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¿Conoces el chupón? El fruto endémico que se convierte en la joya culinaria del otoño en la zona centro-sur de Chile
Endémico del centro-sur de Chile, el chupón (Greigia sphacelata) es un fruto otoñal clave en la historia alimentaria y cultural de comunidades mapuche y campesinas. Presente en el sotobosque del bosque templado, esta especie no solo destaca por su dulzor —poco común entre los frutos nativos—, sino también por su rol ecológico y su profundo vínculo con el territorio. En este artículo te contamos todo sobre esta fascinante especie.
En los bosques húmedos del sur de Chile, donde la luz se filtra entre hojas densas y el suelo guarda el olor de la lluvia reciente, crece una planta que no pasa desapercibida. Sus hojas largas, rígidas y cubiertas de espinas forman una especie de armadura vegetal que protege un secreto oculto: pequeños frutos alargados que, al madurar, concentran un dulzor inesperado, con un sabor similiar a una chirimoya.

No es una planta «fácil». Hay que saber encontrarla, y más aún, saber acercarse. Crece en laderas, en quebradas, entre sombras y claros, en ese límite donde el bosque se abre paso. Quienes la conocen, la buscan casi por instinto: saben que en su interior guarda un sabor que no se parece a nada más, una mezcla entre frescor y dulzor que recuerda a frutas tropicales, pero que pertenece profundamente al sur de Chile.
Se podría decir que no hay un niño en el sur que no haya crecido buscando y chupando sus frutos de forma atarantada en el camino. Para muchos, fue también un juego. Un gesto aprendido en la infancia: tomar el fruto, llevarlo a la boca, presionarlo y sorber su jugo antes de escupir las semillas. Un acto simple que, por generaciones, convirtió a esta especie en una suerte de “caramelo silvestre” del bosque.

© Bernardita Navarrete, algunos derechos reservados (CC-BY-NC) – INaturalist: https://www.inaturalist.org/observations/208632946
Hablamos del chupón o quiscal (Greigia sphacelata), una planta endémica del centro-sur de Chile perteneciente a la familia de las bromeliáceas —la misma de la piña— que crece desde la Región del Maule hasta Los Lagos. Su fruto, cosechado entre fines del verano y el otoño, no solo ha sido históricamente valorado por su sabor, sino también por su profundo vínculo cultural con comunidades mapuche y campesinas, donde su recolección y consumo forman parte de prácticas y saberes.
Además del nombre “chupón”, esta planta recibe múltiples denominaciones en mapudungún, como cai, nayu o nüyü, lo que da cuenta de una larga historia de uso, conocimiento y relación con el territorio que aún perdura en el sur del país.
En algunos casos, estos nombres no solo describen la planta, sino que también remiten a dimensiones más simbólicas dentro la cosmovisión mapuche. El término kai, por ejemplo, ha sido vinculado a la serpiente del relato de Kai Kai y Treng Treng Filu, una de las narraciones fundacionales más importantes de este pueblo.

Rolando Díaz Fuentes, no hay derechos reservados (CC0) – INaturalist: https://www.inaturalist.org/observations/135654387

Rolando Díaz Fuentes, no hay derechos reservados (CC0) – INaturalist: https://www.inaturalist.org/observations/135654387
Una bromeliácea del bosque templado
El chupón es una herbácea siempreverde, acaule o de tallo muy corto, que puede alcanzar hasta 2 metros de altura. Su rasgo más distintivo es la formación de una roseta densa de hojas largas —que superan el metro—, de color verde brillante y con bordes fuertemente espinosos. Esta estructura no solo le da su apariencia característica, sino que también protege sus flores y frutos, formando una suerte de refugio natural en su centro.
Las flores, de tonos rosados pálidos y textura cerosa, se agrupan en la zona central de la planta y dan paso a una infrutescencia compuesta por múltiples bayas alargadas, conocidas como chupones. Estas maduran a partir de febrero y se extienden durante el otoño, momento en que alcanzan su mayor dulzor.

