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Más que un ícono otoñal: Las interrogantes que abre la expansión de Amanita muscaria en bosques nativos del sur del mundo
Conocida por su llamativo sombrero rojo con manchas blancas, Amanita muscaria es uno de los hongos más reconocibles del mundo. Sin embargo, investigaciones recientes muestran que esta especie introducida está formando asociaciones con árboles nativos y expandiéndose dentro de bosques australes. Aunque sus impactos aún se estudian, especialistas advierten que podría estar modificando complejas relaciones ecológicas bajo tierra, con posibles consecuencias para la biodiversidad de los ecosistemas australes.
Hay pocos hongos tan reconocibles como la Amanita muscaria. Su sombrero rojo salpicado de manchas blancas la ha convertido en un ícono de los bosques de todo el mundo. Sin embargo, detrás de esa apariencia llamativa se esconde una historia mucho más compleja.
Durante décadas, su presencia en los paisajes del sur de Chile pasó prácticamente inadvertida. Para muchas personas era solo una de las tantas especies que emergen cada otoño entre árboles y senderos. Pero hoy investigadores y especialistas observan este hongo con otros ojos: no solo es una especie exótica introducida, sino que también podría estar alterando ecosistemas nativos que evolucionaron durante miles de años sin ella.
La preocupación ha aumentado a partir de diversos estudios desarrollados en Sudamérica. En los últimos años, científicos han documentado cómo esta especie, originaria del hemisferio norte, ha logrado establecer asociaciones con árboles nativos en bosques donde originalmente no debía encontrarse. El fenómeno ha sido observado tanto en Chile como en Argentina, abriendo nuevas preguntas sobre sus posibles impactos ecológicos.
Uno de los avances más recientes proviene de la Patagonia argentina, donde investigadores confirmaron que Amanita muscaria está formando relaciones simbióticas con especies nativas de la familia Nothofagaceae dentro de áreas protegidas. Los hallazgos aportan nuevas evidencias sobre la capacidad de este hongo para expandirse más allá de las plantaciones forestales donde habría llegado originalmente. Respecto a los efectos que podría llegar a tener en estas especies nativas, estos aún permanecen bajo estudio, sin embargo, todo indica que estaría evitando la regeneración de los bosques.


El famoso hongo rojo del hemisferio norte
Sus colores y características han alimentado durante siglos la imaginación popular y se ha convertido en uno de los símbolos universales de los hongos. Es la especie que aparece en ilustraciones infantiles, cuentos de hadas, videojuegos y representaciones fantásticas de bosques alrededor del mundo, siendo incluso asociada con la Navidad. Por lo mismo, no es de extrañar que muchas personas hayan comenzado su viaje por el Reino Fungi gracias a la Amanita muscaria.
Los ejemplares adultos de esta especie pueden presentar sombreros que alcanzan más de 20 centímetros de diámetro, generalmente de color rojo intenso o anaranjado rojizo, haciéndola fácil de identificar. Sobre la superficie destacan las características verrugas blancas, restos de una membrana que protege al hongo durante sus primeras etapas de desarrollo. El pie suele ser blanco, robusto y termina en una base bulbosa rodeada por estructuras verrugosas.
«Los colores llaman siempre la atención. Son famosos por su similitud a distintas representaciones de los hongos en la cultura popular, como los pitufos. Es un hongo que aparece en gran cantidad, entonces es fácil identificarlo y verlo. Además, tiene toda la estructura típica que pensamos de un hongo tipo champiñón. Es una especie que ahora ocupa gran parte de nuestra cultura otoñal y es con la que más uno frecuentemente se encuentra», apunta Daniela Torres, directora de programas de Fundación Fungi.


Sin embargo, su notoriedad no se debe únicamente a su apariencia. Diversos registros históricos sugieren que algunos pueblos del norte de Eurasia la utilizaron con fines rituales debido a sus propiedades psicoactivas. Entre los casos más citados se encuentran comunidades de Siberia, donde ciertos chamanes la habrían consumido para inducir estados alterados de conciencia durante ceremonias tradicionales.
Las propiedades responsables de estos efectos se encuentran principalmente en dos compuestos: el ácido iboténico y el muscimol. Ambas sustancias actúan sobre el sistema nervioso central y pueden provocar una amplia variedad de síntomas. Entre ellos se describen alteraciones de la percepción, confusión, euforia, cambios en el comportamiento, somnolencia, náuseas y vómitos. La intensidad de los efectos depende de múltiples factores, incluyendo la cantidad ingerida, la sensibilidad individual y las características del ejemplar consumido.
A pesar de que suele ser catalogada como una especie tóxica más que mortal, especialistas recomiendan evitar completamente su consumo. Uno de los principales riesgos es que puede confundirse con otras Amanitas de alta peligrosidad, algunas de las cuales contienen toxinas capaces de provocar fallas orgánicas severas.
«Es una especie tóxica para el humano. Al ingerirla puede producir diarreas, vómitos, problemas cardíacos, hepáticos, renales. No te va a pasar nada si vos la tocás, pero la recomendación es no llevarte el inóculo, o sea, no llevarte la fructificación, dar aviso al guardaparque o la persona encargada del lugar», comenta Eugenia Salgado Salomón, investigadora del Conicet en el Centro de Investigación y Extensión Forestal Andino Patagónico (Ciefap).


