¿Qué pasaría si estuviéramos protegiendo los lugares equivocados del océano?

Un estudio global reciente, publicado en la revista Science, sugiere que las especies marinas más grandes y móviles del planeta utilizan el océano de una forma que nuestras estrategias actuales de conservación no están logrando cubrir. A partir del seguimiento de miles de animales durante años, la investigación muestra que la vida marina se mueve a una escala que rebasa los límites de las áreas que hoy consideramos protegidas.

Las protagonistas de este hallazgo son algunas de las especies más emblemáticas del océano: ballenas, tiburones, tortugas marinas y focas. Conocidas como megafauna marina, estas especies cumplen funciones ecológicas clave, pero también enfrentan presiones crecientes derivadas de la actividad humana.

Seguir a los gigantes del océano

El estudio, desarrollado a través del proyecto internacional MegaMove, analizó más de once millones de posiciones obtenidas mediante seguimiento satelital de 15 845 individuos pertenecientes a 121 especies de megafauna marina. Esta base de datos, construida por casi 400 científicos de más de 50 países, permitió identificar las zonas más utilizadas por estas especies para comportamientos esenciales como la alimentación, la residencia y la migración.

A diferencia de enfoques tradicionales, el análisis no se limitó a registrar dónde se encuentran los animales, sino a comprender cómo usan el espacio marino y qué áreas resultan críticas para su supervivencia. Los resultados son contundentes: una gran proporción de los espacios más importantes para la megafauna marina no se encuentra dentro de áreas protegidas, y además coincide con zonas de alta presión humana.

Ballena jorobada (Megaptera novaeangliae). La especie se caracteriza por sus largas aletas pectorales y su cabeza nudosa. Créditos: Chinh Le Duc
Ballena jorobada (Megaptera novaeangliae). La especie se caracteriza por sus largas aletas pectorales y su cabeza nudosa. Créditos: Chinh Le Duc

El límite del objetivo 30 × 30

Actualmente, alrededor del ocho por ciento del océano mundial cuenta con algún tipo de protección. Para frenar la pérdida acelerada de biodiversidad, la comunidad internacional acordó proteger al menos el 30 por ciento del planeta para el año 2030, un compromiso conocido como el objetivo 30 × 30 y respaldado por el Marco Global de Biodiversidad Kunming-Montreal.

Este objetivo, junto con el Tratado de Alta Mar, representa un avance significativo en la gobernanza del océano. No obstante, el estudio advierte que incluso una red de áreas protegidas que cubra el 30 por ciento del océano sería insuficiente para proteger a la megafauna marina si se implementa de manera aislada. Las especies más móviles simplemente utilizan una escala espacial mucho mayor que la que cualquier red fija de protección puede abarcar.

Proteger áreas no elimina amenazas: sin cambios en la pesca, el tráfico marítimo y otras presiones humanas, incluso las zonas protegidas pueden fallar.

Las ballenas jorobadas migran miles de kilómetros cada año entre zonas de alimentación y cría. Créditos: Silvana Palacios
Las ballenas jorobadas migran miles de kilómetros cada año entre zonas de alimentación y cría. Créditos: Silvana Palacios

Las amenazas persisten

Uno de los hallazgos más preocupantes del estudio es la elevada superposición entre las áreas clave para la megafauna y actividades humanas como la pesca industrial, el tráfico marítimo, la contaminación por plásticos y el aumento de la temperatura del océano.

Esto pone en evidencia una realidad incómoda: declarar un área protegida no garantiza automáticamente la reducción del riesgo. Muchas especies pasan gran parte de su tiempo moviéndose dentro y fuera de zonas protegidas, atravesando espacios donde las regulaciones son mínimas o inexistentes.

Más allá de los mapas

El mensaje del estudio no es abandonar las áreas marinas protegidas, sino reconocer sus límites y complementarlas con medidas de mitigación activas. Entre las estrategias más prometedoras se encuentran la modificación de artes de pesca para reducir la captura incidental, el uso de tecnologías disuasorias en redes, la reconfiguración de rutas marítimas y la reducción de la velocidad de los barcos en zonas de alta presencia de fauna marina.

Estas acciones reconocen que la conservación marina debe adaptarse a ecosistemas dinámicos, donde las especies se mueven constantemente y cruzan fronteras políticas. Desde mi experiencia trabajando con telemetría de tortugas marinas en México, estos resultados globales confirman algo que vemos en campo: las especies se desplazan a través de corredores extensos y cruzan jurisdicciones, lo que obliga a pensar en una gestión que trascienda los polígonos de protección.

Dos tiburones ballena (Rhincodon typus), los peces más grandes del mundo, nadando cerca de la superficie del océano. Créditos: Kevin Charit
Dos tiburones ballena (Rhincodon typus), los peces más grandes del mundo, nadando cerca de la superficie del océano. Créditos: Kevin Charit

Implicaciones para México y el mundo

Para países con una alta diversidad marina y extensas zonas económicas exclusivas, como México, estos resultados son particularmente relevantes. Muchas especies de megafauna utilizan aguas nacionales como corredores migratorios o áreas de alimentación, pero también se enfrentan a una intensa actividad humana.

La conservación efectiva requiere integrar la ciencia del movimiento animal en la planificación marina y en la toma de decisiones, tanto a nivel nacional como internacional.

Una oportunidad, y un reto, global

El Tratado de Alta Mar abre una ventana histórica para mejorar la protección del océano más allá de las jurisdicciones nacionales. Sin embargo, este estudio deja claro que no basta con designar nuevas áreas protegidas. Sin una reducción real de las amenazas, incluso los esfuerzos más ambiciosos pueden quedarse cortos.

La megafauna marina desempeña un papel fundamental en la salud de los ecosistemas oceánicos. Su pérdida no solo implica la desaparición de especies emblemáticas, sino un debilitamiento profundo del funcionamiento del océano.

La ciencia ha sido clara: proteger el océano no es solo una cuestión de espacio, sino de cómo usamos ese espacio. El reto ahora es transformar ese conocimiento en acciones que se muevan al ritmo de la vida marina.

Ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) nadando en aguas profundas. Créditos: Eliane Dipp
Ballena jorobada (Megaptera novaeangliae) nadando en aguas profundas. Créditos: Eliane Dipp
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