Se distribuye de forma natural desde la Región del Maule hasta Los Lagos, con fuerte presencia en zonas costeras y del valle central húmedo. Habita principalmente en el bosque templado lluvioso, donde forma parte del sotobosque, creciendo bajo el dosel de árboles nativos, en ambientes de sombra o semisombra. Sin embargo, también puede encontrarse en laderas húmedas más expuestas, bordes de senderos, quebradas y sectores intervenidos, siempre que exista suficiente humedad en el suelo.
Prefiere suelos bien drenados pero constantemente húmedos, y se desarrolla especialmente en exposiciones sur o en sectores protegidos del sol directo. Su presencia suele ser localmente abundante, formando agrupaciones densas conocidas como “chuponales”, que tapizan el suelo del bosque y contribuyen a la estructura del sotobosque.

© Bernardita Navarrete, algunos derechos reservados (CC-BY-NC) – INaturalist: https://www.inaturalist.org/observations/208632946

© Bernardita Navarrete, algunos derechos reservados (CC-BY-NC) – INaturalist: https://www.inaturalist.org/observations/208632946
Como mencionamos anteriormente, el chupón pertenece a la familia de las bromeliáceas (Bromeliaceae), un linaje exclusivamente americano cuya historia evolutiva se remonta a millones de años. De hecho, diversos estudios filogenéticos sitúan el origen de esta familia en el Cretácico tardío o inicios del Paleógeno, hace aproximadamente entre 70 y 100 millones de años, en lo que hoy es Sudamérica. Sin embargo, su diversificación más intensa ocurrió mucho después, durante el Mioceno (hace unos 23 a 5 millones de años), en paralelo al levantamiento de la cordillera de los Andes, un proceso geológico clave que generó nuevos hábitats y distintas gradientes ambientales a lo largo del continente.
A pesar de que el registro fósil de las bromeliáceas es escaso —debido en parte a la baja preservación de tejidos blandos—, algunos hallazgos de polen fósil y análisis moleculares han permitido reconstruir su historia, por lo que hoy se reconocen más de 3.000 especies distribuidas en cerca de 60 géneros, la mayoría concentradas en zonas tropicales de América, desde el sur de Estados Unidos hasta la Patagonia.
Dentro de esta familia se encuentra una enorme diversidad de formas de vida. Muchas bromeliáceas son epífitas —es decir, crecen sobre otras plantas sin parasitarlas— y han desarrollado adaptaciones notables, como la formación de “tanques” de agua entre sus hojas, donde acumulan lluvia y materia orgánica. Otras, en cambio, son terrestres y producen frutos comestibles, como la piña (Ananas comosus), probablemente la bromeliácea más conocida a nivel mundial.

© Bernardita Navarrete, algunos derechos reservados (CC-BY-NC) – INaturalist: https://www.inaturalist.org/observations/208632946
En Chile, sin embargo, predominan bromeliáceas terrestres, adaptadas a condiciones más extremas. Ejemplo de ello son las especies del género Puya, que habitan desde zonas áridas hasta ambientes de montaña, y el propio género Greigia, que representa una de las expresiones más australes de esta familia. Su presencia en el bosque templado lluvioso da cuenta de la notable plasticidad ecológica del grupo, capaz de colonizar desde selvas tropicales hasta ecosistemas fríos y húmedos del “fin del mundo”.
A diferencia de muchas bromeliáceas tropicales, el chupón forma parte de un linaje que ha logrado adaptarse a climas templados e incluso fríos, desarrollándose a ras de suelo y resistiendo condiciones como heladas, alta humedad y menor radiación solar. Esta adaptación lo convierte en una especie particularmente singular dentro de su familia.

