-
MÉXICO I Aumenta huella hídrica del país 16.4% en 12 años, según reciente informe
18 de junio, 2026 -
¡Todo un éxito! Chile culmina la primera cumbre de industria textil del sur global
18 de junio, 2026 -
Monjita blanca sorprende a observadores de aves en Coquimbo con inéditos registros en Chile
18 de junio, 2026
«Los humanos matamos 100 millones de tiburones al año»: Catalina Velasco, bióloga marina, publica nuevo libro que replantea nuestra relación con los tiburones
¿Son los tiburones realmente los monstruos que nos enseñó Spielberg? A través de su nuevo libro, la bióloga marina e instructora de buceo, Catalina Velasco, nos invita a mirar a los tiburones desde una perspectiva radicalmente distinta: la de la ciencia, la empatía y el asombro. En esta entrevista, profundizamos en la compleja inteligencia de estos antiguos habitantes del océano, los mitos que rodean a estos animales, las amenazas que enfrentan y en la urgencia de reconocer que Chile también es, indiscutiblemente, territorio de tiburones.
¿Qué es lo primero que viene a la mente cuando alguien menciona la palabra tiburón? Para muchas personas, la imagen sigue siendo la misma: una aleta cortando la superficie del agua, música de suspenso y un aterrador depredador listo para atacar. Décadas después del estreno de Tiburón, la película de Steven Spielberg que marcó a generaciones enteras, el miedo continúa siendo una de las principales emociones asociadas a estos animales.

Sin embargo, esa percepción está lejos de reflejar la realidad. Los tiburones llevan más de 400 millones de años habitando los océanos del planeta, desempeñando funciones fundamentales para el equilibrio de los ecosistemas marinos. Aun así, siguen siendo uno de los grupos de animales más incomprendidos y perseguidos del mundo.
Para la bióloga marina, divulgadora científica y exploradora de National Geographic Catalina Velasco, cambiar esa narrativa se volvió una necesidad. Radicada actualmente en Cozumel, México, donde trabaja como instructora de buceo y educadora ambiental, acaba de publicar “¿Asesinos despiadados? Por qué enamorarnos de los tiburones”, un libro que busca derribar mitos profundamente arraigados y acercar al público a estos animales desde una mirada científica, pero también emocional.

“Siempre quise escribir un libro sobre tiburones”, cuenta Velasco. Esta motivación tomó fuerza tras años de observarlos bajo el agua y terminó de consolidarse durante sus inmersiones con tiburones toro en el Caribe mexicano.
«Creo que lo que más me motivó a escribir de tiburones fue la primera vez que buceé con ellos en el punto del tiburón toro, en el Caribe mexicano, frente a Playa del Carmen. Las hembras de tiburón toro van a esas aguas porque tienen a sus crías en zonas de manglares, porque ahí tienen hartos peces, crustáceos y aves acuáticas, y mucho refugio entre las raíces. Entonces ves a las hembras así, gordas, preñadas. Y esa experiencia de tener tantas hembras preñadas dándote vueltas, de una manera tan apacible, pero a la vez tan curiosa, porque sí te miran, sí cruzas miradas con ellas, y se van y vuelven… No sé, una tenía un anzuelo saliéndole de la comisura de la boca. Entonces tú las ves y dices: ‘Wow, todo lo que estas poderosas hembras tuvieron que pasar para estar acá, sus historias de vida’”, relata Catalina.

“Sabemos que no es fácil ser un tiburón. Puede ser el rey del océano y el depredador tope, pero recordemos que siempre hay un depredador tope más arriba que el tiburón, que somos nosotros. Ver a estas hembras con anzuelo y todo, con marcas y todo, y aun así estar ahí, a punto de parir, tú dices: ‘Wow, qué poderosa es la naturaleza, qué resiliente es la naturaleza’. Y las ves tan tranquilas, tan apacibles en su mundo, en su día a día, que te sientes cero amenazado», continúa.
Para ella el problema no es solo el desconocimiento, es que las historias que hemos construido sobre los tiburones han terminado convirtiéndose en una amenaza para su propia supervivencia.
“Nos han vendido esta imagen de los tiburones como estas tontas máquinas de matar, que solo están pensando en comer y reproducirse, cuando son animales tremendamente fascinantes, complejos e importantes para el ecosistema. Y es muy importante cambiar esa narrativa porque son narrativas que entorpecen los esfuerzos de conservación”, señala.
Y aunque muchos los consideran animales lejanos, la realidad es distinta. Los tiburones forman parte de la biodiversidad marina chilena y están mucho más presentes en nuestra vida cotidiana de lo que imaginamos. Sin embargo, gran parte de la población sabe poco sobre ellos. En algunos casos, incluso los consume sin saberlo.

