Todo partió con un mensaje de Facebook. Lucho Birkner (35) le escribió al escalador y piloto chileno, Matías Fuentes, en respuesta a una publicación que había hecho en un grupo de escalada en busca de zapatillas. Lucho le ofreció un par y le dijo que las fuera a buscar a su casa. Pero ese encuentro, sin que él lo pensara, significaría el destino de sus próximos meses: Surinam, el país donde Matías trabaja.

Surinam ©Mateo Barrenengoa
Surinam ©Mateo Barrenengoa

En dos meses, junto a Mateo Barrenengoa ya estaba en Surinam, inmerso en los más de 30 grados de humedad y la gran biodiversidad de la selva, realizando el proyecto Climbing for a Reason en la zona. Cumplieron su propósito de equipar una roca y acercar a la comunidad africana matawai a la escalada para mostrarles la opción del turismo. Y se tuvieron que quedar tres meses porque la pandemia cerró todas las fronteras.

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Para Lucho, esos meses fueron un regalo. Por conocer al lugar y su gente. Por darle una nueva oportunidad a una comunidad gracias a la escalada. Por poder abrir una ruta en una roca e ir viendo la biodiversidad de la roca, como serpientes y escorpiones, mientras movía sus manos. Por haber vivido lo que más adelante todos conoceríamos a través del documental “Surinam: el paraíso perdido”.

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Lucho Birkner en Surinam ©Mateo Barrenengoa 

Pero también, por seguir lo que ha sido la ruta de su escalada: viajar, conocer rocas y abrir rutas, buscando hacer algún aporte en muchos de los lugares que visita.

Conociendo a las rocas

Cuando Lucho era niño, siempre buscó estar cerca de la naturaleza. Jugaba en los ríos, en los bosques y con la tierra. Siempre para él fue mucho más cómodo estar ahí que en la ciudad. “Tenía esa incertidumbre de cómo crecía el árbol desde una semilla o de cómo los ríos no paraban de correr (…). Mi colegio estaba rodeado de cerros, ahí me podía sentar en la tierra o bañarme en el río en recreo de almuerzo. Yo trataba de entender que uno era parte de la naturaleza, pero las ciudades te alejan de eso y de acercan más a las cosas materiales, cuando generalmente la vida es mucho más simple”, explica Lucho.

En la ciudad él practicaba skate, pero cuando lo dejó, de alguna manera llegó la escalada a su vida. Lucho era amigo de los escaladores chilenos Juan y Cristóbal Señoret, cuyo cuñado en ese entonces era Matías Viel, también conocido como “El Tuco”, un escalador de la vieja escuela. Él los llevaba cerca de Santiago a escalar y fue con quien Lucho equipó su primera ruta un par de años más tarde. Desde ahí, no hubo vuelta atrás.

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Lucho Birkner en Nepal ©Mateo Barrenengoa 

– ¿Cómo fue que decidiste enfocarte 100% a la escalada?

-Entre a estudiar Agronomía y me cambié a Ingeniería Forestal, pero no alcancé a terminar mi carrera. En mi vida pude viajar mucho y siempre me llamaba la atención las diferentes culturas, paisajes, idiomas y comidas. A los 21 años pude tener mi negocio y gané dinero, entonces viajé básicamente todas las vacaciones de verano de la universidad. Iba 3 o 4 meses a Tailandia, Nueva Zelanda, Australia o Indonesia. Cada vez que volvía era un vacío que me costaba llenar porque volvía a salas de clases con 50 alumnos donde no conocía a ninguno. Con un profesor que no podías hablar de persona a persona. Piensa que viajando me relacionaba con escaladores y viajeros de 40, 50 o 60 años (…). En un momento me dije que no más, que la vida es una, aunque no perdía el tiempo porque sí aprendía. Hay gente que lo necesita, pero yo no sentía que era el lugar donde tenía que estar. Yo creo que todos los días deberíamos hacer lo que más queramos hacer porque la vida es frágil.