Dentro de este género se reconocen cuatro especies en Chile: Greigia sphacelata, Greigia landbeckii, Greigia pearcei y Greigia berteroi. Aunque comparten rasgos morfológicos y ecológicos, sus usos tradicionales son diferentes. Mientras el chupón (Greigia sphacelata) destaca por su valor alimentario, otras especies —como Greigia landbeckii, conocida como ñocha— han sido utilizadas principalmente por sus fibras en la elaboración de cestería y otros objetos.
No todas presentan el mismo comportamiento reproductivo. De hecho, el chupón destaca por su frecuencia de floración, a diferencia de otras especies del mismo género. Como explica Cecilia Smith-Ramirez, profesora titular del Departamento de Ciencias Biológicas y Biodiversidad de la Universidad de los Lagos e investigadora del Instituto de Ecología y Biodiversidad (IEB): “De las bromeliáceas del bosque, esta es la más común, porque Greigia landbeckii es muy escasa y florece casi nunca. Greigia pearcei hay en ciertos lugares, pero nunca la he visto en flor o fruto. Es común que las Greigia florezcan una vez cada muchísimos años, eso pasa con landbeckii y pearcei. En cambio, Greigia sphacelata, el chupón, probablemente florece todos los años y fructifica todos los años.”
Un actor clave en el ecosistema

Más allá de su valor cultural y gastronómico, el chupón cumple un rol ecológico fundamental en los ecosistemas donde habita.
“El rol que juega esta planta en el ecosistema es muy importante toda vez que sirve de alimento para la fauna local, cuyas especies ayudan en la dispersion de sus semillas, además de ser alimento para polinizadores como aves e insectos a los que proporciona néctar”, comenta Lucía Abello, bibliotecóloga y botánica, investigadora asociada de la Sociedad de Botánica de Chile y Chilebosque.
Pero más allá de esto, el chupón también cumple un rol clave como microhábitat. Su densa estructura ofrece refugio a diversas especies, desde pequeños mamíferos hasta reptiles y artrópodos. Entre ellas, destacan lagartijas del género Liolaemus, así como roedores, anfibios e incluso arañas que habitan entre su follaje, aprovechando la protección que ofrece la planta.

“He apreciado lagartijas del género Liolaemus que se refugian entre las hojas del chupón para tomar sol, también se pueden encontrar roedores nativos, insectos; según donde se ubique, ranitas, entre otras especies. Conversando con Pablo Núñez Fuentes, especialista en arañas de Chile, me cuenta que también en esta especie habitan y se refugian arañas”, agrega Abello.


A esto se suma su rol como fuente de alimento, ya que sus frutos son consumidos por distintos animales, lo que además contribuye a la dispersión de sus semillas. En ese sentido, uno de los comportamientos más llamativos que se han documentado en torno a este recurso es el de algunos zorros, que desarrollan estrategias bastante particulares para acceder a los frutos: se posan sobre la planta, presionando sus hojas espinosas hasta abrir espacio en el centro, lo que les permite alcanzar las bayas.
Así lo explica la profesora titular del Departamento de Ciencias Biológicas y Biodiversidad de la Universidad de los Lagos: “Uno pensaría que el zorro, que es un omnívoro, tal vez no privilegia las cosas dulces, pero sí le gusta mucho el chupón. Pero como tiene una nariz larga, si se mete a la ‘cajetilla’ de chupón, donde está escondido el fruto y que tiene puntas, no va a poder, porque se va a dañar su nariz, que es súper sensible. Entonces, lo que me contaba un campesino es que el zorro se pone de espaldas a la cajetilla de chupón y va retrocediendo hasta tocarla con su cola, que baja. Luego abre las patas traseras y baja la cabeza, metiéndola entre sus patas delanteras, mientras con el trasero y la cola va abriendo la cajetilla. Así, en una contorsión, puede sacar el chupón.”