Chile también es país de tiburones
Aunque suelen asociarse a destinos tropicales o a documentales filmados en lugares remotos, los tiburones forman parte de los ecosistemas marinos chilenos de norte a sur. De hecho, en las aguas del país se han registrado alrededor de 55 especies, una diversidad que incluye desde pequeños tiburones costeros, como el pintarroja (Schroederichthys chilensis), hasta especies oceánicas de gran tamaño como el mako (Isurus oxyrinchus), el tiburón azul (Prionace glauca) o visitantes ocasionales como el tiburón peregrino (Cetorhinus maximus).
Sin embargo, para Catalina Velasco, esta riqueza contrasta con el escaso conocimiento que existe sobre ellos. “Chile es país de tiburones”, afirma. Y aunque estos peces cartilaginosos habitan prácticamente todas las zonas marinas del territorio, siguen siendo animales invisibles para gran parte de la población.

Parte de esa desconexión se relaciona con la forma en que históricamente nos hemos vinculado con el océano. A diferencia de otras especies marinas más conocidas o carismáticas, los tiburones suelen aparecer asociados al miedo, los ataques o las películas de terror, mientras que su importancia ecológica permanece fuera de la conversación pública.
Para la autora, esta falta de información tiene consecuencias concretas. “Los tiburones no comen humanos, no nos cazan, no estamos dentro de su menú”, explica. Según señala, esta es una de las ideas más importantes que busca desmitificar a través de su libro.


«Los tiburones, como cazadores, siempre van a calcular costo-beneficio. Entonces van a ir por presas que sean más fáciles, que se arranquen menos, que tengan menos protección: un pez viejo, una ballena muerta. Por eso también se dice que los tiburones ayudan a mejorar el fitness genético de las poblaciones, porque van principalmente por los peces enfermos o los peces viejos. Al final, los peces más rápidos y los más jóvenes van a tener más posibilidades de escapar y seguir con su vida”, señala la bióloga marina.
“Y en ese sentido, cuando los tiburones calculan costo-beneficio y se encuentran con nosotros, el cálculo no les cierra. No saben qué tan costosos energéticamente vamos a ser para consumirnos ni qué tan beneficiosos somos una vez que nos capturan. Piensa que bajo el agua nosotros somos como un control remoto: tenemos un tanque de aire, un neopreno y una cosa que va tirando burbujas. El tiburón nos ve y dice: ‘¿Y esto qué es?’. Y como depredador no le interesa ir a explorar qué es para comérselo. Él sigue y se va a hacer su vida. Entonces, ¿qué pasa cuando hay accidentes relacionados con ataques de tiburón? Son eso: accidentes, equivocaciones. Son muchas variables las que jugaron para que ocurrieran estos ataques«, continúa.

Lejos de la imagen de animales torpes o irracionales, los tiburones son depredadores altamente especializados. Poseen sentidos extremadamente desarrollados, una piel cubierta por dentículos dérmicos —estructuras similares a diminutos dientes que reducen la fricción al nadar— y dentaduras que se renuevan continuamente a lo largo de su vida. Estas adaptaciones les han permitido convertirse en algunos de los cazadores más eficientes del océano.
“Los tiburones son cazadores eficientes, pero no se alimentan de humanos. Y eso es algo muy importante desmitificar”, enfatiza.
Más allá del miedo que suelen despertar, Velasco sostiene que la presencia de tiburones es fundamental para el equilibrio de los ecosistemas marinos. Como depredadores, ayudan a regular las poblaciones de otras especies y contribuyen al funcionamiento saludable de las redes ecológicas.

