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MÉXICO | ‘Flamingos: la vida después del meteorito’: El recién estrenado documental que tardó 700 días en filmarse en Yucatán
El cineasta mexicano Lorenzo Hagerman pasó 2 años y más de doce horas de grabación diaria en el estado de Yucatán para retratar al flamenco americano, una especie que habita el mismo territorio donde un meteorito desencadenó la extinción de los dinosaurios hace 66 millones de años. El resultado, Flamingos: la vida después del meteorito, se proyectará el 6 de junio en la Filmoteca de la UNAM.
Setecientos días de filmación en el norte de la península de Yucatán y más de doce horas diarias de grabación. Ese tiempo fue el que Lorenzo Hagerman, director de fotografía y cineasta documental mexicano, y su equipo invirtieron en “Flamingos: la vida después del meteorito”. La película, estrenada a finales de marzo, se proyectará este 6 de junio en la Filmoteca de la UNAM en el marco del Tierra Filme. La cinta será presentada por Pronatura México, una organización de la sociedad civil dedicada a la conservación y resiliencia de la biodiversidad.
Proyectada en pantalla grande en todo el territorio mexicano (y próximamente en Netflix), «Flamingos» busca rescatar un territorio que hace 66 millones de años fue el escenario de la extinción masiva provocada, en gran parte, por el impacto de un meteorito: la península de Yucatán.
En diálogo con aquella extinción que arrasó con innumerables especies (entre ellas los dinosaurios), Hagerman nos muestra que no desaparecieron del todo. Hoy los vemos rosados, de plumaje encendido y pico curvado.
Los flamencos (término correcto en español, aunque «flamingo» se use ampliamente, precisa el cineasta) son sólo algunos de los descendientes de esos gigantes que en el Mesozoico habitaron nuestro planeta. Pero ahora —si hablamos en particular de Phoenicopterus ruber—, el flamenco americano (o caribeño, en la denominación que prefiere Hagerman) es una especie bandera sumamente frágil en un ecosistema que se fragmenta cada vez más.

Cómo se rodó el documental en tres reservas naturales
Según la Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas, el documental se filmó en las reservas de la biosfera federales Ría Celestún y Ría Lagartos y en la Reserva Estatal El Palmar. Todas ellas, extensas zonas de aguas someras que forman estuarios y separan la tierra del mar.
Después, hubo que reunir todo el material audiovisual. Grabar. El proceso no fue lineal ni sencillo. El primer reto, relata Hagerman, fue no interferir en la vida de las aves rosadas ni en la de cualquier otro animal que habitara allí.
“Hay que entrar de noche, salir de noche y moverse centímetro a centímetro para que una colonia de flamencos ni siquiera note tu presencia”, detalla. El paisaje sonoro y visual se fue capturando poco a poco.
Lo que no pudo obtenerse en campo se buscó en bancos de archivo como el del Cornell Lab of Ornithology, institución dedicada al estudio de aves silvestres que, además, figura como compañía productora de “Flamingos”, junto con Cactus Docs, La Vaca Independiente y Pimienta Films.
Luego vino el ensamblaje. Además de construir el sonido para lograr la mayor fidelidad posible al ambiente (y hacer aún más envolvente la experiencia en sala gracias al sistema Dolby Atmos), la cinta de Hagerman buscó una banda sonora y una voz narradora propias. El compositor Bryce Dessner y la cantautora tijuanense Julieta Venegas, respectivamente, asumieron esas tareas.
“No hicimos un documental convencional de naturaleza, sino una película con una mirada cinematográfica distinta. Creo que eso ayudó a que obtuviera reconocimientos como el premio a mejor documental largometraje de la Academia China de Cine Documental y la nominación al Premio del jurado en el Innsbruck Nature Film Festival. Fue el resultado del trabajo de un equipo de primer nivel”, comenta Hagerman.
Ponerse en el lugar del flamenco
Propuestas cinematográficas como “Flamingos” nos dan la pauta para comprender con mayor profundidad a una especie que ha permanecido a la sombra de las investigaciones sobre sus parientes del Mediterráneo o Europa. Gracias tanto a la narrativa sonora como a la fuerza de la imagen, la obra de Hagerman descifra desplazamientos, vínculos sociales y resoluciones comunitarias de estas aves, todo dentro de un salino paisaje mexicano.
Hagerman recuerda que fue precisamente el camuflaje (y estar ahí, quieto, durante horas) lo que le permitió adentrarse en el comportamiento de estas aves y hasta llegar a intuir algunos de sus estados emocionales.
“Tendemos a observar la naturaleza desde nuestra condición humana. Después de tantas horas de atención, empiezas a anticipar lo que va a pasar y a pensar que ese flamenco está cansado, entusiasmado, frustrado o agotado. […] Incluso los científicos más experimentados observan la naturaleza desde su propia perspectiva. Yo tampoco pude escapar de eso”, reflexionó.

De ciencia y contemplación
Todo eso llega al espectador como una experiencia estética, pero también como divulgación cuidadosamente curada por biólogos y otros especialistas.
Ahora sabemos, por ejemplo, que el flamenco caribeño traza una ruta. Los programas anuales de anillamiento (donde se logra marcar a cientos de polluelos en lugares como Ría Lagartos y Ría Celestún) confirman que la población se mantiene activa y en constante intercambio biológico, pues hay ejemplares que viajan desde latitudes como Florida o Cuba. Y, si algo rescata Hagerman, es que la vida social de estos flamencos es bastante más compleja de lo que muchos investigadores proyectaron.
Por otro lado, al analizar el ritmo de sus migraciones y su reproducción, los cambios observados muestran los esfuerzos de la especie por sobrevivir ante condiciones climáticas cada vez más erráticas.
“La realidad superó cualquier plan que pudiéramos haber tenido. Lo que terminó construyendo la película fue lo que los flamencos decidieron hacer, no lo que nosotros esperábamos que hicieran”, concluyó el cineasta.
“Flamingos” es un ejercicio de inmersión, paciencia y, sobre todo, contemplación. Es la misma entrega que en 1967 practicó el escritor británico J. A. Baker al seguir durante años a los halcones peregrinos de Essex en su ya clásico The Peregrine y que, para directores como Werner Herzog, es el toolkit que todo cineasta debería desarrollar. Ante eso, el equipo detrás de esta película mexicana puede decir: Misión cumplida.

Mariana Mastache