A la arista tóxica se suma otra gran preocupación: la capacidad de Amanita muscaria para colonizar nuevos ambientes. Originaria de los bosques templados y boreales del hemisferio norte, esta especie forma parte de ecosistemas distribuidos en Europa, Asia y Norteamérica, donde mantiene una estrecha relación con árboles como coníferas, abedules, robles y hayas.
Bajo tierra, el hongo establece asociaciones conocidas como ectomicorrizas, una relación de beneficio mutuo en la que ayuda a sus hospedadores a absorber agua y nutrientes del suelo, mientras recibe de ellos azúcares producidos mediante la fotosíntesis. Esta dependencia con ciertas especies arbóreas ha sido clave para su expansión fuera de su rango natural.
A diferencia de otros hongos, Amanita muscaria se propagó junto a árboles introducidos por actividades humanas. La plantación masiva de pinos y otras especies forestales en distintos continentes facilitó su llegada a territorios donde antes no existía. Hoy se encuentra presente en diversas regiones de Sudamérica, Oceanía y otras partes del mundo.
«Sabemos que es algo que está ocurriendo, la misma especie invadió robles nativos de Colombia y en bosques en Nueva Zelanda, Australia, Tasmania. Entonces, es una especie que está invadiendo el hemisferio sur en líneas generales», asegura Salgado.

En Chile, su llegada estaría vinculada a la introducción de especies del género Pinus utilizadas para producción forestal. Diversos estudios han señalado que el hongo comenzó apareciendo en plantaciones de árboles exóticos y posteriormente fue detectado en ambientes naturales cercanos. Con el tiempo, investigadores observaron que ya no parecía depender exclusivamente de los pinos, lo que abrió nuevas interrogantes sobre su capacidad para interactuar con especies nativas.
«En Chile al principio era una especie característica de las plantaciones forestales, las plantaciones de pino principalmente. Hoy en día cada vez más personas o recolectores la están viendo en bosque nativo. Hace unos 10 años atrás era normal verla a orillas de camino, es decir, entre bosque y plantaciones forestales. Se restringía a estos límites, pero ahora ya la encontramos dentro, donde ni siquiera vemos a veces el pino cerca. Hay una estimación de que las especies micorrícicas se extienden en su micelio a unos 10-20 metros, pero ahora la plantación está bastante más lejos y solamente está inmersa en bosque nativo», explica Torres.
«Está presente en áreas protegidas, sobre todo las que están rodeadas de plantaciones forestales. Yo la he visto desde la zona de Valparaíso hasta llegar a Aysén. No sé bien si está presente en Aysén, ya que en los terrenos que he visitado no la he visto. Asumiría que sí por el hecho de que hay plantaciones forestales en la zona, pero no podría asegurar si se ha expandido a bosque nativo allí en particular. Sé también que de Punta Arenas a Magallanes sí está», agrega.

¿Qué impactos podría tener su expansión?
Una de las investigaciones más relevantes sobre este fenómeno se desarrolló recientemente en la Patagonia argentina. Allí, un equipo científico liderado por Eugenia Salgado Salomón examinó la expansión de Amanita muscaria dentro de áreas protegidas y confirmó su presencia en bosques nativos.
«Está en todos los parques nacionales asociados a esta zona. La encontramos en Lanín, en Los Arrayanes, en Nahuel Huapi, en Lago Puelo y en toda la zona de extensión del trabajo. Encontramos que eran sitios que tenían características particulares. Por ejemplo, había caminos de trashumancia, tanto de animales como de personas. Eran lugares explotados turísticamente. Eran zonas generalmente asociadas a cuerpos de agua, a ríos, arroyos. Y eran zonas donde siempre estaba la cuestión antrópica, o sea, siempre había personas asociadas a esos sitios, porque iban a acampar, porque llevaban animales o porque caminaban. ¿Qué pasó? En Lago Puelo la encontramos en un lugar que es intangible. Es decir, donde los únicos que van son los guardaparques eventualmente a tomar datos. Y ahí estaba. Ahí también había invasión», explica Salgado.
Los resultados fueron especialmente significativos porque confirmaron además la asociación con especies de la familia Nothofagaceae, grupo que domina gran parte de los bosques templados australes. En otras palabras, Amanita muscaria demostró ser capaz de establecer relaciones simbióticas con árboles que nunca formaron parte de su distribución natural en el hemisferio norte.



