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¿Qué pasó con el caqui? La historia del árbol que alimentó generaciones y hoy casi no se ve en las ciudades
Durante gran parte del siglo XX, era habitual encontrar al caqui en jardines y patios de la zona central. Sus frutos anaranjados marcaban la llegada del otoño y formaban parte de la vida cotidiana de muchas familias. Hoy, sin embargo, este árbol es cada vez menos común. ¿Qué pasó con uno de los frutales más generosos y nutritivos que crecía a pocos pasos de la cocina? A continuación, te contamos todos los detalles.
En muchos patios de la zona central había un árbol que parecía esperar pacientemente el otoño para convertirse en protagonista. Durante gran parte del año pasaba inadvertido, cubierto por hojas verdes y brillantes. Pero cuando llegaban los días más fríos, ocurría algo llamativo: las hojas comenzaban a caer y, en contraste, decenas de frutos anaranjados permanecían colgando de las ramas desnudas como pequeñas lámparas encendidas.

Para muchas familias, el caqui (Diospyros kaki) era parte del paisaje doméstico. Crecía junto a naranjos, higueras, damascos o membrillos, y en cada temporada producía más fruta de la que una sola casa podía consumir. Los frutos se repartían entre vecinos, familiares y amigos; otros esperaban envueltos en papel de diario hasta alcanzar el punto exacto de maduración. Era una escena habitual en barrios y localidades de la zona central de Chile.
Hoy, en cambio, encontrar un caqui en la ciudad es cada vez menos frecuente. La reducción de los patios, la expansión inmobiliaria, los cambios en los hábitos de consumo y la pérdida de la cultura de los frutales domésticos han ido borrando lentamente a este árbol del paisaje urbano. Con él también desaparecen recuerdos, prácticas familiares y una fuente de alimento que durante décadas estuvo disponible de manera gratuita en miles de hogares.
El árbol de los frutos de fuego

Concretamente, el caqui es un un árbol frutal caducifolio perteneciente a la familia Ebenaceae, originario del este de Asia. Su nombre científico no es casual. Como explica Lucía Abello, bibliotecóloga y botánica asociada a la Sociedad de Botánica de Chile y Chilebosque: “la palabra Diospyros —en su nombre científico— significa ‘fruto del fuego divino’ o ‘alimento de los dioses’”.
Cultivado en China desde hace más de dos mil años, este fruto se expandió hacia Japón y Corea, donde pasó a formar parte de la alimentación y la cultura local. Siglos más tarde llegó a Europa y América, encontrando en distintos territorios mediterráneos condiciones ideales para su desarrollo.
Según explica Juan Pablo Vicencio Segura, ingeniero en Conservación de Recursos Naturales, investigador de Chilebosque y de la Sociedad de Botánica de Chile, “Diospyros kaki es originario del este de Asia, cuyo cultivo en la cultura china ya tiene fuentes desde Antes de Cristo. Paulatinamente se introdujo en Japón, y luego en Corea, para arribar a Europa cerca del siglo XVII, consolidándose en la zona mediterránea. A finales del siglo XIX y durante el siglo XX fue establecido en Norteamérica y Sudamérica, en California y Brasil respectivamente, como resultado de las corrientes migratorias provenientes de Asia”.



Aunque no existe una fecha exacta para su llegada a Chile, distintos antecedentes sugieren que habría sido introducido hacia fines del siglo XIX o comienzos del XX, probablemente de la mano de corrientes migratorias y de la incorporación de nuevas especies frutales en huertos y quintas de la zona central. Su adaptación fue rápida. El clima mediterráneo presente entre las regiones de Valparaíso y O’Higgins resultó especialmente favorable para una especie capaz de tolerar veranos secos, inviernos suaves y una amplia variedad de suelos.
“En un documento de 1893 que corresponde a un catálogo de venta de distintas semillas en la Quinta Normal de Agricultura, se menciona explícitamente a las especies Diospyros lotus y Diospyros virginiana en venta, las cuales son especies que también son explotadas comercialmente, pero en menor medida comparadas al Diospyros kaki. Sin embargo, se podría inferir que D. kaki fue introducido en el país en algún momento cercano a esa fecha, considerando el registro de las otras especies”, agrega el investigador.
Pero más allá de su historia, el caqui conquistó los jardines por su singular apariencia. Puede alcanzar entre cuatro y diez metros de altura y posee hojas brillantes que durante el otoño adquieren tonalidades rojizas antes de caer. Entonces ocurre uno de los espectáculos más característicos de la especie: los frutos permanecen en las ramas cuando el follaje ya ha desaparecido.

