Es temporada de lluvias. Entre las hojas altas del maíz se enredan las plantas de frijol. Cerca del suelo, las grandes hojas de la calabaza forman una especie de cubierta que ayuda a conservar la humedad. Eventualmente, chiles, jitomates, plantas medicinales (y otras especies que crecen junto a los cultivos) harán su aparición. Eso es, a grandes rasgos, una milpa.

Más allá de ser una extensión de terreno donde una sola especie acapara todo el espacio, la milpa representa una comunidad diversa de plantas que coexisten e interactúan (ecológicamente hablando).

Aunque este sistema tradicional mesoamericano suele asociarse principalmente con la tríada de maíz, frijol y calabaza, la milpa puede albergar muchas otras especies vegetales, dependiendo del territorio y de las prácticas de cada comunidad que la sostenga. Hay algunas, sin embargo, que crecen espontáneamente. Suele ser el caso de los quelites. 


La resiliencia también puede crecer en una milpa

La palabra quelite proviene del náhuatl quílitl, término asociado con las hierbas o plantas comestibles. Cabe señalar que los “quelites” no hacen referencia a una única especie o familia botánica, sino a un amplio conjunto de plantas cuyos brotes, hojas, tallos tiernos o flores pueden utilizarse como alimento. Verdolagas, quintoniles, pápalo, huauzontles, romeritos, epazote, chepil y muchas otras especies forman parte de esta diversidad.

Cuando hay humedad, es común encontrar quelites dentro de las milpas y otros agroecosistemas. Pero otros son recolectados o cultivados deliberadamente. Si no estamos familiarizados con estas plantas nos pueden parecer hierbas que simplemente aparecieron entre los cultivos (o, en el peor de los casos, “malezas”). No obstante, en el territorio mexicano, los quelites han sido grandes aliados de nuestra cultura gastronómica. 

Se han documentado cientos de plantas consumidas como quelites, aunque las cifras varían según los criterios utilizados para definirlos y las regiones estudiadas. De acuerdo con la Comisión Nacional para el Conocimiento y Uso de la Biodiversidad (CONABIO), en nuestro país existen más de 350 especies de quelites, muchas de ellas comestibles, con un importante aporte de fibra, minerales, vitaminas y compuestos bioactivos.

Si vamos más allá de la mesa, el valor que aportan estas plantas al ambiente es su participación en la diversidad agrícola. Por ejemplo, en el caso de la milpa, los quelites no necesariamente compiten con el maíz, el frijol o la calabaza. De hecho, algunos pueden cubrir el suelo, conservar humedad y reducir la erosión. Cuando florecen, además, pueden ofrecer alimento a abejas, mariposas y otros polinizadores.

Los quintoniles son un tipo de quelite (hierba comestible) que proviene de las plantas jóvenes del amaranto. Créditos: Representación AGRICULTURA Veracruz
Los quintoniles son un tipo de quelite (hierba comestible) que proviene de las plantas jóvenes del amaranto. Créditos: Representación AGRICULTURA Veracruz

Tan sólo en el estado de Veracruz, un estudio publicado en 2024 por la revista Etnobiología dentificó 176 especies utilizadas como quelites, pertenecientes a 47 familias y 113 géneros. Casi la mitad, 83 especies, son recolectadas en ambientes silvestres o agroecosistemas (entre los que se encuentra la milpa).

En ese sentido, los números nos hablan de una diversidad biológica notable pero, también, del conocimiento comunitario sobre estas plantas: el saber reconocerlas, familiarizarse con su estacionalidad y con las partes que se pueden consumir, recolectarlas y prepararlas.

Para el caso de Veracruz, el estudio arrojó que las hojas son la parte más utilizada, seguidas por flores y tallos. El guiso es la forma de preparación predominante de los quelites, aunque también existen preparaciones crudas, asadas, en tamales, caldos, pipianes y postres.

Flor de calabaza. Créditos: Ehécatl Cabrera
Flor de calabaza. Créditos: Ehécatl Cabrera

Una biodiversidad que llega al plato

Bajo el contexto de pérdida de biodiversidad, transformación de los paisajes agrícolas y cambio climático que vivimos, la variedad de especies que pueden formar parte de un sistema alimentario adquiere relevancia.

En el caso de los quelites, estas plantas representan una reserva de diversidad alimentaria en México que, a su vez, puede contribuir a sistemas más variados (y, potencialmente, más resilientes). Dado que son plantas resistentes al estrés ambiental, muchas crecen durante la temporada de lluvias y pueden desarrollarse con menos agua y fertilizantes que otros cultivos. En condiciones de estrés hídrico como las que presenta México, esa cualidad del quelite pasa a ser especialmente valorada.

Además de los desafíos que supone la crisis climática para la producción alimentaria, la permanencia de los quelites en el plato mexicano depende no solo de que existan los espacios donde puedan crecer, sino también de que continúen las prácticas y conocimientos que permiten reconocerlos y aprovecharlos.

Pero el uso de herbicidas –ampliamente difundido en el sistema de monocultivos donde se considera que los quelites son «maleza»–, así como ciertos prejuicios culturales (el asociar su consumo con pobreza), y los cambios en nuestros hábitos alimenticios, han contribuido a que varias especies perdieran presencia en el campo. Y, por consiguiente, en las cocinas mexicanas.

Vendedoras de quelites y nopales en Pachuca, Hidalgo. Créditos: Andrea Mayerly Niño Hernández
Vendedoras de quelites y nopales en Pachuca, Hidalgo. Créditos: Andrea Mayerly Niño Hernández

Si una especie deja de consumirse, puede ocurrir algo más que la «desaparición» de un ingrediente. En el caso de los quelites, al encontrarse tan ligado al campo mexicano, su disminución puede traer consigo la pérdida del conocimiento tradicional y comunitario.

Distintos esfuerzos por mantener vivos los sistemas agrícolas mexicanos son los que han permitido que esa diversidad vegetal (y social) permanezca. Por ejemplo, en la Sierra de Santa Marta, la revitalización de prácticas tradicionales de la milpa ha permitido que algunos grupos campesinos rescaten y cultiven hasta 11 especies de quelites. Así, resguardar la biodiversidad alimentaria no implica separar a las personas de los ecosistemas.

Reivindicar a los quelites en México implica conservar la diversidad genética vegetal, las prácticas agrícolas en torno a ellos y las formas de consumo construidas a lo largo de varias generaciones.

Como sociedad, podemos recuperar a los quelites a través de medidas como integrarlos nuevamente en nuestra dieta, familiarizándonos con las formas de prepararlos y promocionando su consumo. Estas especies vegetales sumamente adaptables (tanto, que a veces sobresalen del asfalto mismo) son ejemplo de cómo nuestra biodiversidad también es posible cultivarla, comerla y conservarla.

Caldo de quelites en San Pedro Cholula, Puebla. Créditos: Gobierno Cholula
Caldo de quelites en San Pedro Cholula, Puebla. Créditos: Gobierno Cholula

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