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¿Hay tiburones blancos en Chile? Revelan nuevas pistas sobre uno de los grandes depredadores del océano en Chañaral de Aceituno
Una señal genética detectada mediante ADN ambiental en Chañaral de Aceituno abrió nuevas interrogantes sobre la posible presencia del tiburón blanco (Carcharodon carcharias) en las costas chilenas. Aunque el resultado aún requiere confirmación, investigadores explican qué se sabe de esta especie, cuáles son sus registros históricos en el país y por qué estudiar a este gran depredador es clave para comprender los ecosistemas marinos.
¿Hay tiburones blancos en las costas de Chile? Una señal genética detectada en Chañaral de Aceituno volvió a plantear esta pregunta y abrió nuevas interrogantes sobre la presencia de este gran depredador en el Pacífico sudoriental. Aunque el hallazgo todavía requiere confirmación, los antecedentes científicos e históricos permiten explorar qué sabemos de la especie y qué queda por descubrir.
El tiburón blanco (Carcharodon carcharias) es uno de los grandes depredadores del océano. Su tamaño, sus adaptaciones para la caza y la imagen que ha construido el imaginario popular han contribuido a convertirlo en una de las especies marinas más reconocidas del mundo. Sin embargo, su fama contrasta con los numerosos aspectos de su biología que todavía desconocemos, especialmente en regiones donde existen pocos estudios sobre sus movimientos, como ocurre en el Pacífico sudoriental.
En el caso de Chile, existen algunos registros históricos de tiburón blanco, aunque la información disponible no permite determinar con precisión qué tan frecuente es su presencia. Además, las costas chilenas albergan una diversidad de tiburones que va mucho más allá: tollos, pintarrojas, marrajos, pejezorros y tiburones martillo habitan distintos ambientes marinos.

Es en este contexto donde adquiere relevancia el reporte que fue publicado recientemente. Basados en ADN ambiental, investigadores identificaron señales genéticas compatibles con más de 50 especies de tiburones y rayas en Chañaral de Aceituno. Entre ellas, el tiburón blanco. Sin embargo, Cristián Araya, investigador principal del trabajo, PhD y académico de la Universidad de La Serena, advierte que esta identificación es preliminar y debe someterse a nuevas verificaciones.
«Esa asignación necesita verificarse evaluando la calidad de las secuencias genéticas, la identidad y extensión de los alineamientos, la capacidad del fragmento para diferenciar especies cercanas y la consistencia entre réplicas y controles. Con este análisis exploratorio no corresponde establecer un porcentaje de certeza ni presentar una identificación inequívoca. La formulación adecuada es “una señal preliminar cuya asignación a tiburón blanco requiere confirmación”», afirma Araya.
En cualquier caso, frente a esta posibilidad han surgido algunas preocupaciones. Esto se debe a que la presencia de estos animales suele despertar temor, alimentado por los mitos y las representaciones cinematográficas que lo muestran como una amenaza. Pese a esto, los ataques producidos por estos gigantes son poco frecuentes en relación con la cantidad de actividades que se realizan en el océano, y los seres humanos no constituyen parte de su alimentación habitual.

Según el Archivo Internacional de Ataques de Tiburón (ISAF), a nivel mundial se registran alrededor de 65 ataques no provocados al año y una pequeña proporción involucra al tiburón blanco. En Chile, los registros recopilados documentan ocho incidentes atribuidos a tiburones entre 1934 y 2012. De ese total solo unos pocos se encuentran vinculados con esta especie y ni siquiera de manera concluyente.
«Creo que acá es particularmente importante separar dos conceptos: que una especie tenga la capacidad de producir lesiones graves no significa que tenga a los seres humanos como presa habitual, ni que podamos definirla simplemente como una especie “agresiva”», explica María José Tapia De la Jara, bióloga marina y actual candidata a Magíster en Cs., con mención en Biodiversidad y Conservación, de la Universidad de Valparaíso.