Pancho Herrera, Punitaqui Chile
Lucho Birkner en Panitaqui (Chile) ©Francisco Herrera.

Para Lucho esta fue una de las mejores decisiones de su vida. Lo llevó a darle toda su energía a la escalada, a disfrutar, y a tomar cursos para profesionalizarse. Entre ellos, de rescate, trabajo en altura y No Dejes Rastro. “Me costó unos años entender que fue la decisión correcta, porque obviamente mis amigos empezaron a crear familia y yo estaba dejando eso de lado, pero en el minuto que lo sentí realmente en mi corazón fue un alivio”, explica.

– ¿Qué rocas recuerdas con cariño en tus inicios en la escalada? 

-El Bosque Mágico del Arrayán. Me fui a vivir cerca después. Cuando empezamos a ir había muy pocas rutas. Íbamos con un grupo de amigos 4 o 5 veces a la semana. No llegaba gente. Empecé a abrir rutas con amigos o solo, de alguna manera empecé a ver cómo esta zona se transformó en una de las más icónicas de Santiago para escalar (…). Hicimos dos proyectos fuertes de conservación de este lugar, con carteles mostrando zonas de anidación, demarcando senderos y se cerrando zonas para que se conservaran plantas. Pero lamentablemente el lugar cerró, mucha gente no tomó en cuenta las normativas hasta que los cuidadores no pudieron más. Le tengo mucho cariño, pasamos muchas tardes ahí con los amigos. Pero si hablo de una roca en especial, es como a las del mundo. Antes de escalar cualquier roca le agradezco de darnos la oportunidad de hacerlo, la verdad disfruto cada una de ellas. Por muy pequeñas o grandes que sean, uno les tiene un cariño especial porque entregan momentos mágicos. Imagínate cuando abres rutas pasas mucho tiempo plantado en ellas haciendo rutas, entonces vas todos los días a ese lugar y te enamoras de él.

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Escalada con sentido

Fue en el Bosque Mágico del Arrayán, mientras Lucho colgaba de una roca, cuando recibió el primer llamado de la marca Haka Honu ofreciéndole su primer auspicio. “De ahí parte todo, esa conexión fue lo más importante para lo que vino para adelante”, dice. Ellos querían, además de fomentar la escalada, crear proyectos de peso que tuvieran relación con ello. A estos se sumó el documentalista Mateo Barrenengoa y juntos, con el apoyo de las personas de la marca, crearon iniciativas como la serie Abriendo Caminos (que abría rutas en sectores de escalada y contaba en proceso) o Raíces (un proyecto que buscó conectar con las comunidades indígenas de los lugares que se escalaban).

Pero todo tomó un costo diferente cuando al plan se sumó un presupuesto de viajes, así como nuevos auspiciadores como Petzl y Just Climb.

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En 2016 emprendió rumbo junto a su expareja Sonja Schenkel al pueblo de Badami, en India. “Esa era una zona muy famosa que tenía una ruta muy famosa para escalar que se llama Ganesha. Entonces le escribí a un chico de allá y le dije que estaba con mi taladro y que me gustaría abrir una ruta. Me invitó a juntarnos y me contó que hace dos años estaba trabajando con 25 niños locales para enseñarles a escalar, por lo que me preguntó si les podía hacer talleres”, explica Lucho.

Nepal, Lucho Birkner Mateo Barrenengoa
Lucho Birkner en Nepal ©Mateo Barrenengoa

En ese proceso, se dieron cuenta de que a pesar de las rocas alucinantes que los rodean, entre todos los niños compartían poco equipo, pero que tenían unas ganas increíbles de escalar. Así, volvieron a Chile, hicieron una campaña de recolección y hablaron con las marcas para pedir ayuda. “Llamé a mi contacto en India, le pregunté si le gustaría que hiciera un proyecto allá -que en ese entonces tenía el nombre de Sharanam Ganesha- y me dijeron que sí. Mateo fue parte del proyecto. Volvimos a viajar a impulsar este proyecto social, que fue el puntapié inicial que necesitaba para confirmar que este era mi camino. He tenido mucha suerte en mi vida, nunca me ha faltada nada, entonces así puedo dar vuelta a mi suerte y ocuparla para un bien común”, dice Lucho.