Por otra parte, aunque aún no existen estudios que lo confirmen, se cree que el chupón podría formar parte de la dieta de otras especies, como roedores y otros mamíferos pequeños, e incluso marsupiales como el monito del monte. Así lo plantea Carlos Baeza Perry, Doctor en Ciencias Mención Botánica y Director del Departamento de Botánica de la Facultad de Ciencias Naturales y Oceanográficas de la Universidad de Concepción: “Yo creo que tiene que haber animales que se alimentan de esto. Es muy probable, por ejemplo, que el monito del monte consuma el fruto, sobre todo por el contenido de azúcar, pero faltan estudios. No se ha descrito que lo haga.”
Además de todo lo anterior, el chupón también cumple un rol esencial al contribuir a la retención de humedad en el suelo y a la estabilización de laderas, ayudando a prevenir la erosión y favoreciendo el desarrollo de otras especies del sotobosque.
“Son plantas que acumulan mucha materia orgánica, retienen humedad y probablemente también ayudan a afirmar el suelo. Además, generan un ambiente donde hay mucha microfauna: insectos, ácaros, colémbolos. Sin duda tienen una función ecosistémica muy potente, pero no está tan investigado”, puntualiza el Dr. Baeza.
De alimento ancestral a joya gastronómica

El fruto del chupón ha sido consumido desde tiempos prehispánicos por pueblos originarios del sur de Chile. Diversos registros etnográficos y etnobotánicos dan cuenta de su consumo por parte de comunidades mapuche y huilliche, quienes lo recolectaban y consumían directamente del bosque.
Los registros históricos también refuerzan esta práctica. Durante su paso por Chile, Charles Darwin mencionó este fruto en su obra Viaje de un naturalista alrededor del mundo (1839), donde describe que “contiene una pulpa dulce y agradable que es muy apreciada”, dando cuenta de su consumo extendido en el territorio ya en el siglo XIX.
Tradicionalmente, se consume fresco, directamente desde la planta. Se presiona con la boca y se succiona su jugo, para luego escupir las semillas, lo que dio origen a su nombre. Este modo de consumo, simple y directo, le valió también la denominación de “fruto de camino”, profundamente ligado a la experiencia de recorrer el bosque.
Como explica el Director del Departamento de Botánica de la Facultad de Ciencias Naturales y Oceanográficas de la Universidad de Concepción: “Es una planta muy noble, porque prácticamente todos los años produce una inflorescencia con flores muy apretadas, que están bien protegidas dentro de la roseta. Son bastante vistosas, de tonos rosados. Acá en la zona la gente le llama vulgarmente chupón, y si tienen la fortuna de ir a buscarlos cuando están en plena fructificación, cuando los frutos están maduros, los sacan con la mano —aunque son bien pinchadores— y se los llevan a la boca. Son frutos largos, que se van mordiendo, y lo que tienen es básicamente un jugo dulce, como almíbar. No es una pulpa como tal, sino más bien un líquido azucarado. Después te queda la boca llena de semillas, que vas botando. Es como comer nalca, que es más bien agua, no tiene mucho sabor. Pero más allá de eso, es una tradición enorme, con un componente cultural súper potente en el pueblo chileno”.

En este contexto, el valor del fruto no radica solo en su disponibilidad, sino también en su sabor, algo poco común en el bosque nativo del sur del país. Como explica Cecilia Smith-Ramirez: “El chupón era muy apreciado porque es dulce, es uno de los pocos frutos nativos que lo son. El fruto del copihue y el chupón son de los más dulces. La cantidad de alimentos dulces era muy baja, no había alternativa, no había caramelos, especialmente para las comunidades campesinas y mapuches. Entonces, ese dulzor que te daba el chupón era muy valorado.”
Sin embargo, su uso va mucho más allá del consumo fresco. Diversos estudios etnobotánicos en el sur de Chile documentan su incorporación en distintas preparaciones tradicionales, donde el fruto es transformado y aprovechado de múltiples formas dentro de las prácticas locales.


