litorales.

Estas funciones también sostienen la biodiversidad y las actividades humanas que dependen de ella. Sin embargo, sus capacidades para moderar los efectos de estos fenómenos tienen límites y dependen profundamente de sus características, su estado de conservación y la intensidad de los eventos que enfrentan.

“Nuestros ecosistemas están degradados, no sólo porque ha subido la ciudad, sino porque históricamente, desde que Santiago se fundó, han pasado por usos agrícolas, usos ganaderos y tienen herbívoros exóticos”, explica Rafael García, académico de la Facultad de Ciencias Forestales de la Universidad de Concepción e investigador del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB). “Si le agregamos el incendio, esa sería la última estocada, digamos, en un proceso largo de degradación”.

Camino La Pirámide, Parque Metropolitano de Santiago. Créditos: Sebastián Maturana / flickr
Camino La Pirámide, Parque Metropolitano de Santiago. Créditos: Sebastián Maturana / flickr

“Los bosques y humedales permiten cada uno generar el funcionamiento del ecosistema por completo regulando el ciclo del agua. Alterar estos ecosistemas ineludiblemente nos lleva a alterar este proceso”, señala García. “Estos pueden ser receptores y acumuladores del agua, ayudan a filtrar mejor y evitar que caiga directamente al suelo. Dependiendo del tipo de ecosistema, juegan un rol de atenuación y ayudan a que esta agua vaya siendo primero interceptada, después filtrada y almacenada”.

Esto puede resultar especialmente relevante en zonas de quebradas y laderas, donde el agua que no logra filtrarse puede desplazarse rápidamente hacia sectores más bajos, arrastrando tierra, rocas y otros elementos a su paso. La ausencia de vegetación puede favorecer este tipo de procesos, que se observan con frecuencia en algunas zonas del país, a diferencia de otras.

García añade que “en ausencia de estos ecosistemas, lo más probable es que tengamos aluviones como el que vivimos el otro día, donde el suelo no tiene ninguna capacidad de almacenar esa agua y simplemente escurre. Al escurrir, se va llevando todo a su paso, que es lo que vemos frecuentemente en el norte: cuando llueve muy poco, en comparación a lo que llueve en la zona central y sur, se generan estas estribaciones de quebrada, porque ahí prácticamente no hay vegetación que permite interceptar el agua. Finalmente, corre de manera directa por las quebradas y después baja hacia los valles”.

Un ejemplo del rol protector de los humedales se pudo observar en el evento climático de características excepcionales que afectó a Valdivia y su sector costero en julio de 2026, donde intensas precipitaciones en un corto período de tiempo provocaron anegamientos, remociones de tierra e interrupciones de caminos.

De acuerdo al Centro de Humedales Río Cruces de la Universidad Austral de Chile (CEHUM), el lunes 6 de julio se registraron 5,84 mm de agua; el martes 7 de julio, 197,61 mm; y el 8 de julio, otros 36,58 mm. Se acumularon cerca de 240 mm en poco más de 36 horas.

Valentina Rosales Ojeda, profesional del Área de Vinculación y Educación Ambiental del CEHUM y bióloga de formación, explicó en el diario de la universidad que habría sido probable que, «sin los humedales que rodean Valdivia, las consecuencias de este evento climático hubieran sido mucho más severas. Estos ecosistemas actúan como una infraestructura natural que protege a las ciudades frente a lluvias extremas, disminuyendo el impacto sobre las personas y la infraestructura».

En las zonas costeras, otros procesos naturales contribuyen a amortiguar los efectos de fenómenos extremos. Paula Mendoza, bióloga marina, MSc en Ciencias Oceanográficas e integrante de la corporación Bosque Submarino, explica que “tanto los bosques submarinos como los humedales costeros, si bien son ecosistemas distintos, tienen una tremenda función de protección de la costa. Los humedales funcionan como especies de riñones de la zona, dentro de la transición entre el océano y el continente. Estos mitigan sobre todo las inundaciones. Los bosques, por otro lado, dentro de todos los roles ecológicos y ecosistémicos que tienen, son amortiguadores de marejadas y de tsunamis, en un sentido más físico”.

Estas funciones de protección no se limitan a un solo tipo de ecosistema, sino que responden a la interacción de distintos ambientes que conforman el paisaje costero. Cada uno cumple un papel particular en el equilibrio del litoral, por lo que comprender su importancia requiere mirar más allá de aquellos que resultan más visibles.

