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La familia que multiplicó los peces: el secreto tras la recuperación de Cabo Pulmo
Durante generaciones, la pesca fue el sustento de las familias de Cabo Pulmo. Pero cuando los peces comenzaron a escasear, la familia Castro imaginó otra relación con el mar. Su historia acompaña la recuperación de uno de los arrecifes más importantes del Golfo de California.
Al fin, después de manejar más de dos horas desde San José del Cabo en Baja California Sur, un letrero con la foto de dos mantarrayas voladoras saltando en el aire nos da la bienvenida al Parque Nacional Cabo Pulmo. El camino es de tierra y la vista a la izquierda es idílica: una larga playa bañada por las aguas azul profundo del Mar de Cortés.
Pronto estamos en el pueblo del mismo nombre y debo manejar muy despacio: niños juegan despreocupados a la pelota y media docena de chivos atraviesan la calle con la confianza de que este es su territorio. Es el ritmo rural de Cabo Pulmo. A pesar de albergar una biodiversidad marina difícil de igualar y siendo el lugar que muchos asocian con la célebre frase atribuida a Jacques Cousteau, «el acuario del mundo”, lo que que podría convertirlo en un codiciado destino de buceo, aquí no hay hoteles ni grandes restaurantes, como en otros balnearios que hemos visto en esta región de México. Después de las diez de la noche, solo se escucha el mar, nos cuentan.


El pueblo parece detenido en el tiempo, gracias a la decisión que una familia tomó hace más de treinta años. De eso vengo a hablar con Luis Mario Castro Arbizo, miembro de esa familia fundadora de Cabo Pulmo. No me es difícil dar con él, basta preguntar a alguien en la calle de la comunidad. Lo encuentro en la oficina del centro de buceo que fundó su padre, Mario Castro.
Luis Mario tiene 37 años, no conoce otra vida que esta y no la cambiaria por nada del mundo, nos contará más tarde. Es instructor de buceo, además de una especie de guardián no oficial del arrecife. Es la cuarta generación de una genealogía que comienza con un huérfano que llegó caminando desde la Sierra hasta este pedazo de costa en el sureste del estado mexicano de Baja California. “Mi bisabuelo, Jesús Castro, se vino cuando quedó huérfano. Era adolescente y aquí estaba su madrina, que tenía una propiedad en Cabo Pulmo y se dedicaba a la extracción de madreperla”, cuenta rodeado de fotos familiares tras su escritorio, “iban por ellas buceando sin equipo, haciendo apnea, a puro pulmón, y al parecer de ahí viene el nombre de este lugar”.

A fines de los años treinta, la industria de las perlas que había definido esta costa por generaciones ya se estaba agotando en todo el golfo. Jesús Castro debió entonces reinventarse y encontrar sustento en la pesca comercial, lo que se mantuvo por dos generaciones más. En aquellos, no había noción alguna de sustentabilidad, se pescaba sin discernimiento. Por dar un ejemplo: de las tortugas que cazaban solo usaban la piel, el resto lo desechaban; del tiburón, vendían únicamente el hígado y la aleta, una práctica indiscriminada que se sostuvo hasta que, a principios de los noventas, el mar dejó de proveer. Para entonces, Mario Castro y los demás pescadores de la zona volvían del mar, día tras día, con la lancha vacía. Ya no quedaban peces que capturar. Él había aprendido apnea de niño, estaba en los genes, pero decidió aprender buceo con tanque y poco a poco empezó a conseguir equipo para traer turistas a bucear en Cabo Pulmo. «La transición fue muy dura», cuenta Luis Mario: «Mi papá se fue a Cabo San Lucas a aprender a bucear con tanque, y empezó a traer turistas aquí. No tenían ni radio: se comunicaban entre lanchas con espejos”.
A principios de los noventa, llegó a Cabo Pulmo un equipo de la Universidad Autónoma de Baja California Sur y les hicieron, en palabras de Mario Castro, «una terapiada”. Comenzaron a proponerles la idea de proteger la zona y renunciar a la pesca. La primera reacción de la familia fue la que cabría esperar, «¿Están locos? Nos vamos a morir de hambre”. Pero en poco tiempo, la idea fue ganando terreno. Unieron fuerzas con los científicos y la universidad, y en 1995 lo consiguieron: Cabo Pulmo fue declarado zona protegida por el gobierno mexicano, y ya no se podía pescar. Luis Mario tenía apenas seis años cuando se formó el Parque Nacional. No vivió lo de las lanchas volviendo vacías, ni las peleas familiares, ni el miedo a morirse de hambre que sintieron su padre y sus tíos. A él le tocó crecer nadando en un mar que, poco a poco, se iba recuperando. Lo que vino después de 1995 es, según diversos estudios científicos, una de las recuperaciones marinas más notables documentadas en el mundo. En tres décadas, la biomasa de peces en Cabo Pulmo aumentó cerca de un 500%.