El proyecto continuó en Chiapas (México) y quedaba en el tintero la idea de hacer algo con inmigrantes. Cuando Lucho se separó de Sonja, cerca de un año y medio después, conversó con Mateo y continuaron el proyecto, ahora bajo el nombre de Climbing for a Reason, una iniciativa para acercar a los niños a las montañas que los rodean, documentando cada experiencia, entregándoles oportunidades a las comunidades locales y conectando a los pequeños con la naturaleza.

©Mateo Barrenegoa
©Mateo Barrenegoa

Así, en el marco de esta iniciativa, han podido realizar Sharanam Ganesha (India y México), Todos somos migrantes (Chile), Bajo la gran montaña (Nepal), en la Junta (Región de Aysén, Chile) y en el pueblo de Shigar, en Pakistán, en honor al fallecido montañista chileno, Juan Pablo Mohr.

-El último que hicieron en Pakistán fue en honor a Juan Pablo Mohr. Y también pudieron también incluir a las niñas, que fue algo importante en esa zona. ¿Nos puedes contar cómo surge la idea de ir?

-Pakistán es un proyecto que habíamos hablado con el Mateo y el Juan Pablo (JP) antes de que se fuera al K2. JP siempre decía que iba a ir, llevar el taladro, ver las rocas y que teníamos que hacer un proyecto ahí. Cuando estaba en el campo base hablaba con nosotros, y nos decía que pilló un pueblo, una roca y que lo hiciéramos apenas bajara. Tenía motivado a Ali Sadpara, a Tamara Lunger, en verdad a todos con el proyecto. Obviamente el día que el JP se pierde y se da por fallecido dije que teníamos que ir a Pakistán. Hicimos un equipo con la Tamara, con Federico Scheuch, representante de la Fundación DeporteLibre, que apoya el proyecto, Mateo y yo. Planificamos este proyecto junto a Nila Yasmeen que es nuestro contacto allá. Ella fue al pueblo que JP propuso y estaba todo listo hasta que nosotros decidimos que tenía que ser un proyecto especialmente dedicado a las mujeres, más en un país en que la mujer vive un tanto reprimida (…). En el pueblo se rehusaron y ella averiguó si podía ser posible en su pueblo, en Shigar, y reunió 50 niñas pakistaníes que tenían el permiso de sus padres.

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Climbing for a Reason, Pakistán ©Mateo Barrenengoa 

Luego, todo fue tomando forma. Para todos quienes participaban esta era una iniciativa especial. Para Lucho, tenía una carga emotiva, ya que según explica, el proyecto de Pakistán está dedicado en su corazón a Juan Pablo y a Diego Señoret, un amigo escalador que también falleció hace poco tiempo: “Ambos fueron muy importantes para Chile. JP trabajó antes en el proyecto, en “Bajo la Gran Montaña”, representando la Fundación DeporteLibre. Diego siempre nos comentó que quería ir a estos viajes y hacer cosas sociales. Entonces está la intención de cumplir el sueño de JP, pero también era algo internamente muy emotivo”.

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Así, en julio de 2021 Lucho fue parte del equipo que viajó a Pakistán a cumplir este sueño. Era la fecha en la se realizaron las expediciones de búsqueda y rescate de los cuerpos Juan Pablo Mohr, Ali Sadpara y John Snorri en verano, cuando también los encontraron.

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– ¿Qué momentos especiales recuerdas de este proyecto?