Sus frutos son bayas grandes y carnosas, de tonos que van desde el naranjo intenso hasta el rojo brillante. Dependiendo de la variedad, pueden consumirse cuando están firmes y crujientes o esperar a alcanzar una textura suave y gelatinosa. En ambos casos destacan por su dulzor característico y por una larga historia de cultivo que los convirtió en uno de los frutales más apreciados de Asia y, posteriormente, de numerosos jardines chilenos.
Vale señalar que bajo el nombre de «caqui» se agrupan distintas variedades que presentan diferencias importantes en su forma, textura y sabor.
Así lo explica Juan Pablo Vicencio: «La especie Diospyros kaki tiene muchísimos cultivares distintos, resultado de una larga historia de explotación, así como del lugar geográfico de origen, pues en países como España cuentan con variedades exclusivas de algunas zonas. En Chile es común que se hable del caqui y del mancaqui, que corresponden a dos variedades de la misma especie».
«Los cultivares de D. kaki pueden agruparse de forma general según la astringencia de los frutos, a causa de los niveles de taninos que presentan. Por un lado, en el grupo de los astringentes se encuentra el caqui como tal, de forma cónica y color mucho más rojizo, y que para poder consumirlo debe encontrarse en un estado avanzado de maduración, y aun así puede ser muy astringente. Por otro lado, en el grupo de los no astringentes se encuentra el mancaqui, de forma más achatada y color naranjo, mucho más similar en forma a un tomate, y que puede ser consumido de distintas formas. Algunos lo prefieren no tan maduro, cuando aún tiene una textura firme similar a una manzana, mientras que otros preferimos esperar a que se encuentre muy maduro, suave, blando y por supuesto mucho más dulce», agrega el investigador.
Más allá de las diferencias entre variedades, el fruto posee características que lo hacen fácilmente reconocible para quienes crecieron viéndolo en los patios de la zona central.

«Sus frutos son grandes, pesados, de colores anaranjados a rojos, con un aroma muy agradable, que en ocasiones tiene un cierto parecido con un tomate. Botánicamente corresponde a una baya, cuya pulpa carnosa que se consume corresponde al mesocarpio. En mis recuerdos, su sabor es muy dulce, sobre todo cuando están muy maduros, con una textura cremosa y suave, en que uno se lo puede comer incluso con una cuchara», relata Vicencio.
Cuando el caqui era parte de la vida cotidiana
Más que un árbol frutal, el caqui fue durante décadas parte de la vida cotidiana de muchas familias de la zona central de Chile. Su presencia estaba ligada a una forma de habitar el hogar que hoy resulta cada vez menos común: casas con patios amplios, árboles maduros, huertos familiares y una relación mucho más cercana con los ritmos de las estaciones.
En aquellos años, las frutas no aparecían durante todo el año en supermercados ni llegaban desde distintos rincones del mundo. Cada especie tenía su temporada y había que aprender a reconocerla. El caqui era una de ellas. Cuando los frutos comenzaban a colorearse, las familias sabían que el otoño estaba entrando en su recta final.
Pero la relación con el árbol iba mucho más allá de la cosecha.
Como señala Lucia Abello: “Hoy el fruto del caqui nos provoca nostalgia por la niñez que tuvimos: la casa cálida con grandes patios y jardines de nuestras abuelas o mamitas, que habitaban en las zonas campesinas, donde se transmitían prácticas como madurar los caquis o las paltas envolviéndoles en papel de diario y guardándolos en cajones o espacios oscuros para que maduraran más rápido, que aún hoy son parte del patrimonio inmaterial y de los saberes domésticos transmitidos de generación en generación”.


La memoria asociada al caqui está hecha de pequeños gestos cotidianos. Esperar que los frutos alcanzaran su punto justo de maduración, aprender de los mayores cuándo cosecharlos, observar el cambio de color de las hojas o compartir parte de la producción con familiares y vecinos eran prácticas habituales en muchos hogares.
Para Abello, recordar el caqui significó incluso volver a conversar con su propia historia familiar: “De hecho, responder estas mismas preguntas, me hizo llamar a mi mamá para conversar sobre el caqui. Recordamos tiempos pasados, en que no nos apetecía tanto el caqui, sí el mancaqui, y venían a nuestra memoria la imagen de los mancaquis bien maduros”.
La escena describe una realidad que fue habitual en numerosos jardines de la zona central: árboles cargados de frutos maduros que atraían aves, insectos y otros visitantes. El caqui no solo alimentaba a las personas; también formaba parte de pequeños ecosistemas domésticos donde la fauna convivía estrechamente con la vida familiar.
“Coincidimos que tanto el caqui como el mancaqui casi no se ven, pero que en nuestra casa había árboles de los dos, por lo que solo había que esperar a que maduraran. Pasar las tardes de calor bajo la sombra de esos y otros árboles era una maravilla. Nostalgia pura para nosotras”, agrega Abello.
Juan Pablo Vicencio cree que ese vínculo cercano explica por qué estos árboles permanecen tan vivos en la memoria de quienes crecieron junto a ellos: “Yo creo que tenían una relación de afecto y gratitud, pues al ser un fruto grande y dulce podía ser muy saciador y disfrutado tanto por grandes como por pequeños”.