“En general la costa tiene una diversidad de ecosistemas que muchas veces no se ven”, añade Luisa Saavedra Lōwenberger, bióloga marina, doctora en Oceanografía e integrante de Bosque Submarino. “Por ejemplo, las dunas —que muchas veces ni siquiera se sabe que son ecosistemas costeros—, también las cadenas de pastos marinos, y en otros lugares hay manglares y arrecifes de coral. No es solamente decir que son los humedales o los bosques, sino que todos los ecosistemas costeros tienen un rol que cumplir”.

Todos estos forman parte de un equilibrio natural que puede verse alterado por la intervención humana. Pero, ¿qué ocurre cuando estos espacios se deterioran y el territorio pierde parte de su capacidad de regulación? Para comprenderlo, también es necesario mirar las transformaciones que han experimentado estos ambientes y cómo las decisiones sobre el uso del suelo y la planificación de las ciudades pueden aumentar la exposición de la sociedad a sus efectos negativos.

La degradación del territorio y el factor humano

La relación entre las personas y los ecosistemas es más estrecha de lo que parece. Las transformaciones del territorio, impulsadas por la actividad humana, pueden alterar el funcionamiento de estos ambientes naturales, pero las consecuencias de esto no se quedan en la naturaleza, también repercuten en las ciudades, las viviendas, las actividades económicas y la vida cotidiana de distintas comunidades.

En cuanto a lo sucedido en Las Condes, “el desastre ocurre porque hemos planificado mal nuestras ciudades y las zonas que hemos destinado a habitar, ya que estos eventos ocurren de manera natural”, apunta García. “Incluso los aluviones son procesos “naturales”. El problema es que, debido a la falta o inexistencia de regulación, en muchos casos, se van generando efectos negativos hacia las mismas personas”.

Esto se ve reflejado en la forma en que ocupamos y transformamos el territorio. Cuando las ciudades crecen sin respetar las características naturales de su entorno, se ignoran procesos que cumplen un rol importante en la protección.

Imagen satelital de Santiago. Créditos: NASA
Imagen satelital de Santiago. Créditos: NASA

Bajo ese contexto, Mendoza advierte que “no se está respetando la acción de la naturaleza, considerando que estamos en una crisis climática a nivel global. Se sigue construyendo sobre humedales, se sigue no respetando las líneas de inundación en las zonas costeras. Lamentablemente la memoria es muy frágil. En vez de ser preventivos somos reaccionarios. Entonces, ¿hasta qué punto un sistema costero cumple el rol de protección? Bueno, hasta el punto en que se puede medir el daño”.

Esto no afecta a todas las personas por igual. La ubicación de las viviendas y su infraestructura, junto con los recursos disponibles para enfrentar una emergencia o recuperarse de ella, influyen en la magnitud de sus consecuencias. Saavedra explica que “la exposición es lo que hay en un lugar; por ejemplo, si construimos una ciudad sobre un humedal o cerca de la costa y viene una marejada intensa, eso aumenta el riesgo”.

Aluvión 8 de octubre. Créditos Municipalidad de Las Condes
Aluvión 8 de octubre. Créditos Municipalidad de Las Condes

Las consecuencias también se extienden más allá de los daños materiales. La degradación de los ecosistemas costeros afecta los hábitats de numerosas especies y puede repercutir en actividades que sostienen a las comunidades. Como bien señalaba Saavedra, los bosques submarinos, por ejemplo, sirven de hábitat para organismos que forman parte de las cadenas alimentarias marinas.

Una preocupación similar expresa Mendoza: “Donde más se podría medir el impacto de estos efectos es en la economía. Hay un desplazamiento de las especies que buscan aguas más frías. Ahí hay un problema donde la pesca artesanal se ve principalmente afectada. Estas interacciones van de la mano; no solamente están afectando el océano, sino también la agricultura. ¿Qué va a pasar con las personas que se dedican a las producciones de pequeña escala?”.

Estas interacciones entre el deterioro ambiental y sus consecuencias no se limitan a los ecosistemas marinos. En ambientes terrestres, las perturbaciones también pueden modificar el equilibrio entre las especies y alterar los procesos de regeneración vegetal.

Los incendios forestales, por ejemplo, no solo afectan a la flora nativa, sino que también pueden favorecer la expansión de especies exóticas, lo que puede traer consecuencias negativas. Sobre esto, García hace hincapié en que “tenemos muchas especies que están presentes en este ecosistema degradado que no son nativas, sino especies exóticas que están más adaptadas a estos fenómenos de perturbación frecuente y se ven beneficiadas con los incendios forestales”.