El tiburón blanco: un depredador clave
El tiburón blanco (Carcharodon carcharias) es uno de los peces depredadores más grandes del planeta: los adultos suelen medir entre cuatro y seis metros, aunque existen registros de ejemplares mayores. Su cuerpo musculoso, su potente cola y sus dientes triangulares y aserrados le permiten capturar presas de gran tamaño. Su coloración grisácea en el dorso y clara en el vientre también favorece el camuflaje en el agua, mientras que su capacidad de mantener ciertas regiones corporales más calientes que el entorno —una adaptación conocida como endotermia regional— contribuye a su desempeño en distintas condiciones térmicas.
Por lo mismo, la especie habita diversos océanos del mundo y puede desplazarse entre zonas costeras, islas y mar abierto, desde la superficie hasta grandes profundidades. Es migratoria y algunos ejemplares recorren distancias considerables, como los trayectos documentados entre México y Hawái. En la actualidad, se reconocen seis grandes poblaciones genéticamente diferenciadas: Australia y Nueva Zelanda, Sudáfrica, el Mediterráneo, el Atlántico noroccidental, el Pacífico nororiental y Japón. Aunque suele encontrarse en aguas templadas, su distribución también depende de la disponibilidad de alimento y de las condiciones ambientales.
«Es una especie de distribución cosmopolita, presente en distintos océanos del mundo, principalmente en aguas templadas y subtropicales. Sin embargo, esa distribución no es homogénea: existen regiones donde su presencia es mucho más frecuente y otras donde los registros son bastante más esporádicos, como ocurre en Chile», explica Tapia.


«Es altamente móvil, capaz de realizar desplazamientos de miles de kilómetros y de utilizar tanto ambientes costeros como oceánicos. Durante desplazamientos sostenidos puede moverse a velocidades del orden de unos pocos kilómetros por hora, aproximadamente 3 a 5 km/h, aunque es capaz de realizar aceleraciones considerablemente mayores durante eventos de persecución o captura de presas. De hecho, se han documentado migraciones transoceánicas de más de 10.000 kilómetros, lo que permite dimensionar la enorme capacidad de movimiento de esta especie», añade.
En lo que respecta a la dieta, esta cambia en la medida en que crecen. Los juveniles consumen principalmente peces, rayas, invertebrados y tiburones pequeños, mientras que los ejemplares de mayor tamaño incorporan presas más grandes, incluidos lobos marinos, focas y otros mamíferos.
Además, es una especie ovovivípara: las crías se desarrollan dentro de la madre y nacen con aproximadamente entre uno y un metro y medio de longitud. No reciben cuidados parentales prolongados, por lo que los ambientes donde encuentran alimento y protección pueden ser fundamentales para su supervivencia. Pese a eso, todavía existen vacíos de conocimiento sobre sus rutas migratorias y las áreas que utiliza para alimentarse y reproducirse. En contraste, de lo que sí se tiene bastante conocimiento es sobre su rol ecológico.

«El tiburón blanco es un depredador de nivel alto, un depredador tope. Dentro de los tiburones, con más de 550 especies descritas, si bien muchas veces se habla de que todos son depredadores tope, eso no es cierto. Muchas especies de tiburones, que son bien pequeñas, son alimento de otras, pero el tiburón blanco es una especie grande», indica Ignacio Contreras, investigador de condrictios del Laboratorio de Zoología de Vertebrados de la Facultad de Ciencias de la Universidad de Chile.
«Son, de alguna manera, como los grandes leones del océano. No porque ambos ecosistemas funcionen exactamente igual, sino porque ocupan niveles altos dentro de sus respectivas redes alimentarias y su presencia puede producir efectos que se extienden hacia otros componentes del ecosistema. Incluso la presencia de un gran depredador puede modificar dónde, cuándo y cómo se alimentan algunas de sus presas», profundiza Tapia.