Como señala la bibliotecologa: “Su fruto es una baya que tiene muchas semillas y que madura a partir de febrero. Se recolecta en otoño. Tiene un sabor muy agradable, similar a la piña, por lo que con ellos se hacen preparaciones tales como chicha. Se separa la pulpa, se desmenuza en una vasija, se deja en agua y finalmente se cuela. Además, se prepara una mazamorra con milcao colado, y la harina que se obtiene secando y tostando los chupones, se consume con agua como una bebida tipo ulpo. El corazón de la planta o eje del chupón también se consume frito o cocido y también se hace licor artesanal (se remojan en aguardiente)”.
En la cocina tradicional chilota, esta harina se ha integrado en diversas preparaciones, dando cuenta de la versatilidad del fruto y su capacidad de adaptación a distintas formas de consumo. Más allá de usos específicos, el chupón ha sido históricamente un recurso alimentario integral, aprovechado en distintos contextos dentro de las economías domésticas del sur de Chile, donde su recolección, transformación y consumo forman parte de prácticas transmitidas por generaciones.
“Lo más tradicional es chupar los frutos, de ahí su nombre popular “chupón”. Es usual que los vendan en las ferias y/o mercados de las ciudadades o pueblos sureños o, quien se atreva, los coseche, algo que no es fácil. Quien haga esa labor debe resguardar la integridad de la planta, pues en la cosecha es frecuente que se le haga daño. Una forma más delicada para ello es sacar los frutos con alicates, para evitar clavarse, algo que es doloroso”, puntualiza la investigadora asociada de la Sociedad de Botánica de Chile.

En los últimos años, este uso tradicional también ha comenzado a ser estudiado desde la ciencia. Investigaciones recientes han identificado más de 70 compuestos en el fruto del chupón, incluyendo ácidos fenólicos, flavonoides y catequinas, asociados a una alta capacidad antioxidante. Estos niveles —comparables a los de berries ampliamente valorados— sugieren que podría tratarse de un alimento con potencial funcional, abriendo nuevas líneas de investigación sobre su valor nutricional.
En paralelo, el conocimiento tradicional también da cuenta de otros usos asociados a la planta. Como señala la bibliotecóloga: “Sus semillas tienen actividad catártica, es decir, facilitan la eliminación de heces, sin embargo, en la literatura también se señala que se debe evitar comer las semillas, pues provocarían estreñimiento”.

Si bien aún faltan estudios completos sobre su composición —como contenido de vitaminas o minerales—, estos hallazgos refuerzan la idea de que el chupón no solo tiene valor cultural e histórico, sino también un potencial relevante desde la alimentación contemporánea.
Más allá de lo alimentario, el chupón ha sido fundamental en la vida material de las comunidades del sur. Sus hojas, resistentes y fibrosas, han sido utilizadas históricamente para la elaboración de cestería.
«Fíjate que la gente saca las hojas del centro, cuando están más blanditas, las zapatean un poco, las dejan secar y después empiezan a separar las fibras. Tiene muchas fibras corticales, que son muy resistentes, y con eso hacen artesanía que es famosísima en la zona. Es una tradición de décadas, con un nivel de trabajo muy fino”, agrega el Dr. Baeza.

Uno de los ejemplos más emblemáticos es la pilwa, una bolsa tradicional del pueblo mapuche utilizada para recolectar y transportar alimentos. Esta práctica, profundamente ligada a territorios lafkenche, ha persistido hasta hoy, aunque cada vez con mayor dificultad debido a la disminución de la materia prima.
Asimismo, comenta Abello, sus hojas fueron utilizadas antiguamente para techumbre y la confección de diversos utensilios domésticos, lo que da cuenta de una relación integral con la planta: alimentaria, material y cultural. “Para las comunidades Mapuche, tiene importancia cultural, artesanal, alimentario y medicinal”, añade.