Pero el dato que de verdad explica por qué este lugar se volvió un caso de estudio a nivel mundial es lo que ha pasado desde entonces: el fenómeno que los científicos llaman spillover, o «efecto derrame”, y que Luis Mario explica con el término que usa su familia, “exportación». Dentro del área protegida no se pesca absolutamente nada, así que cada pez tiene tiempo de crecer y reproducirse varias veces. Un ejemplar que alcanzó su tamaño adulto se reproduce muchísimo más que uno recién maduro y una hembra adulta puede liberar millones de huevos en una sola temporada. “Nosotros aquí cuidamos la semilla», dice citando a su padre mientras agrega, para dejar bien claro el concepto, que «el pez deja a sus hijos, a sus nietos, hasta sus bisnietos en el área protegida”. Con los años, esa explosión reproductiva termina saturando el espacio disponible, y el excedente se desplaza hacia aguas donde sí se puede pescar, simplemente porque ya no cabe dentro del área protegida. Ahí los esperan los mismos pescadores que, décadas atrás, veían la reserva como una amenaza a su sustento. Hoy esa relación ha cambiado y muchos de ellos se han vuelto aliados, convencidos de que proteger Cabo Pulmo también los ayuda a ellos.


Otras amenazas en el horizonte
Mientras meros, pargos, tortugas y tiburones de distintas especies continúan reproduciéndose dentro del área protegida, otra amenaza acecha hoy a Cabo Pulmo. Un poco antes de llegar al pueblo esa tarde, habíamos visto un letrero que decía “Clausurado. Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales”, en la entrada de un proyecto inmobiliario. Luis Mario Castro asegura que ha habido varios intentos de construir allí. “Le cambian el nombre y esperan reactivarlo”, dice. A lo largo de los años, varios de estos desarrollos han intentado instalarse justo en la costa de Cabo Pulmo, atraídos por la misma riqueza marina que, de construirse, podrían terminar destruyendo. La familia Castro ha logrado, una y otra vez, que la autoridad los escuche. Detrás de la resistencia a estos grandes proyectos inmobiliarios hay razones concretas. Una de ellas, explica, es que estos desarrollos utilizan plantas desalinizadoras, que devuelven al mar el excedente de sal concentrado en forma de salmuera. Si las corrientes la arrastran hacia el arrecife, los corales no sobrevivirían: la salinidad alterada les impediría regular el agua dentro de sus propios tejidos y morirían o se blanquearían por completo.

Mario Castro, el patriarca, asegura que el modelo que imaginó desde que dejó la pesca siempre fue a pequeña escala: pocos visitantes, nada de cadenas hoteleras ni miles de habitaciones. “No es egoísmo -afirma-. Cabo Pulmo no puede elegir quién lo visita pero es una cuestión de ritmo, el mismo que permitió que esto se recuperara”. Luis Mario está de acuerdo, y él mismo se ha convertido en patrullero en el mar . La Comisión Nacional de Áreas Naturales Protegidas (CONANP), institución encargada de administrar el parque, tiene poco financiamiento. «Yo estoy mucho tiempo en el mar, con turistas, así que ando con los ojos bien abiertos y hasta me compré un dron para ampliar la vigilancia. Si denuncio a alguien que ande pescando, tengo el respaldo de la comisión», explica.
Luis Mario vive para esto y sus hijos, Dylan, Santiago y Mía, ya saben que quieren dedicarse a lo mismo que su padre y que su abuelo antes que ellos. Así, se convertirán en la quinta generación de los Castro en Cabo Pulmo. Ya nadan en alberca, pero están ansiosos por hacerlo pronto en ese mar que su familia lleva más de treinta años protegiendo. Le pregunto cómo le gustaría que fuera Cabo Pulmo cuando ellos crezcan. «Que esto siga igual, que mis hijos vean lo mismo que yo vi”, dice Luis Mario.

Olga Mallo