El humano es una gran amenaza para el tiburón
El tiburón blanco enfrenta importantes amenazas derivadas de las actividades humanas. Está clasificado como vulnerable a la extinción por la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza (UICN), debido a presiones como la pesca dirigida, la captura incidental y el comercio de partes del animal, incluidas sus aletas, dientes y mandíbulas.
«Los seres humanos representamos una amenaza muchísimo mayor para los tiburones que ellos para nosotros. Un estudio global estimó que la mortalidad de tiburones asociada a la pesca alcanzó al menos 80 millones de individuos durante 2019, y aproximadamente 25 millones correspondieron a especies amenazadas (…). Los tiburones son capturados de manera dirigida e incidental», afirma Tapia.
Son cazados por su carne, aletas y otros productos. Dentro de esto, una de las razones históricas ha sido su captura para la preparación de sopa de aleta de tiburón, un plato tradicional asiático, asociado al prestigio y a celebraciones.

«El elevado valor comercial de las aletas también dio origen al shark finning o aleteo, que consiste en retirar las aletas del tiburón y descartar el resto del cuerpo, frecuentemente en el mar. Es importante hacer la distinción porque no toda la pesca de tiburones corresponde a finning: actualmente existe tanto captura incidental como pesca dirigida y comercio de carne y otros productos», añade la experta.
A lo anterior se suma su desarrollo tardío y su larga vida —se han registrado ejemplares de varias décadas, incluso cercanos a los 70 años—, características que hacen especialmente importante proteger a los individuos reproductores y los hábitats que utiliza a lo largo de su ciclo de vida.
«Por esta razón cuenta con medidas de protección en distintos lugares del mundo y en Chile se encuentra protegido desde 2009, existiendo una prohibición permanente de captura con resultado de muerte y de retención de ejemplares vivos en aguas bajo jurisdicción nacional», comenta Tapia.

Chile, un país de tiburones
El Plan de Acción Nacional para la conservación y manejo de tiburones, elaborado por la Universidad de Antofagasta, contempla 58 especies para aguas chilenas. Esa diversidad comprende especies costeras, oceánicas y de aguas profundas. Entre ellas, tollos, pintarojas, marrajos, pejezorros, tiburones martillo, sardineros, dormilones y tiburones peregrinos.
«Muchos de ellos se han visto en Chañaral de Aceituno. Por ejemplo, los pintarrojas, tiburones pequeños que están en peligro por la pérdida de hábitat. Viven en la arena entre los bosques de algas. Son alargados e inofensivos para los humanos, pero cumplen un rol importante en los ecosistemas marinos del borde costero y, por la tala del bosque de algas, se están perdiendo. También, por ejemplo, dentro del mismo ecosistema están los tollos, que también evitan los fondos marinos y por eso queda mucho enredado en las redes, es muy conocido por los pescadores y en las caletas. Se comercializa mucho en las marisquerías de todos lados», explica César Villarroel, fotógrafo submarino, buzo profesional (lidera Explorasub Centro de Buceo) y naturalista (Mission Blue Hope Spot Champion Archipiélago Humboldt).

«También está el mako, que es muy rápido y que persigue a los grandes cardúmenes que están en la costa de Chile. Se le puede encontrar desde Arica hasta la Región de Coquimbo. Entonces, esta zona es una zona importante de crianza. Ahí están todos los juveniles de esta especie. También está el tiburón azul, que es una especie oceánica, una de las más abundantes del agua chilena en alta mar, que sigue las corrientes y los bancos de peces. Otro es el tiburón de siete branquias, también que es conocido y hay harto. Vive en aguas templadas, frías, en el sur de Chile. En el área de Puerto Montt se han visto, se han encontrado, hay avistamientos de buzos. Todos estos tiburones viven en Chile. Da lo mismo bajo qué influencia de corriente estemos, La Niña o El Niño», añade.
En el caso del tiburón blanco, su presencia en Chile está reconocida por las fuentes oficiales de biodiversidad. La ficha de la especie del Ministerio del Medio Ambiente recopila registros escasos en sectores del norte y centro del país, incluidos antecedentes en Iquique y Los Vilos.