Una tradición que resiste, pero enfrenta amenazas
A pesar de su valor ecológico y cultural, el chupón enfrenta hoy múltiples presiones asociadas a la transformación del paisaje. Una de las principales es la sustitución del bosque nativo por plantaciones forestales, especialmente de especies exóticas como pino y eucalipto. Este cambio no solo implica la pérdida directa de hábitat, sino también la alteración de las condiciones microclimáticas del sotobosque —como la humedad, la temperatura y la disponibilidad de luz—, factores clave para el desarrollo de esta especie.
A esto se suma la fragmentación del bosque nativo, que reduce la continuidad de los ecosistemas donde el chupón forma poblaciones densas o “chuponales”. Esta fragmentación afecta no solo a la planta, sino también a las interacciones ecológicas que sostiene, como la dispersión de semillas por fauna y su rol como refugio para diversas especies del sotobosque.
“El problema no es la recolección del fruto, porque la gente es cuidadosa. El gran problema es el hábitat. Estos bosques costeros prácticamente no existen ya, y cuando cambias el uso de suelo, la planta desaparece. Así de simple», añade el director del Departamento de Botánica de la Facultad de Ciencias Naturales y Oceanográficas de la Universidad de Concepción.

Otro factor relevante es el aumento en la frecuencia e intensidad de los incendios forestales, especialmente en zonas donde coexisten plantaciones forestales y remanentes de bosque nativo. Si bien algunas bromeliáceas han mostrado adaptaciones que les permiten resistir el fuego —como ocurre en especies del género Puya, capaces de rebrotar tras eventos de alta temperatura—, esto no implica que el fuego sea inocuo. Incendios recurrentes o de gran intensidad pueden degradar el suelo, reducir la cobertura vegetal y afectar la regeneración de las poblaciones de chupón, especialmente cuando se combinan con otros factores de estrés como la sequía.
En este contexto, la ecóloga Cecilia Smith-Ramirez, explica: “Era muy apreciado el chupón para hacer cestería, para hacer las pilwas, y en la medida en que se fue quemando el bosque nativo, especialmente en la costa, una de las especies que resistía el fuego era el chupón, pero después se empezó a despejar para uso agrícola, y entonces también desapareció. Es interesante que tenga esa resistencia al fuego, es una característica de la mayoría de las bromeliáceas. De hecho, se habla de que realizan autocombustión cuando mueren, es decir, mueren a través de ese proceso. Entonces, cuando el fuego no es severo, incluso puede ser un estímulo para su regeneración. Pero, si bien es resistente, probablemente no lo es frente a incendios de alta severidad.”
En este escenario, el cambio climático también juega un rol importante. La disminución de las precipitaciones y el aumento de las temperaturas en la zona centro-sur han intensificado los periodos de sequía, afectando la disponibilidad de agua en el suelo y, por ende, las condiciones necesarias para el desarrollo de esta especie, que depende de ambientes húmedos y protegidos.


A estas presiones se suma la recolección no regulada. Si bien la cosecha del fruto forma parte de una práctica tradicional, su extracción puede generar daño cuando se realiza sin el conocimiento adecuado, afectando la estructura de la planta o impidiendo su regeneración. La dificultad para acceder al fruto —protegido por hojas espinosas— ha llevado históricamente al uso de herramientas, lo que aumenta el riesgo de daño si no se realiza de manera cuidadosa.
Si bien no existe un consenso absoluto sobre su estado de conservación, distintos diagnósticos coinciden en que su hábitat se encuentra en retroceso, lo que hace urgente promover prácticas de uso sostenible y conservación. En este escenario, diversas iniciativas locales han comenzado a relevar su valor ecológico, cultural y económico, impulsando su manejo responsable y su reconocimiento como parte del patrimonio biocultural del sur de Chile.
En un contexto donde crece el interés por los alimentos locales y las prácticas tradicionales, el chupón comienza a recuperar su lugar. Lo que alguna vez fue un “caramelo del bosque” para los niños, hoy se redescubre como un fruto con historia, identidad y potencial. Un recordatorio de que, muchas veces, los sabores más sorprendentes no vienen de lejos, sino que han estado siempre ahí, creciendo en silencio entre las sombras del bosque.

© Bernardita Navarrete, algunos derechos reservados (CC-BY-NC) – INaturalist: https://www.inaturalist.org/observations/208632946
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Tamara Núñez