-El primero fue cuando llegué a Skardu, en Pakistán, y me reuní con Nila para nuestra primera reunión presencial. Estaba ella con otra mujer y dos niñas, todas cubiertas, y me piden que les explique del proyecto. Cuando lo hice, Nila me comenta que iba a ser honesta conmigo: que ellas habían estado esperando toda su vida por una oportunidad como esta, en la que sus hijas pudieran hacer un deporte libremente y poder decidirlo. Me dijeron que era algo indescriptible (…). Ese fue un momento que me dije que todos los últimos 6 meses de reuniones, de organización, que es estresante, valieron la pena. Luego, obviamente, también fue especial juntarnos en el pueblo, y construir el muro junto a todas estas niñas. Había mucha gente del pueblo, hombres, padres aprobando lo que se estaba haciendo. En el minuto que paramos el muro que habíamos construido en el suelo, fue para mí uno de los momentos más emotivos.

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Lucho Birkner en Pakistán ©José Cheyre 

Frente a los ojos de Lucho, y de todos los presentes, estaba el muro de escalada que habían hecho. En el centro, escribieron las iniciales “JP”, en honor a Juan Pablo Mohr. Y alrededor, estaban todos los que estaban siendo parte de este proceso. En eso estaban los meses de trabajo y también, habían terminado la idea que nació de JP.

“Ese fue uno de los momentos más emotivos. Lloré mucho. Fue la liberación de todo ese trabajo, pero además un ‘Puta, JP, acá está la cosa. Esto habíamos hablado, lo que queríamos hacer juntos y lo hicimos por ti. Era lo que querías y lo que va a quedar para siempre en esta comunidad. Ellos saben que estas rutas que se van a abrir van a ser por ti’”, recuerda Lucho.

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También tiene en su memoria los gritos de los niños gritando de felicidad y despertándolo con el nombre de Juan Pablo, ya que lo veían como un héroe. Le rezaban a su altar. Todos sabían quien era y la comunidad le agradecía. Pero para los familiares y amigos de él también era importante: “era como estar despidiéndonos de él (…). Fue ver uno de sus sueños cumplirse sin que estuviera él ahí. Como saber que está vivo, aunque no esté presencialmente ahí: con su fundación, con Climbing for a Reason, en sus amigos, en sus proyectos”.

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Climbing for a Reason, Pakistán ©José Cheyre

Las próximas rutas de Lucho Birkner

Lucho conversa desde un café en el Kentucky, Estados Unidos. Está en un sector de escalada hace 3 semanas, rodeado de gente apasionada por escalar. Que viven en sus autos o campings, trabajan en el pueblo y escalan. Una vida simple que entrega la escalada no profesional, que cualquiera, según reflexiona, podría tener.

Pero ser profesional, especialmente en Chile, dice que es más complicado: “Hay muchos buenos escaladores. Quizás para mí fue más fácil porque cuando comencé a escalar no era tan popular el deporte. Pero ahora es difícil porque muchas marcas solo se dan canjes y uno no puede vivir solo de eso (…). De todas formas, si en verdad de quiere hay que arriesgarse, pero no solo en una cosa. Yo escalé mucho, pero también a equipar -por lo menos unas 500 o 600 rutas en el mundo-, me puse a hacer mis proyectos sociales y de conservación (…). Con eso hay más oportunidades”.

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©Mateo Barrenengoa 

Así, planeando volver a Chile a fin de mes, sus próximos pasos en “esta canasta” donde trata de hacer distintas cosas, uno de sus focos es volver a planificar el próximo proyecto de Climbing for a Reason en Chile o el extranjero. Pero también seguir escalando, viajando y abriendo rutas, que es lo que más disfruta, junto “su gente” y aportando como pueda con su trabajo y una vida simple. “Hay que tratar de estar fuerte, en forma y, de alguna forma, tener los pies en la tierra. También de tener en cuenta de que somos todos iguales y que si yo merezco algo, quizás el de al lado igual. Así, con lo que hagamos, tenemos que compartir siempre con la gente”, finaliza.

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