De esta forma, más allá de su valor alimentario, el caqui terminó formando parte de la identidad de barrios, localidades y familias completas. Su desaparición, por lo tanto, no implica únicamente la pérdida de un árbol frutal.
“Desaparece una parte importante de la memoria e identidad colectiva de las zonas donde se cultiva el caqui y cualquier otro frutal, pues estos árboles entre tantos mantienen vivas las tradiciones y saberes de los campos”, puntualiza el ingeniero en Conservación de Recursos Naturales.
Quizás por eso, cuando alguien vuelve a encontrarse con un caqui después de años, rara vez piensa primero en sus propiedades nutricionales o en su origen asiático. Lo que suele regresar son los recuerdos: los patios de la infancia, los árboles cargados de frutos anaranjados, las conversaciones familiares bajo su sombra y una forma de vida que hoy parece desvanecerse junto con ellos.
¿Por qué desapareció de las ciudades?
Durante décadas, el caqui pareció tener todo a su favor. Era resistente, requería relativamente poca agua, se adaptaba bien al clima mediterráneo de la zona central y producía abundantes frutos cada temporada. Sin embargo, pese a estas ventajas, su presencia en jardines y patios urbanos comenzó a disminuir lentamente hasta transformarse en una especie cada vez más difícil de encontrar.

La razón no parece estar en el árbol mismo, sino en la forma en que cambiaron las ciudades y los hábitos de quienes las habitan.
Uno de los factores más importantes fue la transformación del paisaje urbano. Las antiguas casas con amplios patios y huertos familiares fueron dando paso progresivamente a viviendas más pequeñas, conjuntos residenciales y edificios, reduciendo el espacio disponible para cultivar árboles frutales.
Como señala Lucía Abello: “En Chile, cada vez se han ido ocupando los terrenos agrícolas para construir poblaciones, las casas son cada vez más pequeñas, por lo que se ha perdido la costumbre de tener patio para plantar arbustos o árboles frutales, por lo mismo, es una cultura de antaño que se ha ido perdiendo”.
En ese nuevo escenario, el caqui comenzó a dejar de encajar. Pero la pérdida del espacio físico fue acompañada por cambios culturales igualmente profundos.


Durante buena parte del siglo XX era normal esperar la llegada de ciertas frutas en momentos específicos del año. Los ciclos estacionales formaban parte de la vida cotidiana y las familias conocían los tiempos de cosecha y maduración de cada especie. Hoy, en cambio, gran parte de la oferta alimentaria se encuentra disponible durante todo el año gracias a las cadenas de distribución globales.
“Hoy tenemos en los supermercados, ferias y fruterías todas las frutas de todas las temporadas de Chile y el extranjero, por lo que no hay tiempo ni paciencia para esperar a que las frutas maduren en el tiempo que ellas requieren, y en eso el caqui pierde. Morderlo verde espanta a cualquier persona”, comenta Abello.
El caqui exige algo que hoy parece escasear: paciencia. En sus variedades astringentes, el fruto debe alcanzar un estado avanzado de maduración antes de consumirse. De lo contrario, los taninos presentes en la pulpa producen una intensa sensación áspera y seca en la boca que puede resultar desagradable para quien no conoce la fruta.
“El fruto es una baya globosa, parecida al un tomate; su pulpa es translúcida y, cuando está bien maduro, su sabor es marcadamente dulce y amielado. Sin embargo, si le falta madurez, el fruto es astringente por su concentración de taninos, lo que significa que es muy áspero al paladar, por tanto, poco atractivo. Recuerdo que siendo niña, no me gustaba porque sentía que se me pelaba la lengua y lo evitaba, sin embargo, si estaba en su punto, sí me atrevía a comerlo”, agrega la bibliotecóloga.
A ello se suma la creciente preferencia por especies de consumo masivo, disponibles durante gran parte del año y ampliamente incorporadas al mercado.