Dedales de Oro en Cerro El Carbón. Créditos: ©Tamara Núñez @tmr.nunez
Dedales de Oro en Cerro El Carbón. Créditos: ©Tamara Núñez @tmr.nunez

El camino hacia la solución: restauración, ingeniería y la urgencia política

En agosto de este mismo año, un aluvión en Tocopilla arrasó la zona, dejando un 60% de las viviendas dañadas y múltiples caminos cortados. En su momento, los habitantes de la comuna apuntaron hacia el abandono del Estado a propósito de algunas obras de mitigación que quedaron pendientes antes del temporal.

Algo parecido sucedió durante el devastador temporal de julio en la Región de Coquimbo, en que las medidas para lidiar con la emergencia llegaron después de que el evento haya sobrepasado con fuerza los límites de estos eventos extremos. El sistema frontal dejó seis víctimas fatales, 12.997 personas damnificadas y 21.480 viviendas dañadas. El Gobierno declaró estado de excepción constitucional seis días después del inicio del sistema frontal.

Frente a este escenario, proteger los ecosistemas y reducir la exposición de las comunidades a eventos extremos requiere ir más allá de las respuestas que se activan una vez ocurrido el daño. Actualmente, existen algunos proyectos que buscan mejorar la protección frente a eventos climáticos extremos, como consecuencia de las emergencias que han azotado al país durante este año.

En Tocopilla, ingenieros en prevención de riesgo han declarado que, de no existir las piscinas decantadoras que se construyeron en zonas de quebrada, la emergencia hubiese sido mucho mayor. No es primera vez que un evento de esta magnitud golpea al zona: en agosto de 2015 un aluvión dejó a 8 personas fallecidas.

El Plan Regulador Comunal vigente se desarrolló en 2001, por lo que la ciudad se basa en planificaciones de hace 25 años, cuando aún no se consideraba la magnitud del cambio climático, dejando fuera los avances y estudios de suelo que se han llevado a cabo durante ese largo período. Al día de hoy, se proyecta la instalación de mallas de contención, ampliación de las pozas decantadoras existentes y mejoras estructurales en canalones, muros y pretiles en las quebradas que se activaron.

Tras los anegamientos ocurridos en Valdivia, se busca detener definitivamente el relleno de los humedales urbanos, que cubren actualmente el 16% de la comuna aproximadamente. Investigadores de la Universidad Austral de Chile (UACh) y la Municipalidad promueven su cuidado, pensando en que funcionan como macro-esponjas que mitigan dinámicamente el exceso de agua tras fuertes precipitaciones.

La conservación de estos ambientes naturales, la restauración de aquellos que han sido degradados y una planificación urbana y/o territorial que considere sus características son parte de los desafíos que enfrenta actualmente Chile.

Esto implica combinar soluciones basadas en la naturaleza con infraestructura adecuada, fortalecer la investigación y divulgación científica, y asegurar políticas públicas y financiamiento que se mantengan en el tiempo. La pregunta ya no es solo cómo enfrentarse a estos eventos, sino qué medidas tomar para evitar que sus impactos se repitan o se agraven.

Entre las medidas terrestres para mitigar el daño que causan estos eventos extremos, están, primero recuperar la vegetación nativa de las quebradas. García dice que «la recomendación va a ser mantener las quebradas lo más verdes posibles con vegetación propia de la zona, que ya está relativamente adaptadas a estas condiciones propias de la zona precordillerana de la Región Metropolitana, y avanzar hacia la restauración de esa zona».

Por otro lado, también recomienda plantar árboles, arbustos y hierbas en sectores degradados. Cuando la vegetación logra recuperarse por sí sola, se puede permitir su regeneración natural. En las zonas más deterioradas, en cambio, se propone intervenir activamente mediante la plantación de distintas especies. De este modo, las hierbas y algunos arbustos pueden cubrir el suelo en menos tiempo, mientras que los árboles tardan más en desarrollar sus copas para producir sombra. La idea aquí es recuperar progresivamente una cubierta vegetal que proteja el suelo y contribuya a regular el agua.

Otra medida posible es controlar las actividades que degradan el suelo. García menciona que evitar el pastoreo, restringir el tránsito de vehículos fuera de ruta y prevenir la formación de múltiples senderos pueden deteriorar la cubierta vegetal y compactar o erosionar el suelo. Además, los senderos pueden convertirse en pequeños canales que conducen el agua hacia la quebrada principal.

Malla de contención. Créditos: Kristina Kutleša / Pexels
Malla de contención. Créditos: Kristina Kutleša / Pexels

En junio de 2024, los ministerios de Vivienda y Urbanismo y Medio Ambiente en conjunto con la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) firmaron un acuerdo para gestionar la Estrategia Nacional de Infraestructura Verde, que busca integrar soluciones basadas en naturaleza para sectores urbanos. Fue finalmente aprobada el 18 de noviembre de 2025 por el Consejo de Ministros para la Sustentabilidad y el Cambio Climático, y su implementación comenzó este año, con proyecciones en planificación hacia 2050.