«Nosotros la describimos por primera vez para coihue (Nothofagus dombeyi), pero le pasa también al ñire, a la lenga, a los robles, al raulí, que son las que nosotros tenemos aquí», apunta Salgado.
«Lo que hicimos fue empezar a muestrear en estos sitios donde los guardaparques nos habían dicho. Ahí empezamos a muestrear el cuerpo fructífero, que es lo que vos ves en el bosque, de Amanita. También lo que hicimos fue muestrear suelo, por la micorriza, que es la asociación entre estos hongos y las raíces de las plantas. Entonces, nosotros muestreamos suelo para después separar esas micorrizas. Cada micorriza tiene una morfología distinta, características distintas. Buscamos bibliografía de Amanita y lo que hacíamos era mirar en la lupa estas características. Luego, lo que hicimos fue extraer ADN. Y así pudimos confirmar que efectivamente se estaba asociando a bosque nativo. Otro hallazgo fue la extensión de esa invasión. Prácticamente en toda la distribución de que tienen los pinos en Patagonia, que fue saltando al bosque nativo», complementa por su parte Paula Giles, ingeniera forestal que participó de la investigación cuando era becada.
En este sentido, aunque la presencia de una nueva especie no implica automáticamente un daño ecológico, los científicos advierten que existen razones para mantener una vigilancia activa. Los hongos ectomicorrícicos desempeñan funciones fundamentales en los bosques: participan en el intercambio de nutrientes, ayudan a las plantas a absorber agua y minerales, contribuyen a la salud del suelo y forman complejas redes de interacción con otros organismos.
Cuando una especie exótica se incorpora a estas redes, puede comenzar a competir con hongos nativos por espacio, recursos y hospedadores. Algunos investigadores han planteado que Amanita muscaria podría estar ocupando nichos ecológicos que anteriormente eran utilizados por especies locales, alterando gradualmente la composición de las comunidades fúngicas.


«Al parecer, la Amanita tiene un comportamiento bastante rápido en poder conectar justamente con estas raíces disponibles de algunos Nothofagus. No sabemos bien si se está conectando con otras especies también, pero el Nothofagus es uno de los que más se repite. Finalmente, lo que hace es desplazar, o sea, no deja espacio para que otras especies nativas se conecten, que muchas veces necesitan más tiempo o condiciones específicas para que la micorriza finalmente se forme. Entonces, al desplazar esta especie, finalmente la Amanita abarca todas estas conexiones. No logran sobrevivir y no logran tener los nutrientes», profundiza Torres.
«Finalmente, el hongo nativo se ve debilitado, se ve con desventaja en este sentido y no crecen. Eso sería una monopolización de las raíces, por lo tanto, tienes un solo hongo que se está conectando y ya sabemos que los monocultivos, en todos los niveles, es perjudicial para la biodiversidad y para la sanidad de los bosques. Se está perdiendo una diversidad, una cantidad de especies», añade.
Esta preocupación no es solo teórica. Estudios realizados en distintos lugares del mundo han mostrado que ciertos hongos ectomicorrícicos invasores pueden modificar la disponibilidad de recursos en el suelo y alterar la estructura de las comunidades microbianas.
Algunos registros obtenidos en la Patagonia argentina han observado además situaciones que podrían estar relacionadas con cambios en la dinámica de regeneración forestal. En determinados sectores invadidos, investigadores reportaron una menor presencia de nuevos individuos arbóreos, sin embargo, enfatizan que aún se requieren estudios de largo plazo para determinar si existe una relación causal directa.