“Creo que principalmente el reemplazo por creciente preferencia por especies de consumo masivo, disponibles durante gran parte del año y que forman parte del abanico clásico de frutas. De esta forma el caqui y muchas otras quedan relegadas solo para la gente que los conoce desde antaño, y eso a su vez retroalimenta que el mercado vaya disminuyendo”, explica Juan Pablo Vicencio.
El resultado ha sido una pérdida gradual del conocimiento asociado a la especie. Mientras muchas personas mayores crecieron esperando la temporada de caquis cada otoño, para las nuevas generaciones se trata de una fruta cada vez más desconocida.
“Cuando se les pregunta a personas más jóvenes sobre estos frutos, derechamente no los conocen, o bien suelen mirarlos con desconfianza, y esto sucede más a menudo en las zonas donde no se ha cultivado históricamente el caqui, como el sur y extremo sur de Chile. También entra en juego que la ventana de cosecha y consumo del caqui es muy corta, de no más de 2 meses, lo que significa que el resto del año la fruta “desaparece” del mercado, y si uno no alcanzó a comer en ese tiempo, debe esperar a la nueva temporada”, agrega el investigador.
Paradójicamente, esta desaparición ocurrió pese a que el caqui posee varias características que hoy podrían considerarse ideales para enfrentar los desafíos de las ciudades mediterráneas. Tolera relativamente bien la sequía, requiere pocos cuidados y no presenta comportamiento invasor. “No tiene la capacidad de propagarse y establecerse masivamente fuera de las zonas donde se cultiva. Además, su fruto al ser grande y pesado no puede diseminarse lejos del árbol”, explica Vicencio.

Una pérdida nutricional silenciosa
Más allá de su valor ornamental o de los recuerdos asociados a su cosecha, el caqui es una de las frutas más interesantes desde el punto de vista nutricional. Su pulpa concentra vitaminas, antioxidantes, fibra y compuestos bioactivos que han sido ampliamente estudiados en las últimas décadas, especialmente en Asia, donde el fruto forma parte de la alimentación cotidiana desde hace siglos.



“Es una buena fuente de vitamina C y A, fibra y potasio. Por otro lado, los taninos presentes en la fruta tienen diversas propiedades fisiológicas antimicrobianas, antialérgicas, captadoras de radicales libres, anticancerígenas y antioxidantes.”, explica el ingeniero en Conservación de Recursos Naturales.
Uno de los aspectos más llamativos es su elevado contenido de carotenoides, particularmente beta-criptoxantina, un pigmento responsable de los tonos anaranjados de la fruta y que el organismo transforma eficientemente en vitamina A. Diversas investigaciones han asociado este compuesto con beneficios para la salud visual, el sistema inmune y la regeneración celular.
“La literatura señala que contiene provitamina A, vitamina C y compuestos fenólicos. Ademas, es rico en fibra soluble, lo que permite mejorar la salud intestinal. También es rico en potasio. En la zona de origen sus hojas en infusion, se usan para bajar la presión y el fruto maduro se usa para suavizar la garganta. Con los frutos se pueden hacer ensaladas, jugos, smoothies, mermeladas caseras o simplemente comerlo como fruta natural”, comenta Lucía Abello.
A esto se suma una alta concentración de compuestos fenólicos y flavonoides, moléculas que ayudan a combatir el estrés oxidativo, proceso relacionado con el envejecimiento celular y diversas enfermedades crónicas.

“Por otro lado, los taninos presentes en la fruta tienen diversas propiedades fisiológicas antimicrobianas, antialérgica, captadora de radicales libres, anticancerígena y antioxidante. Además, existe evidencia de que el consumo de caqui puede tener efectos reductores de lípidos, colesterol y triglicéridos en sangre, por lo que se convierte en un buen aliado contra enfermades coronarias. Los compuestos fenólicos y la fibra dietética presentes en la fruta son los principales responsables de sus efectos cardioprotectores.”, señala Juan Pablo Vicencio.
“Por otro lado, las hojas o extractos de estas también muestran beneficios, donde en países asiáticos se formulan como té para tratar la hipertensión. También pueden tener potencial terapéutico contra la diabetes, donde las hojas muestran influencia en el transporte de glucosa muscular estimulado por la insulina y, por lo tanto, pueden usarse como sensibilizadores de la insulina para el tratamiento de la diabetes”, agrega el investigador.
Pero quizás uno de los aspectos más interesantes es que estos beneficios venían acompañados de una productividad excepcional. Un solo árbol adulto puede producir decenas e incluso más de cien kilos de fruta durante una temporada favorable, muchas veces sin requerir fertilización intensiva ni grandes aportes de agua.
Generaciones enteras crecieron con acceso a una fuente local de vitaminas, fibra y antioxidantes que maduraba cada otoño a pocos metros de sus casas.