“No deberíamos estar pensando sacar al tiburón del ecosistema. Deberíamos pensar estrategias para que haya más tiburones en los ecosistemas y nosotros como humanos aprender a convivir con ellos, así como deberíamos aprender a convivir con todos los animales y la naturaleza que nos rodea y no estar como tratando de sacarlos y de empujarlos de su hábitat, porque al final el que llegó de vecino invasor fuimos nosotros, no ellos. Una vez Cristina Mittermeyer dijo, “La naturaleza no es nuestro derecho, es nuestra responsabilidad”. Eso es muy cierto y aplica para los tiburones, para los coipos, para los chungungos, para todo.”, plantea la bióloga marina.
Paradójicamente, mientras los tiburones continúan generando temor, miles de personas en Chile conviven con ellos más seguido de lo que podrían imaginar.
El tiburón que llega a la mesa sin que lo sepamos

Para muchas personas el contacto más frecuente con los tiburones ocurre en un contexto inesperado: la alimentación.
Catalina Velasco reconoce que uno de los aspectos que más le sorprendió al investigar y divulgar sobre estos animales fue descubrir que gran parte de la población desconoce que consume carne de tiburón. En distintos puntos del país, especies de tiburones son comercializadas bajo nombres alternativos, como tollo o albacorilla, lo que dificulta que los consumidores identifiquen realmente qué están comprando.
“Hay muchas personas que comen tiburón sin saber que están comiendo tiburón. Y eso pasa porque se vende con otros nombres. Muchas veces la gente cree que está comprando un pescado cualquiera, cuando en realidad está consumiendo una especie que incluso puede estar amenazada”, explica.
La situación no solo refleja una desconexión entre las personas y la biodiversidad marina que habita las costas chilenas, sino que también plantea desafíos para la conservación. Diversas especies de tiburones presentan ciclos de vida lentos: crecen lentamente, alcanzan la madurez sexual a edades avanzadas y producen relativamente pocas crías en comparación con otros peces. Estas características dificultan la recuperación de sus poblaciones cuando enfrentan una presión pesquera elevada.

“Una de las grandes amenazas que tienen los tiburones ahora, la principal, es la sobrepesca, tanto pesca dirigida como la pesca incidental. Recién hablábamos de los incidentes de tiburones con humanos. Entre cinco y siete personas mueren al año a causa de los tiburones. Nosotros matamos 100 millones de tiburones al año. Y esto no es menor porque al final estamos arrasando con especies que no se reproducen como una anchoveta, no se reproducen como un jurel. Los tiburones tienen estrategias reproductivas mucho más conservadoras y complejas. Los tiburones se reproducen poco, tienen un crecimiento muy lento y una madurez sexual muy tardía. Entonces, no pueden, no dan abasto con la presión pesquera que le estamos imponiendo”, comenta Catalina.
Esto ha llevado a que un cuarto de todas las especies de tiburones estén bajo amenaza de extinción, convirtiéndose en el grupo de vertebrados más amenazado después de los anfibios.
A esto se suma que gran parte de las capturas corresponde a pesquerías que, en muchos casos, carecen de la información necesaria para evaluar adecuadamente el estado de las poblaciones. Para Catalina, esta falta de conocimiento representa uno de los principales obstáculos para protegerlos.


En Chile, además, los tiburones no cuentan con planes de manejo específicos porque no son considerados una pesquería independiente, como ocurre con recursos como el jurel o la merluza. Esto implica que muchas especies carecen de medidas de protección fundamentales, como cuotas de captura o tallas mínimas.
“Además de estar pescando tiburones en peligro de extinción, los estamos capturando mayoritariamente en talla juvenil. Son tiburones que ni siquiera han alcanzado a reproducirse. Entonces, aprender más de estas especies, necesitamos generar datos concretos y científicos de estas especies, conocer qué especies tenemos, dónde están, cómo se mueven y cuál es el estado de sus poblaciones, nos van a permitir generar de una buena vez planes de manejo y poder proteger a estas especies. Si la pesca es la principal amenaza para los tiburones, necesitamos seguir investigándolos para fortalecer su manejo y su conservación”, comenta la divulgadora científica.
Frente a este escenario, la comunicadora cree que la conservación no puede depender únicamente de regulaciones o investigaciones científicas, sino también de fortalecer el vínculo entre las personas y el océano. Porque, en muchos casos, el miedo nace de la distancia. Y cuanto más conocemos a los tiburones, más difícil resulta seguir viéndolos como monstruos.