«Incorporamos a una nueva alumna de ingeniería forestal, Noelia Carrión, quien está terminando su carrera. Con ella estamos analizando distintas tareas. Encontramos que no solo afectaba al coihue, sino a la lenga, al roble y al raulí. Encontramos que hay diferencias en los suelos. Una vez que la Amanita invade, cambia las características químicas del suelo. Encontramos variaciones en la concentración de sulfuros, en la concentración de nitrógeno, en la concentración de calcio, hay una pequeña variación del pH, se vuelve un poquito más ácido», ahonda Salgado.
«No hay regeneración donde hay Amanita. Eso lo observamos. Por eso se nos ocurrió empezar a pensar en la germinación. También hay que decirlo, no es la Amanita lo único que ocurre en esos sitios. Entonces, hay que entrar a descartar, porque son sitios que están antropizados, que están más secos, entonces son un montón de situaciones que se dan en esas circunstancias. En otros estudios que hemos hecho con invasiones de coníferas y con invasiones de otras especies fúngicas que ya hemos encontrado, hallamos exactamente lo mismo, que no hay regeneración. No hay plantines nuevos en bosques nativos invadidos. En líneas generales, encontrás plantines de la especie invasora, pero no del bosque propio. En este estudio, y en otros proyectos que hemos llevado adelante, no encontramos plantines nuevos ni regeneración en los últimos 5 años. Tenemos esas observaciones de campo», añade.
Por todo lo anterior, desde organizaciones dedicadas a la conservación y la micología se ha comenzado a enfatizar la necesidad de estudiar más profundamente su comportamiento. No se trata solamente de entender dónde está presente, sino de evaluar cómo está interactuando con los ecosistemas y cuáles podrían ser sus efectos en las próximas décadas, incluso aquellos ligados con la fauna que habita en cada uno de estos sitios.
«También hemos encontrado que la Amanita altera el comportamiento de los animales nativos. En el caso del pudú, de las aves, zorritos, poniéndolos en peligro. El pudú es una especie vulnerable, es una especie que está en peligro de extinción, tiene una categoría dentro de las listas rojas y la Amanita lo que hace es dejarlo mareado. No se mueve y lo convierte en una especie extremadamente vulnerable para predadores y humanos», apunta Salgado.

Un desafío silencioso para la conservación
Las invasiones biológicas suelen asociarse a animales o plantas de gran tamaño. Castores construyendo represas, visones depredando fauna nativa o zarzamoras avanzando sobre ecosistemas completos son ejemplos ampliamente conocidos. Sin embargo, los hongos representan una dimensión mucho menos visible de este fenómeno.
A diferencia de la mayoría de los organismos invasores, los hongos desarrollan gran parte de su vida bajo tierra. Lo que observamos en la superficie durante el otoño es apenas una estructura reproductiva temporal. El verdadero organismo puede extenderse durante años a través de redes microscópicas que recorren el suelo y se entrelazan con las raíces de árboles y plantas.
Esta característica vuelve especialmente difícil detectar y monitorear invasiones fúngicas. Muchas veces una especie puede encontrarse establecida en un ecosistema mucho antes de que los investigadores registren su presencia. Cuando finalmente aparecen los cuerpos fructíferos, la colonización puede llevar años desarrollándose de forma silenciosa.
«La preocupación ya existe. Hoy en día no hay todavía una lista de especies invasoras de hongos, como existe para animales y plantas. Yo creo que también ahí hay un trabajo pendiente que realizar y la preocupación ya existe por lo mismo, porque ya cada vez más personas la están viendo en pleno bosque nativo. Todo lo que ocurre es bajo tierra, entonces es difícil. Además, al ser una especie bastante carismática, muchas personas no asocian lo que puede estar pasando bajo tierra con esta especie, que la Amanita está conectándose con las raíces de ciertas especies nativas», señala Torres.

En Chile, el estudio de las invasiones fúngicas sigue siendo un campo relativamente reciente en comparación con la investigación sobre plantas y animales exóticos. Aunque existen registros de más de setenta especies de hongos introducidas en el país, todavía se sabe poco sobre los efectos que muchas de ellas podrían estar generando en ambientes naturales.
La situación resulta particularmente relevante considerando que Chile alberga una gran cantidad de especies fúngicas nativas y endémicas, muchas de ellas asociadas a ecosistemas únicos que no existen en ninguna otra parte del planeta. Comprender cómo interactúan estas comunidades con especies introducidas se ha transformado en una pregunta clave para la conservación de la biodiversidad.
«La Amanita muscaria, que es la roja, es una especie exótica, pero tenemos Amanitas nativas. Yo creo que también la que ha llamado harto la atención del público es la Amanita galactica, que está asociada también a bosque nativo, cerca de la zona del Parque Nacional Conguillio, donde también hay presencia de araucarias, con estos suelos más volcánicos. También está la Amanita gayan, que tiene un color bastante particular, entre amarillo y naranjo. Hay otras Amanitas también que son secuestradas, es decir, están bajo tierra, crecen en forma tipo trufa. En ningún momento hacen una manifestación macroscópica en forma de champiñón», señala Torres.