«En este sector del Pacífico no tenemos evidencia de que el tiburón blanco tenga una población más o menos asentada, residente. Sin embargo, tenemos registros bien confirmados que existe tiburón blanco en Chile. Hay fotos, mandíbulas, dientes, que nos confirman que al menos algunos ejemplares han estado. Son individuos que probablemente vienen de otro lado. Esto es una hipótesis mía nada más, pero posiblemente tenga más sentido que vengan ejemplares del sector de Oceanía, de Australia, Nueva Zelanda. Hay como un corredor ahí, natural y biológico, en que muchas especies pueden cruzar», señala Contreras.
Cristián Araya, autor del reporte antes mencionado, quien también es director del Magíster en Ecología de Zonas Áridas del departamento de Biología de la Facultad de Ciencias de la Universidad de La Serena, explica que en Chile el tiburón blanco está reconocido como especie nativa, con registros históricos al norte de Valparaíso y la captura de una hembra en 1984 en Iquique: «Su presencia en aguas chilenas tiene, por tanto, una historia previa a nuestro análisis».
Los incidentes con personas también forman parte de esos antecedentes, pero requieren una lectura cuidadosa. La información recopilada desde el Global Shark Attack File identifica ocho incidentes históricos atribuidos a tiburones entre 1934 y 2012, cuatro de ellos fatales.

«La mayoría ocurrió hace muchas décadas, pero todos tienen un denominador común: han atacado a cazadores submarinos, buzos mariscadores y pescadores, que están bajo el agua y que llevan amarradas, o tienen cerca, las presas que están sacando, ensangrentadas, las que pudieron haber atraído a un tipo de tiburón o al tiburón blanco. Yo llevo 30 años buceando en este sector, que podría ser uno de los sectores con más biodiversidad, con más comida, donde podría haber más encuentros con tiburones, y nunca nos ha pasado nada. O sea, para los bañistas recreativos de las playas, para los buzos deportivos, para los nadadores, el riesgo es casi inexistente», asegura Villarroel.
Entre los registros figuran casos en Coquimbo, El Panul, Pichidangui, Bahía Totoralillo y Valparaíso. El incidente de Punta Negra, en Pichidangui, ocurrido en enero de 1980, ha sido asociado al tiburón blanco. También se documentaron dos episodios en marzo de 1994, a unas 300 millas al este de Rapa Nui, cuando dos personas fueron mordidas mientras nadaban cerca de un buque de investigación. Los antecedentes atribuyen ambos casos a un ejemplar de tiburón blanco de aproximadamente 3,6 metros, aunque la solidez de las identificaciones históricas varía entre registros. Finalmente, en marzo de 2012 se informó otro incidente en Antofagasta, en el que una persona sufrió una lesión en una mano durante una actividad de pesca.
«Hay unos registros que son de la época de fines de 1800, en que había una mandíbula de un tiburón blanco que sacaron en Talcahuano y que estaba en el Museo de Valparaíso, si mal no recuerdo, pero creo que eso después se perdió, en un terremoto o en un incendio. Luego, en la década del 1980 hubo una serie de ataques e incidentes con tiburón blanco en Chile. Eventualmente, no está confirmado, pero dicen que ese mismo tiburón después lo capturaron en 1987 en Iquique», indica Contreras.



Coquimbo y el registro fósil: una posible zona de cría
La presencia del tiburón blanco en Chile tiene una historia mucho más antigua que los registros modernos. Los fósiles permiten reconstruir parte de esa trayectoria y ofrecen información sobre ambientes que la especie utilizó en el pasado.
En 2020, un estudio publicado en Scientific Reports analizó 234 dientes fósiles de tiburón blanco procedentes de tres localidades del Pacífico sudoriental: Coquimbo, Caldera y Pisco, en Perú. Los restos corresponden al Plioceno, una época que transcurrió entre hace aproximadamente 5,33 y 2,58 millones de años.
A partir de las dimensiones de los dientes, los investigadores estimaron el tamaño corporal de los ejemplares. Los resultados mostraron diferencias entre las localidades: Coquimbo concentraba individuos más pequeños, mientras que en Pisco y Caldera eran más frecuentes los ejemplares de mayor tamaño.