Mientras tanto, entre los proyectos que hoy están en desarrollo en el país, se encuentra el Parque Mapocho Río, ubicado en la Región Metropolitana, que cuenta con 52 hectáreas y más de 9 kilómetros a lo largo del río Mapocho. Integra más de 4.900 árboles nuevos, áreas deportivas y recreativas. También destaca el Parque Urbano Isla Cautín en Temuco, que funciona como una infraestructura hidroecológica y verde de 27 hectáreas. Ambos proyectos, como muchos otros, fueron diseñados para la resiliencia urbana frente a las inundaciones y el cambio climático.

García remarca la idea de combinar estas medidas de acuerdo a las necesidades y características del territorio. En ese sentido, pensar en estos factores evita aplicar soluciones que reduzcan un riesgo, pero puedan aumentar otro. Por ejemplo, eliminar indiscriminadamente la vegetación para prevenir incendios puede dejar el suelo más expuesto a la erosión y al impacto de las lluvias.

En el ámbito de ecosistemas marinos y costeros, las biólogas marinas explican que no existen proyectos concretos muy conocidos. Sin embargo, existen iniciativas, tanto en Chile como a nivel global, de restauración y conservación de estos sectores: «En el sur están trabajando en la restauración con conchas de choritos para hacer arrecifes usando una solución basada en naturaleza«, explica Saavedra. «Otros ejemplos son proyectos de refugios marinos, que entreguen alguna forma de defensa de los ecosistemas. Acá, la Universidad de Chile también está trabajando en algo parecido, pero el proyecto está recién comenzando en Chile, porque incluso a nivel internacional también es como algo muy nuevo».

Mendoza complementa esta idea, diciendo que «paralelo a esto, es extremadamente necesario generar medidas de educación que vayan en dirección a la protección. Es más barato y de corto plazo, pero primero tienen que existir los recursos, las motivaciones y las voluntades de querer hacerlo. Antes de restaurar, debemos proteger. La restauración es la última opción que nos debería quedar».

Arrecife de coral muerto. Créditos: John Cahil Rom.
Arrecife de coral muerto. Créditos: John Cahil Rom.

“Ver los ecosistemas costeros como parte de este modelo de riesgo significa que protegerlos es justamente incrementar nuestra resiliencia, hacernos más resilientes como sociedad», señala Saavedra. «Y parte de lo que nosotros queremos entregar es entender que estos ecosistemas no se protegen solo porque son bonitos, sino también para protegernos a nosotros mismos, porque los roles que cumplen no son solo en temas de biodiversidad, sino que también sostienen nuestra alimentación y nos resguardan”.

Mientras tanto, en cuanto a los ecosistemas terrestres, García expresa que “tenemos que avanzar en la restauración y recuperación de estos ecosistemas naturales. Tenemos que generar infraestructuras que permitan aminorar estos efectos, como piscinas y mallas de contención, y generar infraestructura verde en las ciudades que permita mitigar estos eventos extremos”.

Actualmente, estamos lidiando con precipitaciones fuertes como consecuencia de un fenómeno de El Niño intensificado, y este todavía no termina. Se pronostica que las precipitaciones continúen hasta el próximo año, además de un verano caluroso, donde nos veremos enfrentados a otro fenómeno: las olas de calor en las ciudades e incendios forestales.

Vestigios del incendio de China Muerta. Créditos: Verónica Droppelmann
Vestigios del incendio de China Muerta. Créditos: Verónica Droppelmann

En ese sentido, García advierte que las ciudades necesitan prepararse, y es aquí donde la infraestructura verde puede cumplir un rol fundamental: “Si se repite lo que hemos visto en el hemisferio norte con semanas completas cercanas a los 40°C, las ciudades tienen que estar preparadas para eso. La infraestructura verde para aminorar estas olas de calor, donde la gente pueda realmente respirar aire fresco en el verano, va a ser fundamental ahora y en el futuro”.

Enfrentar estos desafíos requiere comprender que la protección de los ecosistemas no puede quedar relegada a una respuesta posterior a las emergencias. Conservar, restaurar y planificar considerando los procesos naturales es también una forma de proteger a las sociedades, sus medios de vida y su bienestar a largo plazo.

Tanto Saavedra como Mendoza están de acuerdo en que “separamos mucho lo político de lo ambiental y de lo social. Ese es un error. Si no hacemos esa conexión estamos perdidos. Defender un ecosistema también tiene que ver con la vida de las personas”.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.

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