Los estudios más recientes también han mostrado que el consumo de caqui podría contribuir a la salud cardiovascular. Según explica Vicencio, existe evidencia de que sus compuestos fenólicos y su fibra dietética ayudan a reducir los niveles de colesterol y triglicéridos en sangre, disminuyendo factores de riesgo asociados a enfermedades coronarias: “Los compuestos fenólicos y la fibra dietética presentes en la fruta son los principales responsables de sus efectos cardioprotectores”.
Incluso las hojas han despertado interés científico. En países como China, Japón y Corea se utilizan tradicionalmente en infusiones y actualmente se investigan sus posibles efectos sobre la hipertensión y el metabolismo de la glucosa.
Paradójicamente, mientras crece el interés mundial por los llamados “superalimentos”, el caqui parece haber seguido el camino contrario en Chile. Una fruta con siglos de historia, alta productividad y una notable densidad nutricional fue quedando relegada a pequeños huertos, ferias estacionales y recuerdos familiares.
Quizás por eso su desaparición resulta tan significativa. No se trata únicamente de la pérdida de un árbol ornamental o de una costumbre doméstica. También implica la desaparición de una fuente de alimento saludable, local y accesible que durante generaciones formó parte de la seguridad alimentaria cotidiana de miles de familias chilenas.


¿Puede volver el caqui donde ha desaparecido?
En una época marcada por la búsqueda de alimentos locales y ciudades más resilientes, el caqui parece reunir varias de las características que hoy vuelven a valorarse.
Es un árbol de bajo requerimiento hídrico, capaz de adaptarse a las condiciones de la zona central, produce grandes cantidades de fruta y no presenta comportamiento invasor.
Como explica Lucía Abello: “El caqui es una especie de cultivo, no es una especie invasora que se escapa desde la zona donde se le ha plantado, por lo que no tiene ningún impacto ecológico negativo. Es un árbol de crecimiento lento y tiene una baja capacidad de dispersión silvestre. Entre sus bondades, destaca por no romper veredas con sus raíces, por ejemplo. A lo más, los frutos pudieran ensuciar los patios, sin embargo, es difícil que ello suceda porque las aves silvestres, especialmente los picaflores, liban su nectar. Es un deleite observarlos cuando se alimentan de los frutos emitiendo su canto característico. También es ampliamente visitado por abejas melíferas, las que se alimentan de sus frutos y nos regalan sus zumbidos”.
A ello se suma su valor ornamental, especialmente durante el otoño, cuando sus frutos anaranjados permanecen colgando de las ramas desnudas como pequeñas linternas naturales.

Sin embargo, su eventual regreso no depende únicamente de sus atributos biológicos. También implica recuperar una relación con los ciclos naturales que, en gran medida, se ha ido perdiendo.
“Sí, estoy convencida que hay un gran interés por lo etnobotánico, por recuperar una relación con los ciclos naturales que, en gran medida, se ha ido perdiendo. No por nada, se aprecian en la ciudad jardines urbanos impulsados por las mismas personas que habitan un lugar común, donde se escucha hablar de permacultura y soberanía alimentaria, entre otros. En el campo surge la idea de cultivar caquis, membrillos, nísperos, higueras (para las exquisitas brevas e higos, por ejemplo), donde se valora la conexión de las personas de todas las edades con los ciclos naturales de la tierra”, señala Lucía Abello.
En distintas localidades del país ya comienzan a surgir iniciativas que buscan rescatar variedades tradicionales de frutales, recuperar huertos familiares y promover especies que durante décadas formaron parte de la alimentación cotidiana. En ese contexto, el caqui aparece como una especie que podría encontrar una segunda oportunidad.
Para Juan Pablo Vicencio, esta recuperación también representa una forma de reconectar con la identidad de los territorios: “Podría representar una oportunidad muy valiosa para acercar a la comunidad con la fruta que históricamente se ha producido en determinadas zonas de Chile”, comenta.

Después de todo, los antiguos caquis no solo alimentaban. También enseñaban a esperar. Quizás por eso la desaparición del caqui resulta tan simbólica. Porque junto con un árbol desaparecieron también ciertos ritmos, ciertas costumbres y una forma de relacionarse con la naturaleza que ocurría a escala doméstica, a pocos pasos de la cocina. Y aunque hoy sea cada vez más difícil encontrar sus frutos colgando en los patios de la ciudad, todavía quedan árboles dispersos en antiguas casas, huertos y localidades rurales de la zona central. Cada otoño vuelven a encenderse de naranja, recordándonos que algunos sabores siguen esperando el momento de ser redescubiertos.
Tamara Núñez