La longitud estimada de los tiburones estudiados osciló entre 155 y 729 centímetros. Los investigadores encontraron que los juveniles predominaban en el registro de Coquimbo, mientras que las otras localidades presentaban una mayor proporción de individuos subadultos y adultos.
Esta diferencia llevó al equipo a proponer que el sector de Coquimbo pudo funcionar como una zona de cría del tiburón blanco durante el Plioceno. La interpretación se apoya no solo en la presencia de ejemplares jóvenes, sino también en las características del ambiente marino y en la disponibilidad de posibles presas. El registro fósil de la zona incluye otros peces y organismos que podrían haber servido de alimento a los tiburones juveniles.
El hallazgo es relevante porque constituye la primera propuesta de una zona de cría del tiburón blanco basada en el registro fósil. Sin embargo, describe condiciones de hace millones de años y no demuestra que Coquimbo continúe desempeñando esa función en la actualidad. Tampoco permite concluir que el sector de Chañaral de Aceituno, situado más al norte, sea hoy una zona de reproducción o crianza, pero sí es un antecedente importante que podría llegar a estar vinculado con la posible presencia de la especie en el sector.

«La geomorfología del lugar (Chañaral) es muy especial, ya se ha descubierto que hay un cañón submarino, que hace que toda la estructura del cañón cree un relieve abrupto que canaliza las corrientes y se genere una retención de comida, como una especie de embudo, y eso hace que haya una explosión de vida en el lugar, muchas colonias de lobos. Sumado a eso, están las surgencias de la corriente de Humboldt. Todo eso hace que haya abundancia de muchas cosas. Mucha biodiversidad de peces, de mamíferos marinos. Imagínate, hay más de 500 especies marinas registradas, dentro de esas 90 tipos de peces, la colonia de lobo reproductiva más grande de la del centro norte», profundiza Villarroel.
«También está el tiburón blanco, porque hay disponibilidad de lobos marinos. Recordemos que los tiburones blancos necesitan mucha energía, son muy grandes, y esa energía se la provee un animal que tenga mucha grasa, como un lobo de mar. Hay registros históricos, pero no es tan común verlo y, generalmente, está ligada su presencia a la persecución de cardúmenes de manera oceánica. Es un tiburón que podría haber llegado a nuestras costas por la corriente probablemente», agrega.

¿Qué reveló el reporte de ADN ambiental en Chañaral de Aceituno?
El nuevo reporte se originó a partir de una solicitud local de colaboración científica para explorar la presencia de tiburones en Chañaral de Aceituno, en la Región de Atacama. El equipo de la Universidad de La Serena recurrió a una herramienta que permite estudiar la biodiversidad sin depender de la observación directa o la captura de los animales: el ADN ambiental.
Esta técnica se basa en el material genético que los organismos dejan en su entorno mediante células, mucosidad y otros restos biológicos. En el agua, estos rastros pueden recuperarse y analizarse para buscar coincidencias con secuencias genéticas de especies conocidas.
«Utilizamos Metaprobe, una tecnología desarrollada en Italia con colaboración internacional. Consiste en un dispositivo que actúa como capturador pasivo de ADN ambiental: una esfera perforada, impresa en 3D y equipada con gasas, permite recuperar material biológico presente en el agua», explica Araya.

