-
Publireportaje
¡Ideal para acampar! Conoce las nuevas comidas listas para llevar que se adaptan a la vida al aire libre
15 de octubre, 2026 -
Mujeres de Perú “reverdecen” el desierto al convertir basurales y arenales en huertos comunitarios
15 de octubre, 2026 -
TBA21 y el Museo Nacional Thyssen-Bornemisza presentan CAUTÍN de Seba Calfuqueo, producida en colaboración con el Centro Cultural La Moneda
14 de octubre, 2026
Científicos Anónimos: la iniciativa que lleva la ciencia a los bares de México
Desde 2016, la Sociedad de Científicos Anónimos lleva la divulgación científica a bares y cafés para propiciar conversaciones entre especialistas y un público curioso.
Contrario a la noción popular que nos han dado las series y la ficción, la ciencia no siempre necesitará un laboratorio silencioso, un auditorio, una pantalla de proyección o una fila de sillas frente a un enorme pizarrón. A veces, puede comenzar con una bebida sobre la mesa, un grupo de personas reunidas en un bar y una pregunta sobre el cerebro, los hongos o el universo mismo. Justamente, esa es la apuesta de la Sociedad de Científicos Anónimos (SCA), iniciativa cultural que comenzó en la Ciudad de México alrededor de 2016 y que busca sacar la ciencia de sus espacios habituales para convertirla en una conversación abierta, accesible y, como mencionan en su statement, sin solemnidades.
Andrés Cota Hiriart, uno de sus fundadores, encontró en este formato una manera de acercar el conocimiento a personas que quizá nunca buscarían una charla científica por iniciativa propia -o, si ya lo habían intentado, que hayan quedado fuera de ellas por tratarse de gremios cerrados-.
La idea surgió de Natalia Jardón, quien había conocido a Cota durante sus estudios de comunicación de la ciencia en el Imperial College de Londres. Después de trabajar juntos en El Ideógrafo, una revista digital que reunía colaboraciones de personas vinculadas con la ciencia y las humanidades, ambos buscaron otra manera -una más estimulante, dice Cota- de compartir esas ideas. La publicación dejó una red de colaboradores con conocimientos diversos y ganas de comunicar.
Eventualmente, Jardón propuso organizar cafés científicos, un formato que ambos habían conocido en Inglaterra, pero con un giro local. Llevarían a los científicos a las mezcalerías, bares y cafés.

«En Inglaterra es pan de todos los días porque el café científico nació allá y nació en pubs», recuerda Cota.
Andrés confiesa que al principio dudaba de que la propuesta funcionara. Temía que después de un par de encuentros el público desapareciera sin más. No obstante, la oportunidad llegó cuando unos conocidos abrieron Bandini, un bar de la colonia Juárez que tenía un escenario dedicado principalmente a la poesía. Allí organizaron las primeras noches de ciencia.
El nombre, Científicos Anónimos, surgió de una asociación espontánea con Alcohólicos Anónimos: la imagen de un grupo que se reúne para hablar de aquello que lo convoca. En sus inicios, el formato incluso imitaba esa disposición circular, con participantes que se presentaban por su nombre y su especialidad.

De los bares a una comunidad de divulgación científica
Andrés evoca cómo la respuesta del público comenzó a cambiar hacia el cuarto encuentro. Para el quinto, uno dedicado a los hongos alucinógenos, el bar estaba lleno. Unas 60 personas se apretaban en el espacio y otras miraban desde las ventanas. Para Cota, esa fue una señal de que el proyecto ya había encontrado un nicho interesado en conversar sobre ciencia fuera de los circuitos académicos.p
Así, los encuentros crecieron hasta reunir entre 200 y 250 personas en sus últimas etapas en el bar Covadonga, antes de que la pandemia por COVID-19 interrumpiera las actividades presenciales. La expansión también llevó la iniciativa a otras ciudades. El estado de Querétaro fue una de las primeras experiencias fuera de la capital, a partir de la propuesta de una participante que quiso organizar encuentros en su ciudad.
Con el tiempo, surgieron nuevos capítulos y el proyecto se convirtió en una red que, de acuerdo con la información publicada por la organización, tiene presencia en más de 20 distintas ciudades de México.

Cota explica que la dinámica no consiste simplemente en trasladar una conferencia universitaria a un bar. Pues, siguiendo la idea del café científico, el espacio pasa a modificar la relación entre quienes comparten el conocimiento y quienes lo escuchan. Las charlas sirven para introducir un tema y ofrecer contexto, pero la conversación con el público ocupa un lugar central ya que las personas asistentes pueden plantear dudas, compartir experiencias y discutir activamente lo que escuchan.
«El punto de hacer eventos de ciencia en una cantina o en un café es ese tono relajado, desenfadado, sin que eso no sea riguroso», señala. De esta manera, la “informalidad” nos abre otras posibilidades para abordar asuntos complejos.