“La educación ambiental puede tomar muchas formas, y yo creo que es una de las grandes deudas que tiene Chile con las nuevas generaciones. Necesitamos reconectarnos con la naturaleza y una gran forma de hacerlo es precisamente a través de la educación ambiental. Solo en el caso de los tiburones, uno de los mensajes más urgentes que nos queda por instalar es que nuestra biodiversidad local incluye a estos animales; no es algo que ocurre solo en el trópico. Los tiburones no son algo que ocurre allá en el trópico o en Australia; es algo que ocurre aquí, en nuestro propio patio trasero. Tenemos aproximadamente 55 especies de tiburones en nuestras aguas y muchas de ellas terminan en nuestros platos. Los tiburones son parte de Chile, están acá, y también tenemos que reivindicarlos como parte de nuestro patrimonio natural”, señala.
¿Por qué necesitamos tiburones?
Aunque suelen ser conocidos por su papel como grandes depredadores, los tiburones son mucho más que eso. Su presencia ayuda a mantener el equilibrio de los ecosistemas marinos, regulando poblaciones y contribuyendo al funcionamiento saludable de las redes ecológicas. Sin embargo, para Catalina, una de las razones más fascinantes para estudiarlos y protegerlos es que todavía sabemos sorprendentemente poco sobre ellos.
A pesar de que los tiburones llevan más de 400 millones de años habitando los océanos, la ciencia sigue descubriendo aspectos inesperados de su comportamiento. Lejos de la imagen de animales impulsivos guiados únicamente por el instinto, distintas investigaciones han comenzado a revelar capacidades cognitivas mucho más complejas de lo que se pensaba.

“Los tiburones son bastante inteligentes”, explica Catalina Velasco. “No hay muchos estudios de la cognición de los tiburones como pueden haber con otras especies, como con mamíferos, porque es difícil mantener tiburones en tanques. Pero si hay especies que son como icónicas de estudios de cognición, como el tiburón limón”.
La bióloga menciona, por ejemplo, estudios realizados con tiburones limón, donde los animales han demostrado ser capaces de asociar estímulos con recompensas, resolver recorridos para alcanzar alimento y recordar esa información durante largos períodos de tiempo. También existen evidencias de aprendizaje por observación, una habilidad que durante años se creyó exclusiva de grupos animales considerados altamente inteligentes.
“Eso muestra que hay tiburones con capacidades similares a las de las aves, por ejemplo, que solemos considerar animales altamente inteligentes. Los tiburones logran lo mismo: tienen memoria y capacidad de aprendizaje. Pueden aprender de sus pares e incluso a través de la observación. Entonces, esa idea de que son “tontas máquinas de matar” no se sostiene; en realidad, los tiburones son animales bastante inteligentes. Entonces, sabemos que tienen memoria, que pueden aprender observando y que son muchísimo más complejos de lo que pensábamos hace algunas décadas”, agrega la biologa marina.

Para Velasco, estas capacidades no deberían resultar tan sorprendentes si se considera la larga historia evolutiva de estos animales.
“Imagínate 400 millones de años acá adaptándose y evolucionando a medida que cambian los ecosistemas y cambia el ambiente. Y obvio, para ser un buen depredador tienes que pensar, tienes que calcular”, comenta.
Los hallazgos no se limitan a los tiburones. Estudios recientes en mantas han abierto nuevas preguntas sobre la cognición de estos peces cartilaginosos. Algunas investigaciones sugieren que podrían reconocerse frente a un espejo e incluso utilizar cambios de coloración como formas de comunicación, comportamientos que siguen siendo objeto de estudio y debate científico.