«Después de recuperar y conservar las gasas, extraemos el ADN en el laboratorio. Estos fragmentos funcionan como pequeños códigos de barras genéticos que permiten realizar asignaciones taxonómicas al compararlos con secuencias de referencia conocidas. Utilizar fragmentos cortos resulta especialmente útil cuando el ADN está fragmentado, como ocurre frecuentemente con el ADN ambiental», añade.
El procedimiento permitió recuperar señales compatibles con más de 50 especies de tiburones y rayas en el conjunto de los análisis. La selección presentada en el reporte reúne diez especies de interés, entre ellas el pejehumo (Hexanchus griseus), el marrajo de aleta larga (Isurus paucus), el pejezorro pelágico (Alopias pelagicus), el marrajo o mako (Isurus oxyrinchus), el tiburón martillo común (Sphyrna zygaena), el tiburón sardinero (Lamna nasus), el tiburón blanco (Carcharodon carcharias), el azulejo (Prionace glauca), el tiburón arenero (Carcharhinus obscurus) y el tiburón de siete agallas (Notorynchus cepedianus).

«Lo que nosotros hicimos fue arrastrar una bola, que tiene finalmente como una esponja que va reteniendo las células, los pedazos de piel, lo que podría estar flotando. Todo esto lo arrastramos en ralentí, es decir, con el motor muy lento, y lo arrastramos desde el continente hasta la Isla Chañaral, y después en todo el frente continental de la isla, de la reserva marina, para poder obtener estos resultados», relata Villarroel.
«Los tiburones son bioindicadores de un ecosistema sano. Eso es muy importante ponerlo en relevancia. O sea, cuando se hace una muestra de ADN ambiental o se detecta que hay tiburón en una zona, más allá de que sea un peligro, la verdad, lo que está indicando la presencia de los tiburones es que el ecosistema está sano, está normal. Eso es muy importante», agrega.
Volviendo a los resultados, el pejehumo presentó la mayor cantidad de lecturas asociadas, con 3.352, mientras que al tiburón blanco se le asociaron 444. Estas cifras representan señales genéticas relativas dentro de la muestra y del análisis realizado. No equivalen al número de individuos, a su biomasa ni a una estimación directa de la abundancia de cada especie. Por eso, una mayor cantidad de lecturas no significa necesariamente que haya más tiburones de una especie que de otra.

«Uno de los principales desafíos está en las bases de datos de referencia. Necesitamos bibliotecas locales y regionales curadas, con especies correctamente identificadas, ejemplares de referencia y secuencias representativas de la fauna de Chile y del Pacífico sudoriental. Su cobertura y calidad condicionan la precisión de las identificaciones», asegura Araya.
«Incluso una detección molecular validada debe interpretarse considerando el movimiento del agua. El ADN puede transportarse con las corrientes y degradarse después de ser liberado; encontrarlo no permite establecer exactamente dónde estaba el animal ni cuánto tiempo permaneció en el sector. Este análisis, por sí solo, tampoco permite vincular una especie con un incidente particular», añade.
Además, Araya precisó que la asignación al tiburón blanco todavía debe validarse. Las secuencias recuperadas deben revisarse en cuanto a su calidad, su coincidencia con referencias conocidas y su capacidad para diferenciar especies cercanas. También es necesario comprobar la consistencia de los resultados entre réplicas y controles. Esto significa que el análisis identificó una coincidencia que justifica profundizar la investigación, pero no permite presentar la presencia de la especie como un hecho confirmado.

«Los siguientes pasos serían: revisar las asignaciones del análisis exploratorio, incluyendo secuencias, alineamientos, réplicas y controles; fortalecer las bibliotecas de referencia locales y regionales mediante ejemplares correctamente identificados y secuencias verificadas; evaluar la señal de tiburón blanco mediante un ensayo específico y una comprobación molecular adicional. Existen métodos publicados para detectar su ADN en agua, como el desarrollado por Lafferty y colaboradores (2018), cuya aplicación local requeriría validar su funcionamiento frente a las especies pertinentes; repetir los muestreos en distintas localidades y temporadas, registrar las condiciones ambientales y complementar los resultados con cámaras submarinas y observaciones documentadas de la comunidad», ahonda el experto.
La colaboración local puede ser especialmente útil en este proceso. Pescadores, buzos y operadores turísticos poseen conocimientos sobre los ambientes que frecuentan y pueden contribuir al registro de especies poco observadas. El desafío consiste en integrar esos antecedentes con procedimientos científicos que permitan confirmar las identificaciones y distinguir las observaciones directas de las hipótesis.
«Un ejemplo concreto es nuestra experiencia con el trompetero, Latris lineata, en Punta de Choros. Inicialmente, encontramos señales de ADN ambiental que sugerían su presencia. Posteriormente, un pescador local capturó y donó un ejemplar a nuestro equipo, lo que permitió realizar una validación más completa: el pez fue examinado morfológicamente, identificado mediante herramientas moleculares y depositado en el Museo Nacional de Historia Natural, conservando así un respaldo físico de la identificación», menciona Araya.