Café scientifique: la ciencia sale al encuentro del público
Los cafés científicos surgieron como una alternativa a los modelos tradicionales de divulgación, en los que el conocimiento suele transmitirse desde una persona experta hacia una audiencia que escucha. El movimiento Café Scientifique comenzó en la ciudad de Leeds, Inglaterra, en 1998, impulsado por Duncan Dallas, quien retomó la idea de los cafés filosóficos para llevar las discusiones científicas a los pubs.
Desde entonces, este formato ha encontrado espacios en distintos países y ha adoptado formas diversas, pero conserva la premisa de que la ciencia también puede discutirse en lugares cotidianos, sin exigir conocimientos previos ni pertenencia a una institución académica.
Una de las principales ventajas, dice Cota, es que transforma al público de receptor en interlocutor. En una charla convencional, las preguntas suelen quedar para el final y el tiempo para discutir puede ser limitado. En un café científico, en cambio, la conversación es parte de la experiencia. Las preguntas permiten que quienes asisten expresen dudas, confronten ideas y relacionen la investigación con sus propias experiencias.
Y, en una suerte de simbiosis, el valor agregado para las personas especialistas es la oportunidad de escuchar qué inquietudes despiertan sus temas y qué aspectos necesitan explicaciones más claras.

Un estudio sobre la participación del público en cafés científicos, basado en el análisis de 41 encuentros realizados entre 2010 y 2019, documentó que las preguntas de los asistentes responden a distintos objetivos de aprendizaje y cambian según el tema de conversación. Así, la evidencia sugiere que el lugar importa lo suficiente. Hablar de genética, salud, cambio climático -o, en tiempos más recientes- inteligencia artificial en un bar puede reducir la distancia simbólica entre quienes hacen ciencia y quienes conviven con sus consecuencias.
Un ambiente distendido nos permite preguntar sin el temor a equivocarse o a no «manejar el vocabulario adecuado»; el humor puede facilitar conversaciones difíciles y el encuentro cara a cara ayuda a ponerle rostro a una actividad que suele percibirse como lejana.
Desde luego, eso no significa que el formato garantice por sí solo una mayor confianza en la ciencia o elimine la desinformación. Pero el valor de estas iniciativas reside en crear condiciones para el intercambio, la escucha y el pensamiento crítico, en lugar de limitar la divulgación a la transmisión vertical de datos. «A veces los entornos más relajados o el humor es el mejor vehículo para hablar de los temas más delicados», afirma Cota.

¿Por qué Científicos Anónimos importa en México?
En el contexto nacional, propuestas como la Sociedad de Científicos Anónimos adquieren relevancia porque plantean una manera de incorporar la ciencia a la vida cultural de las grandes y pequeñas ciudades. Además, su expansión mediante capítulos locales abre la posibilidad de que las conversaciones respondan a los intereses de cada comunidad, en lugar de depender exclusivamente de una programación centralizada. Científicos Anónimos también extiende su trabajo -cual tentáculos de cefalópodo- a otros formatos, como textos, videos y podcasts, para llegar a públicos que no siempre puedan acudir a las sedes físicas.
Toda esa flexibilidad es importante en un país donde la ciencia atraviesa asuntos tan cercanos como la salud pública, la alimentación, la contaminación, la biodiversidad y los efectos del cambio climático. Comprender estos temas también requiere espacios donde sea posible preguntar, discutir incertidumbres y distinguir entre evidencia, opinión y desinformación.

Andrés puntualiza que si bien los cafés científicos no sustituyen la educación formal ni resuelven por sí mismos las desigualdades en el acceso al conocimiento, pueden complementar otros esfuerzos de comunicación pública y abrir conversaciones sobre cuestiones que atraviesan la vida colectiva.
Nuestra ciencia no termina cuando una investigación se publica ni cuando una persona especialista presenta sus resultados en un congreso. Cuando alguien puede preguntar, disentir, relacionar una idea con su propia experiencia o descubrir que un tema aparentemente distante tiene algo que ver con su vida, se está comunicando mucho más horizontalmente.
En ese sentido, la Sociedad de Científicos Anónimos nos invita, constantemente, a convertir la curiosidad en un punto de encuentro y reconocer que el conocimiento científico también forma parte de la cotidianidad y las decisiones que compartimos como sociedad.

Mariana Mastache