A esto se suma que aún conocemos solo una parte de la diversidad que habita los océanos. Especialmente en las profundidades marinas, donde todos los días continúan apareciendo especies nuevas que revelan cuánto nos queda por descubrir.
En ese sentido, más de 400 millones de años después de su aparición en la Tierra, los tiburones continúan desafiando muchas de las ideas que creíamos tener claras sobre ellos. Y quizás esa sea una de las razones más poderosas para protegerlos, porque todavía estamos recién comenzando a comprender quiénes son realmente.
Más allá de los tiburones
Cuando Catalina Velasco llegó a vivir a Cozumel, en México, lo hizo atraída por uno de los ecosistemas marinos más emblemáticos del Caribe. Durante años, el buceo le permitió observar de cerca arrecifes vibrantes, peces abundantes y algunas de las especies que había admirado desde niña. Sin embargo, con el paso del tiempo, también ha sido testigo de cambios que le resultan difíciles de ignorar. “Estoy pasando por un duelo ecológico superfuerte”, reconoce.
La expresión resume una sensación que comparten cada vez más científicos, conservacionistas y personas que trabajan en contacto directo con la naturaleza: la experiencia de observar cómo ecosistemas completos se transforman o degradan ante sus propios ojos.

En el Caribe mexicano, las olas de calor marinas, el deterioro de los arrecifes coralinos, la contaminación y distintas presiones humanas han dejado huellas visibles. Para Catalina, estos cambios han reforzado la urgencia de hablar sobre conservación, no desde el miedo, sino desde la conexión.
“Yo creo que no hay experiencia más poderosa que ver con tus propios ojos qué es lo que hay ahí abajo”, señala.
Por eso, gran parte de su labor se ha enfocado en acercar el océano a quienes nunca han tenido la oportunidad de explorarlo. Una tarea que considera especialmente importante en países como Chile, donde gran parte de la población vive de espaldas al mar pese a la enorme riqueza biológica que albergan sus aguas.
Como señala la divulgadora cientifica: “Hay muchas formas de reconectar con el océano, pero la que a mí más resultado me ha dado últimamente es llevar a las personas bajo el agua. No hay experiencia más poderosa que ver con tus propios ojos qué es lo que ocurre ahí abajo: cómo se dan las dinámicas entre distintas especies, cómo está la salud de un ecosistema, cómo luce un bosque de algas o un arrecife de coral, o simplemente cómo se siente respirar bajo el agua y estar ahí, ingravido. Son experiencias que te cambian la vida, porque transforman la forma en que concibes el mundo. Te das cuenta de que así luce gran parte del planeta, ese 75% que normalmente no vemos. Y también de que no se trata de un “desierto azul” desconocido, sino de un espacio lleno de formas de vida, de bosques, praderas, montañas, cuevas, arcos, una enorme diversidad de paisajes submarino y poder verlo con tus propios ojos es esta forma de educación ambiental al aire libre que se vuelve superperosa y muy efectiva.”.

Esa convicción ha guiado gran parte de su trabajo como educadora ambiental y comunicadora científica. También fue una de las motivaciones detrás de “¿Asesinos despiadados? Por qué enamorarnos de los tiburones”, un libro que utiliza a los tiburones como punto de partida para reflexionar sobre nuestra relación con el océano y con las especies que suelen despertar rechazo o incomprensión.
A pesar de las amenazas que enfrentan los ecosistemas marinos, Catalina insiste en que la esperanza sigue siendo una herramienta necesaria. No porque la situación no sea grave, sino porque considera que el cambio comienza cuando las personas conocen aquello que buscan proteger.
“A pesar de que estemos matando 100 millones de tiburones al año, a pesar de que la gente no sepa que está comiendo tiburón o que a muchos no les importe, no voy a dejar de escribir sobre tiburones porque sé que a alguien le va a resonar y sé que a alguien le va a importar, sé que las cosas pueden cambiar y sé que hay tiburones que sí se van a salvar”, afirma.
La divulgación científica, asegura, tiene un papel fundamental en ese proceso. No solo porque permite compartir conocimiento, sino también porque ayuda a construir vínculos emocionales con especies y ecosistemas que muchas veces parecen lejanos. En el caso de los tiburones, ese cambio de mirada puede marcar la diferencia entre considerarlos una amenaza o reconocerlos como piezas esenciales de la salud de los océanos.
Porque quizás la pregunta nunca fue por qué deberíamos proteger a los tiburones. La pregunta es qué tipo de océanos queremos dejar para el futuro. Y en esos océanos, los tiburones siguen teniendo un papel irremplazable.



Tamara Núñez