Investigar para comprender y conservar
De esta manera, el ADN ambiental ofrece una oportunidad para ampliar el conocimiento sobre los tiburones que habitan las aguas chilenas. Al permitir detectar rastros genéticos sin capturar a los animales, puede complementar otras herramientas de investigación y ayudar a identificar especies que son difíciles de observar directamente.
Su utilidad, sin embargo, depende de la calidad de las referencias genéticas y de la validación de los resultados. Una asignación molecular preliminar debe conducir a nuevas comprobaciones, no reemplazarlas. El caso de Chañaral de Aceituno ilustra tanto el potencial de esta tecnología como la importancia de comunicar con precisión sus alcances y limitaciones.
«Una estrategia muy interesante sería establecer programas de monitoreo de largo plazo que combinen distintas metodologías. El ADN ambiental podría utilizarse de manera sistemática a lo largo de la costa, especialmente en zonas de alta productividad o donde existen antecedentes históricos. A partir de experiencias como la de Chañaral, sería interesante establecer puntos de muestreo distribuidos espacialmente y repetirlos en distintas épocas del año. Eso permitiría pasar de una detección puntual a preguntarnos si existe recurrencia espacial o temporal, que ecológicamente nos entrega mucha más información», complementa Tapia.

«También sería muy útil incorporar sistemas de video submarino con carnada, como los BRUVs, cámaras remotas y registros obtenidos mediante ROV, además de generar protocolos que permitan validar observaciones. Si eventualmente se detectaran individuos de manera recurrente, la telemetría satelital y acústica sería fundamental para conocer sus movimientos, residencia y conectividad con otras regiones del Pacífico. A eso podríamos sumar herramientas genéticas y genómicas para comenzar a preguntarnos de dónde provienen esos animales y con qué poblaciones están relacionados», agrega.
Todas estas potenciales medidas e investigaciones, orientadas a mejorar el conocimiento sobre los tiburones, resultan relevantes para su conservación.
«Del mismo modo, sería muy interesante fortalecer los modelos de distribución de especies, integrando registros actuales e históricos con variables ambientales y escenarios climáticos futuros. En este sentido, trabajos como los que está desarrollando Jaime Villafaña muestran justamente el potencial de combinar información contemporánea y paleontológica para comprender cómo el nicho y la distribución de estos animales han respondido a cambios ambientales en escalas temporales mucho mayores. Finalmente, toda esta información debería analizarse junto con variables oceanográficas como temperatura superficial y subsuperficial, surgencia, productividad, oxígeno, masas de agua y distribución de presas», sentencia Tapia.
«Y creo que ahí está una de las cosas más interesantes que deja este caso: más allá de la atención que naturalmente genera encontrar evidencia compatible con un tiburón blanco, también pone en evidencia cuánto nos falta todavía por conocer sobre los grandes depredadores que utilizan el mar chileno. Entender su presencia no debería servir solamente para preguntarnos si representan un riesgo para nosotros. También debería llevarnos a preguntarnos qué función cumplen, qué nos dicen sobre la salud y funcionamiento de nuestros ecosistemas y qué condiciones necesitan para seguir formando parte de ellos», añade.

*Las imágenes de este artículo cuentan con autorización para la difusión de la noticia bajo los créditos correspondientes en los canales de Ladera Sur.
Jǒzepa Benčina Campos