A medida que tomamos distancia, el macizo del Paine cobra su real dimensión dentro del contexto del paisaje patagónico. Sobre los bosques, estepas, lagos y glaciares, emerge el más imponente conjunto de cumbres y paredes abismales. El Paine Grande, el Fortaleza, los Cuernos y tantos otros, aparecen entre los cielos australes. Y, por supuesto, las clásicas Torres, las que dan nombre a nuestro más preciado parque nacional.

Viajamos hacia Cerro Guido, una estancia impecablemente restaurada, cuyas edificaciones trepan los lomajes que anteceden los filos de la Sierra Baguales.

El paisaje evoca la clásica imagen de la Patagonia, la de aquellas estepas interminables que rematan, a lo lejos, en un paredón infranqueable de montañas y nieves eternas.

Un escenario magnífico, bajo un cielo cargado de nubes, que de pronto se quiebra y deja espacio a unos rayos que iluminan con fuerza el paisaje. Es la luz extrema de la Patagonia, aquel territorio mágico del fin del mundo.

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