«Es una dinámica superinteresante que no estamos considerando en nuestras estrategias de conservación, ni tampoco en las plantaciones forestales, ni viendo el daño finalmente que esto puede causar en cuanto a la pérdida de biodiversidad y pérdida de hábitat», agrega.
Además, la globalización y el cambio climático podrían favorecer la llegada y establecimiento de nuevas especies. El transporte internacional de plantas, madera, suelo y otros materiales facilita el movimiento involuntario de hongos entre continentes, mientras que el aumento de las temperaturas puede permitir que organismos antes restringidos a ciertas regiones encuentren condiciones adecuadas para sobrevivir en nuevos territorios.
En este contexto, la detección temprana adquiere una importancia fundamental. Diversos investigadores destacan el valor de la ciencia ciudadana para identificar nuevas áreas de expansión, documentar observaciones y aportar información que complemente los monitoreos científicos tradicionales.

«Es de público conocimiento la falta de financiamiento de la ciencia argentina. Estamos un poco desfinanciados, sobre todo para líneas que por ahí no son tan productivas, sino que son más de protección. Por eso mismo, la ciencia ciudadana nos ayuda muchísimo. Cada vez que salimos en un medio contando lo que encontramos, a los dos o tres días nos llegan montones de correos de personas que la han visto en diferentes lugares. Esto nos ayuda a ampliar muchísimo el muestreo, porque nosotros estamos en la provincia del Chubut, pero hasta las zonas de Neuquén, donde la hemos encontrado, tenemos cientos de kilómetros», comenta Salgado.
Por ahora, la recomendación general frente a Amanita muscaria es simple: observarla sin intervenir. Los especialistas sugieren evitar su recolección, no trasladar ejemplares entre distintos lugares y reportar su presencia cuando sea detectada en áreas protegidas o sectores donde no se había registrado previamente. También aconsejan limpiar el calzado y el equipamiento después de recorrer zonas donde la especie está presente, reduciendo así el riesgo de transportar esporas a nuevos ambientes.
«Nosotros venimos trabajando en conjunto con los parques nacionales. Todo empezó con el Parque Nacional Lago Puelo. Ahí, en conjunto con los guardaparques, lo que hacíamos era que, cada vez que veíamos el cuerpo fructífero, lo removíamos. Siempre teniendo el cuidado de llevar una bolsa, es decir, no un canasto, porque como tiene agujeritos seguís dispersando las esporas. Entonces, tener ese cuidado de usar bolsas, de no ir caminando por el bosque con el hongo dispersando todas sus esporas. Primero eso, después, debajo del cuerpo fructífero está el micelio, entonces nosotros llevamos una palita de jardín para removerlo. Rompemos el micelio para cortar la conexión que tiene. Después es importante llevar alcohol, alcohol al 70, para limpiar la palita luego de usarla. Los zapatos también, cada vez que salimos del parque nacional nos limpiamos con alcohol para matar la carga que haya quedado de esporas», indica Giles.


«De esta manera, luego de ocho años de trabajo continuado, por lo menos se controla el parche. En los lugares que ya tenés Amanita no hemos logrado erradicar el hongo, pero sí que no se disperse fuera de ese lugar. La cosa es distinta en los sitios donde no hemos implementado estas medidas. Por ejemplo, en el Valle del Manso, donde cada año encontramos cientos de metros de avance. Un bosque tenía primero a lo largo del río solamente, pero cuando fuimos, dos o tres años consecutivos al mismo sitio, nos tuvimos que meter caminando hasta 50 metros adentro del bosque y la seguíamos encontrando», agrega Salgado por su parte.
La historia de Amanita muscaria recuerda que los procesos ecológicos más importantes no siempre son los más evidentes. Bajo la hojarasca y entre las raíces de los árboles ocurren interacciones fundamentales para el funcionamiento de los bosques. Comprender cómo una especie introducida puede incorporarse a estas redes invisibles será clave para anticipar posibles impactos y proteger la biodiversidad de los ecosistemas australes.
«No hay que satanizar a la Amanita. Es una especie que convive y vive como todos los organismos en este mundo. El término de especie invasora, de especie mala, es bastante antropocéntrico y ha sido una consecuencia de nuestras propias acciones, o sea, de no haber considerado ciertos factores. Yo creo que la mirada de aquí en adelante es que justamente consideremos todos los estratos, aire, medio y bajo suelo. De aquí en adelante no volvamos a cometer los mismos errores, trayendo especies exóticas, plantándolas por doquier y que finalmente en 50 años más tengamos este tipo de problemas», sentencia Torres.

*Las imágenes de este artículo cumplen con la licencia correspondiente para ser difundidas en este artículo atribuyendo sus créditos.
Jǒzepa Benčina Campos